La paz invertida

Después de dar incontables volteretas en el aire, la moneda se estrelló con la palma de su mano. ¡Escudo! La lanzó nuevamente a pesar de que su conciencia le indicaba suciedad en aquel acto y: ¡Escudo otra vez! Se tocó las mejillas, "Qué mala suerte". Meditó sobre la apuesta.

Si hubiera ganado la cara del otro lado habría ido a dormirse; en cambio, si miraba un rato más la televisión, a lo mejor le sucedía algo imprevisto que en el mejor de los casos cambiaría su vida llenándolo de dinero. ¡Dinero! ¡Perlas! ¡Diamantes! Sonrió. ¿Qué tenía que ver un cuento con su vida? ¿Fue casualidad haberlo leído aquella misma tarde? "Una niña bondadosa se deshizo de lo poco que tenía. Realizó tal acción para ayudar a tres mendigos que en realidad eran reyes; a la niña le regalaron algunas joyas en su sueño y cuando se despertó..." Dejó caer la moneda en la mesa. "¡Qué tontería! ¡No existen los reyes que aparentan ser mendigos!"

 Convencido dejó de sonreír.

Talvez le interesaban otras cosas; pero un cuento, uno sin sentido, convencional, escrito por una mujer... ¿Qué acaso se estaba volviendo un estúpido soñador? ¿Qué rumbo provechoso encaminaría su vida si tan sólo se dedicara a darle sentido con opiniones y apuestas a juegos de azar? Se levantó y en los segundos siguientes sus movimientos fueron imprecisos. Se perdió; empero sus ojos avizoraban letras diminutas y en líneas rectas, unas detrás de otras, a montones. Por primera vez en toda su amarga y agradable existencia odió sus escritos, censuró las repeticiones que encontró en algunos textos no muy extensos, como el exceso de "que", "para", "sin embargo" "entonces", "pero", "bueno"; y la imagen del profesor, con esa cicatriz facial que le hacía parecer un delincuente: "Son muletillas, muchachos, muletillas". Lo odió por estar en sus recuerdos, "Pleonasmos, muchachos, ple-o-nas-mos; lo vi con mis propios ojos". Siguió leyendo, tratando de no prender la radio. Al cabo de un rato miró el reloj: ¡Las seis!

Tenía que ir a la universidad. Listo para salir, cogió su cuaderno y lo guardó en el bolsillo trasero de su pantalón, abrió la puerta y se fue caminando. Dos cuadras más allá, recogió su motocicleta tras entregarle una propina al encargado de cuidarla. Iría primero a desayunar, y seguido, iría con su justificación, preparado para dar respuesta a esa evaluación a la que no pudo asistir por estar haciendo algo importante: trabajando. En realidad estuvo durmiendo. Fingió estar contento, miró al cielo, una patada al encendedor, dos, prendido, "Ya es hora", y aceleró, con la intención de llegar muy rápido, igual que siempre. Al profesor le diría que en toda la noche no durmió por haberse quedado leyendo su magnífico ensayo, "¡Qué asco!" Sería fácil de contestar porque primero le hablaría de su libro, que por cierto le parecía un libro tonto, su nombre lo decía: "En un mañana precoz ¿hablaremos con nosotros mismos?" Largamente en la trayectoria el autor intentaba convencerse y convencer a los demás de que la vida jamás fue un regalo. Su contrapartida para desacreditar a miles de individuos con pensamientos distintos, muchas veces se desviaba del tema central para sumirse en los antecedentes catastróficos que produjeron las innumerables guerras, en especial las bíblicas. Argumentaba, además, que el tiempo por más que se mantenga constante hacía que las cosas acabaran por terminarse muy rápido, y en esta parte reflexionaba sobre la vida: "La vida nos la imaginamos cierta y éste es el resultado: un ser que piensa y actúa no por instinto; ser, sin embargo, insignificante, diminuto, incapaz de levantarse una vez que su corazón ha sido atravesado. Extremadamente débil, con probabilidad nula de modificar el tiempo. Por otro lado estamos los seres excepcionales, los que aunque los minutos avancen, mantenemos el futuro inconstante, cerca del presente, a disposición, un futuro en donde decidiremos qué significa comunicarse. La mejor opción será hacerlo con nosotros mismos." Se sintió un poco culpable por haber perdido toda una noche revisando sus cosas, que bien lo hubiese podido hacer en otro momento.

"Será fácil". Cansancio, sueño, sí, deseaba mucho cerrar los ojos. "Un ratito... ¡Resiste!" Ya casi llegaba, ¡qué suerte! Una mujer le saludó; era linda, inteligente, un poco mayor y eso qué, igual quería hacerle el amor.

