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Reflexión a nivel secundario

 

Un murmullo ciego emana la seriedad adolescente, una seriedad vacía en semblantes libres de aquel tiempo pasado, de aquella carga inevitable de una vida repleta de momentos pisados.

 

            La profesora, quizá cansada de una reiterada hora de palabras y conceptos, de una lucha implícita contra una jovialidad que algún día entendió, da uso a una autoridad inventada por el hombre. Prestame la cartuchera. El sonido irritante de las lapiceras al rozar el papel se contrasta con los ruidos callejeros que ingresan por nuestra única metáfora de libertad: la ventana. Miro la ventana, un cielo celeste de nubes pequeñas grita mi nombre, me llama. Yo, cual prisionero de una responsabilidad y un futuro desconocido pero correcto lloro un escape en silencio, sueño con la mirada.

 

¿Me prestás el liquid? ¿Se puede tachar? Preguntas, más preguntas. “La profe”, sentada, con una mano sosteniendo su cabeza da a entender el cansancio mesurable en horas. Es viernes. El gran mediodía se acerca al igual que la hora de libertad, una libertad condicional ya que en dos días estaría sentado aquí otra vez, y de no hacerlo la sociedad me castigaría con la frase eternamente dolorosa: “El colegio es necesario si querés ser alguien en esta vida.” ¿Ser alguien? Pues claro, todos quieren ser alguien. Lo que a mí me extraña es la necesidad de una rutina institucional y un cumplimiento más o menos responsable de mi deber como ser humano para alcanzar una existencia adecuada ¿La tres la puedo hacer en ítems?

 

Presencio una discusión típicamente entretenida, predecible, aún así entretenida. Algunos rostros se observan con muecas pícaras dibujadas, como si una maldad superflua (indicio de maldad reflexiva) quisiera anteponerse a una inocencia repudiada por la necesidad de pertenecer o tal vez por el miedo al no ser parte. Se oyen risas. Lo bello de nuestro corto tiempo en este plano supuestamente real es probable que sea esa alegría que goza de una generalidad aceptada.

 

Luego de analizar a mis compañeros, a mi profesora, a nuestra común cotidianeidad comienzo a escudriñar el reflejo de una esencia infante y expresiva plasmado en cartulinas, adornos, frases de papel que posan en los muros rectos y firmes, capaces de retener a más de veinticinco jóvenes rebosantes de vida, de uno u otra forma y contenido pero vida al fin. Entiendo la diferencia en dimensiones infinitas que logra considerarnos únicos e irrepetibles, ese algo que me impide entender del todo tanto a mis compañeros como a mi profesora.

 

Río con el alma. Me doy por vencido con una sensación que anexa una ignorancia eterna con la voluntad de ser parte de esa eternidad. Sonó el timbre, nos levantamos de nuestros asientos, vestimos nuestras pertenencias y dejamos una vez más el colegio.

©Santiago Crespo
 
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