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I had a dream last night

Cuando Lucía despertó, su cuerpo breve se encontraba agazapado bajo la cama. La noche anterior no había podido conciliar el sueño normalmente, mientras intentaba cerrar los ojos, los ruidos de la calle la sumieron en una angustia profunda como el temor a la soledad. Pensó entonces que la oscuridad no era buena compañía, sin embargo, sus pies se negaron a obedecer la orden de incorporarse y dirigir sus pasos hacia el interruptor de encender la luz. Sólo cuando pudo juntar el valor suficiente para vencer el miedo, sus pasos diminutos invadieron la habitación y Lucía sintió unas inmensas ganas de escuchar su rola favorita para las noches de insomnio: I had a dream last night de Buthole surfers inundaba los silencios de la casa mientras Lucía se entregaba desmedidamente a esa locura caprichosa de recuperar la seguridad que brinda la posición fetal; supo entonces, ahí, en la inmensa oscuridad que se extendía bajo su cama, que no habría de hallar sitio más seguro para sus pesadillas dislocadas.

Siempre azul, Lucía recordó los momentos más tristes de su pálida existencia.

El día en que murió su perro de peluche en las manos asesinas de la sirvienta, mujer regordeta que intentaba enmendar las costuras desechas por las aspas ingratas de la lavadora. Los compañeros del jardín de niños que se burlaban interminablemente de su figura desgarbada y los ojillos llorosos. Los regaños de papá y la muerte incomprensible de la abuela María que ya no estaría más para defenderla de los monstruos que tenía por inquilinos en el armario de su habitación. La luz proveniente del refrigerador, las noches aquellas en que se levantaba con su insomnio acostumbrado para buscar un poco de leche, aquella luz que parecía helarle la conciencia y sumergir su brillo como una daga que a Lucía le recordaba por alguna razón a la espada de Damocles de la que tanto había oído hablar y que sin saber bien a bien porqué, la aterraba.

A sus casi dieciséis, Lucía no era una muchachita normal. Los senos se negaban a crecer y la regla aún no le llegaba y además padecía ese extraño mal de hacer realidad sus sueños, razón por la cual prefería entregarse casi virginalmente a los brazos del insomnio en vez de dejar que Morfeo se apoderara de su mente inquieta que sólo sabía soñar para después transformar las pesadillas en la vida real.

Aquellas tardes en que la luna estaba por caer, Lucía comenzaba a experimentar una extraña transformación, sus vestidos azulaban y una suerte de antigua adivinación la hacía parecer como una bruja inmaculada que no sabe como usar sus poderes, ella entraba en la tarde convertida en un pájaro que flagelaba a sus más íntimos demonios. Lenta y salvaje, deslizaba su túnica de maga cuesta arriba de los muslos urgentes de hombre. La sacerdotiza buscaba entonces un refugio para el amor furtivo y cadencioso del onanismo. Para cuando la noche estaba ardiendo, Lucía era plena de lujuria divina. Ya no la niña y sí la samaritana que velaba por no caer en el sueño. Era peligroso, la realidad no siempre aceptaba bien las locuras oníricas de Lucía.

Todo parecía ser normal aquella mañana, excepto por que la normalidad era algo extraño para Lucía. El sol resplandeciente entró por las rendijas de las persianas y bañó el rostro de alguna muñeca vieja que se empeñaba en aniñar la habitación. Sus diminutas manos recorrieron las piernas y llegaron casi nerviosas al pubis. El vello que cubría el sexo de Lucía se asemejaba al musgo que puebla las laderas húmedas y oscuras del bosque, recordó los cuentos de hadas que la abuela le contaba y se descubrió mujer cuando ansió la presencia de un príncipe azul que recorriera el velo de la inocencia de sus inexplorados rincones femeninos. Primero un dedo y luego otro, bastaron para comprobar el acontecimiento. Como un animal que se descubre herido, Lucía gimió mientras observaba la sangre que manchaba sus manos. Creyó comprender que el momento de la menstruación, ese tan ansiado, estaba dando lugar a la metamorfosis que terminaría haciéndola mujer. Se incorporó rápidamente y la sangre de los dedos cubrió mansamente el Play de la grabadora Placebo headwound de Flaming Lips comenzó su líquida y frágil tonada. Lucía se contoneaba amarga y dulcemente a la vez. El ritual había terminado.

Por la tarde, cuando la música cesó, los padres de Lucía entraron en la inmensidad oscura de la habitación. Un intenso olor a sándalo los recibió a la vez que descubrían un rayo de luz azul iluminando la desnudez del animal ensangrentado. Lucía por fin, resplandeciente y mortecina, dormía plácidamente y ningún temor se adivinaba en su rostro. Sólo una cosa más: debió estar soñando con un ángel, o eso supuso la madre mientras contemplaba la espalda de su hija y las hermosas alas azules que de ella nacían.

© Michelle Solano Aguirre