Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Mercedes, una traviesa de barrio

José María arropó a Jesica que ya se había quedado dormida y, seguidamente, puso la palma de su mano sobre la frente de Fabiana que llevaba dos días con una gripe que no amainaba. La besó tiernamente, dobló el borde de la sábana para que cubriera el de la frazada, acomodó las cobijas justo debajo del mentón de Fabiana, volvió a besarla y le dijo en voz baja:

-Si te sentís mal mientras estoy trabajando, abrís la ventana y le gritás a la Felipa.
-Si papá… Papá…
-Que pasa.
-Hoy ponete la rubia, es la que mejor te queda.
-Bueno, ahora dormí.

Se volvió en dirección a la cama en donde Diego se resistía a dormir, luego de amonestarlo severamente le advirtió:

-Mañana cuando vuelvas del colegio, vos y yo vamos a hablar largo y tendido. Hoy me contó la hermanita Luisa que te portás mal y que en la clase de matemáticas sos un desastre.
-Y bueno papá…-contestó Dieguito sollozando- ¡Qué querés! La hermana Consuelo no sabe explicar, te reta siempre, ¡es una monja de mierda!
-¡Ahora dormite!, mañana hablamos…

La pequeña habitación, cuyas débiles paredes, levantadas con mucho esfuerzo con ladrillos de canto, dejaban pasar el frío y la humedad, albergaban una cama camera y otra turca, transversal; y un pequeño roperito y una mesita atiborrada de libros de cuentos, comics, guardapolvos y cuadernos de colegio. Fabiana y Jesica dormían en la cama grande; Dieguito, el privilegiado de la casa, "mi cabrito" lo llamaba orgulloso José María, dormía solo.

José María se quedó un rato mirando a sus hijos con una mezcla de ternura y de nostalgia por lo que no pudo ser. ¡Cómo extrañaba a la Marta!.

Pasó de la habitación a la cocina y puso la pava en el fuego para prepararse unos mates antes de salir a trabajar. Mientras el agua se calentaba, se sentó a la mesa, tomó un cuaderno y comenzó a hojearlo; era de Jesica. La letra era pequeña, parejita, prolija. Él no había podido ir a la escuela, ¡que iba a ir! A la edad del Diego los changuitos, allá en su lejano Tucumán ¡minga de escuela! Al cañaveral había tenido que ir, a acompañar a sus padres a juntar caña de azúcar. A la noche, después de una jornada aplastante, con suerte llegaba el pequeño alivio de un pan duro y un jarro con mate cocido. Él sabía lo que era el hambre. Jamás permitiría que sus hijos pasen por eso, así tuviera que pasarse la vida haciendo lo que hacía. Aunque tuviera que soportar que sus hermanos le hayan dejado de hablar, y que su querida viejita lo trate con frialdad, sin la ternura de antes. A trompadas defendería, si era necesario, el plato de comida y la educación de sus hijos. Y con una cuchilla les haría frente a los que quieran dudar, aunque sea por un segundo, de su… dignidad. ¡Sí! ¡Su dignidad! ¡Y su honor! Porque él, José María, era también una persona responsable ¡o el cuidado que prodigaba a su familia no lo demostraba! Pocos eran los chicos del barrio que todavía iban a la escuela, y él además los mandaba a una privada. Esta bien que no era pituca las escuelita de la parroquia, pero las monjitas eran muy buenas y jamás lo habían criticado, y le habían dado una beca como dicen ellas. Pagaba la cuota de un chico, pero los tres eran alumnos de la parroquia. Con lo difícil que se hacía pagarla; y la luz, y el gas, y la poca ropita que les podía comprar, y la comida, y la coima al turro del oficial de calle, y la ropa para ir a trabajar. Trabajaba noche tras noche, de lunes a lunes, de enero a diciembre, y desde que la Marta se había ido…

La pava comenzó a emitir un silbido agudo anunciando que el agua iba a hervir; José María se puso de pie de un salto y sin hacer barullo la quitó de la hornalla. Volvió a sentarse y cebó el primer mate, calientito, decía él, José María; amargo como la vida, y con espumita.

Las diez y media, tenía tiempo. Hoy hasta la medianoche no pasaría nada. Por suerte esa noche tenía un fijo, Carlos, un hombre muy bueno que la buscaba todas las semanas.

Cada vez estaba más difícil hacer la diaria. Solanch le había comentado, cierta vez, que en el centro se trabajaba menos y se ganaba más, y él, José María, por curiosidad, por espíritu de aventura, y por un deseo nato de progresar en la vida, se había ido una noche a trabajar a la capital. No tenía la menor idea de dónde quedaba Palermo, jamás había ido allí. Solanch con detalle, le explicó como llegar, ella iba seguido al centro: el 277 a la estación de Lanús, el tren hasta Constitución y el colectivo 39, era uno marroncito, ramal 3 hasta Palermo.

En tres horas levantó muy buena guita; un muchacho de unos treinta años, muy bien vestido con un traje finísimo, le aflojó cincuenta pesos como si nada y, encima, le preguntó si venía todas las noches. Al rato otro cliente, treinta pesos, y al rato otros treinta pesos y cinco de pinapro para una birra. ¡Ciento quince pesos! Y en un ratito. ¡Y claro! Era la capital, en el centro hay otro ambiente, no es como en los suburbios de Lanús. Volvió para su casa excitadísimo por el descubrimiento de esa nueva veta de trabajo. Pero claro, había inconvenientes: la distancia, volver a casa sin poder cambiarse de ropa, y ya sabía bien él, José María, los inconvenientes que eso traía, otro problema era la coima a los federales, que cobraban más que los desgraciados patas sucias de los bonaerenses, y por último, la parada. Porque ir un día, vaya y pase, ya algunas chicas la habían mirado mal, pero ser efectiva en el lugar era otra cosa; seguro que en algún momento tendría que pelear por el lugar de trabajo. No le importaba, porque él, José María, era bien macho y se bancaba lo que venga, para eso Dios y su santa viejita, que ahora ya no lo abrazaba como antes, le habían dado un buen lomo, para el aguante, como a él, José María, le gustaba decir.

