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De profesión, hijo
(Basado en una historia superrealista, con un toque de costumbrismo y una pizca de realismo mágico)

... en aquel momento fue tan intensa su impresión de soledad, tan insoportable, que le pareció que sólo podría ser mitigada en la extraña sed con que el perro le bebía las lágrimas.”
JOSE SARAMAGO
Ensayo sobre la ceguera

Para Ana, mi amor, e Ignacio y Camila, mis amores

La pompa fúnebre se detuvo delante de la vieja casona para rendir un último homenaje a “Doña Marietta”.

En un coche iba el cadáver, y en otro, un poco más atrás, el chofer de la cocheria y los tres hijos de la finada. Ángela, Rosa y el menor y único varón, el buenudo de Enzo.

Un “pan de Dios”. Así era llamado por las vecinas más viejas del barrio que anhelaban, sin éxito, tener un hijo o aunque más no sea un yerno como él.

Hijo bueno si los hay. Sin vicios a la vista, trabajador, educado y compañero de su madre, a la cual veneraba desde que se despertaba hasta que se dormía y jamás y en ninguna oportunidad le faltó el respeto o le alzó la voz.

Ángela y Rosa miraban y saludaban a la gente cada una sentada a ambos lados de las ventanillas. Aunque ninguna de las dos lloraba, sentían mucho dolor por la pérdida de la madre. Enzo, en cambio lloraba desconsolado.

Tenía más de cincuenta años, era soltero y aún seguía viviendo con su madre. Nunca se había casado, aunque tuvo alguna que otra novia que jamás fue por Marietta aprobada.

La candidata de turno podía ser demasiado flaca o demasiado gorda. Demasiado linda o demasiado fea. Maleducada, engreída o irrespetuosa. Parlanchina o descocada. Pero nunca, aceptable.

Y así fue como de repente pasó el tiempo y Enzo se encontró con más de medio siglo encima, sin novia, sin hijos, sin mujer y ahora sin madre.

Marietta era viuda. Don Nicola, su marido, era un tano trabajador y honrado. Padre ausente para sus hijos pero nunca les hizo faltar la comida en la boca. Ignorante, albañil y amante de la ópera. Se sabía de memoria la “Cavallería Rusticana” de Mascagni. Como un ritual, la escuchaba todos los domingos por la mañana mientras el can de la RCA Víctor giraba y se mareaba en el viejo tocadiscos.

Mascagni, italiano come io, e del mio pueblo”, decía en ese cocoliche tan ridículo pero simpático, a todo aquel que quería oírlo.

A sus hijas mujeres no les hablaba mucho porque eran mujeres. Y antes, con las mujeres sólo hablaban las madres.

Nada de besos, nada de caricias. Pero las quería, a su manera.

El hijo varón le llegó cuando ya era grande, y por eso tampoco le pudo hablar mucho. Nunca una charla sobre sexo. Tema tabú. Tema prohibido. “La Madonna e il bambino Gesú todo lo ven”.

En ese ámbito crecieron los hijos, al amparo y bajo la tutela de Doña Marietta, esa tana severa y poco cariñosa, amarreta de besos, caricias, y abrazos que llevaba la batuta de la casa marcando el ritmo de todos los que la habitaban.

La “mamma” decidía absolutamente todo. La comida, los horarios, los rezos y los cantos. El marido era para ella un buen hombre, pero no lo consideraba en lo más mínimo. Si estaba o no, le daba lo mismo. Y así fue.

El primero que se fue de la casa fue el pobre Nicola que se murió víctima de un cáncer de estómago que le agarró bien rápido pero que lo consumió a fuego lento.

Se lo lloró como corresponde durante siete días y siete noches, pero a los pocos días la vida continuó sin que la mujer y los hijos se dieran cuenta que faltaba en la casa. Nadie notó su ausencia y lo único que ligó al marido con la mujer a partir de ese momento fue el luto que Marietta guardó hasta el día de su muerte. En las hijas en cambio, por ser solteras, sólo duró un año.

Ángela y Rosa eran gemelas, y nada agraciadas por cierto. Su madre siempre tuvo la certeza que iban a quedar para “vestir santos”, como se acostumbraba decir de las chicas que iban a quedar solteronas.

Era tal la certeza que tenía que iban a quedar en ese estado que no tuvo reparos en llenar el jardincito de la entrada de hortensias lilas y blancas, ante el estupor de las vecinas que le aconsejaban reemplazarlas por geranios y begonias.

Así era Marietta. Su pensamiento era inquebrantable y nada ni nadie le iba a sacar de la cabeza que sus hijas, por feas, no iban a poder casarse e irse de la casa familiar.

