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Columby... crónicas de un estudiante

Por: Romeo Bufon.

Nota: los hechos que se narran a continuación pudieron o no haber pasado. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. El autor no se hace responsable del juicio que el lector infiera sobre el presente escrito… Zapopan, Jal. A 12 de Octubre de 2005.

De nuevo, una vez más. Una como tantas otras ocasiones. Cada día se volvía realmente insoportable estar obligado a asistir a la misma aburrida cátedra con una persona tan desagradable como lo era Alba la perfecta, la que lo sabe todo y restriega en el rostro de sus alumnos lo poco que saben; la trahumada que seguramente no conoció un amigo o un momento de paz; la maldita maestra de universidad que no se ha realizado aún y vive frustrada por ser lo que es, una simple maestra que imparte una aburridísima cátedra a alumnos de universidad. Un día más no podía soportarlo.

El día anterior, Alek tropezó con ella camino al salón de clases. Tratando de aligerar la incomodidad que le producía acompañar a aquella persona que, sin embargo, estaba obligado a ver dos veces por semana durante dos horas de tedio y apatía, buscó algo con qué tener al menos un rato de conversación. Intentar encontrar el lado humano de aquella persona en circunstancias distintas al salón de clase al parecer no iba a ser difícil. Era solo cuestión de un “¿hola, cómo estás?” y lo demás podía derivar en la trivialidad de un “bien”, o algún comentario desvariado sobre el clima o los pendientes que cada quien tenía.

- ¿Alba, que tal?- Alek no esperó respuesta alguna, ya que como se dice, quien no espera nada no será decepcionado. Sin embargo...
- Muy bien Alek, como siempre.-

El chillido de aquella voz tratando de asemejar una jovial y femenina expresión de bienestar no logró más que irritarle los oídos. ¿Por qué era tan insoportable? El simple hecho de verla era un insulto a la vista. Una señora joven, de unos treinta y tantos, mas otro centenar de kilos y mal gusto. Un pantalón algo ajustado a las caderas que solo lograba acentuar lo desagradable de su figura, sin mencionar aquella blusa de espanto que recordaba el robo de un mantel de pic-nic, con sus cuadros a rayas blanco azules.

- Qué bien...- ni siquiera lo dejó terminar la frase.
– Me contaron que estás trabajando Alek...-

Quien demonios se lo habrá dicho, el joven no tenía la más mínima idea, aunque no era para sorprenderse demasiado, puesto que en la facultad cualquier noticia era sabida tanto por conocidos como por personas que ni siquiera tenían vela en el entierro. A decir verdad era repugnante que no respetaran la privacidad natural en los actos del ser humano.

- Si, de hecho llevo poco más de una semana. Quise aprovechar la oportunidad que se me...- de nuevo interrupción. Era bien sabido de Alek que el “adefesio” no respetaba mucho la toma de palabra de los estudiantes en clase, que de cierta forma se entendía al impartir la materia. Que un alumno levantara la mano y fuera ignorado, o no pudiera terminar la pregunta a causa de las maneras de Alba, era algo que podía esperarse. Pero esta era una simple conversación de pasillo, para romper el hielo y no caer en ese mutismo incómodo al estar junto a alguien con quien no se llevan muy buenas migas.
– ¿Y estás seguro de poder con las dos cargas?, Porque pienso yo – de nuevo, su maldita opinión de experta humilde-.. que no estás en edad para empezar a trabajar, ¿no lo crees?.-

La visión era cada segundo más repugnante. Su aliento entrecortado al subir cada escalón, cada movimiento de sus cortas piernas, la transpiración acumulada en su frente abultada y en aquel cuello escondido entre pliegos de obesidad. Cada movimiento de su masa, todo su volumen luchando en contra de la gravedad, en contra de cada paso, cada doloroso centímetro de ascenso interminable hacia el tercer piso. Todo eso lo saturaba, lo agobiaba. Temía que el permanecer cerca de ella lo embarrara, lo infectara.

