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Deformada por la filosofía

Se levantó dando un empujón al pupitre y salió del aula atropelladamente, exclamando: --¡Qué saben Wittgenstein y los Positivistas Lógicos de las angustias de un corazón solitario!

Nadie habló en la clase. Grabé ese instante en mi mente porque pensé que algo se había puesto en claro. Vi salir al joven estudiante de la melena negra ensortijada que, evidentemente, disfrutaba hallarse en el mejor momento de su vida, saboreando la juventud y una belleza griega clásica. No podía sentir compasión por él porque esa explosión romántica me parecía una inexcusable falta de disciplina, de rigor, una malacrianza atroz; sin embargo, por otro lado, tenía que considerarla como algo extraordinario. El joven se retiraba de la clase y le decía con ese gesto rebelde al catedrático, doctor Rudolf von Frege, eminencia de la filosofía y lumbrera entre los geniales cerebros filosóficos del Círculo de Viena, que se callara porque ofendía a un corazón solitario.

Frege levantó las manos hacia el techo como dándose por vencido ante el poco alcance de las neuronas tropicales. Sentí compasión por él. Estaba enseñando filosofía en la Universidad de Puerto Rico debido a su salud, pero no se percataba de lo que la salud corporal le estaba exigiendo a su equilibrio mental.

Frege me había invitado a asistir a su clase porque había leído mi segunda novela, y le dijo a una amiga mutua, la catedrática Marta Urquiza, prima del poeta chileno Vicente Urquiza, que me quería en su clase. ¿Por qué me quería en su clase el genio austriaco? La verdad es que no sé. Nunca lo supe porque jamás le dirigí la palabra. Hablarle hubiera sido destruir el misterio de su clase: esa lucha angustiante de Teseo contra el Minotauro. Por otra parte, no era agradable ver a un genio perdiendo el seso y no poder hacer nada. ¿Pero qué iba a hacer? Yo no era una lumbrera de la filosofía. ¿Quería que hiciera preguntas inteligentes? No se me ocurría ninguna pregunta inteligente, ni estúpida. Lo único que hacía en la clase era reírme.

Tras la salida del joven transcurrieron varios minutos en los que reinó la perplejidad. Frege se sentía perdido, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. Quería ayudarlo. Quería decirle que nada importaba el corazón solitario del Apolo tropical porque ese corazón iba a ser devorado por los gusanos, pero la lúcida y penetrante inteligencia de Frege brillaría por los siglos de los siglos. Donde quiera que se pensara en filosofía sus estudios iban a ser mencionados. Pensé, también, en lo que había causado la cólera del Apolo: la filosofía del pobre Wittgenstein que trataba de explicarse el mundo para poder vivir un día tras otro. Un hombre que estuvo obsesionado por la idea del suicidio y que, como Søren Kierkegaard, tenia su aguijón en la carne, un tormento oculto que nadie ha podido descubrir. Además era un antisocial: nadie soportaba hablar con él por más de quince minutos, ni siquiera las almas caritativas.

Ludwig Wittgenstein, como Frege, tampoco quería enseñar. Prohibía que sus alumnos tomaran notas, y se negó a impartir clase en el espacio claustrofóbico de un aula. Disertaba en su apartamento de Cambridge. Sus clases eran como sesiones espiritistas con el genio de la filosofía. Nadie podía interrumpirlo cuando caía en trance. Y nadie hubiera podido porque no entendían ni una palabra de lo que estaba diciendo.

Nadie entendía, tampoco, una palabra de lo que enseñaba Frege.

Yo lo entendía, modestia aparte, y para mi eterno bochorno, porque no podía ayudarlo con los alumnos que lo atormentaban. Me lo impedía mi sentido del humor y la forma caprichosa en que funciona mi cerebro. Y si lo entendía no era porque tuviera una capacidad especial sino porque esa clase era diversión para mí, mientras que para el resto de los estudiantes era tortura. Años después comprendí, sufriendo algunos trabajos denigrantes que he tenido, esa misteriosa estupidez que crea el supremo disgusto de estar forzado a hacer algo que uno detesta. Esa estupidez actúa como cápsula protectora donde se estrellan los desagrados. Envueltos en sus cápsulas, la mayor parte de los alumnos no querían estar ahí escuchando que la filosofía no tenía sentido cuando todos estudiaban la carrera de Filosofía. Pero yo podía entender deportivamente ya que no aspiraba a convertirme en filósofa. Y me resultaba algo natural disfrutar la destilación exquisita de la mente de Frege, su testamento filosófico al mundo.

