Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


Volver al Listado de autores
Cubierto no es sinónimo de protegido

Abro los ojos. Veo a mi alrededor. No sé a donde estoy. Mejor dicho, si sé en que lugar estoy; lo que no sé es como me siento. Y cuando uno está confundido, está física y psicológicamente perdido.

Me toco el cuerpo. Descubro que está cubierto por algo parecido al metal. Desesperado, intento encontrar la piel de mi cara, pero también está tapada por ese material.

Intento sacármelo, huir de ese encierro, gritar que me ayuden... pero es imposible...

En ese preciso momento, me doy cuenta de que estoy encerrado, pero que la gente no lo nota. (No es raro, toda mi vida tuve que arreglármelas solo.)

De repente, veo una pelota de tenis que cae de más de o menos 80 m; intento alcanzarla cuando rebota, pero el brazo me pesa y la altura es demasiado grande...

Luego de haber pasado por todas las sensaciones: miedo, desesperación y tristeza, ahora soy consciente de lo que me pasa.

Intento encontrar la salida, pero solo recuerdo malos momentos de mi infancia: la separación de mis padres, la muerte de mi abuelo, el accidente de mi hermana... pero también me acuerdo, que ante esas situaciones, me aislaba, me ENCERRABA, y eso me protegía.

Volvió a caer la pelota, si bien rebotó y ascendió un poco más cerca de mí, no la pude alcanzar, pero si pude leer: “El primer paso es reconocer los problemas.”

Me sentí mejor y más liviano, el metal había desaparecido de mis piernas, y entonces, poco a poco, fui aceptando mis recuerdos, fui haciendo el duelo de cada uno de mis problemas y nuevamente... cayó la pelota...

Esta vez, tampoco la agarré, pero mis brazos ya estaban liberados.

Me di cuenta de que solamente me faltaba reflexionar y cambiar; y eso fue lo que hice. Supe que mi piel estaba cubierta por una armadura, que yo mismo, la había creado. Era un refugio para mis problemas, pero que no dejaba que la gente los viera y me ayudara...

Y una vez dicho eso, la pelota de tenis rebotó por cuarta vez, y como estaba a 5 m, la pude agarrar.

Ya no tenía ningún metal en ninguna parte de mi cuerpo ni mi mente. Estaba libre... protegido... pero libre.

La verdad, nunca supe si lo que acabo de contar pasó en realidad... ya que la propia mente y el mismo corazón saben crear y resolver problemas...

Pero yo les recomiendo, que ante los problemas no se pongan “Armaduras”, sino “Armablandas” que puedan ponerse y sacarse cuando quieran...

Volver al Listado de autores
Tan chiquita como una hormiga

Está lejos... Muy lejos... Será que cada vez que estoy mal siento que todo se me aleja y que quedo sola.

Todo está oscuro. Demasiado. Sé que a la vida la veo del color que quiero verla; pero hoy es gris.

La veo lejos... Me parece que nunca voy a llegar a ella. Pero no la pierdo de vista.

Estoy triste. No sé porqué soy así. Un problema me oscurece la existencia. Un error me hace creer que no puedo seguir más. Una herida me hace sentir chiquita. Muy chiquita.

Sí, de repente soy una hormiga. En realidad, me siento una hormiga. Un bichito que no se ve del piso, al que nadie le presta atención.

Cada vez con pasos más pequeños (por mis patitas de hormiga), me voy acercando, muy de a poquito, a aquello que creo que me ayudará. Pero, a su vez, lo que disminuí en tamaño, aumentó en miedo y desesperanza. Todo en la vida es una balanza.

Quiero llegar a ella... Por más que sea una hormiga. Acabo de cambiar el deseo utópico por las ganas de realizar lo que quiero.

Es una sucesión de sensaciones: DESEAR, que me hizo sentir chiquita como una hormiga. QUERER, que sin darme cuenta, me hizo dejar de ser un simple bichito y LOGRARLO o NO; que hizo que volviera a ser diminuta, ya que no llegué donde quería llegar, y nuevamente tuve ganas de abandonar.

Sin embargo, la veo...

