Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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La memoria elástica

deberíamos
calcular
aproximadamente
la pérdida de la memoria elástica
que posee
una
de nuestras ideas más livianas
luego de ser arrojada
un número equis de veces
a través de una ventana
cerrada

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No quiero resfríos en primavera

Introducción

Llovía. La puta que lo parió. Llovía y llovía y más llovía aún todavía. Por la ventana podía ver la copa del árbol seco que hay en la vereda, justo frente a la puerta de mi casa. Y llovía y el agua caía y las ramas estaban todas mojadas y el cielo estaba opaco y las casas estaban opacas y los colores estaban opacos, sin brillo, grises. Todo era auténticamente gris. Y yo, recién amanecido, en ese domingo de mierda, en ese mediodía de mierda, en esa ciudad de mierda, en ese país de mierda, me eché una meada, me lavé las manos y la cara, me enjuague la boca, escupí la lava matinal, caminé hasta la cocina y puse la pava en el fuego. Mientras esperaba que se calentara el agua para los mates, fui hasta la pieza y me senté un rato junto a la mesa, frente a la ventana, a observar como caía derretido el universo. Llovía como la concha del loro. Y yo, solo en mi casa, sin poder salir, sin una campera impermeable, sin una moneda de cincuenta centavos, sin una mujer amada que me ame, sin un ideal y descubriéndome de pronto, al ver la cajita abierta y vacía en la mesa, huérfano de faso.

Llovía y la reputa que lo parió. Llovía y llovía y más llovía y más loco me ponía. Me preocupaba que todo fuera tan triste y negro. Me preocupaba la falta de trabajo y el hambre en el mundo, el analfabetismo, la miseria, la violencia, el odio, las religiones, las naciones, las diferencias sociales, las clases y las castas y aún más que todo eso me preocupaba la impotencia general, me preocupaba mi quietud, me preocupaba no ocuparme, dejarme estar de esa manera. Era una mezcla de rabia y dolor, una repugnante masa deforme de coagulos de viejas heridas de antiguas creencias de nuevas ilusiones y malditos recuerdos inolvidables de las grandes frustaciones colectivas de la historia de la humanidad. Eso era yo. Afuera llovía. No había más faso. Estaba triste. Agarré entonces y mandé todo al carajo. Me fui desbocado en busca de la alegría y este es mi diario de viaje.

31 de septiembre de 1999

Estuve caminando todo el día. El bolso pesa demasiado. Debería haber traído menos cosas. Estoy sentado en un banco de una plaza. No sé que lugar es éste. Me odio por escribir este diario. Me parece una cagada anotar tanta basura. Pero me urge hacerlo. Es una necesidad fisiológica. Sacar de alguna manera todo este excremento afuera. Pensar que alguien algún día lo leerá. Eso me consuela un poco. Saco la mierda afuera. Saco la caca afuera. Cago todo el malestar cultural que me comí.

Sería fantástico, cual verdadero poeta, describir las pequeñas bellezas y alegrías del universo. Pero cuando la tristeza penetra en el alma, no se va. Ojalá esto se queme antes de ser publicado. Ojalá este viaje me sane. Quisiera estar curado. No soporto la depresión, no soporto a los depresivos. Yo soy uno de ellos. Me veo reflejado. Odio lo que me muestra el espejo.

Llueve. Sigue lloviendo y ya se va haciendo interminable, cotidiano. Llueve y tal vez sea que se está cumpliendo la profecía de Enrique: luego del tornado vendrá la lluvia ácida.

Y el tornado pasó la semana pasada. Arrasó Miami. Sopló por Cuba y Puerto Rico, por Haití y Dominicana, por Indonesia y Shangai. Los diarios todo lo cuentan. Nosotros en ellos confíamos. Quien más, quien menos: todos creemos en su verdad. La televisión es aún más filosa en su atrevida y miserable función. La televisión tiene más credibilidad que yo. Incluso para mi. Eso es lo peor.

Todo el día caminé y poco encontré. Sin embargo creo que algo va a ir cambiando en estos días. Por la tarde, cuando veía a la gente corriendo y corriendo con sus paraguas y sus impermebles, y todo ese mundo de colores amarillos y rojos, pensé que no estaba tan loco como ayer pensaba.