Durante la pausa causada por la salida del joven, miré por la ventana: los árboles del jardín de la Universidad se veían dóciles bajo la luz de la tarde, sus hojas se movían tiernamente con la brisa del atardecer y el sutil olor a especias proveniente de la cafetería de los estudiantes se mezclaba al perfume penetrante y oleoso de las flores nocturnas que ya empezaban a abrir sus pétalos. No sabía qué hacíamos en esa clase, encerrados entre cuatro paredes, cuando afuera la vida se desplegaba y embriagaba exuberantemente a los que a ella se entregaban. Sabía que esa idealización de la Naturaleza que sentía en ese instante surgió en el Renacimiento y que había estado particularmente en boga durante el Romanticismo Alemán, que Goethe la había utilizado en Los sufrimientos del joven Werther. Sin embargo, para mí, en el breve pestañeo de ese instante, era una realidad nueva, auténtica y palpable. Deseaba, en ese momento, absorber la existencia, llenarme de vida, disfrutar su sentido y experimentar su esplendor. Vivía en una hipérbole constante de percepciones y anhelos. Sentía, y casi podía apresar, una plenitud de percepción y gozo cuyo clímax siempre se me escapaba, pero dejaba una estela tras sí que renovaba mi sed y espoleaba mi desesperación.

Frege me sacó de mi ensimismamiento haciendo mucho ruido al borrar la pizarra que, curiosamente, ya había sido borrada. Frege quería que el rastro blancuzco de la tiza se desplazara uniformemente por el pizarrón y, a la vez, dar una zambullida en su intelecto para continuar su discurso sobre el concepto del juego del lenguaje en el pensamiento de Wittgenstein.

II

Mercedes Wise me esperaba en la cafetería después de la clase. Había puesto la bolsita tejida que usaba de cartera sobre mi asiento para que nadie lo tomara, y encendía un cigarrillo con un gesto de brusquedad dramática.

--Siempre tienes que reírte en clase --me dijo hipercrítica. --No entiendes la seriedad de los conceptos filosóficos. Siempre hay alguna anécdota detrás de tu interpretación, una explicación literaria.

Me senté, resignada a tener otra de esas conversaciones rituales con las que nos entreteníamos.

--Olvidas que no quiero ser profesora de filosofía --contesté . --Estoy en esta clase por casualidad, como el mulo que tocó la flauta. Si no hablo de filosofía no es porque perversamente evite el tema, sino porque mi mente discurre en disparatadas líneas antifilosóficas.

--Tu segunda novela es un estudio filosófico --afirmó lapidaria.

--Mi novela está llena de contradicciones, no hay estructura ni desarrollo lógico de las ideas.

--Sufres de la afectación de la campechanería, en otras palabras, te haces la boba. Tú bien sabes que sólo de la filosofía puede decirse que tiene contradicciones. ¿No crees que Nietzsche esté lleno de contradicciones? Así hablaba Zaratustra está lleno de contradicciones. El mismo Wittgenstein expresó su filosofía posterior al Tractatus logico-philosophicus en forma de pequeños aforismos, sin estructura ni desarrollo lógico de las ideas, que se ajustaban mejor a su mentalidad que el exponer filosóficamente un argumento. Recuerda, con respecto a las contradicciones, que las Investigaciones filosóficas contradicen por completo las tesis del Tractatus.

La miré con curiosidad. Me parecía haber sintonizado una novela de televisión en que las actrices mexicanas declamaban alucinantes parlamentos. Este diálogo era completamente surrealista en el marco de la Universidad de Puerto Rico. Nos rodeaban jóvenes llenos de energía que vestían camisitas blancas de algodón y pantalones caquis almidonados que hacían fru-fru cuando se levantaban y sentaban a las mesas. (Cosa que hacían constantemente movidos por el resorte de una energía animal en rebelión contra la estulticia de la vejez magisterial, el aburrimiento del estudio y la fastidieta de la intelectualidad.) Estos jóvenes, de piel bronceada que surgía en una pirámide inversa bordeada por la blanca camisa y terminada en cuellos macizos y redondos adornados con abultadas venas, dominaban la escena. Sus mechones rubios y negros caían en frentes amplias y despejadas. Los rostros terminaban en quijadas cuadradas y lanzadas hacia el futuro, al estilo de los jóvenes heroicos de los carteles comunistas de los años treinta. Las mujeres, en segundo plano como un coro griego, hablaban con complicidad y movían sus pulsos, riéndose y pestañeando con sus pestañas postizas. Me obsesionaban esos pulsos de material plástico. Los había de todos los colores y diseños. Me intrigaba, también, cuál sería el destino de sus dueñas que soñaban ahora, mientras comían arroz y habichuelas, con inaccesibles paisajes terrestres y pasiones desbocadas que sólo se atrevían a intuir al leer las novelas rosa tan populares en ese año.

