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La Playa

El mar estaba en calma. El sol reverberaba en la blanca arena dificultando a Tomás mantener los ojos abiertos. Pequeñas olas rompían en la orilla y su incesante susurro inundaban la playa y apagaban cualquier otro sonido, tan solo unas solitarias gaviotas, a lo lejos, se dejaban oír por encima del burbujeante rumor. Aspiro profundamente. El olor a mar embriago su cuerpo y su espíritu, y sintió que si existe un lugar en el mundo para cada persona, aquel era sin duda el suyo. La chispa de la memoria se activo en su cerebro y de pronto se sintió transportado a los recuerdos de su infancia, a caras antes conocidas pero ya casi olvidadas, a carreras por la orilla de aquella misma playa, de aquel mismo mar, mientras el chapoteo del agua refrescaba sus entonces cortas e inocentes piernas. Sí, allí se sintió feliz de nuevo, sintió una felicidad pura, sin concesiones. Se sentó en las frías escaleras de piedra que bajaban hasta la playa y miro a su alrededor. Desde allí Tomas podía contemplar la playa en casi toda su extensión. No había nadie. Ninguna pareja paseando, ningún perro corriendo alocadamente fruto del éxtasis de la libertad, ni siquiera turistas extranjeros que encarando al frío invernal tomaban el sol despreocupadamente o incluso tomaban un baño en las gélidas aguas del invierno. Nadie. Aquello le agrado. Le gustaba disfrutar de la soledad mas absoluta de vez en cuando y que el mundo existiese solo para el. Hacia tiempo que había comenzado a sentirse más solo cuanta mas gente había a su alrededor. Ahora apreció con todo su ser la tranquilidad que le rodeaba.

La playa había cambiado poco desde la ultima vez que estuvo allí, tal vez el mar le había comido un poco de terreno a la arena, pero por lo demás todo seguía igual. Rebusco en su bolsillo y saco un paquete de tabaco. Encendió un cigarrillo. Se lo había prometido a su medico y a sus hijos, aquélla sería su ultima cajetilla. Lo hizo, mas que por otra cosa, por sus hijos, porque era lo único que podía hacer ya por ellos. Todos habían crecido y habían encontrado su camino. A Tomás ya no le importaba mucho, la vida ya le había dado salud cuando la necesitó, además había llegado a la poco despreciable edad de setenta y ocho años sin proponerse dejarlo ni una vez. Quizá otros no tuvieron esa suerte pero él sí. La vida reserva a cada uno su propia condena.

Ahora se sentía tan viejo, tan cansado, tan solo. Antes de deshacerse de la vacía cajetilla la contemplo sin prisa. Sus últimos cigarrillos, precisamente donde probo los primeros y se harto de toser. Los círculos de la vida se van cerrando de dentro hacia fuera, del mas pequeño al mas grande, círculos concéntricos como anillos de humo. Decidió dejar correr todo pensamiento vagamente profundo e intentar atrapar los recuerdos que al fin y al cabo es la verdadera riqueza de un hombre. Toda la vida no sirve mas que para llenar de recuerdos la memoria emocionada de un viejo. Nos convertimos en nuestro propio recuerdo. Recordar y al final ser recordados - pensó. Además llevaba demasiado tiempo hurgando en pensamientos como el infinito y la felicidad; ideales antagónicos o al menos así concluyó él. No puedes sonreír siempre, al cabo del tiempo perdería su sentido y se volvería una vulgar mueca. Es como cuando pronuncias una palabra muchas veces seguidas hasta que no reconoces lo que dices porque la palabra queda reducida a lo que es, solo una palabra, solo letras, signos, sonidos que hemos aprendido a moldear. Así es el destino del ser humano, solo una vida, un principio sin comienzo, un final sin aplausos.

