Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Diario de a bordo

"Según predicciones medievales, el año 1000 debía marcar el fin del mundo. Marcó por el contrario la revelación de un nuevo mundo, de un continente que sería más tarde llamado América. El vikingo Leif Ericson lo bautizará, del norte al sur, Helluland, o país de las piedras chatas, Markland, o país de los bosques, y Vinland, o país de los viñedos (nota del autor: también Ramonland, o país de los Ramones).

Ese descubrimiento nos es revelado por las sagas, que redactadas desde el siglo XII al XIV, trazan la historia de la expansión de los vikingos hacia el oeste. Esos poemas épicos despiden un aroma maravilloso: rocío con gusto a miel, plantas que chorrean manteca, árboles cargados de frutas de oro, eterno verano. Por empezar se creyó en una fábula. Fue una equivocación. Los diarios de a bordo de los primeros navegantes están llenos de esos detalles y lo portentoso no invalida de ninguna manera la realidad de la hazaña. La historicidad de las sagas, que fueron examinadas, estudiadas, desmenuzadas durante decenios, es hoy en día admitida. Aparte, tal travesía del Atlántico estaba al alcance de esos notables marinos que fueron los vikingos. Se hacía por etapas: Noruega, norte de Escocia, islas Feroé luego Islandia. Setecientos kilómetros más hasta Groenlandia luego trescientos por la tierra de Baffin. La estrella polar, las constelaciones, guiaban la marcha de estos navegantes. Nada de brújula aún, pero sí una sejersten, una especie de piedra magnética...".

"Muchos se interrogan sobre el propio origen de la palabra Amerigo, convertida en América. Su asonancia era inquietante. Recordaba el apellido de quien se había adelantado a Colón unos cinco siglos: Erik, el hijo, Erikson. Si América Central era la "tierra de Erik", ¿habrían entonces los vikingos bajado muy al sur del nuevo continente?".

"Por fin Marrion Wilcox, en la enciclopedia Americana, agrega al nombre del continente un símbolo. América es, apenas deformado, el nombre de origen germánico Amalrich o Emeric, símbolo de héroe. Y es bien cierto que América, esa visión ingenua del paraíso, dará a los navegantes que abordarán en ese continente la dimensión cuasi mística del héroe...".

"América se llamaban América antes de la llegada de su pretendido descubridor. Estos son los hechos...".

De Robert de la Croix, "Historia secreta de los océanos", edición del año 1978.

Diario de a Bordo

"¡¡¡Tierraaa!!!. ¡Se me cubrió el globo terráqueo de tieeerra!
¿Quién dejó abierto el ojo de buey?. ¿Y where está el plumero?".

 

Bitácora de La Santa María. Agosto 14, 1942. Picadita mediante con mortadela y queso en cuadraditos, damajuana de totín cosecha 1456 anque aceitunas verdes & negras.

EL SIGLO XV toca a su fin. Sin embargo, en esos últimos diez años habrá de producirse el prodigio. Un acontecimiento pleno de aventura y osadía que señala una nueva época en la historia del hombre. El titular responsable de esta increíble hazaña tiene nombre y apellido: Cristóbal Colón, el hidalgo andarín genovés.

Atardecer del año 1491, Cristóbal Colón, el marino, el hombre indicado por la Providencia para realizar la gran aventura, recorre los caminos de España hacia el puerto de Palos. Camina con sus medias can- can de lana violeta, con su peluquín de tonos varios y con su encarnado anque pesado sacón de gamuza de terciopelo azul. Lo acompaña su hijo Diego, una fotocopia atemporal del conquistador tamaño carta, de once a doce años, un niño de pocas palabras que seguirá a su admirado padre hasta que las velas ardan. Cristóbal Colón no tiene fortuna y callos es lo que le sobran. Pero, eso ya no importa porque adelante los faroles que ya se divisa el convento de La Rábida. Las provisiones escasean. Son casi diez años de interminable búsqueda y a duras penas han sobrevivido dos huevos duros, uno de ellos en muy malas condiciones físicas, y una latita amarilla muy pequeña de azafrán ya no imprescindible desde que aquel medio kilogramo de arroz, cuatro años antes, saltó de la mochila en busca de su propia cazuela.

Pedirán a los monjes alojamiento y comida. Dos catres y otro medio kilogramo de arroz, en ese orden. Azafrán y cansancio tienen de sobra.

