Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


Volver al Listado de autores
Paddle
A José Luis De Fina

Cuando invité a Carlos a jugar Paddle, me dijo que su pareja no estaba en la ciudad, que debía buscar un reemplazante. "Buscá a quién quieras, igual te vamos a ganar", le aseguré por teléfono, sonrió al otro lado de la línea.

La cita quedó para el jueves. Alejandro y yo formábamos una buena pareja, con más sacrificio que talento es cierto, pero difíciles de vencer. A Carlos lo teníamos de hijo, a él y a su ocasional compañero. Nos juntamos con Ale minutos antes del partido. Los contrincantes no habían llegado, hicimos precalentamiento en la cancha que teníamos reservada. En punto llegó el rival con su nuevo compañero. El gordo Mariano. No era amigo nuestro, más bien conocido. Vivía al otro lado de las vías y no lo veía hacía varios años. Entraron al campo y nos saludamos. Empezamos a pelotear, Ale con Carlos y yo con el gordo Mariano. Carlos parecía de mal humor o un poco alterado, Ale me lo hizo notar para que jugáramos sobre ese lado, yo garanticé que el Gordo no era gran cosa. Ganamos el saque, Ale era el más fuerte de los dos, le correspondía empezar.

El primer set lo ganamos fácil. Mantuvimos nuestros saques, quebramos los dos de Carlos, y el Gordo mantuvo los propios. Mariano no sacaba fuerte, pero sus golpes tenían un efecto complicado. En el segundo set el juego se volvió vertiginoso, con largos peloteos y varias idas y venidas a la red. Casi siempre definíamos sobre Carlos que inexplicablemente permanecía atado al cemento. Mariano alentó a su pareja en todo momento, pero sostenía el juego solo. Corría toda la cancha y devolvía casi todas las pelotas. Su estrategia cambió súbitamente a una más agresiva y audaz. Subía a la red y neutralizaba los mejores intentos. El set se puso empate. En un golpe decisivo, Carlos devolvió un globo corto que cayó cerca de la red. Era una pelota fácil, Ale se acercó preparándose para ubicar la pelota con su mejor golpe. Las dos veces anteriores había definido sobre Carlos con fuerza. Esta vez cambió de parecer, como tratando de evitarle una humillación, que todavía se mostraba esquivo pero más atento en el juego. Como la pelota caía aminorada, Ale pudo ver la posición de los jugadores y precisar exactamente donde quería poner el tiro. Su brazo fue un látigo, su muñeca un resorte. La pelota salió disparada en dirección a la esquina, fuerte y con efecto. Creo que nos miramos para celebrar ese tanto difícil, cuando vimos que la pelota volvía impulsada por el gordo Mariano. No nos explicamos como hizo para contestar esa pelota endemoniada. Sabemos lo que hizo, pero no como pudo hacerlo. La pelota pasó lentamente entre nosotros para quedar saltando en el fondo de nuestro campo. Nuestro desconcierto contrastaba con el alarido de felicidad de Mariano. Hasta a Carlos se le borro la cara de fastidio y festejó ese punto recogido del esfuerzo impresionante de su pareja. Perdimos el set, el ritmo ahora era emotivo.

Alejandro se culpó de la perdida, pero nos concentramos en iniciar el tercer set y jugar como siempre. Algo había cambiado en el desarrollo, no tanto en nosotros sino en la actitud de los que teníamos enfrente. Específicamente en el gordo Mariano. Sus ojos tenían un brillo de desesperación, un ánimo de pelear hasta el último sorbo de aire. No era ofensivo con nosotros, pero su voz era poderosa al festejar; a veces llegaba a estremecernos. Su despliegue era conmovedor. La transpiración le caía a baldazos, corría, saltaba, se revolcaba, daba órdenes. Era una actitud heroica. Tapando los errores del compañero con su mismo sacrificio, multiplicándose. Su manera de jugar no mostraba gracia, pero si una voluntad férrea de no rendirse hasta que la derrota ya lo hubiera superado. Nos pasamos más de una hora del límite establecido, nadie quería irse de esa caldera pintada de verde, con cuatro locos tirándose pelotazos. Tuvimos que definir en un tie break, ya no había tiempo para especular en el juego, arrojábamos y recibíamos lo mejor y lo más variado que nuestras limitaciones nos permitía. Nosotros seguíamos volcando el juego en Carlos, pero siempre aparecía el gordo Mariano respondiendo, y obligándonos a una trabajosa definición.

Después de dos horas de partido el cansancio nos iba ganado a todos, pero más al gordo Mariano. En el último remate se estiró hasta donde pudo, pero no llegó.

Nuestro grito de victoria fue ensordecedor, había costado mucho ganar aquel partido y nos merecíamos festejarlo como quisiéramos. El gordo Mariano se quedó en cuclillas, pensativo, mirando el cemento verde. Vinieron los saludos y las felicitaciones. Los invitamos a tomar algo en el bar, pero el gordo Mariano se excusó porque tenía que levantarse temprano para ir a trabajar. Carlos accedió. Nos despedimos y enfilamos al bar. La noche invitaba a conversar sobre el juego. Alejandro le preguntó a Carlos como había dado con el nuevo compañero. Contestó como ausente. Alguien se lo había recomendado, pero aseguró que no lo iba a invitar de nuevo. Nos sorprendió esa determinación, porque había demostrado ser un buen jugador y buen compañero. Enseguida preguntamos el por qué. "Me encontré con alguien antes de venir, y me dijo que el gordo tiene SIDA". Bajó la vista y bebió mirando sus zapatillas. Alejandro y yo nos miramos, buscando qué decir. Me quedé en silencio, comprendí la manera de jugar de Mariano. En cada pelota se aferraba a la vida. El resultado era sólo una anécdota, lo importante era jugar a ganar hasta que no hubiera esperanza. Y eso me gusta.

A los días, después de conseguir su número, llamé a Mariano para invitarlo a jugar un partido. Por suerte aceptó. Vale la pena jugar con los que se aprende algo. Sin importar el resultado.

© Fernando Olszanski