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Diana y el ovillo gigante

La pequeña Diana, conocida como una niña muy inquieta y traviesa, no se detenía ante nada que alertase su curiosidad. La bicicleta nueva y el verano compaginaban perfectamente con sus ganas de alejarse de la granja y escudriñar más allá de lo permitido. Pero aquellos meses las nubes no se marcharon y el sol prefirió tomarse unas vacaciones en Agosto. La aventura sin embargo, la acompañó al pueblo de Villasbuenas donde les esperaba la sorprendente mansión de la abuela paterna.

Ningún rincón se opuso a su insistente energía, cada habitación fue aprendida y revisada por su pequeño cuerpo, incluso su corta estatura no fue un impedimento para inspeccionar los estantes. Buscaba con obstinación ese enorme gato al que mencionaba mamá con enfado y que según ella robaba los pasteles. Pero una tarde encontró una trampilla entre los matorrales del jardín. “Seguro que aquí se esconde ese enorme gato”, se emocionó, imaginando que un felino cuya única dieta se constituía de dulces tendría que medir por lo menos como ella. ¿Pero cómo atraer a semejante minino?

Se acercó al garaje, husmeó, seleccionó, registró y encontró los elementos necesarios para elaborar su plan. Convertiría el manillar de la olvidada bicicleta del abuelo, en un huso gigante. Enrolló el oxidado metal con las primeras tiras de lana saqueadas en la cesta de mimbre que hacía de costurero. Horas más tarde no existía hebra alguna en aquella casa que no formara parte de ese ya invisible metal.

Vecino a vecino, reunió la suficiente lana para abrigar a muchas ovejas y formar un fabuloso y peludo cebo. Cada mañana había algún habitante de aquel retirado pueblo preguntándose qué sucedía con su jersey nuevo, o con los ovillos secuestrados. Nadie sospechó jamás que la jovencita recién llegada, coleccionaba y seleccionaba el mayor surtido para elaborar un ovillo de su tamaño.

Empujó la enorme bola haciéndola rodar a lo largo de jardín, sorteando las mimadas flores de la abuela y el socorrido huerto. Abrió la trampilla con cuidado, más que por no romperla, para no espantar al enorme minino con el ruido metálico. Y una vez hubo dejado caer la madeja redonda, fue tras ella.

Poco se veía con la escasa luz proveniente del exterior, y menos animal alguno. En una de las paredes se vislumbraba una oquedad. “Sí, este debe ser su escondrijo”, murmuró mientras descubría un túnel. Caminó los primeros pasos dándose cuenta de la extensión del conducto, pues aquello que en principio parecía un simple paso se amplió en varias galerías. Ante ésto su curiosidad también se acrecentó. “Espero llegar para la cena”, sonrió. Ató fuerte el inicio del ovillo a un saliente de la roca, y lo arrastró avanzando por uno de los pasillos.

El camino se alargó más de lo debido, y aunque allí no entraban los enfermizos rayos del atardecer, una atrayente luz invadía el lugar, algo que aumentó sus ganas de fisgonear. El ovillo acabó mostrando el viejo manillar y el último retazo de lana. Ante ella se abrieron tres nuevos túneles. Poco importaba, porque a escasos pasos descubrió la razón de aquella luz.

Una enorme flor presidía la estancia proyectando luminiscencias con olor a fresa, melocotón, primavera y algodón recién cortado. De ella surgían riachuelos de diversos colores donde multitud de seres alados sumergían sus pies. La grisácea roca del suelo convertida en suave césped hacía de esponjosa alfombra. Y lo más impresionante, en la enorme extensión de pared rocosa, surgían nuevos túneles y galerías con nuevas y distintas luces.

Un ronroneo la hizo girar y con enorme sorpresa vio al gato más grande y barrigudo que jamás pudiese haber imaginado. Te estaba buscando”, dijo un tanto temerosa mientras lamentaba no contar en esos momentos con el ovillo gigante, desconociendo que ella había seguido otro ovillo, un cebo más grande y engañoso.

La voz del gato prometía ser chillona, y sin cumplir lo esperado, aquel felino susurraba hilando palabras con suaves ronroneos. A pesar de su elevada estatura, seguía siendo un minino. “A veces, criatura, confundimos la curiosidad con la impertinencia y el descaro” la amonestó mientras le daba la espalda. Diana cruzó los brazos en un intento de aparentar más años de los que sumaban las velas de la tarta de cumpleaños. “Tu curiosidad puede que no, pero tu buen olfato te condujo a las tartas de mamá” replicó la niña. El comentario provocó las risas de unos pequeños seres alados, espectadores singulares del insólito encuentro. Un apetitoso aroma invadió desde una de las oquedades, Diana miró y restregándose los ojos observó incrédula como allí donde la oscuridad se batía con las extrañas luces, se cocía sobre una enorme llama el bizcocho más sabroso, jugoso, y adornado que jamás gato o niña alguna hubiesen deseado en sueños. “Yo no necesito los pasteles de aquellos que reciben en calor del sol, crecen bajo cielos inmensos, algodonados o brillantes cuando reina la dama Luna; no necesito nada de aquellos que pasean en prados verdes rellenos de hermosas flores, bañan sus sueños en refrescantes ríos y desembocan sus enraizadas esperanzas en mares que reflejan su desgana y apatía”, el minino la miró con gesto sereno mientras el ronroneo emanaba emotivo y triste. “¿Qué buscáis los humanos que no se encuentre ya entre vosotros?”. La niña cerró los parpados ocultando su mirada perpleja. “Si quiero pasteles, bizcochos o dulce chocolate, solo tengo que pensarlo, como puedes ver”.

Puede que el anochecer hubiese hecho presencia ya en el exterior. El gato notó la inquietud de la niña y la condujo frente a los tres túneles por donde había llegado a la enorme estancia rocosa. Diana no recordaba cual de ellos le había servido de conducto de entrada. “Tienes tres caminos, vías o rutas. Elige la gruta que más desees para llegar a casa, pero cada una tiene algo especial”, alzó la voz el felino como si fuese el presentador de una escena circense, los seres alados se emocionaron y aplaudieron. “Tres son los caminos, vías o rutas….”, repitió acercándose a la oreja de la invitada y susurrándole al oído.

Desconocía el trayecto recorrido y los minutos llevados para ello, pero las piernas desobedecían a los impulsos de un corazón con ganas de llegar al hogar. Bostezó una vez, otra y luego repetidamente, manteniendo y recordando las últimas palabras del gigantesco gato. “Tres son los caminos, vías o rutas”, había dicho “…, el primero te llevará a lo que tú llamas hogar, pero jamás sentirás curiosidad por lo ajeno, te embargará una total indiferencia por lo que te rodea. El segundo, te conducirá a lo que los humanos denomináis hogar, pero lo vivido hoy sucumbirá al olvido. Y el tercero,…”. Diana elaboró un largo bostezo. No lograba recordar el tercero, ¿cuál era? Las rodillas perdieron su fuerza, el sueño la invadió y la fría roca del suelo hizo de almohada en aquel húmedo lugar perdido en ninguna parte. “El tercero…, no logro recordar,… pero si es el camino que escogí”.

© María Teresa Martín González
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