Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Vengan los que quieren el Sol

Tímida hoja del otoño
cayéndote de tu cuerpo,
rasgándote de tu cuello,
buscando el humus moribunda;
dándole tu sangre a la tierra
para que sus senos procreen más leche.

Semilla fresca envuelta en vida,
beba alegre de la primavera:
revienta tu cuerpo bajo las manos del sol
y resbala por el pecho de la tierra
para amanecer cantando como las chicharras.
Y ya desnuda, no dejes que las tumbas te alberguen.

Vengan todos los que quieren el sol.
Vengan, que ya es primavera
y todos los ojos aplastaron su lluvia.
Vengan en racimos, vengan sin espinas.

Amanecerá en la tarde una nueva canción
que borrará las memorias de la siesta,
que con su puñal asesinó el idioma de las flores,
destruyó las fiestas y proclamó eterno duelo.

Y ahora en la otra vereda se seguirán gastando
millones de hombres, en el esmeril del dinero.

Acurrucados dormirán su siesta eterna, sin hacerse otra pregunta.

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Ánima
Canción de amor en overol

No sos el ocaso.
Sos siempre la lluvia,
con su misterio.
Sos la vereda turbia
(con su cansancio)
y la llama que encendió la turba
helada de los mares del sur.

No sos tan simple
Sos siempre el aire,
con su rayo de aliento.
Sos una suave burbuja
(con su extravío)
y la llama que encendió la turba
helada de los mares del sur.

No sos invierno
Sos un surco de luz,
con su silencio.
Sos el llanto a tiempo
(con su milagro)
y la llama que encendió la turba
helada de los mares del sur.

No sos pasiva.
Sos siempre la guerra,
con sus heridos y muertos.
Sos Dios y lonja de tierra
(con su trinchera)
y la llama que encendió la turba
helada de los mares del sur.

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Palabras para amansar la espera

Te espero en el blanco del silencio
y en el enigma de la noche.
Te espero en el enero del mediodía
y en la gimiente y cansada pose.

Amor cuándo derretirás las piedras.
Hoy, al amanecer, creciste desprolijo
como un cuaderno primario
y te vendiste a la fiebre del molino.

En el deslinde de lo cruel y lo correcto,
tu cachetada hace blanco en mi pecho.
Así me quedo lamido por el viento,
mirando y mirando a lo lejos.

Coágulo de luna marchito y sin fulgor
recobra las uvas de tu sangre,
redime tu desdicha con mis años
mientras en mi alma te expandes.

A vos, te oigo , en un suburbio del amor
apretado en un niño resplandor.
Yo aquí, descalzo como un irupé
con el pecho al cielo sin volver.

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El tiempo

Cuando la rosa del día se abra
y los distantes petreles regresen,
con la fiebre de enero,
se encerrarán sus gritos de guerra
en un puñado de peces.

En el disturbio de la mañana
mientras se silencia el nocturno viento,
con la piel de los años,
don Carlos plantó su bandera, ciego,
cansado de tantas pieles.

El tiempo es el solvente indoloro de los días,
logra que te calles sin decirte nada.

Como una lágrima de ocaso
chorrean las horas con su neblina.
Con su frío funesto
se enhebran dormidas las risas
en una montaña de estiércol.

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Pobre tigre
Vidala a las razzias

Los búhos en la noche,
se queman en la noche del mundo.
Bajo un halo de resina,
se disuelven bajo el rayo sin rumbo.

Adoquines de las calles
conservan el frío y la tristeza por siempre
Con su trino de asfalto,
la ciudad calcina todo sueño en sus andenes.

Pobre tigre, desátenlo
¡Sáquenlo de ese canasto!
Pobre tigre deja de llorar
pues tu lluvia no mueve los claustros.

El silbido de la vida
se coagula en el peso del silencio.
Con su catre sin descanso,
los hombres duermen bajo el sol sin remedio.

El dorado de las almas
se destiñe en las muelas de una lágrima.
Con su pecho de aserrín
el tigre ha perdido su alma.

Pobre tigre, desátenlo.
Ya no come, ya no ruge...
Pobre tigre no llores más
que tu lluvia no enciende las luces.

Ya no surge la canción
se esfuma como una llama en el viento.
El incendio sucumbió
y congeló la vida en un féretro.

Con la araña el sol quebró
y el amor ahora es sólo cenizas.
La demencia del rencor
destruyó todo rastro de vida.

