Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Punzadas

Con la historia en las manos decidir
en el curso de mis ojos desatados
la piel que te convoca los huecos los silencios
fundamentos de la sangre saturada.
Cada nota se descubre cada noche
una sábana plegada desde antes
un recuerdo que derrama la memoria
una imagen un esfuerzo y otra imagen
la certeza de una máscara inmanente
el ojo y la semántica del cuerpo desplegado.
Era otra la forma de la cara
permanece la silueta del abismo
eran lejos las audacias más corrientes
la campana siempre cabe en el bolsillo
el recurso de la espina en la garganta.
Es abrirse al transcurso de los mares
una eternidad de risas y descuentos
cómplice la sangre de la fibra y de la piedra.

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Horizonte
(una historia conjugada)

Yo no hablo, vos no negás, él alardea (ella se muere). Nosotros reímos (nerviosa), ustedes también, callaos vosotros, ellos consienten.

Ya deben haber descubierto la desaparición de las llaves. En una secuencia inmediata y caótica: rajemos, urgencia de irse, vamos a la playa, evanescer, ¿y dónde estaba el auto?, todavía hay sol, acá nomás en Friuli, cerca, son dos cuadras nada más, yo manejo, ¿quién tiene las llaves? Yo no, yo no, yo tampoco, yo tampoco. ¿Dónde está Diana? No la vi, hace rato que la vi saliendo del auditorio, ¿llevaba la cartera? No la vi. No la vi en el salón, debe estar en el baño. Fijate vos. Andá, te esperamos en la puerta. Seguro que está esperandonos en el auto. ¿Dónde era que estaba el auto...?

Lejos.

Un poco más allá de la barranca, atrás de la sombra de unos árboles espesos y cerrados, como pinos pero anchos, entrecruzadas sus hojas sus ramas. Una malla de encubrimiento. No creo que se vea desde la ruta.

La ciudad se dibuja lejos, un poco atrás de la bruma, entretejida en el perfil aleatorio del horizonte. Una línea divagante de árboles colinas edificios y escolleras que divide la tierra y el cielo, como una rayuela dilatada hasta el infinito.

Si me quedo quieta, si sólo muevo la cabeza a los lados sin demasiado esfuerzo, abarco perfectamente un ángulo de ciento ochenta grados. Y en cada punta un adicional de más o menos treinta nebulosos que no logro descifrar. La línea urbana abarca el primer cuarto, con una sola anécdota que rompe ese transcurrir apacible. Una torre esbelta, oscura sobre la lucidez del cielo, perfectamente visible y delineada. No se ve su base ancha, no se distinguen sus rojos y blancos amarilleados de óxido. No se entiende que sea tan bajo y poca cosa, ese faro que desaparece de la perspectiva cercana, se esconde, se aleja, se separa de la costa. Tanto.

Es lindo este aire de mar. Pesa, tiene cuerpo. Como un buen Borgoña. Huele indiscutiblemente a mar, a olas, a libertad. Huele a hombre mi última mañana y no debiera. Una línea casi perfecta de agua que se acaba y el cielo que comienza. Parecen olas, gotas que quisieran escaparse al cielo, a las nubes, a las lluvias de futuro, picos casi imperceptibles que roturan el horizonte.

Me vuelve, fluye y refluye, como las olas de allá abajo, que me quemen. ¿Cómo hacer para condensar el miedo, el pánico que rebota en tu vidriera? Que no mire, porfavor, que no vea, apurate telopido, que no sepa por favor lo que comprás. Arde la adrenalina, vuela, que esto se acabe de una vez, porfavortelopido. Odio este momento, odio esa farmacia, odio la peatonal.

Yo te complazco, vos disfrutás, el está en otra (ella también). Nosotros confabulamos, vosotros creéis, ustedes comprenden, ellos festejan.

Un poco más acá, achatado todo por la distancia, flotan dos parapentes sobre la columnata. Oscuros, una silueta ágil desde acá. Suben, rebotan, caen en picada sobre el agua, la playa los impulsa a un giro quebrado y otra vez arriba. Euforia y seguramente velocidad, lánguida desde acá, un movimiento apacible a mi derroteo.

Claro que el silencio se escucha, ¿no lo oís? Mirá si no, escuchá. Es nada y es ruido a la vez. Rumor de mar, algún pájaro ermitaño, brisa que golpea contra el viento las rocas. Nada. Respiración de hombre cercano, peligro y deseo. Atención. Hagamos esto de una buena vez. Ya no soporto más este juego.

Me sorprende el mar. A veces es una película inquieta, un celeste profundo, con millones de facetas, porciones que brillan de sol, fragmentos de espuma que no llegan a romper la membrana. A veces hay manchas de nubes, motas oscuras, bocados de gris, sombras que navegan la lámina sin lograr conmoverla. Es normal lo que nos pasa. Estamos solos, estamos lejos, es lógico, es tentación. Peligro de derrumbe, no avanzar más allá de las vallas. Santabárbara bendita quenelcielo estásinscrita... Si bajo, se desgrana la escalera a mis pies, se me cae la barranca en la cabeza. ...conpapel y aguabendita. Si vuelvo, se desmoronan la defensas, se desangran las convicciones, se caen todas las barreras. Sanrroque sanrroque quese perro nometoque. Y siempre pasa tres cuartos de lo mismo.

