Mondo Kronhela Literatura - Literatura On Line


Volver al Listado de Autores
Los tiempos que corren (al colectivo)

Faltan dos cuadras para plaza Once, simulás perderte por la ventanilla mientras apretás fuerte el pasamano. El cuerpo lo cruzás apenitas, pero lo suficiente como para que ninguno se te cuele y te arrebate el asiento. Apostaste en Nazca al flaco de campera azul con cara de bajarse pronto. Sin embargo, ya pasaron más de cuarenta minutos y sigue sentado.

Cerca de Primera Junta, te moviste unos centímetros -casi imperceptibles- hacia la derecha ante el amague de alguno a levantarse de su asiento. Pero enseguida volviste. Tenés razón, debería estar prohibido que los pasajeros sentados realicen movimientos bruscos o se reacomoden en su butaca. Qué te importa que saliven o abran la ventanilla cuando hace quince grados bajo cero. El instante de incertidumbre te llena de esperanza, la silla de cuerina es una hamaca paraguaya y la ventanilla parece una pantalla de cine. Pero el tipo se había sobresaltado por quién sabe qué, y nuevamente apoya la cabeza contra el vidrio para otra siestita. Desengaño, abismo, muerte.
Vos -necio, inquebrantable, heróico- seguís firme junto al asiento primero, al que le jugaste todas las fichas. Si te corrés, es fija que baja, sale corriendo, se tira por la ventanilla o sufre la desmaterialización de sus células. Y a vos no te importa que todas las leyes de probabilidad coincidan en que atrás es más fácil conseguir asiento. Porque donde muchos creen hallar una ciencia, no hay más que instinto. Ellos piensan que sos un ignorante, que desconocés las leyes que regulan el sentarse-levantarse del colectivo. Te ponen en ridículo, arman una fiesta a costa tuya. Son los devotos del mundo ordenado, regular, civilizado, los homo sapiens que creen en la inteligencia superior del hombre. Pero en el barrio, la sapiencia es intuición.

Pasó Once, y el tipo ni siquiera abrió los ojos. Si hasta parece estar soñando el muy desgraciado. Un yate con Claudia Schiffer, un gol en la final del mundo, el aumento de sueldo, la figurita difícil, todo junto por sólo setenta centavos. Incluso hasta eso tiene de sabio el colectivo: nadie saca ventaja por su posición económica. Pagás un peso diez todos los días, pero te madruga un gil que apenas si se pone con setenta centavos una vez por semana. Si no hay una regla económica que lo rija, sólo queda el instinto.

Cuánto darías por estar esperando un hijo para dentro de dos meses. Vos, con una barriga como piñata de cumpleaños. Así alguno te daría el asiento. Pero a decir verdad, ya nada te garantiza esa gentileza. Seguro que si aparecieras embarazado, todos se harían los dormidos, encima te vendrían contracciones, romperías bolsa y el parto lo tendrías de parado, agarradito del pasamano. Uno, dos, pujá, pujá que ya sale. Es un varón. El bebé, y el atorrante que te mira de reojo sin cederte el asiento ginecológico. ¿Las empresas de colectivos se hacen cargo de la educación de los nacidos en el medio de transporte, al igual que las compañías aéreas?. Por eso a las sietemesinas no las dejan viajar en avión, en el bondi la exclusión es tácita.


Los códigos de ayer se bajaron en la parada anterior. La ética la pregonan los parados, a los otros no les importa. ¿O no? Incluso vos, más de una vez te hiciste el sota cuando subió una vieja. ¿Justicia divina?
La cuestión es simple:

a. Si estás de pie es imposible comprender a los desalmados, indiferentes ante la vejez o la debilidad. Son los gestores de la insolidaridad de los tiempos que corren. Aunque los tiempos ya no corren, viajan en colectivo.
b. Si vas sentado te das cuenta que la vieja, más allá de sus ochenta años largos y mal llevados, tiene una elasticidad de gacela (mirá cómo subió los escalones), unos brazos de oso (de lo contrario estaría en el piso con la cadera rota), unos pulmones de elefante (sino se hubiera muerto por asfixia). La jovata está para un decatlón, vos tranquilo, quedate sentado.

No hay proletariado, chanchos burgueses ni oligarcas. El bondi es un mundo socialista. Casi, porque el enfrentamiento de clase persiste. Son Parados contra Sentados. Un mundo dividido en dos, lleno de un odio silencioso, visceral. La Guerra Fría, pero sin la O.T.A.N. ni el Pacto de Varsovia. En el colectivo, faltan los aliados, se trata de un "todos contra todos". Cómo podés confiar y hacer de alguien un amigo, si ante un golpe de suerte se sentó; y así, cambió de bando, de posición, de modo pensar, de ideología.

El ochenta y seis dobla en Yrigoyen. Generalmente, a esta altura del recorrido ya estás sentado. El cansancio te va ganando los nervios, cuadra a cuadra. La ventanilla del colectivo condiciona tu resistencia física. Venías regulado bien pero cuando pasaste por esas dos paradas en las que habitualmente conseguís asiento, te desplomás. Las piernas te flaquean, soltás el cuerpo y lo sostenés con el brazo que cuelga del pasamano. Parece que el tipo de campera azul viaja hasta La Boca.

En Plaza de Mayo se levanta la señora que estaba atrás de la butaca soñada. Te sentás. Pero hay un dejo de resignación en el acto. No es lo mismo. Una cosa es ganarte el lugar a puro pálpito y perseverancia, y otra muy distinta es ligarlo de garrón. Porque el tuyo -lo será durante todo el viaje- sigue ocupado. En el bondi aprendiste que nadie regala nada. Y el banquito donde te sentás tiene mucho de limosna.

Llegó la hora de bajarse. El colectivo frena. Por última vez mirás de reojo el asiento prometido. Hubieras jurado que iba a ser tuyo.

 

© Juan Pablo Sioffi
Imprimir todos los textos

Volver al Listado de Autores

Kronhela Ediciones Argentina - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
ARGENTINA