Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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La resaca

Desperté, creo. Todo parecía irreal, o lo era. Nunca había visto esa casa despintada, ni sus ventanas hechas trizas, ni había sentido el frío de esa calle mitad asfalto, mitad piedras. Al menos, era lo que creía, pero, ¿Dónde carajos estaba? ¿Cómo mierda había llegado hasta allí? ¿Por qué mi ropa estaba desgarrada, manchada con la sangre de tantas heridas esparcidas por todo el cuerpo?

        Me levanté, para luego caerme. El alcohol seguía surtiendo efecto sobre mi debilitado cuerpo, seguramente hambriento, aunque era tal el dolor que me invadía que el hambre bien pasaría desapercibida. Buen rato pasé ahí acostado, perplejo. Hasta que tomé fuerzas y me levanté, para caminar, con extrema dificultad, los pasos que me separaban de un grifo de agua situado en el patio de aquella casa.

        Cuando al fin llegué, fue sólo para comprobar que éste no funcionaba. Maldije y me desplomé en el pasto, con intención de quedarme allí, aletargado, para siempre...

                Mientras yacía sobre el pastizal, debo haber quedado inconsciente un buen rato. Sí, es la única manera de explicar que ya hubiese caído la noche, y yo, sin haberme movido  de ahí. Me encontraba totalmente destruido, pero al menos ya no sentía la resaca descomunal que me había agobiado hacía quién sabe que tiempo.

        En aquel momento, si había algo que ocupaba mis pensamientos, era cómo saciar aquella terrible sed.

Me paré. Esta vez sí mantuve el equilibrio. Me urgían las ganas de mear, a tal punto de poder sentir algo cercano a un alivio cuando hube saciádolas, de no ser por los ya descriptos dolores que me azotaban constantemente.

 Luego caminé. Caminé; dolorido, débil, sediento, por obscuras callejuelas donde, conscientemente, nunca había pisado. Luego de unas cuantas cuadras de agonía, me encontré con una estación de servicio. Por primera vez, desde aquél primer momento en el cual volví en mí, sonreí. Me apresuré al ver el clásico “ellos” del baño masculino.

        Por fin abrí la puerta de un violento empujón, y pude ver, entre la más desagradable mezcla de deshechos, lo que buscaba. Una pileta y su grifo me esperaban, hedientos. Claro que de nada me importó la falta de cualquier tipo de higienización de aquella diminuta pieza, simplemente me abalancé sobre la pileta al tiempo que abría la desgastada canilla, para zambullirme bajo el frío chorro de agua.

        Al levantar la vista, luego de satisfacer por completo mi sed, me dio la extraña sensación de ya haber estado allí, en ese mismo baño. Pero no era lo que llaman el “deja-vu”, esta era algo más real, más convincente.

        El terror me invadió cuando, al bajar la vista, veo, bajo mis pies, lo que fue un charco de sangre, ahora coagulada...

                                                                ¿Continuará?

© Juan Andrés Nin