Observo a mi alrededor, otras dos “personas-hormigas” que, seguramente, atraviesan un problema y se sienten chiquitas como yo, intentan llegar a ella.

Me siento mejor. No sé porqué los humanos tenemos esa necesidad de que a alguien le pase lo mismo que a nosotros para que nos sintamos bien.

Pero ahora somos tres. Tres hormiguitas que, en diferentes direcciones, perpendicular, más rápido o recorriendo 25 o 52 cm, queremos llegar a aquella ansiada luz blanca que nos va a hacer salir de los problemas en que estamos sumergidas...

Finalmente, llegamos. Pero la alegría se nos evaporó como si fuera gotitas de agua. Aquella luz blanca que veíamos desde lejos era una enorme pared que no nos dejaba salir.

¿Por qué? Siempre que estamos mal hacemos esa pregunta sin obtener ninguna respuesta.

Pero sintiéndome una hormiga, chiquita, sin fuerzas ni posibilidad alguna; encontré en esa enorme pared, que pasó de ser mi esperanza a mi desdicha, una diminuta hendidura, por la que pude pasar y volver a ser yo. No una hormiga sin fuerzas, sino una persona igual que antes. No fuerte, pero alguien que puede defenderse.

Sí, la tristeza me hace sentir chiquita. Sin fuerzas para enfrentar los problemas. ¿Quién no se sintió una hormiguita alguna vez en su vida encerrada en una pared sin poder salir?

Pero si una pequeña hormiga pudo ganarle a una inmensa pared; nosotros, por más diminutos que seamos o no sintamos, podemos ganarle a los problemas, por más grandes que sean...

Volver al Listado de autores
Profundamente simple

Parece increíble, pero hay olores que traen recuerdos, a veces más que las imágenes... son como hilitos de humo que entran por la nariz y van directo a la memoria o tal vez al corazón.

¿Quién no sintió alguna vez el olor a tierra mojada, el aroma en la almohada de alguien o el exquisito olor de la comida de la nona?

Inmediatamente el olor se vuelve imagen, recuerdo, persona...

Lo recuerdan bien... los tres... la profundidad de uno y la simpleza del otro... esos olores... esos sabores...

Nadie conocía a nadie aquella noche de abril, todo se dio por casualidad, tal vez, porque la vida quiso mostrarles que no están solos, que sus problemas no son solo suyos y que el mundo sigue girando, no se detiene a esperar que ellos arreglen su corazón.

Se encontraron en un bar.

Diego era moreno, de profundos ojos negros y pestañas largas, sus ojos tristes mostraban su vida y a su vez su fortaleza, al lado suyo como un espejo de él mismo había un café.

Marcos estaba sentado en la mesa de al lado, era un típico chico sin problemas, aparentemente todo bien por fuera... pero por dentro estaba destruido; como un cáncer que va creciendo y consumiendo por dentro hasta acabar con todo. En una de sus manos un cigarrillo, en la otra un café... lo tomaba pensando en que quería estar despierto porque si se dormía, muchas veces tenía ganas de no despertar.

Recién entrado en el bar llegó Santiago, se sentó justo en el medio de Marcos y Diego, si bien cada uno estaba metido, hipnotizado y teniéndose lástima por sus propios asuntos, ninguno de los dos pudo evitar no fijar la mirada en Santiago.

Él era un viejo con aura... esas “personas-personajes” que le dan una pizca de sabor y diferencia a la vida.

A este señor le faltaban los dientes, su ropa estaba malgastada pero había algo especial en sus ojos... una luz... había algo que atraía a Marcos y a Diego hacia este “brujo-ángel”, ya que no sabían si era un hechizo o simplemente magia...

Santiago pidió un té y Marcos y Diego se sentaron con sus cafés junto a él.

