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las Ratas

Los Zetas, La familia, Los...La...
Escucharon la cadencia de la palabra cuidar, que discretamente se dibujaba en los labios de los mejicanos, - Cuidate, cuidate, es peligroso... es el rumor que circula de boca en boca. 
Yo me cuido, tú te cuidas, él se cuida, nosotros nos cuidamos, vosotros os cuidaís, ellos se cuidan.
- Cuidarse?
Cuando llegaron a Méjico DF, la atmósfera era extraña, la noche se había extendido ocultando la ciudad. Las lámparas eléctricas resplandecían como luciérnagas suspendidas en el aire, tenues rayos de luz se escapaban por las ventanas de las habitaciones mal iluminadas.
En la semioscuridad de las calles, la gente caminaba apresurada persiguiendo sus sombras, tratando de evitar a los amantes, a los ladrones, al acecho de víctimas y a las malditas ratas que seguro se multiplicarían en las cloacas del Paseo de la Reforma.
El taxi avanzaba hacia Colonia Narvete.
- Soñé que las ratas, después de socabar los cimientos de una casa, la cargaban sobre sus espaldas y la movían dentro la ciudad. Era un sueño recurrente, repulsivo y cómico. Me perseguía la visión de un edificio con millones de pequeñas patas peludas desplazandose de un lugar a otro. Por las mañanas, durante el desayuno, le contaba mis fantasías nocturnas a Hericleia con el café frío y las medialunas rotas.
- Las ratas otra vez? preguntó Hericleia. Ya sabes que viven en las cloacas, en los mercados, en rincones minúsculos alrededor de charcos de agua podrida y otras suciedades. 
- Me pregunto cuántas ratas vivirán en el Mercado de Abasto de la ciudad de México. Imaginate una rata inmensa capaz de trasladar el Mercado a cualquier punto de la ciudad que quisiera.
- Prefiero imaginar exterminarlas con gatos hambrientos.
- Cuántos gatos asesinos se necesitarían?
- No sé, pero quizás las ratas gordas se coman a los gatos famélicos.
Se cuidarían, sí. 
Vivirían en Colonia Narvarte, barrio que hasta mediados del siglo xx fue una zona semindustrial. 
Aún hoy se puede escuchar los golpes precisos de los martillos, se percibe el olor a madera cortada en las carpinterías. Se quedarían en lo de Nina cuatro semanas, en un cuarto, que está en una casa, que está en la ciudad de Méjico DF, en Méjico.
Buscarían a Miguelito el vendedor de hamacas. 
La historia de Miguelito les fue contada por un mejicano, que estaba de paso por Buenos Aires, una noche de otoño en el Bar Trianon de Villa Crespo. Traía noticias de amigos que vivían en Mérida.
El hombre, llamado Arancio, era un mestizo silencioso que los saludo con un gesto impercertible. 
Conversaron con monosílabos, tratando de entender porqué y para qué estaban reunidos, hasta que varios tequilas le iluminaron los ojos.
Respiro profundamente antes de hablar. Después hablo de los carteles de narcotraficantes, hablo de la religiosidad de los mejicanos, hablo del odio ancestral contra los españoles, hablo de la fascinación que tienen los aztecas y los mejicanos criollos con la muerte.
- Ese pinche hijo de la chingada se murió y después resucito – dijo sonriendo por primera vez.
.- Qué estás diciendo? preguntó Constantino con curiosidad.
- El pinche Miguelito, el que vendía hamacas en el Yucatán se murió y resucitó.
- No jodas.
- Es cierto, afirmó Arancio.
- Qué pasó? preguntó Hericleia.
El mejicano mordió la mitad del limón que acompañaba el vaso de tequila y contó la siguiente historia.
- Los hombres del pueblo se fueron arrimando cansinamente a la Plaza Mayor, frente a la Iglesia de San Antonio. Se reunían para organizar los Festejos del Día de los Muertos.
Miguelito estaba conversando en medio de la Plaza cuando ocurrió el accidente. Raúl “el Rana”, cargaba un tablón sobre su hombro para la construcción del piso del escenario que estaban levantando en medio de la Plaza, cuando accidentalmente golpeó a Miguelito en la nuca.
Se desmayo. 
Cuando llego la ambulancia, Miguelito se encontraba desvanecido sobre el suelo, rodeado de las viejas del pueblo que al enterarse del accidente corrieron a la plaza para reanimarlo, le mojaban los labios con agua bendita, lo llamaban con desesperación - Miguelito, Miguelito, lo cacheteaban con la esperanza que reaccionara.