--¿No crees, Wise, que nos estamos volviendo un poco bizantinas? Observa el paisaje: las palmas reales y los platanales en el patio, el joven con la guitarra que toca una plena. Disfruta el olor dulzón de amarillos fritos. ¿Qué tiene todo esto que ver con lo que estamos hablando?

Wise echó la ceniza en el cenicero blanco que había colocado estratégicamente al lado de sus libros. Tenía las manos largas y delgadas, terminadas en uñas también largas y bien cuidadas. Se veían las venas azules y violetas, abultadas bajo la piel bronceada. Wise era un enigma. Nunca sabía lo que iba a decir, y me daba la impresión de que sus pensamientos y emociones se formaban en un lago de lava en ebullición, y surgían como burbujas viscosas que, al hablar Wise, explotaban y calcinaban todo lo que tocaban. Esos misterios telúricos me frustraban, y por eso a veces pasábamos mucho tiempo sin hablar, sumidas en una desolación absoluta.

--Cambiemos el tema --dijo.

III

En esa época las escenas más insignificantes, como la de la cafetería, tenían una misteriosa vibración síquica. Parecía que siempre pasaba algo secreto detrás de los hechos que no podía entender, pero que si hubiera podido descifrar mucho se habría puesto en claro. Buscaba afanosamente penetrar ese reverso preñado de significado de los instantes.

Coexistiendo con ese deseo tenía una extraña seguridad en el porvenir. A pesar de que vivía siempre con esa sagrada repercusión síquica, sentía que todo lo que experimentaba en el momento era simplemente un prólogo hasta que empezara la Vida. Cuando llegara la Vida todo iba a ser diferente. Iba a poder experimentar plenamente la existencia y a entender su significado. Yo no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo y no quería aferrarme a soluciones fáciles de trabajo, estudios, y familia. Estaba todo el tiempo muda de asombro y asomada al abismo, pero pensaba que esa situación era temporal. Había una Divinidad que hablaría a través del Oráculo y un Destino que vendría desde el mañana y que, un buen día, abriría sus puertas. Todo lo que tenía que hacer en ese momento era despertarme del sueño que constituía la vida cotidiana y atravesar las puertas de la Revelación.

Y Marta Urquiza tocó virtuosamente esta cuerda de la predestinación deslumbrante cada vez que hablábamos.

En ciertos días triunfales, pletóricos de resplandeciente porvenir, decidía ir a su casa para corroborar mis exagerados sueños. Marta vivía en el edificio de apartamentos donde se alojaba gran parte del profesorado de la Universidad de Puerto Rico, detrás del mismo centro docente. Marta era profesora de francés, pero admiraba también la literatura escrita en español.

Al llegar a su casa, Marta me esperaba con un aire anhelante, como si estuviera a punto de salir a escena.

--Acabo de leer su novela por segunda vez, Mercedes. Yo sé que usted vuela con alas propias y que vuela alto.

Sus palabras no intentaban ser elogiosas, sino que atacaban los temas con una precisión científica, al mismo tiempo que servían de bálsamo curativo y reconfortante a las heridas que había sufrido el espíritu a causa de la incomprensión, la envidia, y la crueldad. Marta tenía ese don de dar en el clavo emocional y al mismo tiempo preservar una admirable integridad intelectual. Nunca pensé que me estaba halagando, o que quería algo de mí . Sus palabras elogiosas brotaban de su ser después de haberlo sometido a la compresión de un exprimidor como al que se mete el pato antes de cocinar el canard à la orange y que extrae toda la sangre del ave. Marta había soltado toda la sangre y pronunciaba sus palabras con cierto dolor, como si fueran partes de su cuerpo que tenía que darme, impulsada por la mano férrea de la justicia literaria. Su dolor no partía de la envidia o de los celos, sino del rigor crítico.

