Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Rutina melancólica

Salió a caminar y recorrió cada rostro buscándolo, si se encierra espera que la llame y cada vez que suena el teléfono se le acelera el corazón deseando escuchar su voz.

Sale a caminar porque no es bueno encerrarse y recordar, sale a caminar pensando que quizás el ruido de la calle le haga olvidar aunque sea por un instante.

A veces cuando va caminando, cree sentir que la llaman y se vuelve buscándolo en cada rincón, en cada gesto pero no está ni va a estar, y es como si se achicara la vereda por la que camina y las paredes parecieran intentar golpearla y cerrar su rumbo.

A veces hay obstáculos en su recorrido que le hacen creer que algo o alguien le quiere decir que vuelva a casa, que se siente a esperar, que se fume un cigarrillo, que prenda una vela, que invoque a algún santo, que mire televisión y haga zapping  repitiendo una y otra vez que no hay nada para ver, que prenda la radio para no entender nada de lo que dicen de ese lado, que termine algún libro que seguramente será reemplazado por algún recuerdo de él, por algún gesto de él, por alguna caricia, alguna mirada, alguna palabra de él.

Llega la noche y hay algo o alguien que le dice que lo llame - ella intenta dormir - que le diga que fue un error lo que dijo cuando hablo de no verse más, de no hablarse más, de no mentirse más. Por suerte no le hace caso a ese algo o a ese alguien, por suerte antepone su orgullo a sus sentimientos, por suerte es como la sociedad le enseñó que debe ser y no lo llama, no le dice “¿Vamos a hacer el amor?”… Se duerme…de a poco deja caer sus aflicciones en un profundo letargo…

Se despierta y siente como un mar de hormonas que poco a poco va calmándose, una revolución de sentimientos desparramados por todo su ser, se levanta y ya tiene aquel rostro en su mente y no sabe por qué  se siente algo agitada, piensa entonces que lo más difícil de seguir adelante es no mirar atrás y no se juzga por llevarlo consigo desde que nace el día.

Y siente ese inmenso dolor de haber perdido. Un inmenso dolor en el pecho al que está casi acostumbrada porque prefiere vivir expuesta, que vivir a la defensiva. Creer y volver a ser engañada, que vivir desconfiando.

Llorar, llorar desconsoladamente por un sueño que no recuerda pero que aún siente, ella sabe que llorar no es malo habiendo reído tantas veces.

Hoy como ayer vuelve a salir a la calle, y saluda a los mismos vecinos que mañana a mañana parecieran acomodarse en el mismo lugar de siempre como para no perder la aburrida costumbre, o como si le cobraran multa por pararse en una baldosa diferente a la de ayer, que fue la misma del día anterior a ayer, y la misma que hace un mes, y quién sabe cuánto tiempo más.

Toma el tren  y las estaciones son siempre las mismas, en el mismo orden, Ay! - dice. “Lo que daría porque Haedo le siga a Liniers!” y se sonríe porque sabe que esta pensando incoherentemente. Se sonríe y con melancolía recuerda cómo solía reír, antes no hace mucho podía pasar horas riendo junto a él y ninguno de los dos se cansaba. Pero se da cuenta que siempre está recordando el pasado y ahí no se vuelve, no hay trenes, ni colectivos, ni aviones que la lleven a una fecha que no olvida, a un día que no se despega de sus brazos que se estiran tratando de llegar a sentir, por lo menos una caricia, los recuerdos no saben a nada, son vacíos en días como hoy en lo que todo se le ha vuelto palabras.

Cierra su agenda después de verificar lo que le resta por hacer o por intentar empezar en el día de la fecha, vuelve a su manuscrito y se da cuenta que hoy va ser un día difícil, que volverá a pensar que otros brazos lo alcanzan y lo consuelan, que otros labios lo besan saciando el deseo de ella, y deja de escribir porque las lágrimas comienzan a manchar la hoja, fiel documento de sus sentimientos.

 Y se vuelve lluvia de pies a cabeza, y se deja convencer una vez más de que no sirve de nada escribir, y…

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Muerte anunciada

El disparó resonó - la mujer gritó inevitablemente - se dejo caer ya sin fuerzas y su última imagen fue apreciada con la cara de horror  nunca antes  interpretada por sus facciones hasta aquella noche, el gesto de sorpresa, el guiño del dolor, las lágrimas de saberse traicionado, el puño cerrado con ganas de ser agitado sobre aquel rostro. Pero ya sin fuerzas, se dejó caer, se hundió poco a poco, se entregó, ya no valía la pena seguir, a quién pedir ayuda, a quién a esta altura, a esta hora, en esta oscura calle. Se dejó caer y observo la silueta, una persona alejándose, su última imagen… y ya no vio nada más del mundo real.