Al volver de esa primera, y hasta ahora única, exploración de la calle Oro y adyacencias, tenía todo resuelto. Ahorraría plata, pesito tras pesito, y se compraría un cacharro. Un autito en cualquier estado, pero eso sí, con los papeles, y que ande bien. Ahorraría un montón de tiempo en viaje, y había resuelto el problema del gasto de la nafta y del aceite. Pensaba en el gasto del aceite, porque intimamente, José María sabía que lo único que podría comprar sería un batatón cachuzo que perdería aceite por todos lados, y con los papeles truchos.

Le diría a la Solanch que la llevaría y traería a Palermo todos los días, le cobraría la mitad de los gastos, aceptaría corriendo, estaba segura. Y le propondría lo mismo a la Pamela, la chica que paraba en Sanjocity, y le cobraría la otra mitad. Le alegró pensar que esa posibilidad que estaba al alcance de su mano, le ayudaría a que en el próximo verano los chicos puedan ir a esas colonias de vacaciones, como las llaman. Se pondrían tan contentos, y dejarían de callejear. Y si ganaba unos pesitos más, tal vez podría comprarles a sus hijos una computadora; iría también, comprando de a poco cemento, chapas, arena y ladrillos, para poder levantar, con sus propias manos, otra pieza; las chicas ya se iban a poner señoritas, y el Dieguito tendría una habitación para él solo. Él, José María, seguiría durmiendo en la cocina, no le importaba.

Apuro un último mate, ya medio tibio y lavado, dejó mate y pava en la mesada, se dirigió hasta el otro extremo de la cocina, hasta un pequeño ropero que estaba al lado del desvencijado y pulcro sofá que le servía de cama. El ropero que había sabido tener tres lunas, lucía ahora solamente la del medio, con una gran mancha negra de humedad, arriba a la izquierda; las lunas de los costados hacía tiempo que se habían roto y fueron sustituidas por parches de madera terciada que estaban tapizados con infinidad de fotos de ídolos. En el de la izquierda Maradona con la camiseta de Boca, Bianchi, varias formaciones del equipo xeneize, y una muy ajada del Loco Gatti. Desde el de la derecha, sonreían cancheros Adrián Suar, Cheyenne, Leonardo Di Caprio y los staffs completos de los grupos "Sombras" y "Los Mariscales de la Cumbia Villera".

José María se miraba en el espejo; sí, estaba bien afeitado, nunca andaba con la barba de algunos días, nunca, ni antes ni ahora. Y ahora menos, ir perfectamente afeitado a trabajar era como el abc de las cosas. Se quito la camisa y el pantalón y los colgó, prolijamente, en una percha. El calzoncillo lo puso con su propia ropa sucia, la de los chicos la ponía aparte. Era un berretín que tenía desde hace algún tiempo, le daba la sensación de que su ropa tenía una suciedad adicional, invisible.

Ya desnudo, volvió a mirarse en el espejo, le gustaba su cuerpo; hombros anchos, pecho erguido, vientre duro y escaso. Se volvió y giró su cabeza en sentido contrario para poder observar la espalda, la cintura y el culo. Estaba bien, muy bien. Era raro, desde que trabajaba en la noche había comenzado a mirarse todo el cuerpo, lo hacía todas las noches antes de ir a trabajar. Porque antes, solo utilizaba el espejo para peinarse o afeitarse.

Cuando abrió la puerta-espejo de su ropero, quedó al descubierto una muestra de orden, aplicación y esmero. Toda la ropa estaba admirablemente limpia, planchada, colgada, doblada, acomodada. La falta de una cajonera había sido subsanada con cajas de cartón de aceite o mayonesa; todas tenían pegadas etiquetas recortadas de hojas de cuadernos escolares, que con letra infantil indicaban el contenido. José María abrió la que decía “ropa interior y medias de papá” que alguna vez había contenido galletitas "Tita", tomó un portaligas negro y se lo puso con gesto mecánico.

José María consideraba que vestirse para ir a trabajar, era un momento importante del día. Y no de ahora, desde siempre. Desde que se ponía el mameluco azul en el vestuario de "Metalúrgica Schwarztman". Tenía dos; cada tres días, la Marta lavaba y planchaba el sucio y él, José María, iba a trabajar con el limpio. Ser tornero no implicaba andar constantemente sucio de grasa. Y él, José María, había sido un tornero de los buenos, modestia aparte, el mejor de la zona sur. Y por eso fue que don Saúl lo despidió cuando no tuvo mas remedio, cuando la fábrica quebró. Quedaban solamente veinte muchachos, de los doscientos cincuenta que habían trabajado en las mejores épocas. Ese sí que fue un momento duro, quedarse sin laburo con tres pibes. Por suerte en esa época la Marta trabajaba limpiando casas por horas.

Luego de ponerse el corpiño tomó unas medias negras que le llegaban hasta la mitad del muslo, sentado en el sofá comenzó a ponérselas, le gustaba el roce de esa tela suave contra la piel de sus piernas depiladas.

El último día en la fábrica se reunieron los pocos que quedaban en la oficina de don Saúl, ¡cómo lloraba ese hombre!.

-¡Que voy a hacer ahora, Dios mío! ¡Qué voy a hacer! Toda una vida de trabajo para terminar así.
-Y bueno don Saúl, peor nosotros que ni siquiera cobramos la indemnización. Se quejó tímidamente el Cacho Espíndola.
-¡Ustedes son jóvenes querido!, pero yo, a mi edad. ¡Es que este Turco hijo de mil putas quiere hundir al país! ¡Hay que ser idiota para no darse cuenta!