Deseaba esto con vehemencia, los dos, en un cuarto con grandes espejos y con luz tenue, mirando una película de terror o vídeos musicales de rock and roll, él besándole la frente, acariciando su suave cuerpo, sintiendo su calor, olor, respiración, latidos, y en fin, los dos nuevamente en el paraíso infernal, en el pecado, en el placer, inmenso placer, desbordante.

Si esto requería excesivos privilegios, podría intentar besarla, en la boca, o cerca, muy cerca... El año pasado quiso conquistar a varias mujeres y siempre que estuvo a punto de hacerlo cometió la imprudencia de ser sincero, es decir: ¿A Quién le atribuía la importancia mayor en su vida? "Bueno, a mí". Se inspiraba a menudo en su "diosa" (Así la llamaba), le escribía versos. Quiso leérselos y nunca se atrevió. Se consoló con la idea de que alguna vez los leería y de cualquier manera, quizá por pura coincidencia, se enteraría. En cada palabra podía ver su imagen, y pensó o recordó: "...

De pronto suspiro/ mis labios se contraen/ se humedecen mis ojos... / Abrázame le digo al viento/ consuélame para no perecer/ Y si es así como el martirio/ nos enseña a querer/ quiero vivir torturado/ o símil a un perro callejero/ pero con la dicha de escuchar/ aunque sea tus disgustos e insultos..." Esta vez encontró defectos en su poesía, en el sentido de que las palabras dicen o no mucho de sí, y en algunos casos puede ser perjudicial el solo hecho de acordarse de ellas. Se detuvo, quiso decirle que la amaba... ¡Le hablaron!

"¿Te ocurre algo? ¿Necesitas ayuda?" Respuestas que pudieron ser excusas para visitarla, no obstante en ningún momento le precedió la idea de desembozar en el transcurso del tiempo sus temores, simplemente vio frustrados sus intentos por anticipado. Bajó la cabeza, juró que disminuyeron los días de su existencia. Miraba un escote colindante con un cuello finísimo color canela que tenía enfrente, un manjar, con posibilidades exuberantes de cuasar exaltación, jolgorio, mareos, anonadamiento. Beldad, descampados parajes, ahí reposaban de vez en cuando sus cabellos, negros y encrespados: ocurría mientras dormía o cuando el agua le caía por la espalda mojando su cuerpo. Sin maquillaje, le excitaba la idea de imaginársela así. Veía a la vez los extremos de una prenda interior blanca, tapizando dos levantamientos hermosos, capaces de estimular y volver idiota a cualquiera que sintiese atracción por la belleza.

Los veía de verdad y resucitó por completo. Observó mucho, creo, o encontró una respuesta negativa a su presencia. Nada simple, debió suponer que el efecto causante no distaba mucho de ser un encuentro no casual provocado por el atrevimiento de detenerse algún día y llamar a la puerta para pretender decirle algunas cosas que al final, por la coacción de otros agentes no las diría. No se creyó insano aunque sí sonrió: lo hizo imaginándose ser un personaje irreal, creado, complejo y voluble. Se compadeció, si es que lo tenía, de su autor: ¿Cómo es que hacía para evitar narrar tanta redundancia en su vida? ¿De qué artificios y tramas se valía para crear situaciones tan patéticas y nada agradables? Ya no lo dudó más, un personaje irreal, eso era.

¿Por qué debía compadecerse de ese autor perverso que le manipulaba? ¡Si tan sólo pudiera motivarse a sí mismo y si no le tuviese cerca ordenándole qué hacer en cada segundo estaría mejor! Una decisión urgente, la requería. Él también podía valerse por sí mismo, ser su propio autor ¿y por qué no? Sí podía, todo se puede. Y lo decidió: cambiaría algunos sucesos no muy claros de su genuina historia, sin modificar desde luego hechos trascendentales que al final siempre apuntaban al objetivo real. Planeó entonces en milésimas de segundos qué escribiría sobre su vida. Vio por enésima vez a su inalcanzable obsesión y decidió preguntarle si le pasaba algo malo. La respuesta podría ser opcional y así fue: "Estoy bien. Un poco desvelada."

Continuó con su historia y argumentó las causas: "O se ha desvelado haciendo el amor muchas veces o es una insinuación para que yo le diga que lo hagamos juntos, o no tiene sencillamente, nada de especial su respuesta". Lo mejor que pudo hacer fue convencerse de lo inoportuno que significaba seguir detenido. Bajó otra vez la cabeza, no para mirar el escote de hace poco, sino para seguir su camino, directo, a menos que conociese su destino y estoicamente marchase hacia el ala contraria, final del recorrido que obviamente desconocía. Siguió, hasta llegar. El profesor al término de su clase desalojó a sus alumnos. No paraba de reír, reía cada vez más fuerte. "¡Los voy a jalar carajo! ¡Mi curso no pasaran!" Cuando aparentemente nadie se quedó en el aula, con remanentes de gracia miró a alguien en el último asiento: "¿Y tu? ¿Qué haces ahí? ¿Por qué no te fuiste?" El recién llegado, serio, silencioso, muy diferente a los días anteriores, le increpó: "Necesito que usted considere mi pedido a una nueva evaluación". ¿Una broma? El aludido dejó de reír. "¡Usted está loco!" Y él otro: "No, claro que no. Con toda sinceridad, me gustaría ser excepcional."

