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Mucho tango y poco olvido

Lo que voy a contarles paso una tarde de invierno. Los leídos sabrán que fue en junio, más precisamente un 24. Mi Buenos Aires querido se vistió de gris, al escuchar la noticia de la trágica muerte del zorzal criollo. Dicen que ese día nadie cantó, aunque en cada vitrola sonaba Carlitos con la garganta seca, sin lágrimas.

En el conventillo de la calle Piedras donde yo vivía también hubo luto; de las sogas de las casas no colgaban ropas de colores, sino ajados trapos grises que acompañaban la pesada bruma que aprisionaba el pecho de los porteños, en aquel lúgubre día de junio del 35. Los vecinos se hacinaron en la casa de mi madre, porque éramos los únicos que teníamos una radio con la que, con un poco de suerte y nada de lluvia, se podían escuchar las noticias que llegaban desde Medellín. Yo tenia quince años y nada sabia del 2x4 ni de Gardel; aunque algo sí de “yerba de ayer secándose al sol”. Me parecía insólito el bardo que podía desatar en el cocoliche arrabalero la muerte del ídolo. Recuerdo haber querido gritarles que no lo conocían, que no podían llorar así por un extraño, pero la dura mirada de mi madre y el gimoteo agudo de doña Esmeralda me lo impidieron. No sé si di un portazo pero salí al patio, necesitaba embriagarme con el gélido aire de esa tarde de junio.

Ahí lo vi, cobijado en su harapo gris, recostado contra el barril de kerosene que, relleno de barro, le servia de pared, rechiflao en su tristeza. Se llamaba Cosme Tarelli. Resultaba difícil reconocer en ese viejito encorvado, al galán compadrito que todos aseguraban había sabido ser. Me acerqué despacio, como temiendo interrumpir su congoja, y me pareció reconocer que tarareaba parte de una canción que había oído sonar hasta el hartazgo ese día… “veras que todo es mentira, veras que nada es amor, que al mundo nada le importa....”.

No sé si fueron sus ojos claros o su honradez de pobre, lo que me llevo a dejar de lado el enojo de mi impertinente adolescencia y hablarle con una ternura a la que no tenia acostumbrados a mis vecinos del inquilinato. ¿Qué anda pasando, Cosmín? le pregunté. En sus labios se dibujó una sonrisa, se terminaron para mi todas las farras me dijo y me mostró el papel que tenia arrugado entre las manos.

Me bastó con leer una sola palabra para darme cuenta de lo que estaba pasando; “Desalojo”. Yo entendía bien lo que significaba. Había escuchado a mis padres discutir sobre una huelga de inquilinos que se negaron a pagar la renta, porque decían que vivían en condiciones insalubres y a mi madre reprender a mi padre por jugarse la guita del alquiler en la fija del domingo, que nunca era tan fija. Cosme tenía que dejar el conventillo. El conventillo donde había vivido al menos desde que podía acordarme.

Para esa época, yo era un chico común al que sólo le importaban las cosas de chicos: jugar a la pelota, el balero y fumarme de vez en cuando un faso sin que mis viejos se aviven. No tenia una relación especial con mis compañeros de inquilinato, ni mucho menos me interesaban sus historias. Sólo Dios sabe por qué las penurias de ese viejo me calaron hasta el tuétano y sentí mucha vergüenza. Vergüenza de que adentro, en mi casa, los vecinos lloraran desconsolados a un extraño y, sin embargo, ninguno hubiera reparado en don Cosme. “La indiferencia del mundo que es sordo y es mudo recién sentirás....” sonaba en el fonógrafo del cuarto del fondo donde vivía Juana Perea.

No te pongas así, Cosmito, algo vamos a hacer, le dije y, aunque en ese momento lo dije por decir, ya empezó a gestarse en mí la idea romántica de que iba a impedir de alguna manera que desalojaran al viejo.