Con la política de libre importación, "Metalúrgica Schwarztman" había comenzado a perder ventas y clientes como un cuerpo pierde sangre a causa de una hemorragia imparable. Lenta e inexorablemente agonizó hasta terminar sus días en una bancarrota total.

Ajustó las medias al portaligas y se puso de pie, se agarró la pistola desde el prepucio y la estiró acomodándola, para disimular el bulto, justo entremedio de los dos huevos; ajusto el artilugio con una telita negra, que a guisa de tanga, se ajustaba por delante y por detrás del portaligas.

¡Pobre don Saúl! Lo mató el disgusto, a los cuatro meses le reventó el corazón, seguro que por la bronca y la tristeza. Él, José María, no se volvió loco gracias a la Marta, no conseguía trabajo ni para juntar cartón, ni para barrer la calle. Marta lo tranquilizaba, le daba ánimos, hacía lo posible para que él, José María, no se desmoralice. Había sido una gran compañera.

¿El vestidito rojo o el negro? No, el negro, hoy iría toda de negro.

Había comenzado a padecer lo que conocemos como depresión, pero que en la pobre compresión que tenía José María de algunos fenómenos, lo denominaba "no tener fuerza". Un día que estaba tirado en la cama, ya ni salía a buscar trabajo, era perder el tiempo, y además gastaba plata en comprar el diario y viajar, todo para nada, Marta se acostó a su lado y lo abrazó.

-Que le pasa a mi negrito -le había dicho con ternura mientras le daba besitos por el cuello- no se me ponga así porque la Virgen me ha dado Gracia, ¡la Virgen te da todo lo que le pidas! Y la virgencita me dió.
-¿Te sacaste la lotería?
-No le pedí plata.
-¿y que le pediste?
-Trabajo.
-¿Y qué? La Virgen me consiguió laburo.
-No. Me consiguió a mí otro. Se casó la hija de la señora Claudia, y se va a vivir en un departamento del mismo edificio. La chica quiere que le vaya a limpiar la casa, son seis horas mas de laburo por día, zafamos Negro.
-¿Y vas a laburar doce horas?
- Sí, mas las tres del viaje. Así que preparate para hacer de ama de casa. Le dijo mimosa mientras le ponía en el bolsillo de la camisa un billete enrollado.
-Esto es para que ni Negrito se vaya a tomar unos vinos con los muchachos. Le decía esto acariándole la entrepierna.
-Mi negro putito me va a tener que lavar las bombachas ahora.

Jamás llegó a saber Marta la carga profética que encerraban sus palabras. Ahora abría el cierre de la bragueta e introducía su mano, su juguetona mano, buscando la anhelada presa.

Hicieron el amor rápidamente, sin desvestirse. Afuera, en el pequeño patio sin embaldosar, los chicos jugaban a saltar la soga.

-¡Esa era una mina!

Pensó esto al mismo tiempo en que se sentaba para maquillarse.

Primero el pancake. El acné adolescente le había dejado surcos, huellas, y era mejor taparlos, había clientes que sabían apreciar el maquillaje de una chica. Los labios eran una cuestión aparte, el ruch, como decía Solanch, era muy difícil de usar. O se le iba la mano y los labios quedaban como tomates, o se pintaba poquito, y después Solanch la regañaría.

-¡Hoy te pintaste como el orto boluda! Le diría, estaba segura.

Y así fue nomás. Él, José María, se había hecho cargo de la casa: mandar los chicos a la escuela, que en esa época iban a la del estado, hacer las compras, limpiar, cocinar, hacer las camas, barrer, lavar, fregar, bañar, baldear, regar, enjuagar, tender, destender, planchar, guardar, acomodar. ¡Cómo extrañaba su oficio de tornero!

El delineador, la sombra; el lápiz para las cejas no tenía punta. Que trabajo insoportable sacarle punta a este lápiz, la mina era cremosa, blanda y se te rompía si no tenés mucho cuidado.

Tampoco le gustaba quejarse, al fin y al cabo si ahora tenía que hacer de madre y de padre, fue porque Dios lo quiso así. A él, José María, el mundo le importaba tres carajos, lo mas importante en su puta vida eran sus chicos, su única familia, porque la suya y la de la Marta, lo único que sabían, era decir:

-¡Pobres chicos!

¡Pero jamás le daban una mano!. Ni siquiera los tres días que estuvo en el Hospital Fiorito al pie de la cama de la Fabiana. Volaba por la fiebre esa noche, ¡y se quejaba tanto pobrecita! La envolvió en una manta y caminó dieciocho cuadras con la nena en brazos hasta poder tomar un remise. Si no fuese por la Felipa, que es una vecina de fierro, el Diego y la Jesica se hubieran quedado solitos, porque su familia…

Fuerte fue el esfuerzo que hizo para controlarse y no llorar. Si le rodaban lágrimas, se corría el rimmel y tendría que volver a maquillarse.

No quiso acordarse de aquel maldito, aciago día, ¿qué iba a remediar con eso? Pero fue imposible. Este torrente de recuerdos desencadenados por el cuaderno de Jesica, abrió sin querer las puertas de la memoria. Eran las reminiscencias de un pasado próximo las que lo ayudaban a justificar un presente que jamás hubiese imaginado. Así es la vida, y José María la aceptaba tal como le había tocado.

Fue un veinte de octubre; imposible olvidar esa fecha, el mismo día del debut de Maradona en primera. Como todos los quinces de octubre, y como bostero de ley, José María festejaba con los muchachos en el bar "La Coruña" el onomástico mas importante en su vida. El gallego Leandro no daba abasto sirviendo vino y birra. Una televisión reproducía un cassete con cincuenta goles del Diego en diferentes equipos, mientras, los muchachos se abrazaban saltando, bebiendo y cantando: ¡Maradooo…! ¡Maradooo…! Hubiese sido una fiesta hermosa si la dureza de la catástrofe no la hubiera teñido con el negro del riguroso luto.

José María volvió tarde a su casa, medio machadito, algo más que chispeado. Los chicos miraban la tele; la Marta no había llegado, ¡qué raro!

