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Mi cuerpo en la niebla

Tú creerás que he muerto, que vida es el accionar mecánico del cuerpo y que el último suspiro mío quedó en algún lugar del tiempo a cuyo lado no volverás jamás; y recordarás cada noche ese horrible día, el mismo que tirita ansioso en el fondo de tu mente desde entonces, cuando mi corazón biológico, aquel músculo cardio, no latió más, que sin tú saber, había estado así ya dos años. Lo descubriste recién ese lunes en la mañana, cuando despertaste temprano y todavía sentiste en mis manos el tibio de vida que se va, y con los minutos supiste que sólo mi cuerpo había quedado. Recordarás cuánto me empapaste con tu llanto, tu dulce llanto desconsolado, gritando, moviéndote y sacudiendo mi cuerpo en ese tenue lecho, y volviendo a gritar desesperada, como una niña perdida y asustada, “despierta, no juegues, no es divertido...” y que nunca más volviste a oír el susurro de mi voz en tu oído. Volverá inmediato a tu mente, cual fantasma herido, el recuerdo de la primera flor que te di, esa roja flor quebrada de tallo por ser débil como todo; que lentamente se fue secando con cada día que pasaba. Pensarás entonces que esa flor fui yo en otro cuerpo, en cuerpo de flor que ahora reclama su propio cuerpo humano. Ese día, seguramente fueron como las dos o tres de la madrugada, el segundo fulminante, cuando por mis venas dejó de fluir el líquido vital. Pensaras que no pudiste evitar que la vida se me escurriera como un frío sudor por los poros, que ni siquiera despertaste a contemplar, con tus benditos ojos, la agonía de mis huesos, y te atormentará la idea aquella que traes desde entonces, esa que machuca tu cerebro día a día: “el de haber podido hacer algo”.

Tu creerás que he muerto, que al verme estático y acostado en una caja de madera gris con candelas a los costados, pronto a ser cubierto de tierra, se va con ella toda tu vida que fui yo. Entonces me pondré a llorar y en cada gota de rocío prendida en los pétalos de alguna flor, verás tu rostro reflejado y pensando dirás, en acuoso amartelo, que son mis lágrimas mezcladas con las tuyas, con esas que no pudiste callar, esa madrugada fatal.

Así será, en esas noches de llanto tuyo, cuando tu alma evoque desesperadamente mi nombre, que me escurriré por el ojo de la cerradura, por cualquier resquicio que dé a tu habitación, como blanca niebla de fines de otoño, y me posaré en tu cuerpo, escarbando nuevamente tu piel. T ú, al despertar, te verás manchada del sudor mío y pensarás “que frío hizo esta noche”, mas no será así. Volveré a jugar con tu pelo y a entibiar mis manos en tu pecho, entonces pensarás que son las huellas del invierno que ha llegado. Una mañana de lunes, al despertar, sentirás tus labios húmedos, tu cuerpo se estremecerá como en cada fogonazo de antaño, tus pupilas volverán a brillar mientras una sonrisa se dibuje en tu rostro y pensará en mí un instante. En ello recién comprenderás, eternamente mía, que no es el invierno que deja su rastro, sino, que soy yo quien te besa en la boca.

© Rubén Machado Navía

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