Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Quasimodo subterráneo.

Son casi las tres de la tarde, hace calor, demasiado calor a pesar de la época del año. Uno de esos días que pintan frescos por la mañana porque llovió toda la noche y después al mediodía se ponen pesados y húmedos, con casi 33 grados a la sombra. ¡Sombra! Decir sombra en Buenos Aires es esconderse del sol entre edificios aplastantes, es respirar un aire demasiado respirado por algunos millones de transeúntes, es caminar un cemento demasiado caliente para los zapatones y las gruesas medias que hace algunas horas se sentían tan agradables. Mirar sin mirar, tratar de distraerse mientras la campera se hace a cada paso más pesada y más incómoda.

Lavalle cambió tanto. La calle de los cines hoy muestra unos pocos que sobreviven casi con vergüenza. Eso me distrae. Tratar de recordar qué cine había donde hoy hay un Bingo, o una super farmacia, o un MegaMusimundo, me distrae un ratito nomás, porque Esmeralda me muestra su boca hambrienta de personas, esa boca insaciable que se devora miles de gentes por minuto para depositarlas en su intestino subterráneo, para saborear sus jugos y después regurgitarlas en otras innumerables bocas diseminadas por la geografía porteña. Dudo, pero mi destino es inevitable. El intento de atravesar el monstruo de acero y de cemento por el lomo, desde el Centro hasta Belgrano puede tener efectos mortales. Resignado me dejo devorar y me encamino junto a innumerables almas por esos túneles donde el calor se multiplica y donde el aire se divide hasta casi desaparecer.

A esta hora debería viajar un poco más cómodo, pienso. Pero es una ilusión. La comodidad son codazos y apretujones, el gusano metálico llega con sus chirridos amenazadores, sus puertas se abren un instante ínfimo que apenas da tiempo de bajar a los que bajan y de subir a los que suben. Y la campera, los zapatones, la mochila cargada que oficia de oficina-taller ambulante, todo pesa, hasta el pelo me pesa, me pesan hasta los pensamientos y por eso trato de no pensar. Pero no pensar es morirse -decía mi abuelo-, el hombre debe pensar para sentirse vivo, entonces pienso, miro, me bajo (no sin esfuerzo) en Diagonal y camino por otros túneles más repletos y más calurosos. El subte 'D' ahora es el más lindo, antes me gustaba el 'E' pero ahora el 'D' se alargó tanto, llega tan lejos y a lugares tan bonitos que es un placer viajar en él. Mentira; no es un placer, es un suplicio, caluroso, mochiloso, camperoso y zapatoso.

Un asiento se desocupa en Tribunales. Un asiento en momentos así es un oasis en medio del desierto. Es una bendición. Un regalo. Un regalo medio tramposo, porque el asiento es así de chiquito. Apenas sirve para que me acomode, pero la mochila se siente desplazada, la campera se encapricha y se tira al suelo, al agacharme a recogerla se me suelta el celular de la cintura (ya decía yo que la traba de esa funda barata no era muy confiable) y rueda más allá de mi alcance. La mochila se aferra a mi como un niño asustado. La campera desde el suelo me mira y se ríe. El celular a unos lejanos metro y medio me hace burlas y nadie me ayuda, es más, alguien hace un intento fallido de patearlo, (bien merecido se lo tiene), entonces tomo la campera y me levanto y alcanzo el maldito celular, esta acción me lleva a metro y medio de mi ansiado asiento, pero si la luz es rápida, mucho más rápido es ése que ahora lo ocupa ajeno a mis viscicitudes. ¿Protestar? Es inútil. Es sólo un asiento.