Cristóbal Colón siente la angustia y la amargura del que lleva (además de una mochila a sus espaldas de casi ochenta kilogramos; repleta de borradores con cálculos de medición terrestre y hasta un globo terráqueo lleva), casi un decenio ofreciendo un maravilloso proyecto a los reyes de Portugal, de Inglaterra, de Francia, de España, y zapatetas con notas mediante, a los Reyes Magos, de Nosedonde, recibiendo siempre como respuesta un "no". Un "no", dicho en todos los idiomas. Un "no", de los sabios consejeros de estas Coronas, en cierta ocasión, dicho hasta con burla (tal es el caso del "no" del consejero francés Pierre Verdolé quien mientras niega el permiso al futuro conquistador mueve su cabeza hacia abajo y hacia arriba, confundiendo al hidalgo caballero).

Cristóbal Colón propone llegar a Catay, China, a Cipango, Japón, y a las tierras del Gran Jan que visitó Marco Polo, pero por una nueva ruta marítima. Internándose en el Océano Atlántico y navegando siempre hacia el oeste. Siempre hacia el oeste. Sin temor a la caída, a pasar un papelón, a lo que digan las chusmas del barrio. Porque para este descubridor la Tierra no es plana. Tampoco cuadrada o hexagonal. La Tierra es redonda. Redonda como una manzana. O redondo. Convenciendo a ciertos reyes, Cristóbal Colón, les dijo que la Tierra es redondo si se la compara con un pelón.

La idea de la redondez del mundo lo sedujo desde que era apenas un rorro, cuando solía leer libros de navegantes aventureros como Papellée, el tatarabuelo galo del famoso Popeye americano, quien multiplicaba sus fuerzas naturales por mil cuando comía fondée envasado. A los catorce años, Cristóbal Colón, formó parte de la tripulación de un barco bucanero como bala de cañón pero durante la travesía no hubo combate alguno, circunstancia que le permitió regresar a casa sano y salvo. Cubierto de pólvora, pero sano y salvo. Un año después se lo acepta en un barco mercante español de nombre El Mojonero, en esta ocasión, como borrador de cuentas (el propietario del buque hacía los números de las ventas con un marcador de carbón en la espalda del futuro conquistador).

Años más tarde se casó, en Portugal, con Felipa Muñiz, conocida por sus allegados con el apodo de Manolo por su aspecto masculino y su voz de tiburón. Manolo era propietaria de un almacén. Manolo y Cristóbal formaban una hermosa pareja ya que la imagen varonil de Manolo contrastaba formidablemente con las medias can- can y el peluquín que con todo orgullo mostraba Cristóbal a su paso. De esta pareja (y jamás la historia aclaró de cuál de los dos), nació Diego. Y cuando Manolo falleció, Cristóbal, enviudó. Viudo y no muy triste por la pérdida de su pareja, Cristóbal, comenzó la pertinaz caminata con su hijo Diego.

En España, residió cinco años en la Corte, trabajando de tijera podadora. También volvió a casarse, esta vez, con una mujer más femenina. Y conquistó el apoyo del conde- duque de Medinaceli y de un magnate, llamado Santángel, un hombre más bueno que el pan, quien estaba dispuesto a poner el dineral en la empresa pero con una condición: si Cristóbal lograba poner un pie sobre los nuevos mundos prometidos debía traerle al magnate dos cosas; una bolsa llena de conchas marinas y el zapato de bufón que Cristóbal apoyaría sobre las arenas vírgenes. Para que no haya malentendidos el magnate le aclaró al conquistador que las conchas marinas eran caracolas. Del buffonete no hizo comentario alguno para que el aventurero no se ofendiera.

Había incluso un sabio, el sacerdote Diego Deza, que daba fe a los proyectos del extranjero pero los consejeros de la reina afirmaban que Cristóbal era un perturbado sin remedio. Por ello la Corona negaba el permiso para el viaje. Esto obligó a Cristóbal, el marino genovés, a embarcar hacia Francia. En alguna parte sería escuchado. "Persevera y podrás entrar...", solía decirle su padre cada vez que Cristobalito golpeaba desesperado la puerta del baño.