32 de septiembre de 1999

Sigo en esta plaza. Es que sigue lloviendo y encontré un buen refugio. Tengo una pequeña cueva cavada en un ombú. Nadie me molesta. Ni siquiera los linyeras se acercan a pedir una moneda.

Mi imagen debe ser deplorable. La desolación arruina el lado exterior de las personas, pero embellece su lado interior. Ella debería haberlo sabido. Yo debería habérselo dicho. Pero el único día que intenté decírselo, de mala manera como es mi forma natural de comunicarme, ella se enojó muchísimo. Y creo que por eso, por miedo a perderla, preferí callar.

Si una idea no es clara. Mejor es borrarla.

Las ideas borrosas no ayudan a vivir. Entonces no sirven de nada. Las cosas que no ayudan a vivir no sirven de nada. Eso, por ejemplo, es una idea clara.

Saber eso me ayuda a vivir. Aunque no es suficiente. La vida consiste en eso. Ir buscando todas esas cosas, pequeñas y sencillas, que nos ayudan a vivir. Para algunos serán unas cosas, para otros serán otras. Lo único que no acepto es que se quiebre esta ley general: "Hacé lo que quieras, pero sin molestar a los demás". Una relativa adaptación de "Ama a tu prójimo como a ti mismo", o de "Tu derecho termina donde comienza el derecho del otro".

Este es el mejor momento para vomitar sobre este diario o aún mejor quemarlo. Que conste en actas la advertencia. El autor no se responsabiliza por los accidentes que pueda ocasionar el mal uso y/o la mala interpretación de estas líneas.

Léase, anótese, archívese:

"La lectura de este producto puede ser perjudicial para su salud".

33 de septiembre de 1999

Hoy ha muerto Jesucristo en esta plaza. El cielo se volvió negro y tormentoso. Los rayos partieron en pedazos a los árboles, incluso a mi ombú. Por suerte, en ese trágico momento, yo no estaba en mi refugio. ¿Ya habré enloquecido? Mi diario es una novela y su protagonista soy yo o mi personaje. Este que visto y calzo.

Hoy ha muerto Jesucristo en esta plaza y el universo está llorando sobre ella. ¿Lloverá también en Amsterdam? ¿Lloverá hoy también en Belén? ¿Lloverá en el Gólgota, en el Calvario, en el monte Calaveras, en Roma, en Jerusalem? ¿Llorarán las estrellas por las brasas que queman los restos de mi fiel ombú?

¿O llorará tanto lloverá tanta lágrima caerá esta eterna lluvia ácida estos rayos de Yahvé por la tristeza que da ver lo que fue de los hombres? ¿O llorará dios? ¿O llorará el buen Alá, el santo Mahoma, el joven Krishna, la alegre Maja? ¿O será Rá, el ardiente; Inti, el valiente; Quetztacoalt, la serpiente emplumada; o será Buda, el sabio? ¿O serán los dioses celtas y los dioses mayas y los dioses zulúes y los dioses persas y los dioses guaraníes que lloran y lloran y más lloran por AMERIKA que lloran por AfriKa que lloran por Asia por el sometimiento de sus pueblos pobres por la miseria que habita en el alma de sus explotadores asesinos bestias?

Tanta lluvia caída no puede ser más que el llanto de todos los dioses reunidos, por única vez en la historia del hombre, en vivo y en directo para inundar el mundo, para mojar a todos sus habitantes, para que alguien reaccione, antes que sea tarde, antes que llegue el diluvio. Para clamar: ¡PIEDAD!.

4 de oktubre de 1999

Hoy hace dieciocho mil años o hace treinta y dos años o hace cincuenta millones de años o hace tres días; ante las miradas ciegas, ante las bocas cosidas, ante las manos atadas, ante las mentes vacías de ideas claras de decenas de campesinos, hombres, mujeres y niños; por el horror de las manos, por el terror de las mentes, por el pavor de las bocas, por el cinismo de las miradas, por el amor de dios, por la estupidez humana, por el poder imperial, por la envidia y por la cobardía, por la perversa maquinaria de destrucción que radica en el mundo, por el capitalismo, sistema que justifica, entre otros crímenes, la realización de torturas a niños y violaciones sexuales a jóvenes embarazadas; fue asesinado Ernesto Guevara, alias "el che", en esta plaza.