Respiro profundamente, cerro los ojos y se centro en sus recuerdos. Se vio a si mismo, rodeado de chicos y chicas, sin apenas mas luz que la de la luna, que parecía emerger de las oscuras aguas, mientras la brisa traía el cálido y dulzón aroma de los galanes de noche. Escucho las risas provistas de la sinceridad solo presentes en la juventud. Sintió en su boca el extraño y hasta desagradable sabor del primer cigarro y como por primera vez el humo se introducía en su cuerpo quemándole, casi asfixiándole, pero con la excitación de una primera vez amortiguando así la decepción ante la primera incursión en el que ellos consideraban mundo de los adultos, un mundo al que con cada año que pasaba creían tener derecho a pertenecer, pero que cada año se escapaba como el mismo humo del tabaco. Sonrió para sus adentros. Recordó lo mucho que le gustaba aquella chica flacucha de tez morena que todos los días bajaba con sus padres y colocaban la sombrilla al lado de la suya. Y de cómo el se ponía colorado cada vez que ella lo miraba mientras su madre y sus tías reían al verlo allí plantado sin acertar a moverse, delgado y pajizo exceptuando su cara roja como el sol de la tarde.

Recordó a sus amigos de entonces, de las tardes en las que montados en sus bicicletas surcaban los mares de asfalto en busca de nada y encontrando de todo. Tardes no perdidas sino encontradas. Tiempo que no pasaba en vano. Sus primeras cabañas, sus primeras peleas, sus primeros sueños y después sus primeras copas, sus primeros besos, sus primeros coches...cada vez menos.

Paso un buen rato entretenido con sus recuerdos, y se dio cuenta con agrado que podía revivirlos con una claridad asombrosa, los detalles se le agolpaban en su memoria como retazos de una foto que creía hecha añicos. Sentía que podía abarcar su vida con los brazos, llegando hasta el mas recóndito escondite de su ser. Parecía flotar en un mar etéreo, un mar de espuma. Volvió a cerrar los ojos un poco mareado y se sintió elevado hacia el cielo azul, hacia arriba, más y más alto, más y más rápido, hasta que el universo le pareció un minúsculo grano de arena de una gigantesca playa y creyó poder contemplar el infinito inherente a la existencia donde no existe tiempo ni espacio, carente de sentido y significado alguno. Así permaneció lo que a el le pareció una eternidad, hasta que, sobresaltado, abrió los ojos y se encontró de nuevo en la playa, tumbado sobre la arena. Se había quedado dormido y sin embargo una sensación de vértigo oprimía sus entrañas. No era la primera vez que despertaba con una sensación semejante. Había soñado muchas veces que caía de una gran altura, pero hacia tanto tiempo que casi lo había olvidado. Poco a poco se fue calmando, se incorporo lentamente y sacudió su pelo intentando librarse de la pegajosa arena. Miro a su ardedor. Seguía sin haber nadie por allí. Respiro profundamente y se dejo mecer de nuevo por el gratificante sonido del mar. La paz volvió a inundarle y permaneció así largo rato, dejando que los pensamientos fluyeran por su mente, despacio, como las nubes que le contemplaban desde el lejano horizonte. Pero los recuerdos de tiempos pasados volvieron a apoderarse de él y con ellos la nostalgia. Extraño sentimiento la nostalgia. El dolor y el placer, el amor y el odio, la resurrección y la muerte, todo se entrelaza en ella en un abrazo que hace desfallecer al que la padece, y que se extiende como una enfermedad que poco a poco marchita, como si el alma intentase escapar de su prisión corporal, del tiempo y del espacio, de la realidad que rodea la conciencia y al final mermada se escondiese a esperar en un rincón que todo cambie. Aquella nostalgia se había apoderado de él hacia mucho y sentía como centímetro a centímetro su alma se iba apagando y el vacío se hacia cada vez más y más grande. Pero solo entonces, en aquella playa y en ese instante pudo comprender la magnitud de aquel vacío y sintió de pronto todo el dolor acumulado en una ola de fuego que abraso sus entrañas. Pero no intento controlarlo. Dejo que todo aflorara lentamente. Y cuando paso aquella primera desagradable sensación se sintió aliviado. Había aprendido a vivir con aquella tristeza que le oprimía el corazón durante mucho tiempo, se había servido de ella. Se alimentó de lagrimas hasta que ya no le quedó ninguna. Y ella volvió a su cabeza.