Y ya que hablamos de Francia, en estos momentos, Cristóbal y Diego, se encuentran cerca del convento de La Rábida. A medio metro del gran portón. El conquistador le da patadas a un perro que intenta morderle los garrones. Luego, saludan con cortesía y le piden a los monjes pan. Si es posible, con una feta de mortadela en su interior. Pero, los monjes no le dan. Ni hablar de la mortadela. Piden queso con dulce de batata y le dan hueso con nada (porque el dulce de batata no pega con nada). Piden huevos duros y le dan palos duros. Piden remolacha (cortada en rodajas finas), y le dan con el hacha. Entonces, se van como vinieron, cansados y hambrientos, con chichones en las cabezas y las pestañas depiladas de los chifitos de las hachas. Pero, el destino pone en su camino a un antiguo confesor de la Reina Isabel, fray Juan Pérez. Este fray, dos años antes, había abandonado la corte española por voluntad propia, avergonzado y aterrorizado, después de escuchar las más íntimas confesiones de la citada reina en su alcoba convirtiéndose en un consumado solitario y padeciendo, a partir de entonces, tremendos traumas sexuales varios. Hasta su muerte vivió en una cueva en compañía de un lobo bueno al cual de acuerdo a las antiguas crónicas le enseñó a hablar y a bailar el rap. El fraile escucha entusiasmado mientras el lobo bueno baila y baila el rap las fantasías de Cristóbal y no le permite partir. Le dice: "quédate...". Cristóbal y Diego se quedan viviendo en la cueva unos cinco años con el fray traumado sexualmente y con el lobo bueno que habla hasta por los codos peludos y baila continuamente el rap. Un día después, harto ya de estar harto, igual que Juan Manuel Serrat, de escuchar los traumas padecidos por el fray y del lobo bueno que siempre repite los mismos pasos, Cristóbal, decide regresar a la Corte. El fraile se ofende y le dice: "márchate". También se enoja el lobo no tan bueno cuando lo sacan de las casillas y le muerde los talones al conquistador. Los dos talones y uno de los codos. Entonces, el aventurero y su hijo, retoman su camino. Allí se festeja la reconquista de Granada de manos de los Moros y esa inmensa satisfacción les da fuerza para intentar la gran empresa. Pero, las arcas reales están vacías luego de varios años de lucha contra los árabes. Apenas quedan dos doblones españoles mordidos en un ataque de furia por un pirata moro con dentadura de acero inoxidable. Es cuando salta a la escena el magnate Santángel, quien ahora está dispuesto a sufragar el viaje de Cristóbal. Siempre y cuando el conquistador cumpla con lo pactado; la bolsa con caracolas y el buffonete ridículo. Es más, también le pide al descubridor si se anima a agarrarlo desde arriba, un cangrejo que no sea muy grande. Muy grande de tamaño, la edad del crustáceo no le importa.

Por fin, en Abril del año 1942, se firma un documento conocido con el nombre de Capitulación de Santa Fe, un mutuo contrato entre los Reyes y Cristóbal Colón, en el cual se comprometen a ciertas cosas en caso de que el osado navegante encuentre sus tierras prometidas en su viaje. Por ejemplo, si Cristóbal encuentra los nuevos mundos, a su regreso, trabajará durante diez años en la Corte como "amante legal de la Reina". No será obligado a quitarse el peluquín, las medias can- can o el sacón encarnado, durante el horario de trabajo. Esto es, desde la medianoche hasta las tres de la madrugada. Y una cláusula específica del contrato asevera que el conquistador puede "trabajar" incluso con los corpiños puestos. Por supuesto, siempre y cuando la Reina no se desconcierte demasiado a causa de la risa. Por el contrario, si Cristóbal no llegase a encontrar sus benditas tierras tantas veces prometidas, deberá trabajar ad- honorem en la Corte por espacio de diez años como dama de compañía de la Reina. También se lo obligará a quitarse en público el peluquín, las medias can- can y el sacón azul.

Todo esto será quemado con el hidalgo aventurero adentro.

Descobijado en el año 1878 de los archivos históricos del Museo Nacional de Madrid, España, por Renzo Chucha, ilustre historiador milanés, a continuación y sin pausa, he aquí el diario de a bordo de aquel inolvidable primer viaje realizado por Cristóbal Colón, el valiente expedicionario, al Nuevo Mundo.

(Nota para el lector: Por razones de buena educación y en defensa de nuestra alicaída cultura, los improperios que el conquistador continuamente vertía sobre las páginas de este diario de a bordo han sido reemplazados por el término "trulalá"; de manera subjetiva e intencionada por parte del autor de este libro. Sin embargo, los términos "coños" y "cojones", aceptados de sumo agrado por la Real Academia Española, no han sido reemplazados y mantienen su vigencia en esta bitácora. Es más, fonéticamente hablando, suenan una maravilla).