El horizonte, unos ojos, cicatrices, "Mi discípulo", pensó, y sin dejar de mirar: "Aspiras demasiado". ¡Ahora o nunca! "No puedo sumergirme en la demencia… ¡Maestro!" O el rey del mundo, sí, serían muchos, formarían un movimiento armado y conquistarían el planeta. Le acarició la cabeza, "¿Leíste mi libro?" ¡Sigue así geniecillo, eres excepcional! "Cada mañana al levantarme repaso algunos textos subrayados. Es magnífico." Éxito, cima, el sol muy cerca. Después de planear un encuentro para una posterior reunión se brindaron un saludo y ambos salieron juntos hasta la puerta. Ya de regreso y con mucha satisfacción, buscó un sitio apartado. No había desayunado, quería hacerlo pero no quería que nadie se le acercase. Deseaba también, terminar con sujeciones y dependencias. ¿Amaneció nublado? Un viento golpeó su cara y le dejó medio ciego. El frontis de la alameda que se conectaba con la universidad no se vislumbraba ni distante ni nada lejos. Y abrió los ojos para ver qué se venía por encima: una ráfaga, cierzo, frío ¡Helado! Hasta que su cuerpo al fin reaccionó y sus visiones de escritor desaparecieron "¡Mierda, y mi historia!" Interminables imágenes equivalentes a muchas palabras iluminaron su autobiografía. Se interrogaba mil veces: ¿Quién morirá primero? Una vez pensó en el sueño que no supo porqué casualidad surgió en esos momentos, ahí aparecía, mirando el precipicio, esquivándolo, huyendo, corriendo, estrellándose y salvándose de la muerte, ahí nuevamente, ora despierto. Otras tantas veces censuró a la suerte: ¡Tuvo que ser una insignificante apuesta la que conllevó a este suceso! Se acabó el tiempo, el frío metal aplastó a la feble motocicleta arrastrándola varios metros. Su sueño tomaba sentido y la apuesta que efectuó lanzando una moneda para decidir si iba a dormirse o si se quedaba viendo la televisión encajaba perfectamente en el desenlace de su existencia. Él no tenía la solución para morirse, talvez sí se quedó dormido, a veces ocurre, talvez eligió morir para dejar inconcluso su destino, ¿entonces por qué se lamentó de no haber terminado su historia? Creo que no lo sabía aún, e inconsciente, frustrado de la privacidad, permaneció frío un periodo efímero.

Al despertarse no sintió dolor, no vio a su motocicleta; o la vio convertida en un montón de chatarra aplastada al parecer por un vehículo muy grande. La sangre, la suya, lucía agrupada en un inmenso charco. Se quitó la camisa, los zapatos, el pantalón, ¿y las heridas? Ninguna. La gente observaba. Al rato los policías le llevaron a no sé dónde y le preguntaron no sé qué y le hicieron una comparación de sangre para verificar si le pertenecía: claro que sí, toda. ¿Cómo ocurrió semejante disparate? Ni un nervio roto, ni un rasguño.

¿Qué diablos ocurría? Un antecedente muy largo y muy extraño. Regresó a su casa y fue directo a la ducha a bañarse y a cambiarse de ropa. ¿Adónde iría? No tuvo idea. Comprendió que el accidente le había cambiado la vida. Ya recordaba: "¿Quién morirá primero?" Murió el autor de su vida, aquél que se preocupó por no dejar inconclusa su tonta historia y que al final igual se esfumó. Ya no estaba y sin él, tenía que reconocerlo, nada era fácil. En adelante ¿quién escribiría lo que tendría que hacer? Un nuevo reto si tenía en cuenta que ahora encarnaba un cambiado personaje... ¿Cuál? ¿qué le hacía diferente? Tenía el pelo largo, un aspecto antisocial, siempre andaba vestido de negro y en su motocicleta, con casacas de cuero, con botas, con unos lentes oscuros y con ganas de desfigurarle el rostro a cualquier imbécil que se le atravesase. ¡Sí! En verdad sí podía comunicarse, lo demostró uno de ellos: el personaje de su propia historia. El otro sufrió un accidente fatal, expiró, se desangró mucho, hasta que su corazón dejó de latir. Y nunca regresó. ¿Cómo encontró la paz el ser imperfecto que parecía serlo y que traicionó a Dios? Ausencia de paz en su vida, no la hay hasta ahora, tampoco la hay en los personajes que se apoderan de sus autores. Se sienten fuertes y dominantes, injustos y aprovechadores, no obstante, el silencio los atormenta, los induce a cometer aberraciones, desastres, y al final, los condena inmortalizándolos: ese es su castigo. Ellos, igual que en este caso, a veces se aprovechan de las bondades que brinda un personaje.