--Pero hablemos mejor de Vicente Urquiza --dije para concluir esa situación embarazosa.

--Vicente era un seductor --empezó Marta saboreando las palabras como si fueran un plato suculento --y su seducción se desplegaba como la capa de un mago de Las mil y una noches sobre todo aquel que estuviera en su compañía. Nada le importaba que yo fuese una simple niñita de catorce años, él tenía que seducirme. Me contaba los cuentos más fascinantes sobre su estadía en París: anécdotas de Picabia, ingeniosidades de Andre Breton. Vicente se había instalado en un departamento suntuoso en París, en la orilla derecha del Sena. Esa era la época dorada; todo cambió después, al final de su vida cayó en desgracia con la sociedad chilena por su matrimonio con una joven que casi podía ser su hija. En esa época fue cuando yo me comuniqué con él, hablaba mucho de la temporada en París como para revivirla en su memoria y protegerse contra la tristeza de sus postrimerías. Algo así le ocurre a Frege.

Los coquíes se empezaron a escuchar. Afuera estaba cayendo la noche y las sombras se filtraban por las persianas. Imaginaba la prepotencia del crepúsculo tropical diluyéndose en una noche tierna, morosa, suave en sus bordes, que imbuía todo de un misterio gozoso.

--Frege obsesiona con el Círculo de Viena --continuó Marta. --Habla todo el tiempo de Wittgenstein con una manía que ha convertido al filósofo en una especie de fetiche. Une su vida a la del filósofo vienés de una forma mágica, y es como si fuera un ventrílocuo que utilizara a Wittgenstein como muñeco. Sólo escucha a Schubert, el compositor favorito del filósofo, y sueña que posee una fortuna que donará a sus hermanos. (Wittgenstein consideraba su dinero como una carga, e inspirado en la lectura de Los Evangelios de Tolstoi, lo dividió entre sus hermanos porque éstos ya eran ricos y no quería corromper a un pobre con una riqueza súbita.)

Marta le llevaba treinta años a Wise, sin embargo se parecía a ésta en su capacidad de síntesis, en su habilidad de concentrar el espíritu como un láser y lanzarlo para iluminar una idea o una observación. Esta semejanza no creo que se debiera a que ambas eran amigas y habían aprendido una de la otra, sino más bien a una afinidad espiritual que nada tenía que ver con cosas materiales. Tal era la concentración de Marta que me absorbía por completo y nunca noté lo que la rodeaba. No recuerdo su casa, ni la ropa que vestía, ni cómo parecía físicamente: sólo sus impresiones y comentarios permanecen en mi memoria.

Al hablar sobre Frege, Marta bajó el tono de la voz como si empezara a contar algo pecaminoso, o a hacerme partícipe de una premonición trágica.

--Frege vive por encima de la vida y no se apuntala, como nosotros, con fantasías sublimes o grotescas, sino con esta perenne meditación sobre Wittgenstein. Ha creído construir unas coordenadas mágicas que unen su vida a la del filósofo, coordenadas que «lo atraviesan con un hilo de luz, mientras de repente anochece». No quiere ver lo que le cuesta la clase de filosofía, o lo ve y no encuentra solución a su problema económico.

--La clase de filosofía es tal vez su salvación --dije. --Le da algo que hacer.

IV

Estábamos en el restaurante de un hotel situado en el barrio elegante de El Condado. Unas cuantas mesas redondas, metálicas, pintadas de blanco y con tope de cristal, bajo parasoles blancos con franjas rojas, constituían el restaurante al fresco con vista al océano Atlántico, cuyas aguas rompían majestuosamente contra los arrecifes. Era una de esas tardes lentas y reconfortantes que en esa época tenía la fortuna de poder disfrutar. Wise y yo tomábamos daiquiris de guineos. El cielo era espectacular, con esos tonos verdes y malvas tan dramáticos y característicos de las Antillas. La brisa proveniente del océano era tibia, llena de penetrantes aunque agradables olores marinos. Había un aire de expectativa en el ambiente, como si algo importante se fuera a crear o descubrir.

--Frege está dándome clases particulares. Es una tutoría como las de Cambridge, dice él.

Wise me daba esa información como dejando caer una bomba de profundidad. Quería saber qué efecto causaba.

--Por supuesto que no lo hace para emular a Wittgenstein --comenté con ironía.