1 de Agosto: Puerto Palos de Moguer. Carabela La Santa María. La trulalá de mi hermana mayor, ya ha comenzado Agosto y aún el pescado sin vender. Todavía estamos anclados y amarrados a las maderas como Jesús de Nazareno pero en el muelle. Después de tantos años de caminar con mi hijo Diego, de bajarme las bombachas con puntillas una y mil veces a cambio de fondos para esta aventura, de soportar tantas contradicciones en un mundo repleto de ignorantes y escépticos, de intentar una y mil veces convencer a los Reyes; os me digo que esto es injusto. Ya deberíamos haber partido hace dos días y aún no nos movemos. Que la Niña se inclina a estribor o se menea a babor, que La Santa María hace agua y ya no quedan más corchos grandes para tapar los agujeros de la bodega, que el vigía de La Pinta tiene prohibido mirar hacia abajo por indicación médica para evitar mareos y que además esta nave fue pintada como la primorosa y que la mar en carreta. Muchos problemas y no veo soluciones. Para colmo de males, perdí los lentes de contacto. Lo peor, y estoy convencido de ello, es la gentuza que se ha presentado como posible tripulación. La mayoría son ex- presidiarios y de baja estopa, de escaso intelecto y pocos escrúpulos. Más que ex- presidiarios, diría que son ex- humanos. El tiempo apremia y debemos arreglarnos con lo que tenemos. Antes de abordar la nave, yo y el Capitán Martín Pinzón, le hemos preguntado a cada candidato la siguiente pregunta: "¿Cuántos puntos cardinales hay y cómo se llaman?". Con inmensa tristeza y por las moscas advierto que del centenar de hombres el que más se ha arrimado a la verdad fue un tal Sotomayor, pizzero de oficio, quien ha contestado: "Dos y salen con morrones...". La mayoría del bestial contestó de la docena para arriba. Casi sufrimos un colapso nervioso dispuesto a compartirlo con Pinzón cuando uno de los candidatos contestó: "Son cuatro...". Yo le pregunté: "¿Y cómo se llaman, oh, animalejo.". A lo que la criatura respondió: "Este, oeste, norte y Rodríguez". Entonces Pinzón le pidió que señalara el Rodríguez. El marinero señaló hacia La Niña y luego dijo: "Miren allá, su nombre es Heriberto y ahora se está robando las sogas y uno de los cañones...".

Partiremos con tres carabelas. La Santa María, mi puesto de mando. La Pinta, al mando de Martín Pinzón. Y La Niña, bajo las órdenes de su hermano, Cervino Pinzón.

Mi vigía se llama Rodrigo de Triana. Parece ser un buen hombre. Es un experimentado guía turístico y ha viajado mucho. Me ha confesado que jamás ha puesto un pié en las nuevas tierras. Gracias a Dios. Tenía que asegurarme de ello y cuando se lo pregunté lo hice mientras le arrojaba agua hirviendo sobre la nuca con una pava de aluminio. De otra manera, ¡qué papelón el de mi hidalga investidura!. Yo, clavando la espada de la conquista sobre suelo virgen y aparece un aborigen diciendo: "Hola, Rodrigo... ¿siempre al 20 por ciento, no?". En La Pinta irá como vigía el portugués Yo, Dos Santos de quien no conozco antecedente alguno y me llama la atención su identificación en demasía. ¿Yo no es un pronombre?, ¿la coma se pronuncia?. Lo más parecido que he escuchado es "El es un santo", lo dijo un tal José Miloja en una ocasión cuando hablábamos de cierto clérigo vasco pero recuerdo que no mencionó la coma. Yo, Dos Santos le tiene terror al agua salada y por ello quiere estar lejos de ella. Solicitó ser el vigía. Algo me hace suponer que no piensa bajar de su puesto en lo que dure esta larga travesía. Finalmente, en La Niña estará como vigía el sevillano Joaquín Pihudo. Gracias a Dios que la hache no se pronuncia. Este Pihudo tiene una vista envidiable. Estábamos en el muelle y nos avisó con media hora de anticipación que se venía un viento desde Cataluña. Dijo Cataluña porque él fue una de las bestias que no sabía que existían los puntos cardinales. De todas maneras, tengo algunas dudas sobre su buen desempeño. Es mudo. ¿Cómo hará para avisarnos si avista las nuevas tierra?. ¿Dando manotazos en el aire?. Le ordenaré a Cervino que disponga de alguien las 24 horas del día para vigilar sus manos.