Las horas pasaban en la misma medida en que su intranquilidad aumentaba, la Marta no llegaba. A la una de la mañana se decidió, camino veinte cuadras hasta el teléfono público mas cercano, en la misma esquina en dónde hoy tiene su parada. ¡Quién lo iba a decir! Llamó a la señora Claudia que asombrada le dijo que Marta se había retirado a la hora de costumbre, y que pregunte en comisaría, y que la tenga al tanto, y que qué preocupación, y….

Volvió a su casa sin saber que hacer, los chicos dormían como angelitos. Esperó y esperó y la Marta no llegaba y se había largado una tormenta que amenazaba con no parar y las tres de la mañana. Se largó a tomar el colectivo a la estación de Lanús, una hora tuvo que esperar el puto bondi debajo de una lluvia torrencial. Fue hasta la seccional segunda y lo hicieron esperar, la comisaría hervía porque habían metido en cana a dos tipos que traían ensangrentados, el Colo y el Tucho decían los canas que se llamaban y tenían que hacer el papeleo. Cuando se dignaron a atenderlo y contó lo que sucedía, un oficialito petiso, con cara de rana macho y sin ninguna gana de trabajar se puso a revisar, perezosamente, entre unos papeles; al rato preguntó:

-¿Cómo se llama su señora?
-Marta Rivero. Contestó José María con congoja.
-¡Aquí esta!. Dijo al rato el funcionario policial como si una persona pudiera caber dentro de un formulario. Se acerco a José María leyendo para sí el papel y le escupió a quemarropa.
-La atropelló un auto cerca de la estación, el conductor se dio a la fuga.
-¿Cómo esta?. José María preguntó con una voz débil, temblequeante, frágil a causa de la desesperante sorpresa.
-¡Y yo que sé cómo está! Aquí lo que consta es que cuando la levantaron todavía respiraba, la llevaron al Hospital Vecinal.

Corrió esas pocas cuadras hasta el hospital como para encontrarse lo mas pronto posible con lo que apestaba a calamidad, a desastre.

Todavía agitado entró a la morgue siguiendo maquinalmente a un camillero, la conmoción lo envolvía como un tumulto helado que lo entumecía, lo paralizaba, entorpecía sus movimientos. Ahí estaba la Marta, o lo que de ella quedaba. Un amasijo de cabellos sanguinolentos, pedazos de piel y ojo coronaban lo que antes había sido su cara, ahora hundida y deformada.

-¡Ay! ¡ay! ¡ay!...Y ¡plac! ¡plac! Las rodillas de José María que se aflojan, y él se desmorona, y hecho un ovillo quiere llorar pero también gritar, y otro camillero que llega, y como pueden lo sientan en una silla de ruedas, y rápido lo llevan hasta la guardia para sedarlo.

José María observa sobre la mesa de fórmica, que imita el ónix, una gota negra, es una lágrima tinta en sombra.

-¡Conchasumadre!. Carajea en voz apenas audible para no despertar a los chicos.

Va hacia la pileta de la cocina y con agua bien fría, lava el maquillaje derretido por el llanto, friega con mano enérgica la cara aindiada y aprovecha para llorar a pata suelta, ahora el agua disimulará las sollozos.

Un poco reanimado vuelve a sentarse a la mesa y recomienza la diaria rutina del maquillaje. Los viernes, como la Jesica al otro día no tiene escuela, se queda levantada un ratito mas y la deja que la ayude a acicalarse; es que la Jesi es… ¡tan coqueta!, en eso sale a la madre. Ahora otra vez el pancake, la sombra, el ruch.

Una vida de ahogos, penurias y miseria, salpicada aquí y allá por motas de felicidad, como pequeñas islas en un vasto océano, habían hecho de José María una persona encallecida por el dolor, curtida por el sufrimiento, blindada para los padecimientos de una cotidianidad que en muchas personas hubieran significado la ruina, la desolación, el final. Poseía la fortaleza de la bestia que debe, atávicamente, luchar contra viento y marea para cuidar de la prole y continuar con la especie. José María desconocía las exquisitas y académicas disquisiciones sobre la moral; un entorno desolador y particularmente agresivo, lo había transformado en quién era: un animal proveedor de la cría a cualquier precio.

La familia, en ese trágico entonces había cerrado filas. La Fabi y la Jesica fueron a pasar un tiempo con la madre de José María, el Diego con la Teresa, su suegra. La precaria casa vacía, sin las risas o peleas de los chicos, la ausente presencia de Marta; su ropa colgada en el ropero, en la heladera un resto de postre que ella había preparado el último domingo, una bolsa de supermercado con sus pobres pertenencias que le habían entregado en el hospital. ¿Qué hacer? ¿A quién acudir?

La incógnita que surgía bajo el paraguas del desamparo, la incertidumbre y el reciente arrasado hogar, como hacer para sostener lo que quedaba de su familia, lo más preciado, sus chicos, hacía menguar, estrechar el dolor por la pérdida de su amada compañera. Y si posponer el ramalazo del duelo en pos de sortear un futuro que la perplejidad del presente anunciaba endeble, no lo llenaba de culpa, era porque José María era íntegro. Aunque él no lo supiese.

Un día y medio estuvo encerrado en su casa después del indigente entierro. Incontables horas pasó acariciando la pobre carterita de Marta o mirando la foto de su documento. Su congoja no encontraba sosiego.

Salio a la calle con paso rápido, para evitar que los vecinos lo detengan y le expresen sus condolencias o su solidaridad. Caminó por calles desnudas de árboles y de asfalto, adornadas con casuchas de chapas oxidadas, pobladas por infinidad de perros macilentos que le ladraban al pasar. Él era sólo angustia trasladada por un cuerpo que se empecinaba en dar un paso luego de otro, con el derrotero incierto, sin rumbo.

