Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Justificación

Justificar que respiro,
y que lo hago acompasadamente,
es la herencia humana que me martiriza.

Si pudiera en vez
dejar quieto al fin mi pecho
dentro de este chaleco en el que forcejeo,
la cola contra el colchón, entumecida,
los brazos sosteniendo el libro interminable
sin importar el hormigueo muscular
que la lectura en la cama ocasiona,
comiendo papafritas, bebiendo cocacola,
fumándome algún porro, tal vez, o simplemente
masturbándome de a ratos por no perder el amor,
sin más voz ni compañía que yo misma,
sin más plegaria ni conciencia que una bombita de luz,
libre y aliviada mascullaría mi alma
sin verse amenazada de horizontes...

Pero no:
He de precisar,
yo también,
buscar las estúpidas piedras
con las que construir mi templo de mí.

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A ellas, las terribles

Las palabras aman.
Enamoran los espacios.
Dejás un espacio abierto a la mirada,
y allí se arrojan las palabras,
para amar.
¡Y vieras cómo te cogen!
Mi hoja en blanco se abre de piernas
y se deja, también, enamorar,
y entonces,
en pasos de danza,
las palabras,
estrujan mis dedos,
y todo el ser que viene detrás de éstos,
en su vocabulario amador.

 El silencio es el amigo que yo escojo
cada noche cuando espero
cada taza de té,
y es con el silencio
que desesperamos
cuando, espantados, los dos
las oímos llegar,
a ellas,
las terribles,
las forjadoras de imágenes,
vampiras sonoras
que te despojan y hieren desgarrantes,
sin que aún así puedas dejarlas de amar.

Esta noche no cae lluvia,
el susurro no se trepa,
el fuego no abraza entrañas,
las nostalgias y las manos,
de pronto,
perdieron la facilidad de asaltar.
Nada triste o memorable
me sucede...
Pero llegaron las palabras;
se les ocurrió quedarse en casa,
y las tengo que atender,
escucharlas y serles útil.
O me despedazarán.

© María Pié