35 de septiembre de 1999

Hoy la enseñanza es: hay que saber vivir, aprender a morir.Hoy la tristeza es: hay que dejar morir.Hoy la alegría es: hay que dejar vivir.Hoy la idea es: no debí haber leído a Henry Miller, a Bukowsky, a Carver, a todo este puñado de escritores americanos de lo cotidiano; no debí haber leído a Vian, hice mal, ni mucho menos los diarios de Anäis Nin, ni a ninguno de todo ese puñado de escritores franceses del surrealismo; no debí, maldito sea, leer la poesía de Tuñón y Neruda, ni mucho menos la de Lorca, ni la de Alberti, ni la de Hernández, ni la de León Felipe, ni a ninguno de todo ese puñado de escritores españoles de la guerra civil; no debí leer las novelas de Auster, no debí leer las novelas de Soriano, no debí leer la poesía de Handke, fundamentalmente no debí haber leído su "Poema a la Duración" y no debí haber leído, por nada del mundo, "Victoria" de Joseph Conrad.

Hoy el mensaje es: sus influencias destruyeron mi posibilidad de escribir un diario normal y auténticamente personal.

Hoy la moraleja es: si vas por la calle brotando lágrimas de oro, señal que en el walk-man llevas un cassette de Manu Chao.

Hoy las palabras para vos son: te felicito.

Hoy la oración para vos es: has comprendido.

Hoy el grito es: ¡vive!. Como sea, pero vive. Es lo único que existe hasta el final. Podés perder una mujer, podés perder una casa, podés perder un camino, podés perder un partido de fútbol, podés perder una creencia, podés perder cualquier cosa, pero siempre vas a tener la vida. Si perdés la vida ... ¿de que te sirve el camino, la mujer, la casa, la creencia?

Hoy la enseñanza es: hay que saber morir, aprender a vivir.

Hoy es jueves 35 de septiembre de 1999.

36 de septiembre de 1999

Hoy nadie ha muerto en esta plaza y eso es extraño y por extraño desconfío, dudo, tengo miedo de que algo malo suceda, temo por mi vida, que es lo único que tengo. Mañana, antes de que oscurezca, ya me habré ido de aquí.

37 de septiembre de 1999

Hoy, antes de que oscureciera, dejé una flor entre los pedacitos de ramas que quedaron

del ombú, recé una plegaria y partí de esa plaza que tanto me mostró.

Enseñar es mostrar. Cuánto más amplio sea el panorama que pueda brindar, mejor será el maestro. De eso se trata la educación. No de todas las malas marañas de arañas que engañan. No de todas las artes de todas las partes de todas las tardes. No, todo eso es un espejismo. Si realmente quieren una revolución no harían las cosas que hacen. La Docencia es el poblado donde habitan los indecentes. Yo no soy de Perón ni de Falcón ni de Vandor ni de Breshnev ni de Fidel ni de Villenueve. Yo soy de Morán. ¿De qué me hablás? Soy de Prodan cuando dice: "Sos callejero; bancátela". ¿Sabés cómo eran las huelgas obreras en el puerto cuando las organizaba un tal Morán?. ¿De qué me hablás carpa blanca, marcha blanca, congreso de la nación, de qué me hablas? ¿Cuál es la lucha? ¿Huelga de hambre por cuarenta días? Juro que no entiendo como alguien puede pensar que esa es la estrategia revolucionaria que va a garantizar la victoria en una lucha. De la política de la lástima sólo se obtiene limosna. No lo entiendo. No te creo. Nada.

¿Sabés que es ir para atrás? La historia de las revoluciones, la historia que puede servir, que puede ayudar a hacer una revolución que ayude a vivir, una revolución que sirva, es la historia de las traiciones de las revoluciones.

Traicionar, mentir, engañar, venderse; eso es ir para atrás, cangrejo con bigotes, ¿de qué me venís a hablar, la concha de tu madre?