De pronto se encontró frente a la puerta del bar "La Coruña"; entró maquinalmente y la masa de contertulios, vagos, atorrantes o desocupados, hizo un pequeño silencio solemne, como primitiva forma de piedad, luego volvieron a sus paliques.

José María se acercó a la barra y encontró un lugar entre la muchedumbre de apartados por la sociedad; Leandro, solícito, se ofreció con su particular forma de compasión:

-Bebe lo que quieras, la casa siempre paga.

Le sirvió un vaso de moscato bien frío y siguió atendiendo al menesteroso grupo de clientes. Su esposa, doña Chus, salió del cuartucho que hacía las veces de cocina y, después de limpiarse las manos en un grasiento delantal le extendió la derecha:

-¡Que Santiago te dé luz, hijo mío! Y desapareció entre el tumulto rumbo a sus peroles.

Todos decían que doña Chus era bruja, y de las buenas; pero nunca sabría José María que esas dulces palabras, dichas con el apuro que dan las obligaciones, obrarían en él y en lo quedaba de su familia, un cambio prodigioso y socialmente reprobable.

Era imposible que José María sepa quién era el Apóstol ni dónde quedaba Compostela, pero al saborear ese frío moscato sintió una fuerza arrolladora.

Concibió que era ajeno a todo; a su desgraciada vida, a la imposibilidad de volver a encontrarse con su amada, a la diáspora de sus queridos hijos, a la complicación de mantener su casa. Miraba todo como si lo viese desde la Luna, desde una distancia abismal desde donde todo es pequeño, fugaz, solucionable.

En algunas mesas se jugaba al truco o al dominó, en otras la charla discurría por tópicos populares: culos de mujeres, fútbol, dinero. En una de ellas, la mas cercana a José María, el narigón Fulvio, reduse de autos, Esteban, dueño de la tienda de enfrente a la estación Monte Chingolo y el Ratón Cabeza, viejo levantador de quiniela clandestina, departían amablemente mientras degustaban el clásico copetín "La Coruña": Blanco "Santa Ana" bien frío, daditos de queso Mar del Plata, aceitunas rellenas con anchoas y rodajas de salamín de Mercedes, pan y escarbadientes.

Conversaban sobre las bondades amatorias de una prostituta local, la Camila, cuando Esteban atino a decir:

-Camila te la chupa rebién, en eso estamos de acuerdo,¡pero no sabés lo que es la Solanch!.
-Sí, pero es distinto, me estás hablando de un trava. Replicó Fulvio metiéndose una rueda de picado grueso en la bocota.
-¡Y qué carajo me importa!, a mi mujer le tengo que pegar para que me la chupe, la Solanch por veinticinco pesos me deja tranquilo.
-Gana guita el negro puto –Dijo el Ratón mascando un doblete de pan y queso- hay noches que se debe llevar cien mangos a la casa.
-¡Cien mangos! -Pensó José María alelado-¡Cien mangos! ¡Y en una noche!

Esteban se arrellanó en la silla y agregó.

-Cien mangos por lo menos, antesdeayer la fui a buscar y no me pudo atender, tenía clientela como para dos horas, tuve que volver a casa y cogerme a la conchuda de mi mujer.
-Ja, ja, ja… Rieron los tres por la “humorada”.

José María, rápido como una saeta, salió del bar rumbo a su casa.

Estaba convulsionado por lo que había escuchado, tenía la necesidad imperiosa de conseguir dinero para sustentar a su familia y se le había presentado la oportunidad de manera imprevista, inesperada. No se planteó ningún impedimento de índole ética o moral, no pensó en las consecuencias que acarrearían sus actos y muchos menos en la opinión de los demás. Lo único que en ese momento daba vueltas por su cabeza era la posibilidad de conseguir cien pesos por día. Todo lo demás pertenecía a otro mundo.

Al llegar fue directamente al ropero, a revolver las pocas ropas que había dejado su esposa; la mayoría le quedaban chicas o cortas, se probó un vestido verde que Marta había comprado para la comunión del Dieguito y le gustó. Encontró una blusa blanca y la apartó, podría ponérsela con la pollera escocesa marrón que usaba Marta para ir a trabajar. El problema era el pelo, no había en la casa ninguna peluca. ¡Qué iba a haber! ¿Cómo conseguir una? No podía ni soñar en comprarla, no tenía plata ni para el colectivo. Los pocos travestis que había visto llevaban el pelo largo o peluca, no era cuestión de que…¡Alberto! ¡Alberto lo tendría que salvar! Se quitó el vestido verde, se vistió con su pantalón y su camisa y salió pitando para la casa de Alberto.

Alberto vivía con su madre no lejos de la casa de José María, era una casita pequeña de chapas primorosamente pintadas. En un pequeño jardín, separado de la vereda por oxidado alambre tejido, crecían en latas de aceite de automóvil infinidad de malvones y geranios que rodeaban un limonero. José María cruzó el jardín y llamó dando unos tímidos golpes en la puerta de entrada.

-¡Quién es! Gritó una mujer con una voz cascada por el alcohol desde el interior.
-Soy yo doña Romualda, José María.
-¿Quién es?

Se escuchó un chancleteo y cuando la puerta se abrió, apareció doña Romualda. Era una mujer morena, pequeña e hirsuta, los cabellos despeinados y canosos le llegaban mas abajo de la cintura, su piel tenía la textura de un mondongo seco y arrugado. La ausencia de la mayoría de sus piezas dentales hacía que al hablar escupiese una pequeña chorrera de gotas de saliva, eso explicaba que al conversar, la arpía se tapara la boca con una mano.

-¡Ah! Sos vos. ¿Qué querés?
-¿Esta el Alberto?
-El Alberto está durmiendo, llegó de trabajar casi de día. ¿Qué querés?
-¿Puede llamarlo?

El basilisco, que miraba a José María desde el fondo de dos huecos en donde yacían sus ojos de reptil, giró la cabeza hacia adentro de la casa y gritó:

-¡Albeeeeeerto! ¡Albeeeeeerto!. Sus alaridos se escucharían a quinientos metros a la redonda.