2 de Agosto: Herederos directos de trulalá. Coños, cojones y cojinetes. Aún no hemos partido y los muy ladinos ya han intentado el primer motín a bordo. Un motín a bordo relativo ya que la mayoría de los que participaron en la sublevación se encontraban en la taberna del puerto esperando la orden de partida. El motivo: cerveza con mucha espuma. He requerido de la guardia portuaria su colaboración para obligarlos a desistir y los malhechores, cuando se la vieron fea, se disculparon diciendo que sólo era una práctica. ¡Lo que me espera en alta mar!. ¿Cómo haré para controlarlos cuando comiencen los mareos anque vómitos?.

Uno de los tripulantes es un marinero muy extraño. Hoy se acercó a mi extraordinaria figura de conquistador de otrora y me preguntó si podía usar pollera y/o minifalda considerando que yo usaba medias can- can color violeta y peluquín de damisela. El muy insolente ignora que hay que ser "begonia de macho", para utilizar ambas cosas. Le comenté el caso de los escoceses que usan pollera a cuadros y como no se convencía le hablé sobre la tribu de los Morrongos, en Nigeria, que caminan todo el día por el desierto con tacones altos. Si continua con sus insolencias, le hablaré sobre los rusos que se besan el la boca cuando se encuentran. Y en la nuca cuando se despiden.

Si mañana al alba no partimos de este puerto me hago monaguillo. Al respecto, he hablado con el cura Monapricot y me ha confirmado que desde pasado mañana ya me esperan en el convento de La Cataluña. La bienvenida será con buñuelos. ¿Se acordarán que detesto las pasas de uva?.

3 de Agosto: ¡Aleluya!. ¡Cartón lleno!. ¡Por los mil sapos de agua estancada!. Me quedo con las ganas de comer buñuelos pero iré a la iglesia únicamente los días domingos. Hemos partido al alba y en punta. Con La Santa María nos cortamos solitos rumbo a las Islas Canarias. La tripulación está muy contenta porque a todos les encanta la polenta. No entiendo lo que me dijeron. Temo que los muy ignorantes creen que esta isla está llena de canarios. Menuda decepción se van a llevar. El vigía Rodrigo de Triana ya está organizando a bordo dos excursiones en la isla que incluyen baño sauna y masajes en la espalda y afines con la participación asegurada de algunas nativas. Me gusta la idea. La tripulación tiene que distraerse porque lo que vendrá más adelante no es bueno. No me conviene que piensen mucho. Bueno, de todas maneras no se le puede pedir tomates peritas al olmo.

Detrás nuestro viene La Niña y dos millas más atrás viene La Pinta. Vamos muy tranquilos porque navegamos en aguas conocidas. Hasta nos saludan a nuestro paso. Las provisiones abundan y la mayoría de los hombres aún no se ha alterados por cuestiones hormonales. Tampoco los mareos aún no han aparecido. El único que se muestra bastante inquieto y molesto es el particular marinero que ayer se acercó solicitando el permiso para utilizar pollera. En la mañana se lo vio corriendo de popa a proa, desnudo y gritando: "¡Soy la reina de los mares!". ¿Qué le ocurre a esta criatura?. Si mantiene su comportamiento anormal lo arrojaré a los tiburones.

15 de Agosto: Atardecer de un día calmo. Estoy escribiendo en mi recámara. En momentos más la cena estará lista. La tripulación mantiene una postura de calma y obediencia. Sin embargo, a mis hermosas orejas comienzan a llegar ciertos rumores. Pinzón me ha comentado que algunos ya se han tomado a golpes. Han discutido porque algunos quieren la polenta con carne picada y mucho queso de rallar y otro grupo la prefiere con dulce de membrillo y queso cuartirolo. Dios mío, hay gustos para todo. Estos creen que están de vacaciones. No tienen idea lo que les espera en los nuevos continentes. Nunca han visto un aborigen y espero que cuando se encuentren con los indios no se desboquen. Al primero que se ríe de un nativo lo castigo con cien azotes en el lomo. Y en las orejas. ¡Huy, cómo duelen en las orejas!. Eso, mejor ordeno los cien latigazos en las orejas y listo.