Con Enzo en cambio Marietta amasó siempre discurso de doble filo. Por un lado le decía que tenía que casarse, tener hijos. Que quién lo iba a cuidar cuando ella no estuviera; que los hijos, la continuación del apellido y otras tantas profecías y desgracias. Pero por otro lado no había novia o filo que Enzo llevara a casa que le gustara a la vieja. El Enzo buscaba la aprobación de su madre y ella se encargaba de bajarle de un plumazo las expectativas con la mina de turno. Y fue así como el hijo un día se cansó de buscar.

Se equivocó con Ángela. Se equivocó con Rosa.

La primera quedó embarazada del primer hombre con el que se acostó y así fue como se organizó, de la noche a la mañana, la fiesta de casamiento.

Gritos, insultos, y hasta alguna que otra cachetada. Que prefería verla muerta o convertida en “puttana”. Que “qué suerte que tu padre esté muerto”. Que nunca lo reconocería como nieto y otras tantas blasfemias.

Sin embargo, Marietta se encargó del vestido, del lunch, las invitaciones, la contratación del salón. Todo rápido y sin que la gente se diera cuenta. No vaya a ser cosa que la chusma del barrio vaya a hablar mal de la honorabilidad “della sua figlia”.

Hasta se encargó de hablar y convencer al cura, que se negaba a casar a la pareja de pecadores. Ironías de la vida, ese mismo clérigo que se rasgaba las vestiduras con la desgracia de la pecadora Ángela, confortaba espiritualmente todas las noches a una devota feligresa que le gustaba recibir la comunión en privado, y si no era mucha molestia, en su propio dormitorio y en la cama.

La foto del álbum de los novios muestra a la pobre Ángela resignada en su papel de futura madre, al novio un poco pasado de copas, y a Doña Marietta, con cara de pocos amigos, mirando de reojo al yerno.

Una menos en la casa. Y ya van dos.

La tercera en marcharse fue Rosa. Cansada de fregar, cocinar, lavar y planchar gratis, prefirió hacerlo pero por plata. Se fue a trabajar a la casa de un matrimonio medio pariente del marido de su gemela.

Rosa sentía un cariño especial por los niños y qué mejor regalo para ella, que ya estaba grande, de poder cuidar a los pequeños hijos del matrimonio.

Cuando Marietta se enteró puso el grito en el cielo. Una deshonra que su hija se fuera a trabajar de sirvienta de otros, porque sirvienta, a decir verdad, ya lo era en su propia casa.

Otra vez gritos, insultos y golpes. Otra vez el deseo de que su hija estuviera muerta o convertida en “puttana”, pero jamás, en sierva.

Y otra vez que “qué suerte que tu padre se murió a tiempo para no ver semejante cosa”; “qué dirán los parientes y vecinos”, y otras tantas miserias.

Rosa feliz. Se marchaba. Se liberaba. Y en la casa quedaban dos.

Ángela tuvo a su hijo sola. El padre, como siempre de copas, ni se dio por notificado. Marietta se enteró por la madre de su yerno, pero un oportuno patatús la puso derechito en el hospital y fue Ángela quien tuvo que cargar a su bebe recién nacido para ir a visitar a su madre que, con un ensayado hilo de voz, decía a quien se acercaba que al fin su amado Nicola se había acordado de venir a buscarla.

Como una perfecta artesana que día a día cincela con martillo y fuego su obra maestra, Marietta seguía encargándose de acrecentar el sentimiento de culpa en sus hijos.

Y fue en esas circunstancias que el nieto conoció a la abuela.

Haciéndose la dormida, apenas lo miró. Y como en un suspiro, dijo a todos los presentes, pero fijando sus ojos directamente en los de la madre del apenas nacido, que el bastardito era un “bellino cabecita negra”.

Ángela aguantó, Rosa volvió y Enzo lloró pensando que su mamma se moría. Pero antes de proferir el último suspiro, milagrosamente doña Marietta abrió los ojos e invocando a la madonna dijo que se sentía mejor. Despidió a Nicola hasta nuevo aviso, tomó -nuevamente- el mando de la situación y se marcho a casa.

Logró su cometido. La “famiglia”, otra vez reunida. Aunque más no sea por poco tiempo.

Rosa se quedó unos días pero cuando se dio cuenta que su madre estaba mejor que nunca volvió con la familia y con esos niños que tanto llenaban su vida y que tanta falta le hacían.