Primero de mayo de 1999

Llegué a otra plaza. Esta plaza tiene mundo. Esta plaza guarda un mundo. Esta plaza es el refugio del mundo. Suenan las campanas de las iglesias. Suenan las alarmas de los autos. Suenan las sirenas de los camiones de los bomberos. Suenan las bocinas de los colectivos. Suenan las ruedas de los taxis por la calle mojada. Llueve. Llueve sin parar. Como todos estos días en los que vago tratando de hallar mis pedacitos. Se escuchan los aullidos de los perros. Se escucha el llanto de los bebés que están naciendo en toda la tierra. Aquí, en esta plaza, entre los paraísos, se oye agitada la respiración del universo.

Durante todo el tiempo que estuve despierto, hubo gente corriendo. Gente que corría de aquí para allá. Unos veloces, otros aletargados. Todos. Como cada uno mejor pudiera. A algunos los reconocí varias veces corriendo por la plaza. A una señora de piloto amarillo y paraguas verde, la ví cruzar, de este a oeste, setenta y siete veces siete, por la senda de los álamos. Y sin embargo, pese a todo lo que veo, no me creo un profeta. Yo sinceramente pienso que Juan no debió dejar que se publicara el apocalipsis.

¿Será el fin del mundo? No deja de llover. Es 1999. Tengo miedo. Tengo miedo de perder la vida. ¿La perderé? Se cumplirá lo que está escrito. Mil nueve noventa y nueve. Fin del milenio. Fin del mundo. Todo se acaba. La extinción de la especie. El fin.

Nostradamus lo predijo para julio de 1999 y ya lo hemos pasado. ¿Habrá nacido el anticristo?. ¿Qué me importa el anticristo? Si existe anticristo es porque hay cristo. Y Cristo ya de entrada me cae mejor. Ya tengo bando. Le hago el aguante. Soy callejero. Me la banco. Solidaridad obrera y solidaridad metálica.

Nostradamus, como es su costumbre, pudo haber tenido sólo un pequeño error de cálculo. El fin del mundo puede estar a minutos de esto que acabo de escribir. El fin del mundo, pese a esto, me chupa bien los huevos.

39 de septiembre de 1999

Ayer fue el fin del mundo. Nada del otro mundo. A mi me agarró acá en la plaza "Primero de Mayo". ¿Cómo fue?

El fin del mundo fue, más o menos, así:

Llovió, llovió y llovió, como venía lloviendo desde hacía ya varias semanas.

Primero, la televisión transmitió vía satélite, al mundo entero, la conferencia en la que Enrique anunciaba a la humanidad la acidez de la lluvia.

Después empezó el quilombo. Los argonautas municipales pusieron en marcha el plan de emergencia. Un plan que nunca creyeron que iban a tener que usar, por lo cual, lo más difícil fue hallarlo. Había que encontrar un archivo entre millones. Pero los argonautas, hábiles navegantes de los cajones donde duermen los papeles sin prensa, pronto pudieron rescatarlo.

Esa fue la primera vez que los argonautas vieron al anticristo, de sobrio traje negro y brillante corbata roja, sentado en un acolchonado sillón de terciopelo, tras un escritorio de vidrio espejado, tomando una larga y gorda línea de cocaína, riendo a carcajadas, con una carpeta en la mano que decía "Plan de emergencias para fines de mundo".

Los argonautas municipales llevaban cigarrillos importados ilegales en sus mochilas. El diablo aceptó el trueque. Y así se detuvo el fin del mundo. El plan municipal, ¡vaya paradoja!, funcionó a la perfección. ¿Quién lo diría?

40 de septiembre de 1999

La gente está feliz. Ayer se salvó a esta capital de las garras de la angustia del final. Freud ha vencido a Satanás. Pasteur, con su vacuna, también. No habrá fin del mundo. El anticristo así lo quiso. La batalla final fue una emboscada que a la perfección planearon los discípulos de cristo. Guerra de guerrillas. La insurrección triunfó. Es tiempo de comenzar a trabajar para que la revolución sea una realidad.