--No. Asegura que quiere explicarme con más detalles lo que dice en la clase.

Parecía avergonzada de darme esta noticia. ¿Por qué? Pensé que estas clases nada tenían que ver con el interés filosófico.

La tarde arrullaba los sentidos y me hacía acomodarme en la vida como en un almohadón de plumas. La conversación de Wise era como el molesto guisante en ese colchón. Sin embargo, no podía evitar sus palabras. Tenía que seguir un ciclo de conversaciones que ya se había iniciado y que no podía terminar hasta que llegara su conclusión natural. La Vida se escapaba por las fisuras de ese instante, y la Muerte me lanzaba dardos de advertencia sobre la brevedad de la existencia. Estaba perdiendo el tiempo.

--Frege obsesiona con el Círculo de Viena --susurró Wise. --Creo que me imparte esas clases para que yo oiga sus pensamientos. Habla a una velocidad vertiginosa y es como si tuviera un torbellino en la cabeza que succionara su razón.

--¿No crees que esté atormentado por nosotros? ¿No sería un caso de Gulliver en Lilliput? Ponte a pensar: ninguno de nosotros tiene su cultura, ni su capacidad intelectual, y debe compartir sus ideas con los que le rodeamos. Es algo desesperante.

La brisa de la tarde se enfriaba un poco. Este ligero cambio de temperatura puso un toque de levedad en el tono de la conversación.

--Creo que se aferra a mi juventud. Frege es un joven en un cuerpo de viejo: ¡su entusiasmo, la novedad de sus ideas! Ningún joven puede comparársele. Todos son vacíos, con esas caras lisas y esas miradas sin profundidad.

--Eres poco compasiva con los jóvenes.

Wise tomó de un sorbo su daiquiri, sacudiendo de un lado a otro su frondosa cabellera castaña como si librara su cerebro de telarañas. Admiré su capacidad de juicio. Era algo fenomenal poder juzgar a la gente así, con ese desenfado y esa seguridad. Esta capacidad sólo podía surgir en una joven hermosa, consentida por hombres que le reían todas las gracias y le excusaban todos los excesos. Sin embargo, a pesar de tener todas estas prerrogativas, Wise no era nada vanidosa y tenía una disciplina consigo misma muy poco común.

--Frege está actuando simbólicamente. Es algo wagneriano; su vida es un arte que une todas las artes. Está recobrando su juventud a través de mí --musitó Wise.

V

En medio del silencio general, cuando todos conteníamos la respiración porque Frege, con los ojos cerrados, el rostro elevado al cielo y las manos piadosamente juntas sobre el pecho en gesto de figura del Greco, estaba concentrándose para empezar la clase, irrumpió con ruido de portazo y traqueteo de sillas el joven del corazón solitario.

Había perdido un cuantas clases y de repente aparecía, tarde, y haciendo revuelo. Sin mirar a nadie se sentó al lado de Wise y sacó su libreta de apuntes. Frege, sumido en su introspección, ignoraba los ruidos aumentados de volumen por la tensión, como si estuvieran por debajo de la importancia de sus pensamientos.

--Samuel Beckett es el mejor exponente de la filosofía de Wittgenstein --dijo suavemente, como si hablara en sueños-- porque no nos habla del vacío de la existencia sino que nos hace vivirlo.

Durante toda la hora que duró la clase, Frege habló con brillantez sobre el Teatro del Absurdo y su relación con el Positivismo Lógico. Wise tomaba notas furiosamente, mientras el joven del corazón solitario le estudiaba el perfil.

A la salida de la clase fuimos a la cafetería de los estudiantes.

Nos sentamos en silencio, Wise, el Apolo y yo, alrededor de una mesa colocada en un rincón apartado, lejos de los grupos de estudiantes que discutían con gran alboroto de deportes y de política.

--Wittgenstein es un gran sofista --dictaminó el Apolo de repente. --Su filosofía es falsa pues lleva la contradicción en sí misma.

--Sí --dije. --Si bien no se puede hablar de lo que no es verificable, sólo de esto vale la pena hablar.

--Wittgenstein no prohíbe que se hable de lo que no es verificable --me corrigió Wise con saña-- sino que nos advierte que eso no merece ser pensado porque es sólo metafísica.