Sin ella todo se volvió tan confuso como una foto desenfocada y oscura. Si se comienza a amar al mundo cuando amas a una persona que lo habite Isabel hizo que Tomás amara el universo entero. Como era él antes de conocerla, lo cierto es que no conseguía recordarlo. Tal vez no había existido antes de ella, tal vez dejó de existir después de ella, tal vez solo la soñara, tal vez... el caso es que apenas podía ver ya una imagen nítida de su cara, apenas le quedaban los trazos de un rostro difuso en una postal demasiado vieja y gastada de tanto mirarla. A veces una leve fragancia, o una risa espontánea perdida en la multitud de la gente, una antigua canción que se cuela en el momento apropiado, solo pequeños retazos casi perdidos que conseguían detener su corazón un instante al menos. El suficiente para recordar que casi la había olvidado. Que ella ya no estaba. Hacia unos años que les había dejado. Ella era fuerte y su cuerpo lucho contra su enfermedad con una rabia incontestable. Pero un día se durmió. No sufrió. Como si ella misma hubiera decidido marcharse, como si hubiese al fin aceptado su sufrimiento y sobre todo el de los que la rodeaban. Tomas siempre creyó que había muerto feliz. Eso lo ayudo a consolarse, al menos un tiempo. Pero con ella murió una parte de él, y el vacío lleno ese hueco. Y como el sonido de un trueno ensordeció a Tomas. Ya no podía escuchar al resto del mundo. Se limitaba a existir.

A lo lejos la brisa arrastró unas risas. Eran unos niños los que reían. Poco a poco se fueron haciendo mas claras. Giró la cabeza intentando distinguir de donde provenían. Vio aparecer proyectado desde las escaleras una pelota, una de aquellas de plástico grande y de colores, que cayó rodando por la arena y que al instante fue arrastrada por el viento. Dos niños, un niño y una niña aparecieron acto seguido persiguiendo alocadamente la pelota mientras sus cristalinas risas ahogaban el sonido del mar. Ambos corrieron por la playa siguiendo aquella pelota que el viento parecía dotar de vida propia y que hacia bailar de un lado a otro para mayor deleite de los niños. Cuando uno de los dos conseguía atraparla se quedaban como petrificados uno frente al otro expectantes y cuando amainaba un poco el viento la lanzaban intentando que el otro la cogiese pero en ese momento, como si tuviese voluntad y participase de sus juegos, un golpe de aire se levantaba y apartaba con gesto rápido la pelota que continuaba alejando a trompicones por entre las pequeñas dunas de la arena. Con todo esto los niños se lanzaban a su persecución con renovados bríos, jubilosos gritos e incontroladas risas. Por unos momentos se dedico a observarlos dejando apartados sus recuerdos y su espíritu bailo con el vaivén de aquella pelota que poco a poco se iba alejando y con ella los niños. Mientras las olas incansables rompían suavemente en la orilla se recostó. Puso las manos bajo su cabeza y cerro los ojos. Se acordó de lo que su abuelo en esa misma playa le dijo cuando le pregunto que de donde venían las olas. Recordó el rostro sereno y marcado de arrugas de este que permaneció unos minutos mirando fijamente al mar como si estuviera evocando alguna vieja historia que posiblemente a su vez le había contado su propio abuelo. Ahora él tenia casi su edad. Su abuelo era un buen hombre. Y por ello la vida no le trato con delicadeza. Pero siempre conseguía sacar una risa de los que le rodeaban.

