Pasillos y puertas

Orson, Peter

Mi nombre es Peter Orson. Por la mañana me dirijo a una especie de laboratorio científico ubicado a cinco cuadras de mi vivienda.

Alrededor de las tres treinta el despertador chifla en voz de gallo mañanero. Entonces mis párpados se abren, de a poco las pestañas plegadas se van desabrochando unas de otras. Cuando ya estoy verdaderamente incorporado en la realidad de mi habitación, tomo mis gafas, me coloco mi sombrero de pico arrugado imponente y encamino mis pies hacia la cocina.

Una mesa de tamaño exuberante me depara patas de chancho, cabezas de conejo con albaca, toronjas, almendras con mostaza, jugo de arándano y otras delicias posibles.

Me sitúo junto a la mesa. Rozo con mis dedos el áspero roble, ya añejo. Me siento, y al levantar la mirada... allí está. Mirándome con su mirada devastadora. “Basta.” Pienso.

Luego, al mirar al frente otra vez, ya se ha ido. En su lugar sólo ha dejado calma, impaciente calma. Los susurros son incesantes.

Son ya las cuatro. He terminado el desayuno y tomo mis llaves. Al cruzar la puerta, me cruzo con una rata de colores grises y negros. Quizá es blanca, pero la oscura noche no me deja percibirlo. En algunas ocasiones le arrojo alguna miga de pan, parece hambrienta.

Caminar bajo las sombras de las noches, bajo aquel mar de marcianos, que a veces termina lanzando escupitajos sobre mi cuerpo y mis ropas, junto el acecho de felinos husmeando en la basura. La noche me fascina, es fantástica. Al caer el sol bajo el dominio de la grandiosa luna, esta ciudad se cubre de tonos dorado, rojo, negro y azul. Las colinas, que a lo lejos se dejan descubrir con su tono blanco-azulado. Los sucios edificios con la mugre encarnándose en sus paredes, el aire asquerosamente contaminado dificultando la respiración de los seres.

Al doblar en la esquina me encuentro con el laboratorio científico de Andrew Creest, tío difunto. Al morir, Andrew me cedió aquella casa con forma de firulete espacial con dos alas de avestruz a los costados de la misma.

A las cinco cuarenta de la mañana, introduzco el metal moldeado en el hueco también moldeado y lo hago girar dos veces. A continuación una bocina de auto de payaso de circo me hace estremecer como a quien le dan un fuerte pellizcón en la nalga. Al abrirse la gran puerta, me introduzco en el sitio.

Primero cruzo una serie de cuatro columnas romanas color mármol que me conducen a la sala de espera. Espero.

Al dar las seis el reloj, la puerta de la habitación conjunta se abre provocando un crujir intenso de maderas gastadas por los roedores. De allí, una mano con dedos finos y uñas descomunales se estira en forma de corneta ultrasónica y me toma del abrigo, elevándome y llevándome hacia ella.

En la habitación una escasa luz ha violado la privacidad de la oscuridad, que ya no domina sola. Allí, puedo percibir que la mano está ligada a un cuerpo extremadamente obeso y flatulento sin rostro. La mano me hace una señal de espera y me rosa con sus enruladas uñas los botones de la camisa.

Esperad la señal”, pronuncia una boca de labios gruesos, parecidos a la carne de una sandía en color y textura.

Un chasquido de dedos se hace oír en la pequeña sala. “Pasad”, anuncian los labios. Entonces una motocicleta atraviesa la habitación y aparca junto a mis pies. Me monto en ella y sin colocar ni mis manos ni mis pies en ningún mando, el artefacto móvil sale disparado en dirección a cuatro puertas.

Este instante es verdaderamente crucial. Aquí la motocicleta parlante y yo deliberamos acerca de qué puerta elegir. Cada una tiene una llave que debe ser colocada correctamente en la puerta adecuada. De lo contrario todo el viaje resulta un fracaso inmundo.

Las llaves se hallan en una mediana canasta de mimbre que flota alrededor del perímetro conjunto dejando a sus espaldas una estela rosada con tonos fucsia y verde.

La primera puerta, o la última según cómo se la mire, deja salir de sus hendeduras notas musicales y humo rojo. La segunda o la penúltima, aroma a flan, rosas y cacao. La tercera o antepenúltima, sangre, y tierra mojada. La última o primera, polvo y el sonido de una pequeña ardilla.

Lamentablemente mis idas al laboratorio han culminado siempre en esa instancia: la de las puertas.

Las cortinas, quitar

Esta mañana ha venido a ser golpeada la puerta de mi hogar por la mano de un hombre minúsculo con barbas decoloradas y las puntas del bigote apuntando al cielo. Lo he hecho entrar por la puerta delantera y acomodarse cómodamente en los sillones de pana color bordo de la sala de ocio.

Fumamos algún opio frente al calor de las llamas naranjas y luego, a través del humo que formaba nubes espesas en el ambiente, algunas con formas casuales como la de un conejo con sombrero o un gigante aplastando un enano, las palabras volaban entre los laberintos humeantes llegando a nuestros tímpanos con alguna deformación.

Las primeras frases que de su boca fueron expulsadas, fueron pedazos de canciones japonesas pronunciadas con tono irlandés. No entiendo aún porqué, pero la voz de aquella persona me causaba cosquillas en las costillas y entonces era inevitable soltar una carcajada de tamaño sorpresivo.

Cuando el hambre llamó la atención pedimos a Bartolomeo Constantinopli unos espaguetis a la crema de Doña Pancracia, y comimos sin la interrupción del habla.