Los enfermeros lo llevaron al hospital en coma. Lo dejaron muriéndose sobre una cama. El médico lo atendió y le predijo la muerte.
- Es solo cuestión de horas, llamen al cura para darle la extramaunción, así se va al paraíso.
Miguelito sentía una profunda ausencia. Flotaba desconcertado en un lugar extraño. Tuvo miedo. Se vió andando por las calles desconocidas sin rumbo.
Advirtió a un anciano que venía hacia él. Cuando se cruzaban, se reconocieron. Era el Taita, un indio viejo que vivió en el pueblo. El Taita había muerto hacia ya diez años.
Miguelito lo saludo con la dignidad que la vejez y la muerte merecen.
Antes de despedirse, el Taita busco en sus bolsillos un billete de 100 pesos y se lo dió, diciéndole,
- A usted le va a servir más que a mí.
Estuvo muerto tres días, al cuarto día resucito. Una semana más tarde, salió del hospital
- Y dónde vive?
- En un pueblo cerca de Mérida. Lo podrán encontrar en la playa de Celestún donde vende las hamacas que su familia fabrica.
- Celestún es un pueblo frente al mar. Lo veran caminar alrededor de los restaurantes. Es un hombre alto, de maneras humildes, lleva las hamacas colgadas de su hombro, les será fácil reconocerlo.
Constantino y Hericleia discutieron. 
- Irémos al Yucatán a buscarlo, dijo Constantino.
- Ni loca. El único que resucitó fue Jesús y fue para irse al cielo con su padre, no para quedarse entre los hombres.
- Y Lázaro, te acuerdas del levantate y anda?
Entre risas, ella se dejo convencer sin convicción. Miguelito era la excusa que necesitaban para viajar a Méjico.

En el dormitorio Hericleia camino en punta de pies alrededor de él, girando sigilosamente. 
Sus círculos eran motivo suficiente para distraerlo. Se detuvo detrás de él, abrió las palmas de sus manos y con los dedos extendidos le cubrió los ojos y lo obligó a mantenerlos cerrados.
Los labios de Hericleia se acercaron a la oreja de él.
- Miguelito - dijo.
Se rieron del fastidio que les causaba la complicidad.
- Miguelito resucitó de entre los muertos, contesto él.
- La vida es una tragedia predecible, no estoy soñando,
dijo ella liberando los ojos de Constantino.
Desnudándose, se dirigiò a un rincón del cuarto, se sentó sobre un almohadón que estaba sobre el suelo. Se fue cayendo hasta quedar acostada, inmóvil. Espero que sucediese algo mientras el deseo silencioso los unían.
Constantino camino hasta llegar frente a ella y le separo las piernas.
Se amaron.
- Mañana iremos a la casa de Troski en Coyoacán, visitaremos el jardín de Troski que tendrá olor a tierra mojada. Pasearemos dentro del Gallinero de Troski que estará vacío.
- Cruzaremos las puertas blindadas y entraremos al dormitorio donde un grupo de Stalinistas mejicanos aparentemente dirigidos por el muralista Sequeiros, intentaron asesinar a León y Nina.
- En la balacera fueron disparadas 400 balas de gran calibre.
Contaremos los agujeros de las balas que quedaron como moscas aplastadas en la pared y pensaremos que fue un milagro que no los mataran, también iremos a la Casa Azul de Frida Khalo, dijo Constantino.
- Cómo sería Rivera? preguntó Hericleia.
- Gordo, extraordinario y pretensioso.
- Entonces Miguelito resucitó de entre los muertos.
- Así parece.
Méjico lindo y querido...
Viajaron de Méjico DF a Mérida en avión. 
En Mérida se hospedaron en una casa de fachada afrancesada, restaurada por un arquitécto contemporáneo de Barragan. El interior minimalista parecía un claustro. Las ventanas a la calle estaban cerradas a perpetuidad y el jardín interior invadía el living.
Caminaron por el Paseo de Montejo, la avenida de grandes mansiones construídas a comienzo del siglo xx. 
Se asombraron al ver los jardines rodear las escalinatas magníficas de mármol de Carrara.
- Fue el paraíso para los Barones del hilo sisal.
- Los milagros han pasado por aquí, dijo Hericleia riéndo. 
- Los milagros ya se fueron?
Fueron a Celestún un día gris. El autobus cruzaba la Península del Yucatán en dirección hacía el mar.