Gracias Rafa, me dijo Cosme con la voz temblorosa. Desde que me mudé al conventillo han pasado muchos tangos y poco olvido. Yo tendría unos años más que vos ahora (al decirlo los ojos claros dejaron entrever la chispa de sus años mozos), trabajaba en el Ministerio de Educación, llevaba una vida bastante acomodada para los pibes de mi edad. ¿Vicios? Todos, bueno casi, sobretodo uno, los burros. Cosme suspiró, su mente estaba evocando el bajo Belgrano, silbidos, canción y risas desde los patios de los studs. Lo vi correr a Legui ¿Sabés quién es Leguizamo, no, pibe? (Yo no sabía quien era, pero la mirada de Cosme me intimidó y asentí sin parpadear). Con los muchachos, nos pasábamos las tardes en Palermo, estudiábamos “la Rosa”, conocíamos los jockeys, los entrenadores y las chicas que tomaban las apuestas por las mesas. Lourdes, era una, puedo recordar la primera vez que la vi con su uniforme rojo, las caderas ligeramente mas anchas que el talle y la rubia melena recogida prolija en un rodete. Se acercó hasta donde yo estaba para preguntarme si iba a jugar algo en la quinta carrera. Aún puedo sentir su perfume dulzón en el aire. ¿Tenés una fija?, le dije mientras le daba una ruidosa pitada a un puro. El 2, me contestó, pero en la carrera que viene. Lo monta mi primo, es un tapado. Si gana te invito un champagne, le respondí. Y así fue, el zaino estiró el cuello, cruzó el disco antes que el favorito y yo tuve mi cita con Lourdes. Nos liamos enseguida, por una cabeza todas las locuras. Te va a pasar Rafa, aunque ahora pienses que no (yo, con mis quince años estaba seguro de que eso no podía pasarme, pero no lo contradije). Caminábamos del brazo, reíamos, bailábamos. La llamaba Lulú. De vez en cuando, ella me cantaba una fija y si acertaba la parada, tomábamos una copa en La Paris. Te juro que a veces siento nostalgias de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca su respiración.

Al tiempo buscamos un lugar donde querernos y encontramos éste: Piedras 1268. Con lo que ella sacaba en Palermo, alguna propina no demasiado bien intencionada y mi trabajo en el Ministerio nos alcanzaba para alquilar la piecita del fondo. Así fue que nos mudamos. Al principio todos fueron rosas. A ella le gustaba ser la señora y me esperaba con alguna receta que su abuela húngara le había confiado. Los días de carreras la pasaba a buscar y comíamos pizza en la fonda de Alberto, acá en la otra cuadra, y si había acertado la timba la llevaba a bailar. ¡Tendrías que haberla visto bailar, Rafa! Volvía loco a cualquiera, su caminata sensual, el corte, la medialuna. ¿Viste que dicen que el tango es como la vida? así lo bailaba ella, enredándose y desenredándose, un desliz a la derecha y la mirada envidiosa de los compadres del barrio cuando me la llevaba del brazo hacia la barra. Yo me había metejoneado hasta las raíces, pensaba en Lulú a toda hora, me obsesionaban sus caderas, el pelo rubio y la sonrisa burlona. Me sentía feliz, con esa felicidad que no puede durar toda la vida. Ella, en cambio, se fue apagando de apoco. La vida del conventillo, las vecinas comadreando, no eran suficiente para ella. Dejó de esperarme con la receta de la abuela. Ya no pasaba tiempo peinando su rubia melena, ni se pintaba los labios con ese lipstick francés. Tampoco le entusiasmaba ir a bailar. Los días de carrera no quería que la fuera a buscar. Lulú se fue enfriando como el agua del piletón del conventillo.

Fue para esa época, en que estaba tan desolada, que recibió la noticia la habían ascendido. Ya no levantaría apuestas en la popular sino en la Tribuna Oficial. La noticia fue un bálsamo en su desabrida rutina. Empezó a arreglarse como antes, recuperó su andar sensual y el brillo voraz en los ojos grises. Las propinas eran más altas de ese lado del salón. Al principio me contaba, de la moda en Paris y los personajes que desfilaban entonces por Palermo. Pasaba horas frente al espejo, imitando los modos de las aristocráticas señoras, soñaba con ir a la ópera y ponerse un traje sastre. Sabés que, Rafa, la milonga entre magnates con sus locas pretensiones, fueron entrando muy adentro en el pobre corazón. Yo quería complacerla, llevarla a comer a los restaurantes de moda, al teatro, pero la guita no alcanzaba. Entonces conseguí unas changas, de plomería, me daba maña. Trabajaba como un perro para sacar unos mangos más y descuidé el rancho.

Cosme se quedó en silencio. Pude percibir la emoción es su voz y me apresure a decir. ¿Y entonces, Cosmito?

Entonces, Rafa una noche se rajó y yo que me había ausentado como un taura manzo la vi irse prendida de otros amores perros. No hubo reproches. Lulú agarro sus petates y se fue. Parecíamos dos extraños, me daba angustia saber muerta ya la ilusión y la fé . Yo me acuerdo que silvé que mañana cuando seas descolado un mueble viejo acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo, pa’ ayudarte en lo que sea cuando llegue la ocasión.

Supe que se amontonó con un bacán que se dedica a la política y que tiene bien repleto el monedero. Dejó de ser Lulú para convertirse en Lourdes, refinó su acento y aprendió francés. Nunca más la vi. El que la ve es Antonio, dice que todos los días toma su copita de champagne bien frappé en el pituco bar donde él trabaja. Alguna vez le preguntó por mí. Qué le habrá contado Antonio. No le guardo rencor, ¿sabés? Una buena curda y ya me olvide de Lourdes y Lulú. La vida es un tango, si te resbalás, seguí bailando.