Finalizada la cena el hombre minúsculo de nombre Manolo Tacaño me invitó a volver a la sala. Esta vez, me pidió encarecidamente que corriera las altas cortinas para poder percibir el exterior.

Con su pulgar señalando a un conjunto de estrellas, me dijo: “Miradlas, pues consigo viajará siempre el Astro”. Seguido de este acto, dejó caer su pulgar unos diez centímetros aproximadamente y luego volvió a elevarlo, súbitamente, y exclamó: “¡Allá va! ¿Lo veis?”.

Pero yo he tenido que voltear. He escuchado un murmuro, un fino susurro entre las partículas que componen a la atmósfera. Luego, una figura imprecisa, casi invisible me ha rasguñado la espalda y con sus filosas y devastadoras garras ha traspasado el grosor de mi camisa y arrancado sin misericordia alguna un trozo de la piel que me conforma. Miles de células se han derramado por el tapiz de mi sala de ocio, y junto con ellas mi sangre ha caído en las redes de la fuerza de la gravedad y se ha desparramado, entera, también en el tapiz.

La figura se ha ido, dejando como indicios tres líneas de carne cruda en mi espalda. Pareciera que todo este tiempo ha estado planificando rigurosamente su efímero pero efectivo ataque. Ha tomado las precauciones necesarias de un sabio atacante, y ha estado observándome sin yo poder percibirlo, durante un tiempo considerable. Aquel día en que me encontraba masticando los duros trozos de carne que Bartolomeo Constantinopli preparó con desgano para mi almuerzo, pude notar su presencia. Se encontraba situada frente a mí, con sus nalgas sobre las almohadillas de la silla y su mirada colocada firmemente en torno a mi persona. Recuerdo que el susto me tomó entre sus enormes manos y me impidió razonar acerca de cuál era el propósito de ese ente que había entrado en mi hogar, invadiéndome con su silencio inquieto indicador de un porvenir incierto.

Fragmentación

La tierra se ha vestido de sombra, así también las figuras a mi alrededor, y los colores ya inconcebibles.

He de marcharme, lo sé. Lo sé, he de partir puesto que el llamado se ha reproducido algunos instantes anteriores a este. Ha venido de no tan lejos, quizás. Qué importa la distancia.

¿Volveré? ¿Volverá? ¿Volverás? ¿Volveremos? ¿Volverán?”

Orson, en la tierra has de enterrar tus uñas

Tibio susurro, desencadenado grito. Susurro, grito, susurro, grito...

0, 1, 0, 1, 0,1. Sistema binario. ¿Acaso hay una variable dos? Posible variable dos: explosión amorfa.

Variable = incógnita. Equis en la ecuación. Pasos posibles: despeje de incógnita, anexión de demás datos para resolución del PROBLEMA.

Anexión, sinónimo de unión, enlace, fusión, adhesión, acoplamiento. Por lo tanto anexión de elementos nos conduce a uno.

El elemento cero y el elemento uno fusionados dan por resultado el elemento dos que es el elemento cero y el elemento uno. Es decir no hay cero, por consecuente no habrá ni uno ni dos y si no hay uno no habrá ni cero ni dos. Igualmente sucedería con dos.

Al abrir el cofre: el Tesoro

Una abeja husmea en el corazón de una flor, luego sustrae su polen y por consecuente crea la miel.

Detrás de la sombra tuya

Hoy, ya me encuentro con mi cuerpo en mi cama y en unas sedosas sábanas derramado. Débil estoy. Ni las recetas de Bartolomeo han resultado de ayuda para curarme. Pero sobre los senderos tallados en mi mano está escrito que no he de yacer aquí, tibiamente envuelto en sábanas y con, en la frente, paños fríos.

Me pregunto si aún la rata esperando que le arroje alguna comida estará. Con el brillo en los ojos puesto, con el pelaje que le reluce al ser descubierto por los blancos hilos de la Madre Luna, que por hijas tiene a salpicadas estrellas, tantas.

La arena en un recipiente ha de tener apuro por estos suelos. Y sobre el pellejo que me envuelve sus rasguños ha dejado. Será que las puertas magia contenderán al abrirlas. Pero, no sé yo lo que detrás de ellas hay. Lo sabré.

Y así mi abrigo tomé, pues había la noche de ser áspera cuando la voz del viento el cuerpo atravesaba. Cuando al laboratorio arribé, no tardé en entrar. Allí, toda criatura, en silencio y en sueño.

En ligeros pasos avancé en el sendero de la rutina, pero esta vez no era como aquellas otras. Esta vez, era una muda voz la que unos invisibles labios pronunciaban.

Ya en la habitación que anhelaba, mordía mis labios con una miedosa intriga. Todo podrido fruto se tornó, las llaves ausentes estaban. No quedaba más que en el suelo desvanecerse así como en la tierra lo hace el agua o en el rostro las lágrimas.

Entonces, la vista alcé, ya que al suelo había caído bruscamente. Pues el crujido de una puerta oí. Una de ellas dejaba descubrir pedazos de su misterioso contenido. Me adentré y allí, allí dentro se encontraba mi sillón, mi ensangrentado tapiz, Bartolomeo Constantinopli, las cortinas altas pero enrolladas, la ventana y lo que ella dejaba percibir invitando a mis ojos a desnudarlos... el Astro cantando altivo la serenata azul de mi encuentro.

 

© Eugenia Vaieretti
 
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