Como pasaban los minutos y Alberto no daba señales de vida, José María se atrevió a pedirle a la bruja que lo llamase otra vez.

-¡Albeeeeeerto! ¡Albeeeeeerto! Tuvo por toda respuesta.

Al rato apareció Alberto. Gordito, morocho, enfundado en una robe roja que a duras penas disimulaba un par de tetas que le habían crecido, a fuerza de estrógenos, sobre la panza. El cabello teñido de rubio estaba guarnecido por una redecilla negra, las cejas depiladas y los restos de maquillaje rodeaban los ojos hinchados que estaban decorados por lentes de contacto de color verde.

-¡Ah! Sos vos. ¿Qué querés?. Alberto miraba a José María desde el sueño y la incredulidad.
-Necesito hablar con vos.
-Pasá, pasá. Le contestó Alberto como un zombie.

Pasaron al comedor cocina que estaba pintado de un verde cotorra que hacía daño a la vista, un par de estantes daban cuenta del afán coleccionista de Alberto: una serie de ositos de peluche de todos los tamaños, colores y formas, se alineaban como en un ordenado desfile. Una de las paredes estaba tapizada por infinidad de estampas de santos, vírgenes y jesuses.

Alberto invitó a que José María tome asiento y con ojos semicerrados le dijo:

-Me enteré de lo que le pasó a la Marta, te acompaño en el sentimiento.
-Gracias Alberto.

La gorgona se había quedado de pie entre los dos con la clara intención de presenciar el diálogo, esta presencia cohibía a José María que no se animaba a dar las razones de su inesperada visita. Alberto lo miraba, balanceando el cuerpo hacia adelante y hacia atrás, haciendo un denodado esfuerzo para no dormirse; José María tragaba saliva, carraspeaba y no se decidía a hablar; sentía que después de hacer el pedido iba a trasponer un línea, a cruzar un límite que lo haría adentrar en un terreno desde el que no habría retorno. Pero no tenía alternativas inmediatas.

-¿Y? ¡para qué vino! La bruja se exaltaba curiosa. José María se resolvió a hablar.
-Alberto vine porque necesito que me hagas un favor muy grande.
-Pida lo que quiera, nunca le negamos una mano a un vecino. Contestó la lechuza vieja.
-Esteee…yo quería…bueno…no sé si vos….
-¡Hable!
-Alberto, quiero que me prestes una peluca.

El sueño de Alberto pareció disiparse a causa de la sorpresa, no comprendía la razón del extraño pedido, los carnavales hacía rato que habían pasado, José María no era pelado y además sus pelucas eran de mujer.

-¿Y para que querés una peluca?
-Alberto, me quedé viudo y la Marta era la que paraba la olla, no consigo trabajo ni para enderezar clavos y tengo que mantener a mi familia. A afanar no puedo salir, ¿y si voy preso? ¿quién cuida a mis hijos?. Ya lo decidí, no me queda otra: esta noche salgo a yirar con vos.
-¡Otro puto en el barrio!. Escupió doña Romualda, que se dio vuelta hacia la santa pared mientras besaba la yema de sus dedos y luego los aplicaba con unción devota sobre una estampita del Jesús de la Salud y las Aguas. Comenzó a recitar una oración en voz casi audible y a mover la cabeza como si negase algo. Alberto quedó pasmado, bien despierto por la sorpresa.

Pasado el desconcierto inicial Alberto se animó a hablar.

-Mama, traiga algo para tomar.

Salió disparada la vieja, haciendo sonar las chancletas.

-No sé que decirte José María, me dejás fría. Guita vas a ganar, no me vas a robar clientes porque, gracias a Dios, sobran, pero… no sé…

Alberto se quedó mirando a José María con una mezcla de confusión y asombro.

-Esta bien, podés venir conmigo esta noche. Y si te la bancás, podés parar en la misma esquina que yo y me hacés compañía, y además si hay que cagarse a trompadas es mejor que seamos dos, es mas seguro.

Llegó Romualda con dos vasos y una botella de ginebra Bols, la destapó y como un ternero que con fruición mama de la ubre, la vieja chupó varios tragos de la botella, luego le sirvió a José María y después a Alberto que, levantando el vaso dijo:

-Tenés trabajo José María, brindemos.

Le costó trabajo a José María disimular el asco que le daba tragar esa mezcla de ginebra con babas de Romualda, pero hizo el esfuerzo para no desairar el convite.

Alberto lo acompaño hasta la calle después de darle una peluca, antes de despedirse le preguntó:

-¿Qué nombre te vas a poner?

José María quedó desubicado, no sabía que contestar.

-No le vas a decir a los clientes que te llamás José.
-Que sé yo Alberto, cualquiera es lo mismo.
-Pensá en una artista o en una cantante que te guste.

José María rebuscó en la memoria hasta que se hizo la luz.

-La Ramona Galarza me gusta como canta.
-¡Pelotudo! No te vas a poner Ramona, se te van a cagar de risa. ¡Pensá otro!

Alberto lo ponía en un brete, tener que pensar en ese momento esa tontería lo ponía nervioso. Se acordó de la Negra Sosa que cantaba tan lindo y era tucumana como él.

- Mercedes te gusta.
-¡Siiii! Cómo la hija de Susana Giménez.

Se despidieron, José María había caminado unos pasos cuando Alberto lo detuvo:

-Negro, hace mucho tiempo que dejé de ser Alberto. Llamáme Solanch. Acordáte, Solanch.

