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Una cita con el destino

Ella se sienta frente al espejo, se mira detenidamente. Ve cada una de las arrugas que apenas comienzan a aparecer alrededor de sus lindos y tristes ojos. Se pregunta qué ha pasado todos estos años, en dónde quedaron todas las sonrisas prometidas.

Se mira al espejo nuevamente, piensa en las cirugías que tendrá que pagar en un par de años y se pregunta que pasa ahora dentro de ella que no termina por cicatrizar esa vieja herida.

Huele de nuevo el viejo olor a la costumbre, y las sombras asediando por detrás de su hombro. Esperando el momento oportuno para oscurecerlo todo.

Tiene miedo de caer de otra vez en el abismo, tiene miedo de regresar a la angustia,  al vacío. Por eso, finje ignorar lo que pasó, por eso finje no recordarlo, y cuando entre sueños aparece esa terrible pesadilla , Siempre encuentra una razón para explicarlo todo, para olvidarlo todo.

Así transcurren los días , lentos, apacibles, espantando a la melacolía a puñetazas y a mordidas; para evitar el tedio se inventa mil historias, relee las viejas cartas de amor nunca entregadas. La tinta vieja y carcomida por el paso del tiempo evita que parráfos enteros puedan ser leídos con fluidez.

Revisa las últimas páginas de su diario, aún todas en blanco. No encuentra qué escribir, no sabe cómo hacerlo. Se sienta frente al borde de la cama y piensa:

        -carajo!, pero si creo que lo he olvidado.

No recuerda ya casi su rostro, o prefiere no recordarlo.

El olor dulzón de su aliento combinado con el sabor amargo de la última pastilla que tomó para calmar la angustia le recuerdan que ya es tarde, que se hace tarde.

No tiene tiempo, apenas el necesario para vestirse. Elegir su ropa. Una falda a la rodilla, una playera blanca sin mangas, un par de zapatos cómodos pero con tacón.

Perfume.

Pensó en no maquillarse, hace ya algunos meses que no desea hacerlo, pero las ojeras por debajo de sus ojos se lo impiden.

La falta de sueño, hace que cada día  dormite en el trabajo. El dolor de cabeza siempre constante, la han alejado del mundo.

Se ha acostumbrado a la soledad, tanto que ya no nesecita más un cuerpo para saciar su deseo.

Tanto que no contesta el teléfono.

Se ha vuelto un animal nocturno. Se ha vuelto menos vulnerable y eso le encanta.

De nuevo, el timbre del teléfono la saca de su trance, no quiere contestar, sabe lo que ocurrirá, y no desea hacerlo.

Pero el dolor de cabeza es mayor al escuchar el incensante timbre del teléfono. A cada timbrazo, su corazón se acelera. Sólo recuerda su voz, rasposa, pastosa, ordenando todo, exigiendo todo.

Repite nueve veces la misma canción y se pregunta que estará haciendo él en este momento, se repite a sí misma que la mayor razón para estar lejos de él es esta tranquilidad . Pero no sabe si esto es lo mismo que estar muerta, por que tampoco puede sentir ya nada.

Se mira de nuevo al espejo y parece no reconocerse. Se ha inventado ya una nueva historia.

Recordaba de nuevo todo por fragmentos; por eso el frasco de pastillas que descansaba junto al buró estaba casi vacío.

De pronto recordó el teléfono.

Contestó el teléfono, otra pildora más por favor que la cabeza parece estallarle, aún no está lo suficientemente aturdida.

La luz tenúe que tintinea a través de su ventana le recuerdan que de nuevo es tarde, lleva ya más de dos horas de retraso.

Pero eso no importa por que sabe que nunca es tarde para esa cita que tiene con el destino.

Así que sale de casa con la dirección apenas legible en ese papel que encontró en donde garabateó de prisa mientras le dictaban las instrucciones por teléfono.

Sube a un taxi, pide que la lleven a la calle de Madero 8.

Ve pasar a un perro herido al bajarse del taxi. ¿Llueve?

El incensante sonido de la lluvia al caer le molesta, hoy le molesta hasta el aire.

Decide caminar aprisa para no arruinar su maquillaje y subir por esa larga y desvencijada escalera que la llevará hasta el apartamento 8.

Madero 8, interior 8. Pensó que eso era un mal karma.

Aún así siguió adelante por que en realidad ya nada le importaba,

Antes de tocar a la puerta, respiró profundamente.

Se retocó los labios, de rojo carmesí. De profundo rojo.

Y ensayó su primer "Hola" para escucharse por primera vez en esa noche.

Finjir es su especialidad. Gemir es su especialidad.