El resto de la historia ya la sabes Rafa, muchas minas pasaron por la piecita del fondo, rubias morenas pelirrojas, viuditas casadas y solteras pero, te confieso, no había ninguna igual, todas murieron. Cosme siguió parloteando sobre sus andanzas y conquistas. Yo ya no lo escuchaba, estaba pensando en cómo iba a hacer para que no desalojaran al viejo.

De pronto lo vi claro, tenia que encontrar a Lourdes. Cosme me había dicho que era una buena mujer. El reloj marcaba las seis de la tarde, si me apuraba podía llegar para la hora del copetín. No me acordaba exactamente dónde era que trabajaba Antonio, pero podía averiguarlo. Nadie iba a notar mi ausencia, en casa seguían todos reunidos, llorando a Carlitos. Llovía, el empedrado estaba patinoso tenía que apurarme. Baje por Piedras ¿será que se llama así por que tiene el empedrado mas lindo? Seguí hasta Corrientes y después por Florida derechito hasta “La Richmond”. Mientras corría bajo la lluvia pensaba en cómo iba a reconocer a Lourdes y qué le iba a decir. Llegué agitado, mi facha no era la de un cliente pero podía pasar por vendedor de almanaques. Junté coraje y entré, de fondo se escuchaba un tango triste. La vi sentada en una mesa junto a la ventana, tendría unos cincuenta años. Me pareció la mujer mas linda; llevaba el pelo recogido y un vestido celeste que hacía juego con sus ojos grises. La reconocí de inmediato. Antonio me saludó desde la barra, ¿Rafa? ¿Qué hacés por acá? Estás empapado, me dijo y me palmeó la espalda mientras me llevaba hacia adentro para que me acomodara cerca de la caldera. No tenía una respuesta, así que sólo le pregunté, para que me confirmara, si la señora de pelo rubio se llamaba Lourdes y si había sido novia de Cosme. Era ella. Antonio me dejó llevarle el pedido, la copita de champagne y un sandwich de medialuna con pollo, que no pude retener el nombre. Me acerqué despacio, con reverencia y le dije con ensayado candor ¿Sos Lulú? Lourdes abrió grande los ojos y se le arquearon las pestañas. Dudó un minuto, se ve que hacia mucho que nadie la llamaba así. ¿Y, vos cómo sabés? Sus largos dedos jugueteaban con el gladiolo del florero. No sabía por donde empezar así que le vomité todo desde el principio. Que vivía en el conventillo de la calle Piedras, que concía a Cosme Tarelli, que me había contado su historia, que lo estaban por desalojar, que necesitaba ayuda, que al mundo nada le importa y se me había ocurrido la loca idea de venir a buscarla, que quizás....

Ella me escuchó atenta, de vez en cuando sonreía como si le diera nostalgia o remordimientos.¡Quien sabe! En una de esas había sabido guardar un poco de amor para aquel galán compadrito que fue locura en su juventud. Cuando terminé, le pidió a Antonio que me trajera un vaso de agua que me tomé de un trago. Hubo un silencio interminable, después habló Lourdes. Lo vamos a arreglar, pero Cosme no tiene que enterarse que fui yo, ¿Me prometés? Y otra cosa más, me dijo mirándome profundo a los ojos: ¿Te gusta el tango?

Hasta hacía unas horas hubiera respondido que no, pero no se por qué en ese momento asentí con convicción. Tal vez la imagine bailando. Tenés que prometerme, me dijo, que cuando estén secas las pilas de todos los timbres va a haber siempre un amigo que ha de jugarse el pellejo pa’ ayudarte en lo que sea y, esperá siempre una ayuda, una mano y un favor. La miré confundido. Había escuchado tantos tangos a lo largo del día que no me acordaba de ése y me pareció que era una mezcla. Ella me regaló una sonrisa, y me dijo: Cada cual canta su tango. Ahí no más sellamos el trato, ella le arreglaría el asunto a Cosme y yo sería un escéptico del tango triste. Mano a mano hemos quedado, me dijo. Sonrió de nuevo.

Volví al conventillo con Antonio, nadie había preguntado por mí. Cosme nunca supo qué fue lo que pasó. Al día siguiente hubo una fiesta en Piedras 1268. Festejamos que había habido un error en la notificación del desalojo de don Cosme. Todos bailamos y reímos al compás del bandoneón. Raquel cocinó su mejor locro y mi madre un postre de manzana que sabía era el favorito de Cosmin. Fermín saco a bailar a Esmeralda, que lo había esperado toda la vida, y Don Cosme se convirtió por un rato en el rana fenomenal de sus años mozos. Y yo, yo me convencí que siempre en algún lugar habría un pecho fraterno para morir abrazado.

© María Luisa Montes de Oca
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