El marinero confundido continua con las suyas. Martín Pinzón me comentó que hay un grupo de marineros que ya lo quieren asesinar. ¿O dijo violar?. Al mediodía aprovechó la velocidad de 5 nudos y se la pasó nadando como una sirena alrededor del barco. Usa una maya de dos piezas, color rosa fuerte con puntillas blancas, dice que se la regaló una amiga que trabaja de ligera. ¿Qué es eso de ligera?, ¿es maratonista o algo por el estilo?. El extraño hombre se arrojaba desde el puente de la nave dando piruetas en el aire. Lo hizo varias veces hasta que alguien gritó: "¡hombre al agua!". Nadie movió un dedo al ver que el caído no era un hombre. Únicamente, el marinero Lafuente se hurgó uno de sus orificios nasales con el dedal y luego continuó cociendo los botones de su chaqueta. No quiero castigarlo con los azotes porque enloquecería de la felicidad. El Capitán Pinzón lo amenazó con el cepo a lo que el particular tripulante le respondió que no había problemas pero que sea de cara al piso. ¿Qué debo hacer?. Él mismo se ha puesto un apodo. Ahora se llama "marinera de soja", y le pide al resto de la tripulación que lo muerdan porque dice que la soja es muy nutritiva.

2 de Septiembre: A mitad de la noche anclamos las tres carabelas a pocas millas de las Islas Canarias. Amparados por las sombras nocturnas he ordenado un simulacro de desembarco de lo que será, con viento a favor y si Dios quiere, el descubrimiento más extraordinario de este siglo. Ahora bien, considerando la grandeza e importancia de esta aventura, diré que aquí no ha pasado nada. Esto fue un absoluto desastre. Nadie veía nada. Gracias a Dios no hubo nativos testigos en los alrededores. Ordené diez marineros por bote y dos embarcaciones llegaron vacías a la playa por lo que deduzco que en algún bote iban 30 o más hombres o algunos llegaron nadando a la costa. Yo, los hermanos Pinzón, la marinera de soja y el vigía Rodrigo de Triana, fuimos los primeros en llegar a la playa y no sufrimos ningún problema. Ya en la playa decidí hacer un ensayo de mi glorioso acto de conquistador y al querer desenvainar la espada se la clavé a la marinera de soja en uno de los laterales de sus posaderas. Por un momento pensé que lo había matado pero ante mi sorpresa él sonrió y me dijo con un tono muy dulce: "Comandante, Ud. me ha conquistado. Disponga de mi geografía...". Un rato después, intenté nuevamente clavar la espada en la arena mientras me arrodillaba y otra vez metí la pata. Mejor dicho, la espada en el pié de Pinzón. Se la clavé justo al medio del empeine de su pié derecho. ¡Qué momento!. El Capitán, a la altura de su adiestramiento académico, se esforzó en no perder su compostura habitual y me dijo: "Comandante, Ud. me ha ensartado. Disponga de mi mano...". Y me pegó una cachetada en la frente por la cual mi peluca voló por los aires como un pájaro muy peludo. Me ha salido un chichón en la frente y no pienso hablarle por el resto del viaje. Indiferencia total. Que canalice con su abuela.

Pasaron algunas horas y comenzamos a inquietarnos. Los botes restantes no llegaban a la playa. De pronto, escuchamos gritos y risas que venían desde la inmensa oscuridad del mar hacia nuestra dirección. También, pudimos escuchar el chapoteo de muchas sandalias hawaianas en el pequeño oleaje. Recuerdo haber escuchado estas expresiones: "¡Síganme los buenos!", y "¿quién me salivó la nuca?". Alguien exclamó: "¡Sácate el peluquín ridículo, Cristóbal!". Progenitor de trulalá, timorato y majadero. Si logro averiguar quién fue lo haré flagelar en las orejas. Mil azotes. De mi persona que digan lo que quieran pero con la peluca de mi siempre recordada abuela no se mete nadie. Tampoco con las can- can de la tía ya casi olvidada Gregoria. Al respecto, reconozco que debería sacármelas de tanto en tanto. Anoche, durante la cena, hablábamos sobre mi delgadez y Rodrigo (mientras se introducía al interior de su boca una papa del tamaño de una bocha lisa), me dijo: "Comandante, Ud. está quedando can- can y hueso...". Parece ser que mis adoradas medias se han encarnado en la piel y ya puedo ver algunos vellos matizando sus tonos violáceos. El cuerpo humano es algo asombroso.

