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Mil pero no dosmil

El hombre se encontraba junto a la mesa, en el comedor y frente a él, sobre el modular, un pequeño portarretratos contenía la serena e impasible imagen del rostro de su padre.

La estaba observando, hoy su progenitor hubiese cumplido ochenta años.

Quince habían transcurrido desde el fallecimiento y ahora solo vivía en los gratos recuerdos de su memoria.

Era domingo, casi mediodía. Mientras su mirada permanecía abstraída por el retrato, su extasiada alma recorría cada rincón de aquellos domingos o feriados de una época no lejana.

¡De aquella! Cuando sentado junto a la mesa familiar almorzaba al lado de sus padres y hermanos aquellos años de los sesenta, al principio de la década.

Todavía sus oídos atesoraban la acústica voz del padre, cuando dialogaban en interminables y amenas sobremesas.

De tales tertulias, siempre recordaba una frase que su progenitor solía repetir en ciertas ocasiones.

"Mile pio no dosmile"(Mil pero no dosmil) era la sentencia que en una mezcla de latín popular disfrazado, su ascendiente pronunciaba con frecuencia cuando se tornaba melancólico.

Estas palabras, eran atribuidas a Jesús de Nazaret, según su padre.

Jamás se preocupo en averiguar, si lo que su papá pregonaba, había sido realmente pronunciado por los labios de Jesús

Él sabía que el fundamento de esa sentencia, para su padre, era de advertirles a sus hermanos y a él, que probablemente el mundo no alcanzaría el año dosmil, que sucumbiría antes.

Esa evocación que brotaba de su mente, se hilvanaba a toda una época maravillosa de su infancia y pubertad.

Ese diálogo permanente de la familia, se multiplicaba por millares de hogares en las eternas sobremesas porteñas. Lo importante era, que de estas pláticas entre padres e hijos, los primeros transmitían a estos ejemplos de ética y moral.

El hombre seguía navegando los espacios de la memoria, evadiéndose inconscientemente de la realidad, para internarse en el ciclo romántico y aventurero de su niñez y juventud.

Reflexionaba sobre el respeto y la ingenuidad, las buenas costumbres y la decencia.

Su rostro desnudaba una imperceptible sonrisa, mientras recordaba cuando la no muy difundida televisión, aun no contaminaba los hogares argentinos.

Cuando la clase media que existía entonces, no era acosada por la falta de trabajo, cuando la droga solo era para petimetres y estar separado en el matrimonio, parecía " privilegio" de artistas y famosos.

Continuaba dando rienda suelta a sus reminiscencias, su mirada ya no permanecía fija en el retrato, deambulaba perdida en una maraña de recuerdos melancólicos.

Añoraba aquellas noches de fin de año en casa de la abuela, alrededor de una humilde mesa colmada de postres y tortas caseras y donde tampoco faltaban confites, nueces y bebidas.

Acudían a su mente, imágenes de sus padres, hermanos, tíos y primos dispuestos a recibir un año nuevo, aunque no siempre reinaba la armonía, peculiarmente cuando se originaban algunas rencillas producto de viejos enconos.

-¡Que años los de aquella época! -exclamó- mientras iban fluyendo de su mente nuevos recuerdos que desbordaban la realidad.

Evocó los viajes en tranvía, que por idea de algún " cráneo " de entonces y como excusa de progreso, poco tiempo después dejaron de circular.

Recordó, cuando su padre cedía gentilmente su asiento a alguna abuela o futura mama que ocasionalmente ascendía al vehículo.

Como estañaba aquellos bailes en el viejo club de barrio, en tiempos de carnaval.

El corso, las murgas, los juegos con agua por la tarde y el cotidiano picado sobre el desparejo empedrado de la calle.

Las horas de clase, la caminata hacia la escuela, aquella ocasión cuando la maestra mandó llamar a su mamá por una inconducta cometida. Enojándose con él, lo reprendió diciéndole - ¿te das cuenta la vergüenza que me has hecho pasar? Lográndolo avergonzar por la travesura cometida.

El hombre lentamente regresa de ese viaje al pasado, sabe que todo ese cúmulo de vivencias y muchas otras que en su conjunto conformaron una manera de vida, hoy no existen o apenas algunas subsisten.

Se han esfumado en un tiempo efímero para su existencia y lo asusta pensar en un futuro.

Ahora su rostro no dibuja esa tenue sonrisa y su mirada no vaga encandilada por recuerdos.

Su semblante se ha tornado sombrío y sus ojos han perdido brillo, ha retornado por completo a la realidad, a esa verdad que lo inquieta y lo margina.

La empresa donde trabaja está en quiebra, como su porvenir, como sus hereditarios valores.

Hoy es domingo, no habrá sobremesa, sus hijos están con la madre, él con su nueva pareja.

Acaba de almorzar y comienza a hojear el diario, la primera página informa sobre corrupción en el ámbito político, la siguiente habla sobre un asesinato, la tercera de drogas y prostitución, la cuarta...

- bastaaa – se ordena en voz alta, mientras en su mente se produce un colérico estallido, saturada por tanta porquería.

La mirada ansiosa rastrea el retrato de su padre, se detiene en él, lo observa un instante en silencio, como queriendo aquietar su espíritu y en voz baja exclama –. ¡ Viejo, cuanta razón tenias! y citando la frase que tantas veces de pequeño había oído de sus labios, " Mile pio no dosmile ", dice como resignado, - el fin del mundo ya llegó, el de mi juventud.

© Hugo Francisco Manuel Otero