Caminan despreocupados, llenos de cosas sin sentido. ¡Los riesgos forman parte de sus vidas! Él en alguna esquina, aventurándose a los fatídicos bordes de la muerte, volviendo silencioso en las madrugadas, murmurando parodias sobre el peligro. Un don nadie no debía controlar su vida "¡No lo hará!" La literatura... no una maravilla sino un desperdicio mal proporcionado. El amor, de esto hablaba muy poco: ¡Placer! ¡Tortura! ¡Qué agradable tortura!; Soñar, ¡vivir! El sueño que recordó una sola vez en el accidente, ese supuesto encajaba en su existencia. No iba a permitir que nadie atrofie su vida, nadie ni nada, ni el destino, "Haber, que cambie el destino". En incontables oportunidades se arrojaba debajo de los vehículos, muchas veces resbalaba adrede de un puente, de otro, de un edificio, de cualquier parte, y se robaba casas comerciales, robaba y las balas no le atravesaban o se le escapaban del cuerpo. Se ahorcó muchas veces y siempre resucitó. Ayunaba muchos días y ni muestras de debilitamiento. El único momento de sensibilidad surgía con la apariencia y forma de su diosa en sus pensamientos, la cual, entendiendo la rareza de su comportamiento y atraída sólo por la curiosidad, accedió al fin a sentirse libre de prejuicios. Que no se preocupara, que cambiaría, que se cortaría el pelo, que modificaría su forma de vestir. Ella al menos se imaginó que todo esto tenía algo de real o de verdad lo pensó. Finalmente se recostó en una cama imaginaria, se desvistió de a pocos, dejó que jugara con sus cabellos, con sus pechos. Le gustó, sintió su tibieza, sus latidos acelerados. Su diosa se quitó toda la ropa, tomó posesión del cuerpo e impuso lo que quiso hacer, propietaria, con muchas cosas que ofrecer, lentas, rápidas. La imaginó en una cama recostada tratando de entender si el texto tenía relación con su vida. Se acariciaba excitada. ¡Sabía oscurecer nublos ingiriendo alcaloides! Al final se incorporó, le dio un gran beso en la boca y se fue a su casa. Sólo otra vez.

Mucha tranquilidad. Antes de dormir se sentó en el borde de su cama, dura, tiró una moneda al aire, "Escudo". ¿Miraría la televisión acaso? No se repetiría. Cerró los ojos y al hacerlo, se formó un nudo en su garganta. Los párpados le pesaron. "Me estoy muriendo". ¿Quién le socorrería? Nadie oía nada, silencio, y la muerte muy cerca. "No puedo morirme así, el destino no puede hacerme esto". No podía ver lo que pasaba, ahora si que se frustraría su vida. No volvería sentir ese cuerpo caliente de mujer, la única. "No puedo morirme sin darle sentido a mi creador, ¿donde está? ¡Dios! ¿Me arrojó a las tinieblas y me condenó a vivir infeliz? Mi diosa, mi Eva; ¿Accedió al adulterio por placer, curiosidad? La fruta del árbol del bien y del mal, la que consumó el preludio de mi agonía ¿por qué la tuve que comer? ¡Me está matando!" Se hundía el fuego en el agua. No buscaba resistencia. Comparó la diferencia con su pasado, aquel en donde el riesgo y lo extremo no le hacían daño, donde la muerte permanecía distante, temerosa de aventurarse a cogerlo, insegura, y avanzaba en el tiempo y su situación ahora se imprimía pacífica ¡Cómo mierda iba a prever morirse así! ¿Qué se suponía que debería hacer en su estado actual, agonizante, sintiéndose peor y con mucho sosiego cada vez que se dirigía a su alocada muerte? "¿Por qué estoy feliz? ¿Reírme yo?" Una sonrisa apareció en su faz, y luego carcajadas. "Fui su discípulo".

Seguía riéndose, acercándose a pocos a un lugar calentísimo. ¡El agua!; mas bien gasolina... Murió. En esos momentos un profesor loco, creyéndose estar en el planeta criptón y tras haber asesinado a varios de sus colegas, huía después de haber incendiado la casa de su discípulo. Sus intenciones, cumplidas, fue prenderse él también una vez aniquilada con fuego la traición.

¡Lo había seguido!

 

© Miuler Vásques González
Imprimir todos los textos

Kronhela Ediciones Argentina - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
ARGENTINA