Si miro para abajo se recorta perfecta la silueta vertical del acantilado. Una caída libre de roca y los efectos especiales de la espuma allá abajo y lejos. Voy a bajar ahora, voy a decirle que sí a cualquier cosa, a todo lo que quiera. Que se desmorone todo al carajo, no me importa, que pase de una vez lo que tenga que pasar.

Yo ni pienso, vos me besás, él no va a estar (ella no aparece). Nosotros conjugamos, vosotros no miráis, ustedes ni escuchan, ellos ni saben.

Si resbalara, si cayera quedaría estampada en aquella roca medio verde de tanta agua. Me salpicarían las olas que explotan un poco más allá. Me hundo en la roca. Giro y contra giro. Primero la piedra de perfil, el faro cada vez más oscuro, el cielo cada vez más contraste, el mar cada vez más impersonal, los parapentes y el transcurrir perezoso de la ciudad como límite de lo visible. Después la roca en implacable primer plano, vertical, casi sin detalles, y abajo los escalones escurridizos, desparejos. Cuidado, no avanzar, precaución, peligro de derrumbe. Y al final el mar, libre de dudas, virgen de prejuicios, ancho y entero, cada vez más mar, hasta el nacimiento del horizonte.

El piso acá abajo es una planchada de roca sembrada de charcos espejados de cielo. Episodios de calma. Retazos de mar. Superposición de celestes y verdes, ocres y marrones. Es como un trueno, un trueno bien húmedo. Pánico y temblor. Después la explosión del agua. Una gaviota desespera su vuelo. Euforia otra vez. Arremete y enseguida cientos de gotas que salpican las dudas, los titubeos.

Toco mi cara mojada. Seco los fantasmas, vuelo a la luz. Poca, tendría que subir. Tendría que gritarle. Tendría que volver. Tendría que ser claramente no. Pero no puedo nada. Sólo tocar otra vez mi cara salada de mar alborotado. Pica el sabor, crepitan las gotas. Agua de arriba y de abajo. Toco mi frente y toco la tuya. Puedo olerte salado y saber que ahí vas a estar, omnipresente mientras duren las ganas.

Yo te amo, vos también, el no comprende (ella tampoco). Nosotros jugamos, vosotros comulgáis, ustedes no creen, ellos confían.

Desde acá abajo el mar es más mio, compartimos nuestras olas. Me llena de sal y yo pago con recuerdos, con ardores recientes. Es como si lloviera con el último sol. Ni siquiera así tengo frío. Prefiero que el agua lave la memoria y restaure los sistemas principales. Tendría que volver, pero no quiero perderme ni una sola estrella. Lluvia de luces después de otro trueno de líquido. Más luces a la izquierda. No voy a subir tampoco voy a volver. Ahora quiero todo. Mañana es justamente hoy.

Si cierro los ojos vuelven las luces tenues. Vuelve tu cara deformada de placer y aquella alfombra verde. Vuelve otra noche que nunca es la misma, un olor a sierra que no carga con toda esta agua. Una excusa torpe, un poco de polvo y dos risas fáciles. Apenas medio insomnio para cada uno. Si los abro, brilla azabache el agua a los lados de una cinta de luna, desde el medio del horizonte hasta casi mis pies. Titilan millones de estrellas aunque suene tan cursi. No tengo linterna, se quedó en el auto, en mi otra vida. No necesito mirarte, no quiero perderme detalle. Sólo tengo un faro que acaban de encender y aun no destella, apenas resalta un poco opaco sobre el fulgor casi nocturno de la ciudad.

El faro en su giro no llega a apagarse. Un rastro amarillo precede y antecede la plenitud de la luz, durante sólo un instante. Y vuelve otra vez, empuja la noche, renace en cada intervalo preciso, resplandece efímero. Otra vez. Millones de otras veces. Infinitas. Siempre. Y más allá las luces insalvables de dos barcos. Dos grupos de cuatro cinco seis siete ocho luces titubeantes para marcar el horizonte ahora invisible, juntos el negro del agua y del cielo, semejantes los parpadeos de estrella y los conjuros de luz de la película acuática. Y a veces la espuma que baila y otras el frío del agua que llega hasta más atrás de donde estoy, esquivando e invadiendo mi fortaleza. Implacable.

Convengamos que la noche es impactante. No importa que suene así de fácil decirlo. Atrae, fascina, esconde y aterra, todo en un cóctel deslumbrante. Me atrae tu insistencia militante, me fascina tu boca de cerca, me escondería dentro de otro de tus abrazos. Me aterra mañana y pasado también. Si estuvieras...

Yo me tiento. Vos apretás. El no sospecha (ella tampoco). Nosotros apostamos, vosotros sabéis, ustedes no ven, ellos se ríen.


© Yael Rosenfeld