Pero por ahora sólo hay fiesta. Fiesta en Amérika encontrada. Fiesta en Afrika que ruge. Fiesta en Asia liberada. Fiesta en las calles que se llenan de banderas. Fiesta en los barrios con murgas callejeras y circos ambulantes. Fiesta en los cerros rojizos del recuerdo. Fiesta en la gris acera de mi infancia. Fiesta en los bosques ocultos de la patagonia. Fiesta austral. Fiesta del fin del fin del mundo del fin del fin de la historia del fin del fin de las ideologías. Alegre fiesta. Fiesta al fin.

Pero la lluvia continúa.

Ayer se peló Enrique. Era su promesa. Si la lluvia era ácida sería agua bendita. El lo sabía. Si se cumplía se pelaba. Los argonautas vencerían. El lo sabía. El había gestado el plan de emergencias. El lo sabía. Sabía que funcionaría. Si se cumplía se pelaba. Era su promesa. Si los argonautas no hubieran interrumpido a Enrique, cuando se disponía a manifestar con fe su postura, el mundo entero hubiera oído sus palabras y se hubiera evitado el pánico, la locura general del fin del mundo. Todos hubieran entendido lo que significaba esa lluvia. Ese llanto no era dolor. Ese llanto era el alegre llanto carcajoso de la lluvia ácida. Lo que había predicho Enrique, el que ahora era pelado.

La fiesta continúa. La lluvia continúa. La lucha continúa. Los sobrevivientes bailan.

41 de septiembre de 1999

He vuelto al hogar. Dejé las plazas del mundo. He aprendido muchas cosas. He mirado a la gente a los ojos y los he reconocido. Sé quienes somos. Estoy en casa.

Estoy a la espera. Esperando que suene el teléfono. Esperando que ella comprenda cuanto la necesito. Esperando que ella llame. Y ella no llama.

Si esto sigue así no habrá manera. La necesito. La revolución te necesita, mi amor. El fin del mundo ya ha pasado y no fue nada. Todo estaba en nuestras cabezas. No hay nada que temer. Todo fue un sueño, una pesadilla, un diseño, una hipótesis. El mundo no terminará nunca. No tiene final. Es infinito. Como es el tiempo. Una abstracción inventada por nosotros mismos para explicarnos la vida y la muerte. El amor atraviesa el tiempo. El amor no tiene explicación. No podemos abstraernos ante él.

Oh, mi amor, ¿dónde estás?. ¿Por qué no llamas a mi puerta?.

¿Por qué no suena el teléfono? La revolución ya ha comenzado. Volví a casa. Debo organizarme, prepararme, analizar la realidad y sacar mis propias conclusiones. Debo discutir con alguien todo esto. Estoy solo. Discuto con mi mente y eso no sirve, no ayuda a vivir, me enferma, me mata. Necesito hablar con vos. Dormir con vos, mi amor. Abrazarte. ¿Dónde estás?. Necesito regresar al equilibrio natural, a la armonía. Necesito saber dónde estoy, regresar al mundo normal, escapar a este sentimiento desolador. Necesito tu ayuda. Que me ayudes a vivir. Necesito que colabores con la revolución. Que estés alerta y creativa. ¿Dónde estás? ¿Me oís? ¿Hay alguien ahí?.

Dame ternura, por favor.

Primero de octubre de 1492

No debí partir. ¡Qué joder! ¡Por el coño de la Reina que no, que no debí haberlo hecho! Ahora estoy aquí en medio de esta nada absoluta. Perdido totalmente. Debiendo hacerles creer a todos los tripulantes de las naves que sé donde estoy. Engañando a todos, incluso a mi. Maldita sea la reina y su flujo cautivante. Por sus nalgas de nieve me he perdido. Me perdí por tenerla. Y ahora, ¿qué hacer?. No hay ni siquiera un monstruo infernal, ni siquiera un dragón marino, no hay nada que justifique este vacío. La música del mar ya es un silencio. Los capitanes no me dirigen la palabra. Si supieran como regresar ya se habrían amotinado. Si aún no lo hicieron es porque creen que yo lo sé. Si aún no lo hicieron es porque son unos corderos temerosos y porque yo seré lo que seré, un cerdo arrogante, un zorro perezoso, pero todos saben que soy el que se ha empuñado a la reina en su sable.