-Bueno, no me ocupa mucho tiempo. Es un trabajo de asistente de medio tiempo. Aún estoy probándome a mí mismo, pero hasta hoy no he tenido problemas.-
- Piénsalo, porque analizando tu trayectoria en mi materia, a decir verdad, lo creo difícil para ti.-

¡El colmo¡. Si en el último examen no le fue posible obtener una buena nota, no lo podía atribuir a otra causa más que a la excéntrica manera de evaluar que Alba utilizaba. Era humillante recibir una mediocre calificación a causa de sus caprichos, y además tener que aguantar la manera como recibía al sentenciado: con una sonrisa de oreja a oreja y diciendo – ¡Felicidades, la verdad no esperaba tanto de ti¡.- como si tratara con inútiles acéfalos que no merecen el gran honor que significa una aburrida cátedra impartida por “su majestad pensante.”

- Por cierto, Alek, no has pensado en cambiar de carrera?, sinceramente no creo que tengas las aptitudes, o la capacidad requeridas para este ramo. Todavía estás a tiempo de inscribirte en alguna otra de las facultades de la universidad, quizá encuentres algo más apropiado para ti. ¡Inclusive hasta te gradúes!.- La visión ya no era terrena. Su respiración; cada entrecortada inhalación seguida de una fétida exhalación, cada gota de sudor en su frente, su voz rasgando cada nervio de Alek como uñas en una pizarra. La única manera de evitar un repentino despliegue de furia contra ese ser era alejarse de ahí rápidamente. Huir de aquella visión infrahumana para no contagiarse de las emanaciones de aquel ser. Aquel ser... ni siquiera podía llamarlo ser humano, era solo eso, el ser: un ser...

Pero hoy todos esos sucesos y situaciones le daban vueltas en la cabeza. Lo mareaban, le provocaban nauseas. Tenía que hacer algo, y tenía que ser hoy. Mañana sería muy tarde. Si nadie más se atrevía, tenía que ser él quien se encargara de esto, por el bien de todos.

Ahora lo veía con claridad. Ahora esa era su misión. Cada pendiente y cada objetivo que tenía en su mente pasaban a segundo plano cuando se trataba de esto. En un principio tan solo fue una idea que surgió de un juego, de un supuesto imaginario producto del ocio estudiantil; tan solo una broma entre amigos, un comentario sin sentido para captar la atención de los demás un rato, y provocar una serie de comentarios estúpidamente divertidos y una que otra risotada. Pero poco a poco, y sin proponérselo realmente, su mente había maquinado paso a paso lo que tarde o temprano tendría que hacer. La repulsión que albergaba en un principio por “esa”, se transformaba día a día en un aborrecimiento que rayaba en el odio. ¡Odiaba a Alba¡ la odiaba más que a cualquier ser. No podía verla como una enemiga, sino como la peor de las desgracias. Su razonamiento no lo asumiría de otro modo. Estaba saturado de ella, y tenía que ser hoy. Hoy se encargaría de ella por el bien de todos... por el bien de todos.

Se dirigió nerviosamente al salón donde sabía que Alba se quedaba por las tardes a calificar exámenes y a preparar sus clases del día siguiente. Seguramente la encontraría, porque a saber de Alek, la maestra vivía de la rutina, e incontables veces al pasar por aquel pasillo la había visto, aunque nunca se había atrevido a saludarla o a visitarla.

Salón B-04. Ahí estaba, frente a la puerta. La luz estaba prendida y no se veía nadie en el pasillo. Tenía que ser ahora –por el bien de todos- se repetía a sí mismo, buscando una justificación para hacer acopio de valor. Su mente daba vueltas, cada recuerdo, cada palabra con que aquel “ser” había tratado de arruinarle la vida.

Mareado entró en el salón. Ahí estaba ella, sentada frente al escritorio, con su lap-top prendida, escribiendo sabrá Dios que cosas, y con un montón de papeles por todo el mueble.

-Alek, que raro de ti andar por estos lugares a estas horas. ¿Puedo ayudarte en algo?- Lo dijo con el acento de quien dice “retírate por favor, que no ves que estoy ocupada?”, ni siquiera podía fingir algo de amabilidad, no era posible encontrar ni siquiera un pequeño rasgo de humanidad en “eso”. ¡Indeseable! ¿Con qué otra palabra se podía referir a ella?

No pronunció palabra alguna. Con pasos vacilantes se fue acercando hacia el escritorio, iba decidido y sabía que ahora no podía dar marcha atrás. Las rodillas le temblaban, en general parecía que su cuerpo se resistía a llevar a cabo su plan. Paso a paso fue acercándose, paso a paso repasaba en su mente lo que tenía que hacer. El silencio que mediaba entre los dos le daba vueltas en la cabeza, los oídos le chillaban. Ya no estaba pensando.