Ahora la peluca. José María abrió una de las puertas del ropero, en uno de los estantes, tres pelucas descansaban sobres grandes pelotas de papel revestidas de cinta adhesiva, una rubia, una caoba y otra morena. Tomó la rubia y se la colocó, como le había pedido Fabiana. Se miró en el espejo moviendo la cabeza hacia un lado y hacia otro sacudiendo el sintético cabello, le gustaba imitar a las modelos que veía en los comerciales de shampoo. Se calzó unas alpargatas y puso un par de zapatos con tacos altos en una bolsa de plástico, no era fácil caminar por calles de tierra con tacones. Tomó una carterita con apliques de strass y revisó el contenido: profilácticos, chicles, cigarrillos, una petaca con ginebra, un frasquito con perfume, una manopla y una navaja, por las dudas. Cerró la puerta de calle con sumo cuidado para no hacer ruido, y salió a esas calles olvidadas por Dios y, salvo en época electoral, por los gobernantes.

Cuando por la noche pasó a buscar a Solanch, caminó inútilmente con paso rápido para no ser descubierta, las pocas luces que mal iluminaban las tristes y desiertas calles cada doscientos metros, proyectaban grandes sombras que daban cobijo a la corpulenta y morena figura vestida de verde y tocada con una casi fosforescente y bermeja peluca, que parecía mas adecuada para rendir homenaje al Rey Momo que para despertar “masculinos” apetitos.

Solanch le dio su primer lección de maquillaje mientras le cubría el rostro con afeites y colorete. Una vez finalizado el vano intento de embellecer a José María, cuando marchaban hacia su lugar de trabajo, Solanch se entretuvo en poner al tanto a su nueva compañera con algunas recomendaciones y trucos, producto de su ya larga experiencia en la profesión.

Cuando llegaron a la esquina de la avenida Pasco y Oyuhela, la que sería de aquí en más, testigo del cotidiano y nocturno drama prostibulario de José María, Solanch lo detuvo y le dijo mientras lo amonestaba con un dedo índice que se prolongaba en una uña larga, postiza y roja.

-Y escucháme bien Mercedes…

José María dio un respingo, había comenzado a ser Mercedes. El maquillaje y las prendas femeninas le parecían aún un juego, el prefacio de algo que estaba distante, de una loca fantasía que le permitiría obtener dinero. Pero cuando Solanch, la llamó por su nocturno nuevo nombre, el cuadro se completó, encajó la última ficha del puzzle, no tuvo mas remedio que estar preparado ¿o preparada? para lo que vendría.

-¡Mercedes! ¿me escuchás?
-Si…si..
-¿Te sentís bien?
-Si…estaba distra…ida
-Bueno escucháme bien pelotuda: ni en pedo se te ocurra poner el culo o culearte a alguien sin forro, no sabés la cantidad de chicas que están con el bicho encima.
-¿Ladillas?
-¡No, pelotas! El bicho… el sida.
-Y otra cosa, nunca chúpes una pija metiéndotela en la boca, la lamés de costado. ¿Me entendés? Y si algún infeliz acaba cuando se las estás chupando y te entran algunas gotitas, escupís enseguida y te hacés unas gárgaras de ginebra, es lo mejor que hay, mata todos los bichos.

Lo decía rebuscando en su bolso hasta que encontró y sacó una petaca.

Mercedes se la arrebató y le dio un par de tragos.

-¡Dios mío! –pensó José María- ¿podré aguantar todo eso?. ¿Y si me suicido? Espero a que pase el primer camión y me tiro entre las ruedas. ¡No!, no, ni loco, ni loca, sería lo mismo que abandonar a los chicos.

Solanch cruzó la calle y se apostó en la esquina de enfrente a la espera de algún cliente. Mercedes quedó mirando el siniestro paisaje de esa avenida solitaria y desolada. A uno y otro lado de la calle se alineaban como fantasmas los galpones vacíos que alguna vez fueron establecimientos fabriles, no lejos de allí yacía el cadáver de "Metalúrgica Schwarztman". ¿Que vida llevarían sus compañeros de entonces? Estarían soportando alguna indignidad parecida a la que le había tocado en suerte, o en desgracia. ¿Era indigno lo que hacía, o no? Un automóvil que disminuyó su marcha hasta casi detenerse le impidió ahondar en el interrogante. El conductor miro a Mercedes con la actitud de quién esta por comprar un pedazo de carne, avanzo unos metros y se detuvo frente a Solanch, esta se acercó al coche e introdujo casi medio cuerpo por la ventanilla, luego de unos segundos de charla se incorporó, abrió la puerta y con una sonrisa le gritó a Mercedes:

-¡Bai bai amore!.

Y el auto partió raudo.

Mercedes se arrimó a un arbolito desmochado como para que le hiciese compañía, sentía temor, una sensación desagradable le bailaba en la boca del estómago. La repentina ida de Solanch había desnudado un sentimiento de soledad que la hacía sentir desprotegida, abandonada. Sentía que la vida la machacaba con un martillo neumático y la condenaba a vivir en la parte más profunda del tacho de basura de la sociedad. No importaba, ella tenía que soportar como una viga, no tenía remedio. Abrió la cartera que había pertenecido a Marta, en uno de los bolsillos interiores estaba la estampita de la virgen de Luján, de la que su esposa era tan devota. La besó. En ese momento se propuso soportar y aceptar lo que el destino le pusiese en su camino, y con resignación; si esa era la manera de mantener a sus hijos, pues hasta con alegría la llevaría. Y que al mundo lo parta un mal rayo.

Se dio cuenta que un auto con dos tipos estaba detenido frente a ella. Se acercó titubeante y nerviosa.

-Que tal mi amor ¿cómo te llamás?. Le preguntó el acompañante.
-…Meee…Mercedes
-Vamos Colo, dejáte de joder. Dijo el conductor.
-Pará Tucho; y cuánto cobras linda…
-¡Dejáme de joder! ¡Es un bicho!

El conductor puso primera y el coche salió haciendo chillar los neumáticos. A Mercedes la envolvió la cólera. Si había algo que no soportaba, era que tomen para el churrete a los trabajadores, ¡eso si que era indigno!

-¡La reconcha de tu puta madre, hijoderemilputas! ¡vení! Bajá que te recago a trompadas.

