Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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La elección

Tus ojos se pierden en la lejanía de la calle gris. Una lágrima te recorre el rostro lentamente, como lo hacen las lágrimas derramadas por amor, aquellas que nacen en el corazón ahogándolo mucho antes de brillar. Las sombras de la noche oscurecen el cuarto y antes de que te des cuenta estás sumergido en una profunda oscuridad. La tristeza se agudiza y tus pensamientos no se detienen, girando a toda velocidad para llegar siempre al mismo recuerdo. Entonces planeas distraerte, poner tu mente en blanco, o dormir; Pero todo resulta imposible y enciendes la radio a todo volumen.En tu cabeza está ella, ellos, todos, nadie, el mismo recuerdo.

Una suave garúa comienza a sonar sobre las chapas y en silencioso viento que se escapa de la nada la muerte te susurra dulcemente en el oído. Clavas tu mirada en el cuchillo, misteriosamente la única luz que se filtra en el cuarto parece reflejar el frío filo de aquel cuchillo. Lo tomas entre tus manos, te sientas y te pierdes nuevamente en tus cavilaciones, pero esta vez debes elejir. Tu triste realidad te abruma, el dolor te es fiel, no encuentras el agujero del oscuro pozo en que has caído. Debes elejir.

Las horas han pasado y te venció el sueño, el sol asoma tibio en tu ventana y el dolor parece haber desaparecido sin explicación, sabés que volverá... pero esa será otra noche.

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Asfixia de otoño

Un antiguo árbol encerraba el aire entre sus ramas
lo asfixiaba, lo estrangulaba, lo mataba.
Y en mis manos un recuerdo de mí mismo
se deshace en cenizas, se convierte en humo
pétreo de pasado de estrella con nombre de mujer.

Salí a correr por los mares de sangre
descalzo sobre olas de navajas, de filos,
me ahogué de ambrosia vencida de historia,
y en el fondo el olor a azufre y pestilencia.
Los cadáveres se veían felices con lágrimas en los ojos.

No pude gritar, no quise más que reír
y riendo desperté al llanto, y lloré, lloré.
Llegó volando una mano con alas blancas
llevaba izada una bandera de negras calas
y me golpeó fuerte en la mejilla, la otra.

Cierra tus ojos y sueña con la luna en lo alto,
entonces verás que no brilla más que el sol.
Las agujas tejen arañas en el colectivo, y en el tren
los ciegos se vuelven fantasmas y los muertos ven,
lágrimas lentas de azúcar de caña.

Yo he estado allí, junto a ti en la ventana
de aquel cuadro de tu casa, colgado en gris.
Vivimos juntos en aquella pintura por años,
pero Dalí se arrepintió y nos deshizo en colores,
fuimos nubes, langostas, águilas soberbias y eco.

Corro por las calles del barrio odiando a todos,
y los beso como Judas sin cristo, sin vos.
¿Cuántas monedas me darán si tengo los bolsillos rotos?
Y ese maldito árbol que no suelta al aire
no escuchará jamás la agonía de las aves.

La lluvia cae sublime como la sangre pura,
parece que flotara en mis ojos y se llenara de sal.
Son agujas de cristal que se clavan con fuerza,
una fuerza divina, la fuerza del otoño.

Y respiro aliviado el suspiro que aún no soy.

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Mariposa de los vientos

Negro el firmamento por la noche se volvió
con el brillo habitual de su luna y sus estrellas,
son como luces reflejadas en sus bellos ojos
en una romántica noche iluminada por velas.

Y hoy la recuerdo así, tan triste y tan serena
su cara pálida resalta una mirada perdida, ajena.
Es que se ha marchado ya hace un largo tiempo,
con la solitaria cálida brisa de un invierno seco.

Ya no esta cerca de mí, ni lejos, ni en el medio,
se ha desvanecido fría y blanca en su largo lecho.

No te vayas dulce mariposa de los vientos,
no me dejes sin tu voz, sin tu cuerpo.

No te vayas mariposa de los vientos,
que es temprano y sobra el tiempo.

Y la sombra, inmóvil, de su vida sigue allí
donde refleja mi alma herida, lastimada.

Un vació en el pecho me empieza a consumir,
y poco a poco me convierto en la misma nada.

Un cristal helado se me escapa del cuerpo y
lo resisto inútilmente mientras cae sobre el suelo,
y veo en la vida un simple juego de azar,
donde el sufrimiento te golpea derrepente.

Donde es más fácil rendirse que amar,
cuando vuelve fugaz tu recuerdo a mi mente.

No te vayas dulce mariposa de los vientos,
no me dejes sin tu voz, sin tu cuerpo.
No te vayas mariposa de los vientos,
que es temprano y sobra el tiempo.

Y todavía soy tuyo cual feroz tigre domado,
soy prisionero de un destino adverso y me
encuentro sólo, triste y medio abandonado.

Y entonces tú que te empeñas en acompañarme
aun con tu ausencia quieres enseñarme,
es que fuiste princesa, madre y amante.

Fuiste la luz de mi camino y mi destino,
que fatal se presentó, justa como la suerte
de este pobre hombre que sigue lamentándose.

Lamento, ruego, sueño, sangre y llanto que dicen...

No te vayas dulce mariposa de los vientos,
no me dejes sin tu voz, sin tu cuerpo.
No te vayas mariposa de los vientos,
que es temprano y sobra el tiempo.