Ángela pidió perdón. Lloró. Marietta la miró y no le habló. Pidió volver a casa, pero Marietta la mandó derechito con el marido. Que su lugar en la casa ya se había perdido y su cuarto ya lo tenía ocupado su hermano que había instalado un equipo de radio aficionado.

Y otra vez en la casa quedaban sólo dos.

El tiempo pasó, y si bien el nieto logró ablandarla, nunca dejó de llamarlo “cabecita negra”. Sin embargo, lo llenaba de dulces y regalos. Pero nunca lo visitó en su casa. Ángela tenía que llevarlo, pero siempre sola. Su marido, el “borrachín”, como lo llamaba la suegra, tenía la entrada prohibida a la casa familiar de Marietta.

Rosa cada tanto volvía. Los francos no tenía con quién pasarlos ni a dónde ir. Pero en esos días de descanso trabajaba más que nunca. Su madre aprovechaba para pedirle que encerara los pisos y limpiara los vidrios, quehaceres que según ella, su viejo y cansado corazón no le permitían realizar.

Enzo, el único ocupante fijo de la casa junto con doña Marietta, trabajaba en la sucursal del Banco Provincia que quedaba a siete cuadras. Iba y volvía del trabajo a pie, y a veces lo acompañaba su madre, con la excusa de ir a la feria que quedaba justo a la vuelta del banco.

Hijo ejemplar, cenaba todos los días con su madre, pero de vez en cuando se permitía un partidito de truco con compañeros del trabajo o una vuelta de billar y vermut en el centro.

Pero siempre volvía a casa. Marietta lo esperaba cada noche con la mesa puesta. Se quedaba haciéndole compañía mientras comía y le pedía que le contara cosas del trabajo. Bicho raro la vieja. Eso nunca lo había hecho con su marido, que llegaba muerto del trabajo con las manos encalladas de tanto darle a la maza, y ni siquiera le dejaba la comida aunque más no sea encaminada.

Una sola vez Enzo perdió la cabeza. Se metejoneó hasta el caracú con una mina a la que había conocido en el banco. Una clienta que le movió el piso como no le había pasado con ninguna otra mujer.

Se llamaba Susana y era un par de años mayor que Enzo que, en esos momentos, contaba con cuarenta y siete primaveras.

La Susy era una típica cuarentona bien conservada. Con culo todavía parado gracias al gimnasio y a ese baile caliente y latino que practicaba dos veces por semana, y una prominente delantera, gracias, no en este caso a la fuerza de voluntad, sino al bolsillo del ex marido que había desembolsado la guita de la operación unos meses antes del divorcio.

Pobre gil, ni siquiera pudo gozar la plenitud de esos pechos celestiales con los cuales había soñado y que ahora otro podría disfrutar zambulléndose de lleno en esa gloria.

La primera vez que entró al banco, Susy fue directo al escritorio de Enzo. No porque le haya gustado, sino porque fue el primer empleado que divisó a través de sus enormes anteojos negros imitación trucha de “Don Luis Vuitton”.

Luego de depositar la guita que había recibido de la liquidación de los bienes conyugales en una cuenta corriente en el banco de Enzo, depositó sus siliconas en las manos del mejor empleado del Banco y del mejor hijo del barrio.

El flechazo fue directo. Lindo y fatal.

Hacía un buen rato que Enzo no disfrutaba de una mujer, y Susy, por su parte, se permitió gozar el momento y dejarse adorar. Estaba recién divorciada y quería divertirse. Nunca creyó que se iba a enamorar. Y tanto.

Al principio sólo los unía la pasión del sexo, pero después fueron descubriendo muchas cosas en común. En especial, esa rara coincidencia de que a los dos les gustara con locura el mismo tango, aunque en versiones bien distintas.

A Enzo, más tradicional, le gustaba la versión grabada en 1968 por Edmundo Rivero, con orquesta dirigida por Mario Demarco. Susy en cambio, más moderna, prefería “Los Mareados”, de Cobián y Cadícamo, en la voz de su tocaya, “la tana” Rinaldi, en la versión que grabó en el ‘76 bajo la batuta de Juan C. Cuacci.

Enzo llegó a perder la cabeza por esa mujer. Y Susy, su vida entera.

Luego de unos meses de salidas clandestinas para que su madre no se diera cuenta, el hijo preparó el bolso y se fue de la casa materna para mudarse al coqueto loft que Susy se había comprado con su parte del divorcio.

Y así fue como en la vieja casona de los tanos sólo quedó una persona.

Marietta pensó que se moría. Y mientras Enzo gozaba como loco mareado y encendido con el champán y los momentos de placer compartidos con su amada, Marietta sufría por la pérdida del hijo. No podía entender cómo la había abandonado. Cómo después de tantos años de mutua compañía había decidido irse con una desconocida, dejándola sola.

