Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


Volver al Listado de autores
Genealogía de crímenes espléndidos

Nada me asusta más que la falsa serenidad
De un rostro que duerme...
Jean Cocteau, Plain-Chant

No el regreso de un porvenir abandonado
sin sosiego en los lechos terrestres.

No el verano con un palpable resplandor entre invasores,
y otra herida creciendo como lenta enredadera
en la piel del delirio.

No el pequeño cadáver de mi infancia
flotando (con su boca abierta) en la inmensa laguna.

No el arcángel quemado, entre las maquinaciones del espanto
y la obstinada majestad del ruego.

No las elementales maravillas del amor en la hierba.
No la profanada canción, la hoguera luminosa.

No   los párpados fatídicos que devoran y resisten
la desesperación de los otros.

No el balbuceo de aquel dios en su cruz.
No la incertísima tempestad del reposo.

No las madrigueras de la piedad,
la hambrienta cueva que empolla toda angustia.

No la precariedad del ojo en la distancia.

No verdades habitables bajo el musgo de sospechas,
ajenas a mi carne y al olor diferente.

No el alarido devastado.
No las mansiones de razón: su más pura palabra.
No un laberinto de alacranes en cautiverio.
No el letárgico aroma de mis muertos mendigos.
No las hembras de chacal junto al sudario.

No este archipiélago hundido en mi memoria.
No la implacable codicia del vicario.
No la torpe desnudez entre las piedras,
aquélla que no cava el deseo.

No quien se inclina ante las jaulas
y duerme según la herrumbre de cuerpos mutilados.

No el que nunca oyó a los ojos.
No el visible matorral; siempre el oculto.
No la fiebre que no sana.
No el perverso matarife en este país de brumas.
No la boca sin cesar del desterrado.
No el estremecido inquisidor de los huesos.

Golpea la puerta.

¿Quién permanece en el desierto heroico
con las manos calientes?

¿Por qué fui hijastro y huésped del infierno?
Te hablo con la sangre deshecha de los hombres.

Volver al Listado de autores
Jacobo Fijman

¿Quién escarba las huellas de un reino perdido
en el agua de cenizas?

¿Quién, la sombra que vaga en un eterno presente
en que pliego mis voces debajo de esta osambre
hasta la última resurrección?

Tuve entre mis dientes la cabeza de Dios:
inmolé sus harapos.

Oí al almendro, al arce, gemir a las sirvientas,
torturar a los locos, crujir hasta el aliento.

Ciudad perdida en el relámpago, en su frío:
algo rodó por el suelo.

¿Con qué fiebre de vigía infernal
abriste, desde mi noche, las puertas del peligro?

El polvo de la fiesta es un adiós que no soborna.

¿Cómo pronunciaste los siglos que me traen estas aguas,
una alimaña en la sangre del sueño,
la roja idolatría en que me deshabito, y ardo,
y vuelvo con el resplandor de la muerte más lejos.

Una malsana luz se encendió sobre mi cara
y no pude ya respirar.

© Manuel Lozano