Mercedes se acercó a un auto, que incendiado luego de ser robado estaba tumbado en medio de la vereda, y comenzó a darle puntapiés. En ese momento llegaba Solanch, que sorprendida al ver a su compañera en tal arrebato de furia trató de calmarla.

-Pará nena, pará. ¿Qué te pasa?

Mercedes contó lo sucedido y Solanch, experimentada, la aconsejó.

-Si te vas a poner como una loca cada vez que te cruzás con un tarado es mejor que cuelgues las plumas.
-Es que no tienen derecho a faltarte el respeto.
-Con idiotas como estos te vas a encontrar todas las noches, son gajes del oficio. Tomá. Le alcanzó la petaca.
-Esto es lo que importa Mercedes -le mostró unos billetes que guardó en la cartera- para esto estamos acá, lo demás son pedos que se los lleva el viento.

Un impecable Torino modelo ´68, se detuvo frente a las chicas. Su interior estaba tenuemente iluminado por luces rojas, el volante blanco, símil nácar; el conductor lucía grandes mostachos y, la camisa desabrochada dejaba al descubierto una exuberante pelambrera.

-Dale andá vos, a ver si debutás. Dijo Solanch socarrona.
-No. Andá vos, estoy cabrero…cabrera. Le respondió Mercedes, que enmascaraba la angustia que le producía la situación con la careta de la bronca.

Solanch se acercó al auto, se apoyo en la ventanilla y comenzó a hablar meneando el culo; en un momento se volvió para mirar a Mercedes y luego siguió hablando hasta que se incorporó nuevamente y se acerco a la entonces virgen Mercedes.

-Boluda, dice que le gustaste vos, le dije que cobrabas cuarenta mangos, así que no le digas ni un peso menos.

El que dirán, las faltas a la moral y a las buenas costumbres y el recato y el pudor, poderosísimos reguladores de la conducta individual, obraban en ese momento en Mercedes de la misma manera que una ténue brisa en la lejana Singapur.

-O soy Mercedes ahora, o nunca. Se dijo José María que avanzó resuelto como quién corre a zambullirse en una piscina.
-Hola.
-Hola. ¿No querés que vayamos a dar una vuelta?
-Por cuarenta pesos damos la vuelta que quieras.
-Subí.

Los ladridos de los perros acompañan, noche a noche, la solitaria caminata de Mercedes; algunos iracundos, son los que cuidan con celo guardián las pocas y miserables pertenencias de sus pobres amos, y otros famélicos, sus débiles aullidos parecen el grito de auxilio de quién suplica un pedazo de pan. Escoltada por este coro canino, Mercedes recuerda ahora aquella primera noche con ironía, con piedad por si misma. Las heridas cicatrizaron, y en la carne y el corazón brotaron costras, callos, escudos para defenderse del dolor, el asco y la gente.

Cuando el Torino la dejó nuevamente en la esquina, Mercedes bajó temblando. La ridícula peluca ladeada sobre un costado de la cabeza, apretaba cuatro billetes de diez pesos. Buscó vacilante el arbolito desmochado, pero esta vez para sostenerse, para no caerse mientras la nausea de la repugnancia, la arcada de la repulsa se transformaban en vómito. Solanch había desaparecido, seguramente solicitada para un "servicio". Se quitó la peluca y, como una autómata comenzó a caminar hacia su casa. Por esa noche era suficiente, había logrado lo que se había propuesto.

Caminaba con dificultad a causa del escozor en su ojete recientemente penetrado. Curiosamente no había sido tan doloroso como lo imaginaba, al fin y al cabo, una patada en las pelotas generaba, infinitamente, mas sufrimiento. Lo importante eran los cuarenta pesos, que aún llevaba en el puño, cuarenta pesos que se iban a transformar en arroz, fideos, pan o leche. Su culo, ya dejaría de arder.

Mercedes llegó a la esquina diez minutos antes de la medianoche, Solanch fue a recibirla y se dieron dos besos, uno en cada mejilla. Cuando Mercedes comenzó a contarle que había descubierto una tienda, en Lomas de Zamora, que vendía una ropa de segunda mano espectacular y barata, un coche se detuvo a pocos metros de distancia e hizo señas con sus luces.

-Llegó tu viejito, Mercedes. Le cuchicheo Solanch a Mercedes.

Era Carlos. Había comenzado a frecuentar a Mercedes una vez por semana desde hacía casi un año. Setenta y cuatro años, generoso, pulcro, galante, amable. Mercedes estaba encantada con él, le aflojaba sesenta mangos por encuentro y a veces más, aunque según le contó a Solanch era un poco pesado. Siempre le contaba la misma cantinela: que su mujer nunca lo había querido, que sus hijos no se acordaban de él, que para sus nietos sólo existía cuando nesecitaban dinero, que su hermana… Mientras narraba sus desventuras familiares, tenía por costumbre meterle a Mercedes la mano entre las piernas y acariciarle la verga; a veces se animaba a más y se la mamaba. Una vez llevó fotos de toda su familia y le pidió a Mercedes que en el próximo encuentro le lleve las de sus chicos.

Mercedes y Solanch se acercaron al auto.

-Vengo a buscar mi bombón de todas las semanas. Dijo sonriente Solanch.

Todas la semanas Carlos llevaba un "Bon-o-Bon" para cada una de las chicas.

-¿Cuándo vas a salir conmigo Carlos?. Preguntó Solanch haciéndose la suplicante mientras masticaba la golosina.
-Nunca mi amor, Mercedes y yo tenemos una relación muy especial, además no hay hombre mas fiel que yo.
-¡Me querés sacar el novio!

Mercedes, jugetona, empujó a Solanch y entró en el auto, cuando se sentó, sus portaligas quedaron al descubierto. Cerró la puerta guiñándole un ojo a Solanch. El coche partió para esconderse en algún oscuro rincón de la noche suburbana.

© Daniel Valdez