La ruta era un tajo espiralado entre exuberantes montañas de vegetación tropical, el autobus avanzaba debajo de una lluvia angustiosa. La guía turística que habían comprado en México DF describía a Celestún como el paraíso de playas de arenas blancas, flamencos rosados y ciénagas infectadas de cocodrilos. Imaginaron el mar alcanzando el horizonte frente a hoteles de carteles luminosos donde hombres y mujeres de curiosa piel rosada gozarían del sol arropador, sudando el descanso.
En el autobus viajaban mejicanos silenciosos, indios mayas silenciosos, turistas.
Constantino estaba contento porque allí conocerían a Miguelito el vendedor de hamacas .
El autobus frenó bruscamente.
Hericlea abrió la ventana y vió en medio de la ruta una barrera de gomas de autos amontonadas sobre la ruta. Sentado a cada costado de la misma, varios comandos armados conversaban, controlando el camino. No era el ejército, era un grupo de delicuentes organizados que estarían esperando el paso de miembros de una banda rival.
Alrededor, la vegetación oscurecía el cielo. El conductor bajo del bus para hablar con los desconocidos, intercambio algunas palabras y volvió pidiendo a los pasajeros que se tranquilizaran, no pasaba nada, pronto los dejaran seguir.
Una botella de leche rodo escalones abajo del bus, golpeando alternativamente primero el cuello después el culo, tic tac. El sonido de ambos golpes alarmó a los hombres, hasta que la botella estallo contra el asfalto de la ruta. 
Lo festejaron con carcajadas al ver la leche derramandose. 
El que actuaba como jefe subió al bus y señalando al pasajero sentado en el primer asiento le ordenó,
- Bájese guey.
El hombre obedeció en silencio. Se quedo parado frente a la pila de llantas en medio del camino, el sol que se colaba entre las hojas le golpeaba los ojos cegandolo. Espero su destino.
El que actuaba como jefe de los sicarios, extendió el brazo derecho y haciendo un gesto circular que encerraba los pedazos de vidrio desparramados sobre el suelo le dijo,
- Pongalos juntitos.
El hombre se agacho, junto los pedazos de vidrio y los colocó sobre el asfalto. 
- Orale, ahorita se come los vidritos.
El hombre alzó la cabeza para ver de donde venía la orden, cuando sintió que el hombro le estallaba de dolor absorbiendo la brutal patada que lo tumbo hacia un costado.
- Coma y no se haga pendejo.
Sosteniéndose el hombro con su mano derecha se arrodillo, con la izquierda levantó un pedazo de vidrio que sostuvo en el aire. Por un instante, todos quedaron suspendidos en un espacio vertiginoso de expectación y miedo.
Se llevó la mano hacia la boca, cuando imprevistamente cambio de rumbo y con un movimiento sorpresivo corto la mejilla del sicario.
30 segundos después, las balas le segaron la vida miéntras el sicario que actuaba como jefe trataba de detener la sangre que se le escapaba entre los dedos. 
- Hijo de la chingada, grito – Putos turistas, andele, prendale fuego al camión.
- A bajo todos fuera! Pierdanse en la chingada selva!
Rociaron el autobus con petróleo, le arrojaron una cerilla encendida y el camión ardió desprendiendo la furia de las llamas.
Los pasajeros se dispersaban corriendo hacia la selva. 
Hericleia y Constantino temblaban miéntras se alejaban sin rumbo.
Los hombres gritaban alucinados, disparando sus armas al aire. Parecía una fiesta con fuegos artificiales hasta que estallo el tanque de gasolina y la muerte se fue distribuyendo entre los distraídos.
El incendio se extendió hacia los bosques en una hoguera infernal.
Muchos de los pasajeros no pudieron escapar las llamas ni la asfixia.
Hericleia y Constantino caminaban sobre la arena blanca de Celestún. Él levantó una piedra y la arrojó al mar, las brisas del viento los envolvía suavemente.
De pronto vieron al vendedor de hamacas que daba vueltas sin sentidos, se acercaron a él.
- Miguelito, Miguelito, lo llamaron.
Miguelito los miró con curiosidad. Como sabían su nombre penso, qué importa? Aquí todos nos conocemos.
Vió las ratas refugiarse entre las dunas.
Sin mirarlos les preguntó si tenían cambio de 100 pesos y siguió su camino sin esperar la respuesta.

- Nota del editor: formato de texto enviado por el autor -

© Mario Flecha
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