Sin hablar ni recordar sus problemas, Santiago les mostró detenidamente el té que parecía un retrato de sus ojos e hizo que miraran el café que cada uno tenía en sus manos, mostró la oscuridad y la profundidad de ellos y la transparencia y simpleza del té y dijo:

“ A veces no tenemos que ir tanto a lo profundo con nuestros problemas porque se van tornando cada vez más oscuros y opacan nuestra vida y ¿qué hacemos? Tomamos más cafés, tomamos más problemas... en cambio, lo que hay que hacer es enfrentarlos con transparencia, que nos podamos reflejar en ellos y con soluciones simples resolverlos, al igual que el té que los problemas se vayan disolviendo poco a poco...”

Desde ese día Santiago siguió tomando té como lo hizo toda su vida, y Marcos y Diego, si bien les costó despegarse de sus problemas y sus cafés, de vez en cuando se toman un “recreito” y piden unos tés, ya que sienten el olor y recuerdan a Santiago y en especial que la vida es simple, y lo que la hace profunda es precisamente su simpleza.

Volver al Listado de autores
¿Cara, ceca o las dos?

Éramos 3 hermanos huérfanos... el mayor era tranquilo como la mañana, mientras que el más chico era intenso como la noche... yo equilibraba: se podría decir que era la tarde... a veces a pleno sol y en otras ocasiones era la tardecita mostrando su ocaso.

Así éramos... así vivíamos...

Rodrigo, el más grande, parecía que a él nada lo molestaba, tenía esa paz interior que se ve en los ojos, esa media sonrisa que está siempre dibujada en la cara pero que no llega a ser nunca una carcajada...

Su vida era simple, o al menos eso parecía o demostraba...

En cambio, Eduardo tenía una chispa especial; no se podía quedar quieto, pensaba que la vida era corta y que la felicidad era solo esos momentos fugaces y él no se cansaba de buscarlos...

Siempre inquieto, hiperquinético, feliz o muy triste.

Ambos tenían una pasión, algo que empezó como un juego y que terminó en obsesión... Desde chicos les gustaba “amontonar” todo, tener más y más de algo... quizás por ambiciosos... quizás por el miedo a perder lo que tenían... (como les pasó con nuestros padres.)

En sí, ellos eran coleccionistas; y no de cualquier cosa. Ellos coleccionaban monedas... en realidad, no sabían por qué lo hacían pero había algo de las monedas que los atraía.

Llegaron a pensar que el coleccionarlas era una consecuencia de esta sociedad de consumo.. pero no...

Y ahí estaba yo, chiquita y mimada, cuidada por mis hermanos, viéndolos juntar monedas, clasificarlas, admirarlas... y de a poco, me lo fueron contagiando a mí.

Yo era la mezcla de ellos dos, se podría decir que un mar: por momentos con aguas calmas y en otras ocasiones un fuerte maremoto... ¿será por eso que me querían tanto?... ¿será que cada uno veía su personalidad reflejada en mí?..., sea como sea, yo también terminé convirtiéndome en coleccionista.

Así éramos... así vivíamos...

Un día un comerciante nos ofreció la venta de una colección importante de monedas de oro y nosotros no dudamos en comprarlas.

Ese comerciante era un imán... tenía algo que nos atraía y que no nos dejaba pensar... hacíamos lo que él quería.

A mí me vendió la mitad de la colección y media moneda, a Rodrigo la mitrad de lo que quedaba y media moneda más y a Eduardo, la mitad de lo que quedaba ahora y además, media moneda.

Los tres aceptamos sin oposición y cuando nos pusimos a recapacitar sobre la repartición de las monedas encontramos un papel que decía:

“Ustedes no me conocen, pero yo sí... coleccionan monedas porque se demuestran a sí mismos que la vida tiene dos caras, que no hay mal que no tenga su lado positivo, que TODO tiene dos caras y que están juntas... como Rodrigo y Eduardo, ambos forman una moneda; y si estuvieran separados, esa moneda no tendría valor.

Y vos, Claudia, ya tenés las dos caras, ya sos una moneda por sí sola, pero necesitás estar junto a otras para poder brillar.”

Se asombraron, se miraron, se abrazaron...
Ahora entendían todo, en realidad no lo comprendían peor en el fondo sabían que lo entendían.
Sin embargo, encontraron otro papel:

“PD: Las medias monedas vienen de yapa...”

© Ana Belén Margherit