Nos hemos aprovisionado muy bien. Los Reyes le han ordenado a esta gente que nos suministre todo lo necesario para continuar con el derrotero. Pero, de buena fuente, me he enterado que se han producido algunos abusos por parte de mi tripulación. A un nativo le robaron la billetera. Dijeron que fue muy fácil hacerlo porque parece ser que los habitantes de esta isla no usan pantalones y andan con la billetera en la mano.

Por otra parte, como lo supuse ni bien partimos, estos animalejos creían que dada la denominación de esta isla, la misma estaba poblada de canarios. Siempre supe que ocurriría esto. Al amanecer, los cien hombres bajaron a tierra corriendo como verdaderos enajenados mientras gritaban: "¡PIPI, PIIIIPI, PIRIPIPI!". Todos llevaban redes para atrapar mariposas o jaulas para canarios. ¿De dónde las sacaron?. Media hora después, regresaron a las naves corriendo con mayor desesperación siendo perseguidos por una jauría de tres a cuatro mil perros que mostraban un alto grado de malestar. Ahora, como si los problemas que nos esperan más adelante fuesen poca cosa, las naves están a punto de hundirse por el peso de cien hombres y varios millares de canes. Observamos con el Capitán Pinzón algo que nos llamó la atención entre tantos gritos anque ladridos. El marinero Sotomayor subió con total tranquilidad y a paso de desfile a La Santa María llevando una extraña especie de ave en el interior de una de las jaulas para pájaros. Parece ser un perico o algo por el estilo porque ladra como los perros. Sabía que un perico puede hablar, pero ladrar es otra cosa. Es increíble. Es un ave peluda con cara de abuelo y tiene muy mal carácter. Uno de los pescadores me dijeron que se denomina Pequinés pero admito sin vergüenza que ignoro si he escrito su nombre correctamente (yo también lo admito). Con Pinzón percibimos que no tiene alas. Y que lleva cuatro patas cortas. ¿Las aves no tienen dos patas solamente?. De todas maneras, estamos convencidos que esta extravagante especie que atrapó Sotomayor nos vendrá de parabienes en caso de no encontrar las tierras prometidas. Estamos de acuerdo en una cosa: le diremos a los Reyes que al perico peludo de cuatro patas lo descubrimos escondido entre la espesura de la selva levantando una de sus patas traseras con la intención de evacuar sus fuertes orines.

El que más sufre está insólita situación de los perros sobre las carabelas es el vigía Yo, Dos Santos en su puesto de observación. Se le han subido más de una docena de canes y el hombre no puede moverse. Además, grita continuamente como un loco que le pica la cabeza y no puede mover los brazos para rascarse. Pero, veamos el lado bueno de esto; ahora tiene un buen motivo para no bajar de su puesto.

Las excursiones organizadas por Rodrigo de Triana se suspendieron por mal tiempo. Una lluvia de pelos y un viento de pulgas que duraron casi tres días nos impidió salir.

No veo la hora de continuar con el rumbo. Rumbo al oeste, siempre al oeste. Mañana temprano partimos. Como sea, pero algo vamos a partir. Desde aquí nos espera lo desconocido. Es algo muy emocionante, más entretenido que la rayuela. ¿Qué nos deparará el destino?. Este es el momento en que siento una profunda necesidad de volcar en estas páginas del diario una frase que hará historia. He aquí mi verdad: "¡qué cojones tenían los vikingos!". Al fin lo he dicho, me siento en paz con la humanidad toda. Soy esencialmente un hombre sincero y me considero un verdadero cruzado. Especialmente, cuando estoy de mal humor.

15 de Septiembre: La trulalá de mi tatarabuela Doña Clara. Estoy desconsolado a causa de los nervios. Coños anque cojones. Liendres y garrapatas. Desde que partimos desde las Islas Canarias, el 6 de Septiembre, el mar parece una postal. ¿Qué pasó con el viento?. Las tres naves no se mueven un centímetro ni por asomo. Esto es la muerte. Partimos hace 9 días de las islas y aún puedo ver a los nativos saludando desde las playas. Dios mío, ¿no se cansan nunca de agitar los brazos?.

Así no llegamos ni a placé.