Igualmente creo que hice mal. No debí partir con todos ellos. Elegí mal a los hombres si es que existió alguna vez la posibilidad de elegirlos. Fueron los únicos que se atrevieron a dar un paso hacia la odisea. Hombres que no tenían nada que perder salvo sus vidas. Ex-convictos, enfermos terminales, ambiciosos incurables, idiotas, serviles, ilusos.

El océano es un gran desierto. Escasean las provisiones. No se ve tierra por ningún lado. No me afectan los lamentos de los viejos marineros. A cualquier navegante lo hubieran conmovido, pero a mi no me importan sus llorosos quejidos. Me dan asco. Me dan vergüenza. Preferiría que se arrojen a las fauces del embravecido mar y que se hundan sus cuerpos agusanados allí por siempre. Quien no ama la aventura pese a todos los males, no merece estar en mi nave, ni compartir mi gloria.

Veremos la tierra. Llenaré sus bolsillos de oro. Llenaré sus bocas de hazañas. Llenaré sus manos de mujeres.

Y luego escupiré en sus caras. A uno por uno. Por no tener fe.

11 de oktubre de 1999

Hoy sonó el teléfono. Atendí antes de que lo hiciera el contestador automático. No era ella. Era otra. Llamado equivocado. Hoy sonó el teléfono. Atendí antes de que lo hiciera el contestador automático. No era ella. Era otra. Llamado equivocado. Hoy sonó el teléfono. Atendí antes de que lo hiciera el contestador automático. No era ella. Era otra. Llamado equivocado.

¿Cuántos llamados más podré resistir? Debería salir de este encierro que me ahoga. Pero no veo la luz. No veo el camino.

Te necesito, mi amor. ¿Dónde estás?

Hoy, en la puerta de mi casa, mientras esperaba que llegara mi amor, fue baleado Jesucristo, ante mi boca cosida. Hoy, en el living de mi casa, mientras escuchaba una canción de Los Plateros, fue crucificado Ernesto Guevara, alias "el che", ante mi mirada ciega. Hoy, desde el balcón de mi casa, en la calle ví como los soldados bolivianos y los marines americanos lo apaleaban. Hoy, desde la azotea de mi casa, mientras preparaba el asado para mis amigos, escuché el grito desgarrado de los hambrientos. Y no les dí de comer. Escuché a los sedientos y no les dí de beber. Escuché a los desnudos y no los vestí. Escuché a los sin techo y no los albergué. Y llovía. Llovía como la puta que lo parió. Llovía como la concha del loro. LLovía más que nunca. Cántaros de la lluvia ácida que había anunciado Enrique, el calvo. Cataratas de lluvia que no eran el diluvio. Tormentas de agua que no eran fin del mundo.

Y yo me quede duro, mudo, ciego, atado, necio, idiota, estúpido, paralizado ante tanta y tanta injusticia. No tuve piedad. No tuve el valor.

Sin revolucionarios no habrá revolución.

Debo encontrar mi Amérika.

12 de oktubre de 1999

Está dejando de llover. Está saliendo el sol. El grumete ha avistado tierra. Su grito emocionado fue, para los corazones desesperados de la tripulación, como la caricia que da una madre a un niño. Como el perdón divino.

Pero yo no perdono su cobardía. Escupo sobre vuestras caras y hago oír el tronar de nuevos insultos y viejas maldiciones.

Está saliendo el sol y pronto pisaremos tierra firme. Ellos creen que ya hemos vencido. Todavía falta tanto. Esta batalla recién se inicia. Muchos de ellos morirán antes de un año en el combate. Y sin embargo ya se creen dioses. Se creen inmortales y comparten mi gloria. ¡Solo son una maldita escoria! ¡Me cago en la leche de sus antepasados!

Está dejando de llover. Está saliendo el sol. Todo es tan raro. Me había desacostumbrado a esto. Lo cotidiano era el murmullo que hacían las gotas de agua, al deslizarse por el aire, empujadas por el viento.

Prometo, para la próxima primavera, describir las pequeñas bellezas y alegrías del universo, cual verdadero poeta.

Ya no llueve.

Salió el sol.

© Fernando Mut