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Juana, la loca

Mis padres habían decidido no ponerme nombre hasta tanto me llegaran a conocer en profundidad. Estaban convencidos que debían llamarme de un modo que se alineara con mi personalidad. Así fue como, a los ocho años, me bautizaron "Juana, la Loca". Mi mamá, que era profesora, se inspiró en el personaje histórico para llamarme de tal forma.

Como no tenía hermanos mi familia se conformaba por mis progenitores y yo. Quizás por ser hija única se hayan empeñado en confundirme tanto, en vez de ayudarme. El intento más reciente por trastornarme, significó una de mis experiencias más traumáticas.

Ese día había amanecido con frío así que puse a calentar el agua para preparar unos mates, agarré el periódico y vi los titulares. "La reina del maíz se hizo pochoclo" decía la nota de tapa. Seguí leyendo y descubrí que era una crónica de un incendio en la fiesta anual del Maíz. Pero pronto mi lectura se vio interrumpida por los chiflidos de la pava silbadora. Corrí a apagar el fuego y comencé a cebar el mate. Al instante entró mi papá y, sin notar mi presencia, trató de prender la estufa con todas sus fuerzas. Luego maldijo la hora en que pidió no tener loza radiante en su departamento. Como había tan poco gas, la llama no creció mucho y él se fue dando un portazo. Con tanta brutalidad cerró la puerta que despegó el marco y se formó un agujero que no era cubierto por la bisagra.

Eso me permitió escuchar un diálogo revelador.

- Ya no aguanto más a Juana –llorisqueó mi mamá-. Le dediqué mis mejores 32 años a sus delirios. Si sigo a su lado terminaré por volver más loca que ella.

- No te preocupes Vicha, mañana mismo la llevo a la clínica de Hornos –le contestó mi padre para aliviarla.

"¿De hornos? ¡Qué crueldad!", pensé. Posterior a esta exclamación interna apareció un miedo aún más profundo: ¿Acaso tendría que desnudarme antes de que me quemaran? Hace años que nadie me veía desvestida y no podía dejar de angustiarme la idea que alguien llegara a ver mis piernas fláccidas, mi trasero caído, y mi abdomen redondo. Ciertamente esto no era más alentador que el destino que me tenía preparado mi familia.

Podía imaginare allí, toda acurrucada dentro del horno, como si fuera uno de los pollos que cocinan en casa. Esos que, cuando mamá nota que son muy grandes, le pide al carnicero que se los entregue trozados y que ella dispone con todas sus piezas en la fuente de aluminio.

Existía la posibilidad de que me sucediera lo mismo a mí, es decir, que me mutilen para poder entrar en esos cubículos donde el calor quema todo. Así que agarré el centímetro y comencé a hacer cálculos. Primero examiné mis medidas, que resultaron muy distintas del perfecto 90- 60-90. Como apenas me atreví a mirar lo mesuraba, redondié las cifras en 120 de busto, 100 de cintura, 140 de cadera. Al horno lo medí desde todos los ángulos, de afuera hacia adentro, de adentro hacia fuera, en diagonal, vertical y horizontalmente, pero parecía no haber forma de que yo entrara. Concluí que, a no ser que hubiera hornos gigantescos, ¡tenía que empezar un régimen urgente! Para colmo, no podía hacer la dieta de la luna porque ese día no estaría llena.

En otro de mis movimientos estratégicos, me dirigí hacia ese cajón que tienen todos en la cocina, donde no se guardan más que bártulos y cosas que potencialmente servirían de algo si se supiera qué usos tienen. Entonces, lo que había empezado como la búsqueda de una solución instantánea, terminó siendo una nueva frustración. Lo único que hallé en buen estado era una caja de fósforos que me recordó mi futuro próximo en la hoguera. ¡Fósforos! ¿Para qué querría fósforos?

Al no soportar más la situación di un grito y salí corriendo a mi habitación. Recién ahí percibí que mis padres habían estado observando detalladamente cada uno de mis movimientos. Mis peripecias para ver cómo entraba en el horno, la enérgica revuelta que hice en la cocina buscando algún artilugio provechoso, y una infinidad de gestos y muecas habían sido examinados por ellos en silencio. Luego, escuché que mi mamá balbuceó algo cuando vio que me alejaba. Sin embargo, no me importó que haya dicho porque mi destino ya estaba delineado.

Enseguida, mi padre entró a mi cuarto y me tomó de los pelos. Debo admitir que mi melena es resistente, a pesar de tener canas y llevarla corta, porque se mantuvo unida a mi cuero cabelludo durante todo el trayecto en que papá lo tenía entre su puño. De mi pieza, me llevó al hall, del hall, al ascensor, y del ascensor a la calle. A la fuerza me metió en un taxi y le dijo al conductor: "llévela a la calle Hornos 2076, y déjela internada en el neuro-psiquiátrico".

© Romina Pascutto