Aprovechando la inmovilidad de nuestras embarcaciones ordené que enviaran de regreso a la isla algunos centenares de perros en botes. Una veintena de marineros de La Pinta ha aprovechado la oportunidad y disfrazados de canes (parecían eslabones perdidos por el tamaño), huyeron con el perrerío. Cobardes y mentecatos. Nos dimos cuenta de la pérdida con los hermanos Pinzón pues entre los ladridos se escuchó un "¡Guau! ¡Te fuistes por los Visconti, hidalgo! ¡Guau!". Lo peor de todo es que el resto de los hombres ya muestra signos de inquietud y se impacientan en demasía. En realidad, casi todos quieren regresar a la Madre Patria. Se aburren como osos, se la pasan todo el día jugando a la batalla naval y comen a destajo a causa de la ansiedad. Se están agotando las provisiones (incluso, todas las que cargamos de las islas), por ello, no quise enviar de regreso a todos los perros. Por las moscas. Con excepción del perico peludo de Sotomayor acá nadie es imprescindible. Y de mi maravillosa persona, of course.

He organizado algunas distracciones con los capitanes para que la tripulación no se amotine del aburrimiento pero los resultados no han sido los esperados. En La Niña jugaron a las escondidas y todo iba bien hasta que se reportó la desaparición de uno de los marineros, de nombre José Sanmiñón. Parece que se escondió tan bien que se perdió él mismo. No lo encuentran por ningún lado. En La Pinta se organizó un Ron Canasta que duró varios días por eliminación de parejas. Jugaron sin cartas. Finalmente, quedaron todos tirados en el puente borrachos como una cuba. En nuestra amada Santa María, Rodrigo de Triana, propuso un original divertimiento al cual bautizó La busqueda del tesoro, pero no tuvo mejor idea que proponer a mi peluca como tesoro. Anoche, mientras yo dormía plácidamente en mi mullida recámara, se abalanzaron sobre mi delicada humanidad una multitud de malhechores y me han dejado todo magullado. Uno de los cacos ha aprovechado el anonimato patotero y me ha mojado la oreja derecha. Otro me hizo la paralítica y aún me duele el muslo agredido. Ahora, mi peluca es sólo un bello recuerdo. Ya no me respetan como antes. Mi imagen de conquistador ha mermado en gran parte a causa de mi incipiente calvicie. Esto va de mal en peor.

Dos cosas para rescatar en este período de hastío: Un novedoso juego llamado Perro al agua, realizado en La Pinta y aprovechando la volteada, en el cual logró el primer puesto el marinero Sarazola con 128 perros salchichas a estribor. Y un concurso de pesca que se hizo el día domingo desde el puente de La Santa María utilizando de carnada... adivina, adivinador; ¿qué utilizamos de carnada?. Una ayuda: no eran lombrices. Lo ganó Martín Pinzón con la captura de pez espada de casi cuatro metros de longitud. El muy fanfarrón desde entonces se pasea como un pavo de babor a estribor con el enorme pez envainado en su estuche de la espada. Si se viera en un espejo, caminando de lado a lado cuan patético borracho. Lo quiero ver cuando tenga que sacar al pez en algún enfrentamiento con los indios.

Le he solicitado a toda la tripulación que me hagan llegar propuestas para que las naves se muevan, al menos, hasta que sople el viento. Como era de esperar considerando el origen de las iniciativas solicitadas mi iniciativa no tuvo éxito. Uno de los hombres me dijo que podíamos empujar los barcos como se empujan los carros cuando se cansan los caballos. Yo no pronuncié palabra alguna. Martín Pinzón, en cambio, no pudo contenerse y le hizo notar al mutante que para empujar un carro se requiere de tierra firme dónde apoyar los pies. El marinero me miró con los ojos muy abiertos, tipo ignorante, y luego dijo: "Entiendo. Además, a caballo regalado no se le miran los dientes...". Otro de los tripulantes comentó que bien podríamos correr todos desde la popa hacia la proa por espacio de varias horas clavando fuerte los tacones contra los maderos del puente mientras cantamos "Taconeando con los nuestros". De esta manera, de acuerdo a la idea de este hombre, la nave se moverá hacia adelante. Considerando la naturaleza de semejante teoría le pregunté si la cosa no funcionaría mejor cantando "La Marsellesa", pero como la cantan los holandeses. Confesó que no conocía la letra ni en francés y desapareció de nuestra vista.

© Juan Carlos Vecchi