Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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El perro
(o un breve relato sobre la adolescencia)

Me acuerdo de un perro. Un perro asustadizo y dubitativo. Que solo deseaba ser dejado en paz. No quería otra cosa. Era esa su pequeña pretensión y su mas grande anhelo, pero nadie lo escuchaba.

Me acuerdo que lo pusieron en la entrada de un laberinto, bajo la atenta mirada de miles de personas. Nunca fue ese su deseo pero no tenia escapatoria, miraba de reojo con el rabo hundido entre las piernas y se preguntaba por que estaba allí? El laberinto tenía múltiples entradas o puntos de partida, y la multitud, que decía saberla, gritaba indicándole la correcta. El desdichado perro, observaba a toda esa gente marcándole su destino, pero el no podía comenzar a correr. La gente que no entendía porque, le continuaba gritando
"a la izquierda!!!", "a la izquierda estúpido!!!, ¿no te das cuenta?", otros "a la derecha!!!, a la derecha infeliz!!! El pobre animal quería cumplir con el deseo de la gente, pero, sin embargo, no emitía movimiento alguno. Permanecía quieto, asustado y con una tremenda presión sobre su cabeza. Miraba con lagrimas vertiendo de sus ojos, las puertas que la gente le indicaba, pero no se movía. La personas en las plateas se comenzaban a impacientar con el perro, habían apostado grandes sumas de dinero, a que aquel indefenso animal elegiría la puerta de la izquierda o de la derecha. Ahora impulsados por la bronca le gritaban "¿qué te pasa ? ¡idiota!, ¿por qué te quedas allí parado?, tu bien sabes que la puerta correcta es la de la izquierda!!!" y otros repetían el mismo discurso con la sola modificacion de la puerta a elegir. El perro inmóvil lloraba de dolor.

Todas aquellas personas no conocían cuales eran las motivaciones de aquel perro para permanecer quieto. Sólo le gritaban, cada vez más y más, hasta la afonía. Pero logré observarle más minuciosamente y había algo que ocultaba, y que era la causa de su parálisis. Nadie se había detenido en ello. El perro no se quedaba quieto porque así lo deseaba, había un dolor que le imposibilitaba el movimiento, un dolor que trataba de esconder, como la tierra bajo una alfombra.

Ese pobre perro soportaba los insultos, la presión y las indicaciones de la muchedumbre porque estaba lastimado, tenía una pata quebrada y otra cosa que permanecer quieto no podía hacer. Se paraba firmemente sobre sus cuatro patas, para simular su dolor, pero esto solamente le causaba aun, más dolor. La quebradura le impedía moverse, y ladraba, ladraba con angustia, pero nadie lo escuchaba, los gritos opacaban sus agudos ladridos. Pero cuando quise acercarme para brindarle mi ayuda, para intentar de curar su pata quebrada, el muy condenado me tiró un tarascón.

© Fernando Mera