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Somos los Ñus

Amanece. La sabana africana, todavía húmeda por el rocío nocturno, se divisa salpicada de distintos herbívoros, hasta el horizonte.

Los Ñus, especie de bóvidos salvajes, son los más numerosos. Comen nerviosos, con sus grandes ojos alertas a los altos pastizales por donde se trasladan lentamente. Los leones no se ven, por eso ellos saben que están allí, en alguna parte, acechando su almuerzo, aún sobre sus cuatro patas.

Cada tanto resoplan, para limpiar sus narices, en un intento de agudizar el olfato que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

De pronto, de unas malezas resecas y amarillentas, surge una silueta del mismo color. Primero parece arrastrarse, pero luego se muestra, a la vez que emprende veloz carrera hacia la manada. Los Ñus, espantados, corren en distintas direcciones. Saben que ninguna es la correcta, pero el movimiento es la única alternativa. Los leones son varios y antes de atacar ya han rodeado ese sector. Ahora todos han aparecido, y en distintos ataques, ya se ven algunos Ñus, sujetos por el cuello, resistiendo de pie la terrible realidad de su lugar en la cadena alimentaria.

El ataque ha cesado. La quietud ha retornado a la manada. Otra vez están pastando, siempre atentos, pero ahora más tranquilos. Mucho más tranquilos.
Los leones están comiendo.

A lo lejos, aún se puede ver el vapor de la sangre surgiendo entre los pastizales, donde se realiza el festín. Los buitres sobrevuelan y las hienas ríen, esperando su turno. Es la vida en África. Es el ciclo natural.

Cambio de canal y pongo el de las noticias. En los primeros avances de lo que será el noticiero central del mediodía, puedo ver que hoy, en mi ciudad, tres personas han muerto en distintos hechos delictivos. Dos han sido asesinados ante una aparente resistencia a ser despojados de sus automóviles, y el tercero, un joven repartidor de pizzas, ha dejado su vida a cambio de un ciclomotor y un par de zapatillas de marca. Además de esos hechos sangrientos, ha habido varios asaltos y robos a manos armada contra transeúntes y negocios.

Salgo a la calle, subo a mi auto y tomó una calle lateral y descuidada que, cortando camino, me lleva al centro de la ciudad. En algunas esquinas, grupos de jóvenes desaliñados me miran pasar, indiferentes. A pesar de lo tenebroso del lugar por donde transito, descubro que estoy calmado. El hecho de saber que a esa temprana hora, ya se han llevado a cabo varios delitos graves, en vez de intranquilizarme, me tranquiliza. Me tranquiliza saber que muchos de ellos ya tienen en el bolsillo la cantidad necesaria para sus vicios diarios. Los leones ya han comido. Y yo sólo soy un Ñu más, entre millones. Ahora me dejan pasar, por hoy no necesitan nada de lo que llevo, ni mi auto ni mi alicaída billetera. Y siento algo parecido a la vergüenza, al notar que para mí es un alivio que en la morgue judicial ya haya algunos muertos de ese día. Esos muertos me dicen que por hoy, esa lotería no me tocó a mí. Y sigo pastando, circulando, tranquilo, casi tranquilo, porque hoy, al menos por hoy, no seré una víctima natural del ciclo insano que nos han impuesto, sin decirlo ellos, sin notarlo nosotros.

Mañana, yo, un Ñu más en la ciudad, tendré que volver a salir de mi casa… Y ellos, los leones estarán ahí, otra vez con hambre…

© Rubén Antolín Heredia
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