Mirando el techo con la mirada perdida, esperando impaciente que termine el gran acto. Pero esta vez es diferente, sabe que el destino se encarga de poner a cada uno en su lugar. Se preguntaba si la reconocería, hace más de 20 años que fué la última vez que se sentó en sus rodillas, hace más de 20 años que le llamó por su nombre por última vez. Hace más de 20 años que su madre horrorizada por esa historia había preferido apartarla de su lado.

Apenas recuerda su cara, apenas recuerda sus ojos llenos de lágrimas y coraje al pedirle que se fuera de casa. Ella sólo contaba con 10 años en ese entonces, pero su madre pensó que era lo suficientemente mujer ya para enfrentar la vida por sí sola.

Así salió de casa, confundida, aturdida y sin saber a donde ir.

Tocó la puerta 2 veces, se escuchaba a lo lejos una vieja canción de Manzanero.

.."te extrañó.. por lo quieras amor pero te extraño".. recitaba el viejo estribillo de esa canción por todos conocida.

De pronto, el verlo de frente. Ahí parado, frente a ella. Sin sospechar siquiera que esos ojos fueran el reflejo de los suyos, apenas con algunos años menos.

Pero al fin como los suyos. Sonrió por fin, parecía no recordarla.

Ya no tenía el cabello largo a la cintura, en esas 2 largas trenzas que bailaban al compás de sus pasos. Las pecas de su rostro las había cubierto con maquillaje, por eso no la reconoce, pensó.

Por un momento se sintió segura, asintió con la cabeza cuando le pidó bailar con él al compás de otra vieja canción, esta vez de Agustín Lara.

Avidamente recorrió su rostro con una sola mirada, y recordó lo dulce de sus manos sobre su cuerpo de niña.

Miró las canas que cubrían su poco poblada cabellera. Dejó que su boca se acercara a la de ella pausadamente, su cuerpo respondió de nuevo sin siquiera advertirlo ella, sin siquiera desearlo. Dejaba que besara sus labios como hace muchos años ya.

Recordaba la primera vez que lo hizó, la extraña que era esa sensación para ella, como tener un pez inquieto en la boca pensaba.

Sin saber qué hacer, y él ordenando todo de nuevo.

"Así, suave a la derecha, mueve tu cabeza un poco",  poco a poco se apoderaba de su cuerpo impaciente.

Ella sin saber que era ese placer extraño para ella.

De nuevo aquel calor sofocante que agitaba su pulso, sentía sus manos envejecidas ahora tocar sus ya crecidos senos.

De nuevo ordenaba.

"así, mueve la cabeza a la derecha, más suave, más lento," Todas órdenes que ella recordaba bien.

Hoy no ve el techo. Hoy se concentraba en su rostro frente a ella, recordaba su rancio aliento como hace ya muchas tardes, frente a ella.

El escenario había cambiado, tal vez ya no era tan joven.

Tal vez para él las cosas también habían cambiado.

Sus ojos ya no tenían ese brillo, sus brazos ya no eran tan fuertes como antes, ya no podía levantarla para meterla en la bañera.

Pero seguían siendo esos brazos los que más hechaba de menos en esas primeras tardes lluviosas cuando por primera vez descubrió como podía ganarse la vida.

Y de repente, su cuerpo recordó lo fácil que era bailar esa danza cuando se pretende ser alguien más.

Exigía su presencia sin compasión. Arañaba su espalda desnuda con desesperación, ordenando, maldiciendo y suplicando al mismo tiempo.

Rasgando su cuerpo, partiendo sus entrañas en tantas parte como fuera posible.

Eso ahora no importaba, nunca importaba, por que lo que su cuerpo contenía estaba aún intacto.

Así que olas de placer extraño de nuevo invadían su cuerpo. Extraña sensación de nuevo descubierta.

Justo cuando los gemidos de placer de él se confundían con gritos ahogados de terror, al verse así, de repente reflejado en su rostro.

Recordando ahora sí, quién era ella.

Sintiendo el frío metal en su cuerpo aún húmedo por los espasmos de placer de hace 3 segundos atrás.

Su mirada triste y confundida fué lo último que vió frente a él.

Recordó entonces, cuando ella le llamaba por su nombre hace ya algunas tardes atrás.
Un par de ojos rojos devolvían la vida a Helena mientras estaba frente al espejo.
El color rojo del carmín, se confundía con lo rojo de sus manos al retocar sus labios.
Por más que se lavara las manos siempre las vería teñídas de rojo. Pero eso ahora ya no importa por que nunca más nadie volvería hacerle daño. Echó un último vistazo a la habitación buscando cualquier indicio, y entonces recordó que allá afuera, esperaban de nuevo su presencia, tenía otra cita, y se hacía tarde.

Esta cita con el destino ya la había cumplido.

 

© Rocío Torres
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