Volvió a abrir los ojos. Se sentía observado. Miro a su lado y con sorpresa encontró a escasos metros de él al niño que hacia un momento había visto jugar, plantado con la pelota bajo el brazo. Le miraba fijamente y con curiosidad. A Tomas no le habían gustado los niños hasta que tuvo a sus hijos. Isabel le había enseñado como el misterio de la vida se abre paso en eso cuerpos tan menudos, y le recordó que el fue uno de ellos antes de volverse tan viejo y gruñón. El niño seguía allí, como sin atreverse a dar un paso. Tomas busco con la mirada a la niña y la encontró sola en la orilla de pie mientras escribía algo en la arena ayudada por un palito de madera, no acertaba a ver que ponía, pero parecía enormemente divertida, sobre todo cuando las olas llegaban y borraban lo que escribía mientras ella saltaba alocadamente entre gritos y risas intentando que el agua no mojara sus pequeños pies. Estaba distraída de todo que lo que no fuera su juego.

Al volver la vista al niño éste parecía haber estado observando también la escena. Se acerco poco a poco y se sentó muy cerca de Tomás, justo a su lado.

-¿Es guapa verdad?-dijo sin dejar de mirarla.

Tomas volvió su vista a la niña. Sus ondulados y dorados cabellos se mecían al son del viento. Sin duda se convertiría en una mujer muy hermosa. Y sus gestos... había algo en su forma de moverse, de saltar e incluso de reír que le recordaban mucho a alguien pero no acertaba a saber quien. Era como si como cuando sabes que has olvidado algo pero no sabes lo que es. Como tenerlo en la punta de la lengua.

-Es muy guapa. ¿Es tu hermana?- pregunto Tomas
-¡Noo!- dijo el moviendo la cabeza - Algún día nos casaremos y siempre estaremos juntos- contesto con rotundidad.

Tomas sonrió por dentro.- Siempre es mucho tiempo niño pero aun eres muy joven para entender- pensó para si. Sin embargo el niño como leyendo su pensamiento se giro hacia ella y mirándola fijamente volvió a repetir con la misma absoluta rotundidad y con una profundidad que no parecían acordes a su edad.

-Para siempre.-

Tomas se quedo algo perplejo y se quedo mirando al niño fijamente mientras este había ahora centrado su atención en la niña que proseguía su por lo visto desternillante lucha intentando escribir algo en la arena que el mar se empeñaba en borrar antes de que lo terminara. Había algo raro en aquel niño. Algo que le hacia sentirse un poco incomodo. Mecánicamente tanteo sus bolsillos en busca de tabaco pero al instante recordó que lo había dejado.

-Buscas cigarrillos?- oyó que le preguntaba.
-Si, pero acabo de recordar que ya no fumo- contesto.
-Haces bien. Yo siempre le digo a mi padre que deje de fumar porque luego tose y a mi mama tampoco le gusta y le regaña.-
-Donde están tus padres? Os dejan bajar solos a la playa?-
-Oh, tranquilo, ellos saben donde estamos. Aquí no hay peligro.-
-Vivís por aquí cerca?-
-Claro.- contestó

Se produjo un silencio solo interrumpido por la risas ocasionales de la niña.

-Por que no vas a jugar con tu amiga?-
-Tranquilo ella me esperara. En la playa las prisas no hacen que las olas lleguen antes a la orilla.

El niño estaba empezando a ponerlo un poco nervioso además ahora estaba sentado sobre la pelota vuelto hacia el mirándolo fijamente. Su mirada y su voz habían ido adquiriendo un tinte suspicaz impropio de un niño de su edad. Trato de quitárselo de encima a riesgo de parecer un poco brusco.

