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Los extraños pelos largos

       Desde chico poseyó el don. En realidad le nació a raíz (palabra connotante en su vida) de su padre, de las horas de estar sentado como embobado, casi patidifuso en la silla giratoria castaña. Años y años de mirar desde abajo las narices clientelísticas, estudiando componentes y enredos. El que más sobresalía era el señor Pérez, Oliverio se creía un aventurero en el Amazonas cuando Rogelio Edmundo Pérez aparecía. Sin saberlo, éste era una herramienta útil y clara para el estudio pelistico que Oliverio se propuso emprender.

       Cuando cumplió 18 años, su padre le exigió que elija una profesión, que se instruya, que se convierta en un hombre de “bien”. Oliverio siempre había imaginado un futuro como el de su padre, se pensaba con el delantal, cortando y  barriendo el sobrante ajeno.  Entonces, ante el llanto de la mamma y las velas a la Virgen desatanudos, Oliverio se decidió por la psicología. Claro, el doctor Rufino se convertiría en uno de los mejores psicólogos y fundadores de la naripeliterapia pero en esos tiempos nadie lo sabia, claro.

       Era una mañana más, otra carga de pelos le había llegado a la oficina y, casi desnudo, los admiraba celosamente. De pronto un sonido metálico, un chirrido sublevado lo asalto. Era el teléfono que sonaba insistentemente punzándole las ideas. Después de ese llamado, se vistió rápidamente; tanto que se asentó la chomba al revés y el cuello duro le molestaba su piel (atrás, en cambio, entraba un exagerado aire). El taxi lo llevo hacia corrientes y callao, a la librería escolar de la esquina. Atestado de niños que gritaban y exigían cosas la espera se hizo interminable, cuanto antes debía comprarlos. Finalmente, Oliverio halló el adhesivo vinílico y la arcilla. Estaba inquieto, raro, como encendido. El maléfico Sancho “el gauchito” había caído abatido en el conurbano, cerca de la matanza. Su cadáver comenzaba presentar una leve putrefacción, en la 32 lo esperaban al Doctor.

       Llego 56 minutos después, empujo enérgicamente la metálica pesada puerta trasera que daba al callejón. Entró agitado, con la adrenalina todavía a flor de piel. Le sorprendió que no hubiera nadie en el pasillo, por lo general se huele algún policía aburrido fumando la evidencia secuestrada del día anterior. Comenzó a preparar la masilla, friccionándola. Toco tres veces la puerta, el agente Ramírez le abrió reservadamente. Ahí estaba, el gauchito muerto, pálido, gris, parecía una estatua. Ramírez lo dejo solo para que el hombre trabaje. Un poco por acá, por allá y listo… ahora a esperar 15 minutos. Siempre se quedaba como embobado ante el poder de la pasta, se debía a su admiración hacia Lombroso y su scuola positiva italiana. La saco cuidadosamente, rápido. Después de acomodarla, comenzó a analizarla…. Leía los pelos detenidamente, tan emocionado que apenas alcanzaba a codificarlos. De pronto un pelo largo y gordo se achico terriblemente, Oliverio se estremeció. Apretó otro para confirmar su pronóstico y éste se desmaterializó aún más. Uno chiquito formaba unas letras, parecía una “u” larga. Después de un rato, termino por comprobar su importantísima deducción. -Como lo sospechaba- exclamo orgulloso-a éste delincuente tampoco le gustaba el dulce de leche y su mamá en la infancia lo obligó a comer demasiado alfajores “Guaymallen”. El recién venido agente Ramírez miró hacia el techo, lejos ya del doctor y sus genialidades… el asadito con los muchachos le había caído pesado.

 

© María Ximena Venturini
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