Las ventanas de la vieja casona familiar se fueron cerrando de una a una. La vieja terminó de envejecer de golpe. Se quedó casi sin habla y sin pelo la mañana siguiente de la partida del hijo. Ya casi ni salía. La luz del sol se filtraba apenas por la ventana del comedor donde la madre esperaba, mirando hacia la puerta, la llegada del hijo.

Fue Rosa quien, un día de franco y después de golpear y esperar en vano que la puerta de la que había sido su casa se abriera, acudió a la policía para que la ayudaran a entrar a la casa de su madre. Fue abrir y descubrir que la vieja estaba tirada en el piso. Rosa gritó y estuvo a punto de desmayarse cuando el policía gritó que la vieja estaba viva.

Otra vez un oportuno patatús puso de vuelta a la madre en el hospital, pero esta vez más grave. Claro, esta vez, el dolor era verdadero. El sufrimiento real. Y la partida del hijo había acrecentado la lesión.

El corazón de la vieja estaba débil. Así lo habían determinado los médicos. Y doña Marietta no podía tener ningún otro disgusto.

Ángela volvió y esta vez fue Rosa la que lloró y pidió perdón. Perdón por haber permitido que su madre tuviera que hacerse cargo de la limpieza de la enorme casona familiar y así ir destruyendo su pobre corazón mientras ella, su hija, limpiaba y atendía a gente extraña. Otra vez afloraba ese sentimiento de culpa que la matriarca tan bien se había encargado de machacar año a año como una ponzoña dentro del corazón de sus hijos.

Enzo, arrepentido, con culpa y sumamente apesadumbrado, abandonó esos pechos en los que se había perdido y volvió a los de su madre, de los cuales jamás debió haberse ido.

¿Cómo pudo atreverse a romper el cordón que lo unía a su madre desde que estuvo en su vientre?

¿Cómo pudo haber sido tan desleal con esa mujer sacrificada que todo lo había dado por él?

Volvió a armar el bolso, pero esta vez partió dejando sola a esa mujer que depositó sus dólares en el Banco y su vida y su confianza en el hijo pródigo.

Antes de partir, Enzo y Susy bailaron por última vez. “El polaco”, con su voz ronca, anunciaba desde el fondo de su garganta, el final del amor.

“Cada cual tiene sus penas, y nosotros las tenemos. Esta noche beberemos porque ya no volveremos a vernos más”.

La pobre Susana no pudo soportar la pérdida. Angustiada, dolorida y desgarrada decidió dar por terminada su vida prendiendo el gas de la cocina. Puso en el equipo de música el CD con su versión preferida de ese tango que tantas veces escuchó y bailó con su amante, se acostó en su cama y esperó la muerte solo vestida con su mejor corpiño.

Fue la otra Susana, “la tana”, la encargada de poner fin con su voz el final de esta historia.

Hoy vas a entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida. Tres cosas lleva mi alma herida, amor, pesar, dolor. Hoy vas a entrar en mi pasado y hoy nuevas sendas tomaremos. ¡Que grande ha sido nuestro amor! y sin embargo, ¡ay!, mira lo que quedó”.

La vieja ahora estaba contenta. Tenía a su hijo nuevamente en casa y la vida volvía a su cauce normal.

Enzo iba y venía del trabajo y ya nunca más dejó de volver. No más vermut con amigos, menos que menos cartas o billar.

Otra vez la cena con su madre, las charlas del trabajo y la tele encendida con el culebrón de turno.

Ángela y Rosa cada tanto venían, pero a Marietta lo único que le importaba era saber que su hijo, su bambino, su piccolo, estaba a su lado, haciéndole compañía. Como el lobo que pierde el pelo pero no las mañas, milagrosamente la vieja recuperó el habla mas no el pelo.

Nunca más volvió a hablarle de casamiento al hijo. ¿Para qué? ¿Con quién iba a estar mejor que con ella?

De Susana nunca se dijo ni media palabra. La vieja la enterró como si nunca hubiese existido. Y el hijo aceptó la situación. Quizás por cobardía, o tal vez para aplacar tanto dolor.

Diez años se fueron de golpe, y hoy la vieja, a los ochenta y tantos, partió definitivamente.

Enzo tiene cincuenta y siete años y esta noche dormirá en la vieja cama de bronce de su madre junto a Irene. Italiana, viuda y de sesenta y nueve.

(FIN)

© Marcelo Fabián Quallito
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