-Veras no me apetece mucho charlar. He venido a la playa buscando un poco de tranquilidad y soledad. Lo entiendes?-
-Claro. Que mejor sitio que este verdad?-
-Verdad-
-Y ahora si me disculpas...-
-Pero ya has estado demasiado tiempo solo no crees?-
-He llegado hace poco aquí y necesito algo mas de tiempo...-
-Sabes que no me refiero a eso.-
-Como dices?-

Pero bueno que hacia ese niño que no levantaba un metro del suelo hablándole de esa forma?. De donde habia salido?

-Como te llamas niño?- pregunto en tono irritado.

Con una sonrisa sarcástica en la boca se deslizo de la pelota a la arena de manera que quedo contemplando a la niña mientras Tomas lo miraba esperando una respuesta que se hacia esperar.

-Como te llamas?- Volvió a preguntar
-Mi nombre...- el niño se quedo un rato callado como intentando recordar algo. – Me podrías ayudar no? Yo aun soy pequeño y mi memoria no esta aun desarrollada del todo. Como me llamo?-

Aquello era intolerante, aquel renacuajo estaba intentando burlarse de el. Aquella situación le pareció absurda. Fue a levantarse para marcharse de allí pero algo lo contuvo. Sintió una pequeña mano sobre su hombro, la mano de aquel niño que ahora lo miraba como con compasión.

-No te vayas por favor. No puedes huir cada vez que sientas temor.-

Su mano lo mantuvo pegado a la arena casi sin poder hablar. Podía escuchar las olas revoltosas chocar con la orilla pero ya no oía la risa de la niña. Giro la cabeza poco a poco y la vio sentada al lado de algo que había conseguido escribir sin que el mar lo llevara al olvido. Ahora parecía triste. Con las piernas cruzadas y la cabeza baja observando lo escrito. Su quietud chocaba con la vitalidad exhibida hacia apenas unos minutos. Al contemplarla Tomas se sintió inundado por un sentimiento de tristeza sin igual. Aquel sentimiento provenía de ella,¡ estaba seguro¡ pero..

-¡Quien demonios eres chico¡¿ Que hacéis los dos aquí? ¡machaos dejadme en paz¡-
-No podemos, No te das cuenta? Te he estado esperando a ti-
-No lo entiendo- estaba empezando a marearse, ¿se estaba volviendo loco acaso?
-Porque me esperabas. De que me conoces?- pregunto irritado
-Ahora no te acordaras pero ya nos conocíamos-.

Trato de tranquilizarse, pensó en acabar con aquello rápido y volver a casa, aquel niño le estaba desconcertando, todo aquello era tan extraño...

-No te preocupes- dijo el niño- aquí se esta bien, la playa siempre hace que se vaya lo malo de la cabeza. O eso dice mi padre. Yo creo que lo voy entendiendo.
-Donde esta tu padre?- pregunto Tomas tratando de tranquilizarse.
-Oh, no te preocupes él esta aquí al lado. Es un buen hombre ¿sabes?. Lo dice todo el mundo. Cuando lo necesitas esta ahí, eso es lo que dicen. “Fíjate en tu padre chiquillo y se como el de mayor, es un pedazo de pan”. Y el se ríe y se queda callado, mirándome.-
-Me alegro, mi padre también fue un buen hombre, aunque no pude disfrutarlo todos los años que hubiera querido.-
-Por que?- pregunto con su curiosa mirada clavada en el.
-Cuando yo era un poco mayor que tu... se tuvo que marchar.- contesto Tomas no sabiendo como explicar tal asunto a un niño de aquella edad.
-Y a donde?-
-Dijo que iba a construir una casa cerca de una estrella, con un jardín muy grande y con vistas al mar para que un día, cuando llegase el momento, todos nos reuniéramos ahí.- sonrió recordando las palabras de su madre intentando consolar a un niño que no entendía que su padre no se levantaría mas cada mañana, desayunaría con ellos y le cogería del moflete recordándole que se cepillara bien los dientes. Todo un reto para aquella gran mujer.
-Y tu madre?-
-Es tan buena como mi padre, y ahora esta muy feliz. Los dos están muy cerca de aquí. Siempre están encima mío para que nada malo me pase.-
-Es la obligación de los padres no?-
-Tu también tienes hijos verdad?-
-Si. Tengo tres.-
-Ves como no era tan difícil?-

De nuevo el niño lo miraba fijamente, y su mirada, hacia un momento tan normal como la de cualquier niño, se había vuelto a pintar de la suspicacia e ironía de un adulto.