-¿te sientes bien?- El joven se plantó firmemente frente a ella. La expresión de persona ocupada que Alba tenía en un principio se fue transformando poco a poco de la curiosidad a la duda, y luego a un temor reservado. Pero al ver directamente a los ojos al joven, ese temor se convirtió en terror repentino. La reacción de Alek fue tan rápida que no le dio tiempo de nada. Con la planta del pie pateó la silla donde estaba sentada, y ella con toda su voluminosidad se precipitó al suelo, arrinconándose en la esquina del salón. Intentó gritar, pero se dio cuenta de que no podía hacerlo con una mano aprisionándole firmemente la boca.

Ya no era Alek el que estaba ahí, algo o alguien se había apoderado de sus miembros y no dudaba en sus movimientos, los tenía todos planeados. Sin dar oportunidad de que la señora se moviera empezó a golpearla con furia, desenfrenadamente. No se detenía a pensar donde asestaría el siguiente golpe, solo lo hacía. Uno tras otro. No era Alek, ya no era aquel joven soñador y tranquilo que solo se conformaba con sacar adelante los pendientes de cada día, era cualquier persona, menos Alek.

Uno tras otro los golpes fueron desfigurando lo que hasta hacía unos minutos pudo haber sido una persona. El coraje y el enojo reprimidos durante tanto tiempo se liberaban ahora con una intensidad y una fuerza sobrehumana. No podía parar. Ahí, arrinconada contra la esquina y sin poder proferir una palabra, sin poder exhalar un ultimo aliento, yacía Alba recibiendo aquella interminable sesión de brutalidad inhumana.

De pronto, como sorprendido por un baldazo de agua fría, Alek despertó de ese extraño letargo que lo invadió por algunos minutos. Con asombro fue tomando conciencia de sí mismo hasta que cayó en la cuenta de todo lo que acababa de hacer. ¡Simplemente no lo podía creer¡ Delante de él, en medio de un charco escarlata, tendida y con una expresión de horror y desesperación, estaba el cuerpo inerte, sin vida, de su maestra. Era como haber despertado de una pesadilla para contemplar horrorizado que la realidad era peor aún.

“¿Qué iba hacer ahora?”, fue el primer pensamiento que le vino a la cabeza. ¿Acaso alguien lo escuchó, o lo vio entrar? ¿Huir? ¿Cómo hacerlo sin que nadie lo viera? ¿Podía lavarse acaso las manchas de sangre en sus puños, en su camisa, en su rostro sin llamar la atención?

La situación era desesperada. De nuevo la cabeza le daba vueltas y los pensamientos se le agolpaban en la nuca. ¡Cómo le dolía la cabeza¡. Inmediatamente se quitó la camisa enredándosela en el puño. Se limpió las manos y el rostro lo mejor que pudo en esas circunstancias. Se dirigió a la puerta y con precaución giró el picaporte. Se asomo con cautela a uno y otro lado. Por fortuna, al parecer, nadie se había enterado. No había nadie en el pasillo. Se volvió para cerrar la puerta y se fue de ahí precipitadamente.

Iba como sumido en un “shock” nervioso que no lo dejaba pensar en nada, caminaba como guiado por una aparición o un fantasma, caminaba y caminaba no sabía a donde, pero alejándose de aquel lugar. Ya mañana pensaría lo que tendría que hacer. Mañana que se tranquilizara analizaría la situación. ¿Realmente acababa de suceder aquello? De no ser por la camisa manchada de sangre que llevaba en la mano tal vez lo habría confundido con un sueño, se sentía fuera de sí mismo. Como espectador, ajeno a lo que sucedía a su alrededor. ¿Realmente había hecho tal atrocidad? Una y otra vez volteaba hacia atrás solo para asegurarse de que nadie lo seguía. Las piernas le dolían por tanta tensión, ahora se daba cuenta del escozor en los nudillos. Tal vez golpeó el suelo, o la pared sin darse cuenta.

El dolor que sentía en los puños quizá significaba alguna fractura o contusión de la que ni siquiera se fijó. Pero ya lo pensaría mañana. Mañana vería que hacer...

© Ricardo Gallegos

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