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Póker

El sol comenzaba a esconderse, yo salí de mi trabajo después de un día agotador, las sombras de la noche empezaban a cernirse sobre la ciudad. Siniestro laberinto de cemento que encierra tantos recuerdos de una infancia que lucha día a día para no perecer en el olvido, moderno minotauro.  Mi casa quedaba a pocas cuadras  de la oficina, ubicada estratégicamente entre el kiosco y la pizzería. Sólo debía atravesar la gran avenida Surya,  conocida por su incansable tránsito de coches.

         Ese día, inexplicablemente, no pasaba ni un auto. Sorprendido, pero contento por no tener que pasarme varios minutos a la espera del color rojo del semáforo, crucé rápidamente concentrado en los efímeros placeres que me aguardaban en mi pequeño hogar: una comida caliente, un abrazo, un beso, esos detalles que hacen de la vida un camino más confortable. Una aguda bocina sonó muy cerca, un rayo, una luz cegadora que se abalanzó sobre mí  sin darme tiempo a reaccionar. El impacto fue tremendo, en unos instantes me encontré surcando los aires para desplomarme inmediatamente en medio del asfalto. Recuerdos furtivos abrumaron mi mente, un repaso del accidente y luego sólo oscuridad; la más silenciosa de las quietudes,  nada había ni se sentía, estaba sólo.

        Cuando desperté me encontraba en un bar, un antro de aspecto tenebroso, un espeso aire mezclado con el humo de los cigarrillos me sofocaba. Allí cada persona permanecía en su mundo, nadie hablaba, ni siquiera se miraban. Una tenue luz en el fondo del local iluminaba a un viejo jugador de póker. Haciendo un gran esfuerzo me levanté y me acerqué a él, en unos minutos ya había entablado una conversación y una partida de póker.

        El viejo jugador, tenía un aspecto muy tosco, de largas barbas y ojos fríos que permanecían fijos en los naipes. Me concentré  en el juego, el hombre abarajaba los naipes con gran destreza como si tuviera al destino entre sus manos, suavemente pasaban los minutos mientras yo esperaba ansioso las cartas. Derrepente levantó su mirada y extendiendo su brazo me acercó el mazo para que cortara, al hacerlo sentí un gran escalofrío que me forzó a soltar las cartas al instante.

- La vida es un juego- dijo el hombre con una voz grave y comenzó a repartir.

        Yo permanecí callado, a decir verdad no tenía nada que decir. Recogí la primera carta. Era el as de diamantes, el materialismo, se me vinieron a la mente aquellos momentos en los que tomé decisiones sólo por el qué dirán. La apariencia y la plata  son factores que intentan regir cada una de nuestras acciones, y resulta muy difícil aprender a dominarlos. Toda mi vida luché contra ello, pero es casi imposible eliminar ese mal, me conforme con ser yo quien manejara esos factores, y no, que ellos me manejaran a mí. Pero a lo largo de los años aprendí que sólo el amor te enseña la manera de lograrlo.

        Levanté la siguiente carta, era el as de corazones, el amor, esa fuerza invisible que gobierna todo. El amor es lo más hermoso de la vida, es aquello que nos mantiene vivos y con ganas de vivir. En las tormentas más oscuras es el techo que aguanta las furiosas gotas de dolor que mojan directo al corazón. Y recordé momentos, recordé personas, y a mi mente vino ella que es la reina del amor.   

        La próxima carta golpeó mi mano, como llamándome al juego, era la reina de corazones y su cara era hermosa como la de mi mujer. Aquella mujer que apareció en mi vida como por arte de magia en el momento que más la necesitaba. Aquella que supo brindarme una caricia, un abrazo en el momento justo y que con una mirada podía expresar el sentimiento más puro. Aquella mujer que me dio todo sin pedir nada, que en un beso encerraba la gloria y el placer. Agradezco a la vida  haberla conocido.

¿Tuve suerte o fue que el destino se acordó de mí?

        Tomé la siguiente carta, ansioso, quería descubrir que mundo de recuerdos y pensamientos traería a mi mente. Era el as de trébol, la suerte, el azar, el destino. Esa misteriosa ola de acontecimientos que suceden sin explicación alguna, el camino ya marcado que recorremos día a día, tropezando con las  piedras prefijadas y descansando al costado sobre un tronco salvador. Intentamos hacer nuestra vida, marcar nuestro rumbo ganándole al destino, pero sólo tomamos atajos ya determinados y cambiamos el rumbo cuando ya no había posibilidades de seguir. Así, día a día me asombré con el destino esperando el final, el secreto más custodiado del destino.

        La quinta carta estaba frente a mí, un reflejo misterioso le daba un brillo especial, la tomé cuidadosamente, era el as de pica. La muerte estaba en mi mano, la oscuridad se adueño del lugar y sólo se escuchó la voz del viejo jugador de póker diciendo...

Las cartas ya han sido jugadas.-

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Voces de la muerte

Canten voces de la muerte con su canto sereno y melancólico, como el de aquel que no ha de regresar; traigan con sus voces el fuego del infierno y con su ira, el sufrimiento de la verdad.

¿Son lágrimas lo que escapan de sus ojos? Es que tienen alas y se largan a volar, son como pequeños ángeles húmedos, bañados de tristeza y soledad.

Canten voces de la muerte, vuelen rápido hacia mí, sois cenizas de un incendio sagrado, sois fuego que aprendió a volar, grises como el alma que las llama invitándolas a cantar.

© David García