-A que te refieres?-
-Cuando eras mas joven. Seguro que creías que no podrías hacerlo. Pero es normal. Como ibas a pensar en enseñar a vivir a otro ser cuando tu mismo no habías aprendido?-

Aquellas palabras no eran normales en un niño de tan corta edad. De nuevo la confusión se instalo en su cabeza. Desvió la mirada del niño y busco a la niña por la orilla de la playa, la encontró sentada en el mismo lugar dibujando con sus dedos espirales en el aire.

Abstraído en la niña escucho lejana la voz del niño

-La echas de menos verdad?.-

Al instante, como un flash, el rostro de Isabel, vino a su mente. Todos los detalles de su cara, de sus gestos, de su risa bloquearon su mente. Y la melancolía le golpeo tan fuerte que casi lo dejo sin respiración. Tardo unos segundos en reaccionar y en darse cuenta. Su voz... la voz de aquel extraño niño había vuelto a cambiar pero ahora de una forma mas acusada, ya no era la misma voz. Definitivamente habría perdido la razón? Lentamente giro la cabeza, con miedo de lo que se iba a encontrar. Aquello no podía estar pasando. El viento en ese momento se levanto con fuerza y revolvió sus cabellos. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Enmudeció. Las palabras dejaron de existir en su mente. Quedo perdido sin saber que hacer en el incesante silbido del viento. Podía ser que... no. No podía ser. Perplejo y boquiabierto contemplo al muchacho que ahora se sentaba a su lado y que con el rostro vuelto miraba en dirección a la niña con una sonrisa de ternura en sus labios.

Asustado Tomas retrocedió y trato de levantarse pero no pudo hacerlo había algo que lastraba su cuerpo y no le permitía ponerse en pie.

-Quien eres?- pregunto con brusquedad. A punto de perder los papeles.- -Y el niño?

El chico se volvió sin perder la sonrisa.

-Vamos es que todavía no comprendes?.No me digas que fuiste perdiendo intuición con los años.

Intuición. Ahora parecía escuchar claro lo que aquella voz en su interior le decía. Pero aquello no era posible. Como . Cuando.

El chico pareciendo leer sus pensamientos le dijo para tranquilizarle.

-Eso no importa Tomas. Ya no.-
-Por que tu? Que eres.-

Te equivocas también en esto. Que no es la pregunta sino quien.

-Y quien...-
-No me decepciones Tomas siempre creí que serias un tipo mas listo. Puede que al principio te sea algo confuso pero fíate de tu intuición.-

Aun confuso enterró la cara entre la manos, necesitaba tiempo para asimilar aquello.

-El tiempo no es importante en la playa, tomate el que necesites.-
-Pero tu...-
-Te he estado esperando aquí en esta playa todos estos años.-
-A mi?-
-¡Por supuesto! ¡ A quien si no!. Es que ya no lo recuerdas?-
-Recordar?- su cabeza daba vueltas sin parar. Le parecía estar cayendo en espiral por un oscuro pozo, cada vez mas y mas deprisa...
-¡Tu y yo, aquí junto al mar!-
-¡No se de que me hablas! ¡No se quien eres!- contesto Tomas casi perdiendo los papeles.

El chico suspiro – Claro han pasado tantos años.- dijo con resignación. –¡Pero haz un esfuerzo! Todas las respuestas están en ti, solo tienes que vencer el miedo. ¡Vamos! ¡ Siempre se te dio bien vencerlo! ¡Vamos!- le espeto en un tono casi suplicante.