En Facultad de Medicina bajan tres y suben cuarenta. No traen su propio aire para respirar, pretenden respirar el poco que nos quedaba. Pero traen nuevos sudores y nuevos aromas. Ya somos una masa. Somos trozos de lava hirviente, somos transpiración mezclada con desodorantes baratos que no resisten el esfuerzo y se evaporan cantando sus jingles puclicitarios. Rexona no te abandona... En invierno no te abandona. En la Antártida no te abandona. Vení a hacer la propaganda en el subte 'D' a las tres de la tarde y se te va a caer la cara de vergüenza. Pueyrredón, bajaron unos cuantos. Otro asiento se me ofrece. Los zapatones me llevan de mala gana. La campera trata de escaparse una vez más pero ya aprendí la lección. La mochila sumisa descansa en mis rodillas y no protesta cuando Campera se duerme la siesta arriba de ella. ¿Y Celular? ¿Se me escapó otra vez? No. El también duerme, pero en uno de los bolsillos de Campera. Mochila bosteza y también se duerme. Tengo la situación dominada. Soy feliz. Entonces, debe surgir algo que empañe mi momentáneo triunfo. Y surge. Surge en la figura de un muchacho de unos quince o dieciséis años. Pide moneditas, con una voz quebrada y triste. Del lado izquierdo de su cara le sale una deformidad. Su cuello es una masa informe que le llega hasta la espalda. El ojo izquierdo parece ajeno y está mucho más abierto que su hermano derecho. Es un ojo muerto pero inmenso. Y mientras pide reparte unas estampitas. Me parte el alma. Pero entonces veo algunas caras y el alma se me arregla y se encabrita. Hay gente que lo mira con cara de asco. Y se corren para que no los toque. Y le rechazan las estampitas. ¡Señoras y señores! ¡Se asquean de la deformidad de este Quasimodo subterráneo, como si su mal fuera a contagiarlos! ¿No ven que este chico lleva su deformidad a flor de piel, mientras que ustedes la ocultan debajo de sus perfecciones? ¿Ustedes no se asquean al mirarse al espejo? Sacar unas monedas del bolsillo de mis jeans pegoteados por el sudor puede ser una tarea difícil, pero lo intento.

Campera se despierta y cae al suelo. Celular aturdido se escapa de su efímera prisión y rueda un poco más lejos que en su raid anterior. No me importa, Mochila se hace a un lado para que mi mano penetre en Bolsillo y saque las ansiadas monedas. Dos pesos, dos miserables pesos cuyo destino era proveerme de un sabroso pancho y una coca bien fresca. No me importa. Dos pesos no son nada. Para Quasimodo suponen una fortuna, y una fortuna me devuelve él con una sonrisa. Y hasta parece que el ojo muerto recupera la vida y que su joroba-cuello se desinchan y una música comienza a sonar, y alguien me alcanza a Celular, y otro viajero me ayuda con Mochila y alguien más pone a Campera entre mis brazos y comenzamos a reir, y alguien saca un billete y se lo da y Quasimodo ríe y baila con la rubia tetona que también ríe, y de los otros vagones vienen a ver que está pasando y traen aire y traen frescura y el subte se sale de las vías porque estamos en Plaza Italia y sale por la boca regurgitadora y comienza a volar, y todos comienzan a arrojar las estampitas de Quasimodo (mientras Rubia Tetona le da un beso en la ex-joroba) y las gentes de Buenos Aires ven la lluvia de papelitos y saludan y gritan. ¡Chau Quasimodo! ¡Suerte! Y le tiran monedas y besos, y el subte-nave sobrevuela los bosques de Palermo, y se mete en el Planetario y surca las estrellas y por las ventanillas veo que otros subtes y colectivos nos acompañan, y algunos edificios también, y todos cantamos y bailamos y somos felices y somos buenos y se acaban los males en el mundo. Pero volvemos.

Quasimodo está sembrando el asco en otro vagón. Rubia Tetona desapareció en Olleros y ahora quedamos muy pocos pasajeros, a algunos les quedó en la cara la asquerosa impresión del deforme. Próxima estación Juramento, fin del viaje. Despierto a Mochila, Campera y Celular. Les pido que se porten bien y me hacen caso. Ahora tengo que caminar cinco cuadras. Son las tres y media y hace más calor. Cuando paso por el puesto de panchos, meto la mano en el bolsillo vacío y sonrío satisfecho.

© Roly Canteros