Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


Volver al Listado de autores
Corrigiendo errores

La radio grita el gol de Racing; lo estira como para contener toda la emoción de Aldo. Que es mucha, por la pobreza de resultados de su cuadro del alma.  Sus cuarentitantos años casi no alcanzan para el recuerdo de un campeonato ganado, de modo que cada gol lo acerca un poco a una emoción desconocida. Ahora Racing le está ganando a San Lorenzo, y dos largos minutos le hacen falta para recuperarse y volver a la pantalla del monitor, con esa traducción que le roba la tarde del domingo pero arrimará unos pesitos necesarios.

Se le ha borrado el último párrafo, un texto largo y complicado. Seguramente un manotazo en pleno festejo ha destruído media hora de esfuerzos que habrá que  repetir. Empèzando por los insultos y maldiciones del caso, Aldo mira con furia la pantalla, tratando de recordar lo hecho. Pero cuando se dispone a recomenzar, su vista se detiene en un botón del procesador de textos que le ilumina el rostro. “Deshacer escritura”  salvará su párrafo, pues vuelve el texto a la situación previa, antes del borrado. Al grito de Vamos Academia, el click del ratón produce la magia buscada, porque trae del más allá informático el trozo perdido.

Y al mismo tiempo, otro gol de Racing en la radio. Esta vez con cuidado, se acerca al aparato para oir los detalles. Para su desilusión, parece que están repitiendo el gol anterior, con una grabación, porque el resultado no ha cambiado y los comentarios posteriores son los que ya ha escuchado. Pero extrañamente, la repetición no se interrumpe y continúa como si estuviera ocuriendo.  Aldo vueve algo confuso a su computadora.

Su humor se ha descompuesto y decide mejorar los renglones reaparecidos. Después de algunos agregados, descubre que en realidad los ha empeorado. Habrá que “deshacer escritura” de nuevo, y va otro click.  Para colmo de males, su traducción desaparece íntegra de la vista. La radio se asocia al desorden, dejando de transmitir el partido, que es reemplazado sin aviso por los vaivenes de un chamamé.

Tal vez la sintonía se haya movido. Toca la perilla, buscando, pero no hay futbol en todo el dial. Todo parece estar en contra de Aldo, aunque lo peor, sin duda, es la desaparición de su trabajo. Por eso, vuelve a la pantalla a buscarlo. Pero no hay rastros de la traducción. No ha sido guardada, no ha sido borrada. Simplemente, no está. Tal vez tenga otro nombre; mejor buscarla por fecha: domingo 7 de diciembre. No hay ningún archivo de esa fecha. En realidad, la computadora está indicando otra fecha al pié: 6 de diciembre.

Aldo está muy confundido. Como buscando un punto fijo de referencia, va al dormitorio, donde ha desparramado el diario del domingo: su fecha será la última palabra. Cuando la cama vacía, apenas desordenada por la siesta no aloja el diario que sin duda alguna él dejó allí, una sensación extraña empieza a trepar por su garganta.

La radio, entonces, es la tabla de salvación. Busca con nerviosismo, hasta que una voz familiar, en la audición de deportes, comenta los preparativos del partido entre Racing y San Lorenzo, “que empieza mañana a las 17 horas y que por supuesto, habremos de transmitir”. Algo está pasando y la espalda de Aldo está empapada de sudor frío. Se sienta frente a su monitor, y por largos minutos queda inmóvil buscando serenarse, tratando de pensar.

Una explicación vaga comienza a tomar forma en su mente, y resuelve hacer una prueba.  Pone una vez más el procesador de textos en pantalla, y escribe su nombre. Un instante de duda y de nuevo al botón de deshacer. Desaparece lo escrito y cambia la fecha al pié de la imagen. Aterrorizado, Aldo  lee “5 de enero de 1964”.

Necesita aire fresco para despejar la mente. Sale al balcón, para una bocanada de aire fresco, pero vuelve a  entrar, pues allá abajo, a sólo tres pisos de distancia como para no confundir su mirada, ha visto moverse dos trolebuses de imagen casi olvidada, recortada de su infancia.

El televisor no funciona; prende la radio y la publicidad le suena extraña. Cuando anuncian un tema del nuevo álbum de los Beatles, siente nauseas y apaga. En el baño, jadeando, asoma su rostro al espejo imaginando lo peor. Pero es su cara de siempre, con las arrugas hace poco estrenadas y la multitud de canas que viene pensando en teñir. Sea lo que fuere lo que está sucediendo, no pasa por su persona, como no parece afectar a su casa, sus muebles, su computadora.

Su computadora. Allí tiene que estar la clave. Vuelve a encararla, y busca el botón inverso: “rehacer texto”. Pero nada sucede cuando lo toca. Aumentan la transpiración y la angustia. Sin realmente quererlo, vuelve al botón fatídico, que al ser oprimido, lo deja sin aliento. Es que por medio segundo el exterior oscurece como si hubiera entrado a un túnel a gran velocidad. Luego todo se tranquiliza y Ariel mira lo que casi ha adivinado. 20 de agosto de 1104.

Ariel está recostado en su cama, mirando el cielorraso. Ha estado dos horas como atontado, tratando de entender. No ha querido asomarse al exterior, pues morirá de pánico cualquiera sea el paisaje que se presente. Dormita, sin disipar de la mente los detalles de su situación. Se despeja, se tranquiliza.

De nuevo en la computadora, hace cálculos. Por el modo en que ha ido variando el tiempo en cada una de las tres pulsaciones del botón, deduce que con cinco pulsaciones más, habrá llegado al instante en que las partículas de su casa, de sus muebles, su computadora y su cuerpo se estarán reuniendo con todas las demás que existen, en esa pequeña pelota inicial, tal vez parecida a la que la Academia usara para el gol que desencadenó los hechos. Un círculo perfecto, un gol fantástico.

Apenas temblando, el dedo avanza hacia esa nueva oportunidad que le va a dar al maldito Universo.

© Oscar Zaitch