Tomas cerro los ojos. Aquello era demasiado para el. Respiro profundamente, intento relajarse y entonces la escucho... aquella canción. Procedía de la orilla de la playa, ¿ la niña? La busco con la mirada. La niña... ¡ya no era una niña! Ahora la preciosa muchacha giraba y danzaba por toda la orilla cantando aquella dulce melodía tan conocida para el.

-Recuerdas ahora. ¿Lo comprendes?.-

El no pudo despegar los labios, empezaba a entender.

-Es su poema, yo compuse la música para ella.- dijo Tomas sin dejar de contemplarla.

El chico sonrió contento y fijo también su vista en la aquella sirena que llenaba la playa con su voz.

-Así es.-
-Pero tu...-
-Te esperaba a ti... tu lo decidiste así. Al principio siempre estábamos juntos. Aquí corríamos, reíamos y aprendíamos a vivir. Aquí en la playa el universo nos pertenecía. Volábamos junto a las gaviotas perdiéndonos en el horizonte. Aquí somos felices. Este es nuestro lugar. Pero paso el tiempo y poco a poco se hizo mas difícil. Y tu lo decidiste. Yo te esperaría aquí, seria tu “bote salvavidas”. Aquí junto al mar.
-Tanto tiempo...-
-Tanto tiempo...- el chico pareció entristecerse- pero ya estamos juntos otra vez- y su sonrisa creció y una luz de pura vida destello en sus ojos.
-Y ella?-
-Apareció un día. Aquí en nuestra playa. Al principio no sabia quien era pero enseguida la reconocí. Para siempre recuerdas?-
-Si.-
-Y desde entonces te esperamos. Creo que no sabe muy bien que hace aquí, ni quien soy yo. Solo sabe que tiene que esperar. A veces se me queda mirando fijamente y con voz triste me dice que le recuerdo a alguien pero que no sabe a quien.-

Ya no se escuchaba al viento, ni tampoco al mar, solo la dulce voz que lo inundaba todo.

-Vamos, ha llegado la hora, nos esperan en la casa junto a la estrella.-
-Si, es la hora- una paz como no había sentido nunca lo lleno. La alegría se instalo en el. Por fin había llegado a su sitio, a su playa. Por fin todo estaba bien, completo.

La melodía ceso. Desde la orilla la muchacha lo observaba. Ya no era una muchacha sino una mujer joven y hermosa, tal y como el la conoció. Al principio pareció no reconocer pero en unos segundos su rostro paso de la extrañeza a la alegría, una lagrima se deslizo lentamente por su mejilla. Medio girada hacia el mar extendió su mano hacia él esperando...

Tomas miro a su lado, allí ya no había nadie. Contemplo sus manos ahora jóvenes sin arrugas ni manchas, llenas de fuerza y esperanza. Comprendió. Se levanto y liviano como una nube se dirigió hacia ella. En silencio se cogieron de la mano y la complicidad volvió a llenar sus miradas y sus corazones. Todo estaba bien. Y sin prisa comenzaron a caminar por la orilla de la playa, en silencio y sin despegar sus miradas. Tan solo cuando pasaron cerca de lo que la niña había escrito y no había sido borrado por el mar. Aunque el ya sabia lo que ponía, su poema:

Que soy yo para el infinito

solo el retazo de un sueño

una difusa línea

que se pierde tras el horizonte

la luz de una estrella ya apagada.

Una fotografía olvidada.

Que soy yo para la luz

Sino una tambaleante sombra

Pero soy porque tu eres

Existo porque existes

Río, lloro, canto, vuelo

Porque tu lo haces junto a mi.

Por eso te esperare en la playa

Para que el mar infinito cubra nuestras almas

Y nos recuerde quienes fuimos y quienes seremos".

© Pedro Barragan Gambin
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