Pobre tigre, desátenlo.
¡Sáquenlo de esa verdad!
Pobre tigre deja de llorar,
aunque lo hagas, nadie comprenderá.

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Buceando este mar

Con la piel de estos días grises,
surgieron los letargos de siempre.
¿Cómo ocultar el dolor de esta ojera?
No me cuenten el silbido dorado.

Estoy buceando este mar.
Estoy llevando las luces.
Las llevo por vos.

Con la rabia sin cicatrices
se queman mis ojos de penas.
Entre una molotov y un Falcon
siempre elegiré la luz.

Estoy buceando este mar.
Estoy llevando las cruces.
Las llevo con vos.

En el pergamino de los siglos,
me escurro tras una marca.
Si trepo por tu alma
sé que florecerá una sonrisa.

Estoy buceando este mar.
Estoy llevando las voces.
Las llevo con vos.

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Una tristeza de estandartes

Tras las calles que escaparon
se fueron los rastros más verdes.
Perenne milico que hay en nuestras mentes
siempre quisiste apagarnos.

En los ojos de los bares del centro
se funde un silencio de precipicios.
Aquella mano inalcanzable
hoy se pintó de cama de hospicio.

Pobre luna,
que se quema en el parque.
Deshoja un llanto de años
una tristeza de estandartes.

En el musgo de tu adentro
se humedece el amor de otros tiempos.
Una cucha caliente, tranquiliza la mente
pero somos un desparramo latente.

¡En la vida de los pueblos
poco importan las hormigas!
Políticos que pintan paredes en lluvia
nosotros, la gente, estamos gastando vida.

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Un canto de vida

Antiguos espejos,
bóvedas del corazón,
acuarelas de la lluvia,
pintan la risa de los pibes.
Voraces reflejos,
hongos nucleares de un adiós.
En la lucha por ser libres,
siempre nos trataron de giles.

Yo me perdí en el vuelo de ese adiós.
Ya no reconozco su canción.

Intensos bulevares,
quebraron la pasión,
marchitaron los soles más niños
como una cadena de líquenes.
Persisto en este viaje
por este terco corazón
que no es amigo de los héroes
que son todo el alma de un cañón.

No quiero cansarme de correr.
Aunque el dolor mastique mi canción.

Si hay un pájaro que se hunde
súbelo, súbelo a la cima,
todo puede ser un acto de vida
mientras el ave no caiga.
La libertad vuela en su cuello
por siempre en la vida.

Inútiles tatuajes,
interceptaron la canción,
se quemaron las cartas
que nos unieron contra los rifles.
Volátiles comarcas
se esfumaron con tu adiós.
Una prisión de colmillos
se arregló para mantenernos grises.

Seguiré alzando la voz.
Sabiendo que así mi vida tendrá una razón.

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Cargando las anclas

Veo cuerpos asilados en tormentas.
Migas de amor en cuchas de asfalto.
Perros y dialectos de silencio.
Veo niños y alguien que se hunde
entre las esferas de un reloj despiadado
diciendo: "tus manos se borraron en los incendios"

Hay un brillo de relámpagos,
fuego a mansalva, que balea almas.
Esos ruidos son el aire que respiro.

Alguien se persigue y no se encuentra.
Una flor se quema a toda hora.
Aquellos niños cargan las anclas,
de algunos gigantes que se morfan:

toda la sangre que perdemos,
toda la vida que ofrecemos.

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Diferencias

Hay cierto oxígeno en la ciudad,
que alimenta el humo entre los edificios.
En el living de una casa,
cuatro pibes se drogan con "Heman".
En un ángulo de paredes yace
un fútbol desinflado por años.

Late la tristeza de los débiles, jadeando
bajo el desgano de los chantas
y la felicidad de los ricos.
Entre tanto los políticos
dibujan otra historia
mientras hablan y hablan.

Hay amores que se van...
Hay amores que se quedan...
Otros lloran, sobre las cornisas...

En mi barrio hay un cansancio
de obreros engrasados y sin guita.
Cuando perdieron su bandera
probaron con todas.
A veces escarban sus escombros
buscando un corazón de aire.

Conviven con un jefe omnipotente
elevado en un cielo de dolor.
Perdidos en lagunas de aire,
inventando utopías, los hacen respirar.
En la realidad del olvido
se duermen sin pensar.

Hay dolores que cuentan...
Hay dolores que no...
Otros sirven para acarrear, aguas a molinos propios.

© Héctor Simonelli