El Apolo se levantó súbitamente con gran energía y, sin decir palabra para lograr un mayor efecto, se dirigió a la máquina de cigarrillos; regresó con una cajetilla de mentolados, agarrándola con las dos manos y con todos los músculos en tensión como si pesara una tonelada. La forma en que se movía era expansiva y proclamaba que todo el espacio le pertenecía. Al llegar otra vez hasta nosotras ya había dominado la cafetería y tomaba por asalto la mesa, las sillas y a Wise.

Miré a Wise con curiosidad para ver si era susceptible a tácticas de dominación de tipo animal. Wise bajó la mirada, y el dedo índice y el del medio de la mano derecha que sostenían el cigarrillo encendido le temblaron.

VI

Oíamos una sonata de Mozart en el cuarto de Wise. Estábamos solas. Habíamos cerrado la puerta para que no nos molestaran los sonidos que venían del comedor, anunciando la preparación de la cena. No habíamos encendido la luz y el cuarto sólo estaba iluminado por la luz de los faroles de la calle que entraba tímidamente por las persianas de las cortinas venecianas. La luz se proyectaba mayormente en el techo. Había un extraño resplandor rojizo creado por las luces del panel de controles del tocadiscos. Wise parecía sufrir en la penumbra.

--Tuviste que estar de acuerdo con él sobre Wittgenstein --dijo Wise con rabia.

--No es justo mandar a la batalla a alguien que se ha condenado a muerte de antemano. Tú bien sabes que si hubiera ganado el argumento, tú le habrías compadecido, y si hubiese perdido, me habrías despreciado.

--¡Monstruo, Monstruo, nunca te entenderé! --exclamó Wise en el paroxismo de la frustración.

La sonata de Mozart parecía que hubiera sido compuesta para ese momento. La música sostenía una conversación secreta con nosotras. El pianista tocaba con lentitud, cada nota era acariciada hasta que producía todo su zumo, toda su vibrante emoción de desgarrada nostalgia, de anhelos tan vastos que la conciencia era incapaz de abarcarlos.

VII

Marta Urquiza se sentó, manteniendo la espalda muy erecta y cruzando las piernas en un gesto teatral que pensé encajaba a una Sarah Bernhardt. Había algo aparatoso, pero al mismo tiempo sutil, en la forma de sentarse, como si fuera su manera ceremoniosa de empezar una conversación de particular interés

--Mercedes, el padre de Vicente, que es ya casi centenario, leyó su libro de poemas antes de comenzar la cena. He recibido su carta de Chile donde me narra, con gran estilo y sabrosos pormenores, lo que yo le cuento de forma breve y pedestre. Mi familia se emocionó porque le dedicó su libro a nuestro poeta que persiste, no sólo en la mirada sino en la memoria familiar, como el más augusto de nuestros manes.

--Tenía una deuda con él. He pagado de una forma u otra a todos aquellos escritores que tuvieron importancia en mi adolescencia.

Marta asintió, impaciente, como diciéndome que sabía de sobra lo que le decía y, al mismo tiempo, estaba pasionalmente de acuerdo. Su gesto proclamaba una complicidad y, a la vez, un elogio. En esa tarde había algo raro en el ambiente, como si ya hubiéramos pasado por todos los preámbulos y estuviésemos a punto de lanzarnos a la comunicación desnuda. Marta siempre mantenía una distancia que agradecía, ya que era semejante a la mía, y que nos permitía explorar todo tipo de tema sin aburrirnos intelectualmente, ni abrumarnos emocionalmente. Habíamos logrado un refrescante espacio cartesiano en medio del trópico asfixiante de las relaciones humanas. Pero ahora temía esa zambullida en la comunicación desnuda: ¡la había visto fracasar tantas veces!

--Mercedes, usted que es capaz de dedicarle un libro a un muerto, por importante que fuera en una esotérica literatura andina, y de enviarlo a su familia para que se conmueva antes de cenar rememorando a aquel cuyo apellido llevo y que dejó el fruto de sus afanes en obras escritas en dos lenguas románicas, puede entender esta sutil vibración que me invade esta tarde.

--No entiendo la vibración. Hay veces que ser obtuso resulta ser prudente --dije, tratando de aligerar la pesada atmósfera de confesión inminente.

--Siento la vibración que surge de nuestro recinto filosófico --continuó sin escucharme. --Intuyo lo que ocurre: navíos al garete, grandes vientos, y una terrible sensación de la vanidad de todas las cosas.