La sala del cine se iluminó de repente ante el cartel trillado - qué si no “The end”- la gente se fue levantando, retirándose, algunos pocos quedaron sentados comentando el final de la rebuscada película, caras de asombro, caras de haberse quedado con un concepto muy pobre de lo que realmente trasmitía el filme. Él tampoco lo entiende pero decide no cuestionar demasiado su mente que toda la tarde estuvo ocupada con las palabras que serán historia en momentos más.

Las hojas alfombraban el suelo de la tarde - qué si no otoñal - en la plaza de la estación, el encuentro que sobrevenía, lo imposible de evitar la charla que la cita traería, la ansiedad de verlo llegar como siempre, abrigado de preocupaciones, sonriente cómo si éstas no existiesen, el saco, la camisa, la corbata en el bolsillo, el cigarrillo, sus ojos mostrando la secuela de algún dolor no muy lejano, su boca pronunciando las palabras que -aunque él lo creyera- no lograrían hacerlo feliz, su forma relajada de hablar para saberse encaminado en la charla, para decir lo que vino a decir y después, solo restaría el “adiós”, quizás si tiene suerte  “hasta luego” le  responda la mujer de su vida que lo esta esperando en aquel banco, mientras aparenta que lee un libro sin poder nunca pasar de página, los nervios le carcomen lo que queda de su alma porque sabe que él está llegando y que hoy ya no viene con flores, hoy ya no dirá las cálidas palabras de amor, hoy no abrazará su miserable vida para contenerla durante toda la noche, como tantas noches, hoy el invierno se adelanta y habita su corazón fatigado, mientras espera en la plaza que llegue aquel hombre que esta tarde no será más que un extraño.

El saludo alegre por contrato, el abrazo prometido, el beso obligado, las manos transpiradas, los nervios de saber con certidumbre qué es lo que va a pasar, qué es lo que se va a decir. La irremediable charla que comienza, las palabras inútiles para explicar lo que se sabe, los gestos, las caricias y las bromas para amortiguar la vergüenza de la verdad final, las lágrimas falsas que mojan sus mejillas para hacer creer que duele, cuando en realidad el trámite pesa y ya quiere terminar de una vez lo que su pareja vino a escuchar.

La cara inmutable de la mujer que sabe todo y que lo deja hablar irremediablemente por la única razón de que no se entere que lo conoce tanto mientras descubre su verdad, revisa las falsas lágrimas contándolas para saber hasta donde llegará su ineptitud, su poco respeto hacia ella, pero calla, no llora, no solloza, no indaga, simplemente lo mira, lo mide, lo descubre, y lo sorprende en cada falacia y no puede creer lo que escucha a pesar de que ya sabe lo que vino a decir, lo deja mentir, lo deja reír - qué sino cínicamente - ante una situación así.

Él puede reconocer el gesto amargo en el rostro de la mujer de su vida, también la conoce ya sabe que ella sabe. Se levanta mientras una excusa expira de sus labios como para tener el permiso de salir corriendo y se aleja. Aún sentada vuelve a escuchar las palabras del extraño que acaba de hablar con ella, que le dijo cuatro o cinco verdades que no concuerdan, que no pidió su intervención en ningún momento, que finalmente inventó algo para que se lo lleve el viento, que se hace más frío a cada momento.

La bufanda comienza la ruta conocida de enredarse en su cuello, pero hoy pesa, pesa más que nunca y el delicado abrigo se convierte en una condenada cadena de hierro, que la asfixia y aprisiona, el libro vuelve al bolso, saca los walkman, la música, la letra de alguna canción la ayudaran a levantar sus cansados pasos para regresar a cualquier lugar que le traiga recuerdos.

A las tres cuadras nota el cambio y rápidamente se arrepiente de sus palabras, piensa en volver a la plaza pero sabe que ella no estará y la noche llega apresurada y el viento lo empuja hacia un abismo desconocido, qué hacer, a quién llamar, en momentos como este en que todo se ha vuelto penumbras y se sabe el único culpable. Levanta la vista y en el cielo oscuro que ya se convierte en pesada noche,  busca una respuesta.

Alguien se acerca y una voz conocida empieza a sonar inundada de reproches. Él solo piensa en la plaza y la mujer que dejo atrás, lo que no pudo comprender, lo que arruinó irremediablemente, ahora todo es claro, demasiado claro, tan claro que enfada y acusa sin dedo, sin palabras.

El disparó resonó - la mujer gritó inevitablemente - se dejo caer ya sin fuerzas y su última imagen fue apreciada con la cara de horror  nunca antes  interpretada por sus facciones hasta aquella noche, el gesto de sorpresa, el guiño del dolor, las lágrimas de saberse traicionado, el puño cerrado con ganas de ser agitado sobre aquel rostro. Pero ya sin fuerzas, se dejó caer, se hundió poco a poco, se entregó, ya no valía la pena seguir, a quién pedir ayuda, a quién a esta altura, a esta hora, en esta oscura calle. Se dejó caer y observo la silueta, una persona alejándose, su última imagen… y ya no vio nada más del mundo real.

© Luciana Miguel