Al terminar de decir esto, que de alguna forma pensé que no era lo que quería confiarme, Marta cambió de tema de repente, como tratando de borrar las palabras que había dicho en un aparente desliz. Al poco tiempo me marché porque, realmente, nuestra comunicación se había interrumpido. Al salir me viré y vi que Marta me miraba detrás del cristal de la ventana como si fuera una prisionera sin posibilidad de escape, y como si yo hubiera sido su última esperanza que se le iba, irremediablemente, de entre las manos.

VIII

Al entrar a la clase, Wise me cuchicheó en el oído: --El marido de Marta la ha abandonado. Ella está recogiendo sus petates y se regresa a Chile.

Después de decirme esto se sentó a mi lado, caprichosamente, ya que su pupitre estaba detrás de mí. Rogué por dentro a las divinidades de la discreción que no continuara cuchicheando en mi oído la vida y milagros de Marta Urquiza.

El Adonis hizo otra de sus entradas triunfales y se sentó al lado de Wise ejerciendo su acostumbrada dominación territorial. Wise, tras una breve turbación, sacó su libreta de apuntes y esperó con trepidación la aparición de Frege.

Al cabo de algunos minutos llegó Frege. La clase entera hizo silencio y él se paseó con las manos juntas bajo la barbilla, en gesto de oración. Miraba al techo y respiraba fuerte y sonoramente, como si estuviera concentrándose en algo que requería todo su esfuerzo físico y mental. Al transcurrir unos minutos comenzó a hablar.

--Wittgenstein borra sus propias huellas con las Investigaciones filosóficas, su último libro, publicado póstumamente. Toda su vida ha sido una meditación sobre el Tractatus, una meditación crítica. De lo único que no se le puede acusar es de falta de rigor crítico consigo mismo: él es su más temible detractor. La verdad es más importante que su vanidad personal, que su carrera filosófica que ha demandado, en tributo, su vida entera. El hombre ha vivido como un cartujo, y ha muerto como un mártir, sacrificando su entera vida filosófica en aras de la verdad.

Wise, junto a mí, tomaba notas furiosamente. El ruido de ese lápiz deslizándose sobre el papel imbuía el discurso de Frege de una ansiedad en crescendo. Nadie hablaba, nadie reía, y se sentía en el ambiente una desagradable opresión. Frege discurría, con imágenes poéticas y brillantes, raras en él que siempre era tan exacto y comedido.

--Si Wittgenstein tiene razón y sólo puede hablarse de lo que es verificable, ¿qué nos hacemos con las teorías del espacio y el tiempo absoluto de Platón y Newton, de la sustancia de Locke, de la necesidad en la causalidad y de las entelequias que, según algunos vitalistas, explican la vida orgánica? --preguntó súbitamente el Adonis con voz tan imperiosa que interrumpió el discurso de Frege y lo dejó estupefacto.

--¿Cómo, en última instancia, explicamos el átomo y ciertas situaciones en que las partículas elementales tan pronto actúan como ondas que como partículas? --agregó.

El Adonis prosiguió su discurso con voz más y más tonante, hablando de la ciencia, de los postulados, de los silogismos. Frege, inexplicablemente, parecía perder el argumento, no intelectualmente, porque aquellos que habíamos estudiado en la biblioteca las objeciones sin base al Positivismo Lógico conocíamos de sobra esos argumentos, sino en el plano vital. En el ataque de una vida contra otra, el joven llevaba la delantera. Frege trataba, tristemente, de elevar el plano de la conversación, de volver a la intensidad, al rigor filosófico, pero ante ese público joven, que vibraba intensamente en lo inmediato, hacía un papel lamentable.

Wise tomó las manos del Apolo por debajo del pupitre y lo observó admirada, sonriendo con orgullosa complicidad.

Frege empalideció y se agarró el cuello con la mano derecha.

--¡Ustedes, ustedes están deformados por la Filosofía! --gritó con más acento austriaco que nunca, y con la cara congestionada por la ira.

Al decir esto cayó al suelo con un golpe seco. Su rostro hinchado y transformado por la furia como el de una bestia, comenzó a relajarse. Sus facciones se afinaron. Su piel cobró una blancura transparente como de alabastro, y sus labios se extendieron, lentamente, en una leve sonrisa. De la comisura derecha de los labios le surgió, serpenteando, un hilillo de sangre.

 

© Mercedes Cortázar
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