Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Calor

Como todos los años, durante todos los días, en cada una de sus 24 horas, el lugar era una heladera. Hubo días en los cuales me dio mucho miedo el frío, muy de vez en cuando los cadáveres, o la falsa iluminación, que es más parecida a la penumbra eterna. Más el frío. Si uno tiene sangre bombeando del corazón no puede pasar allí, más de un par de horas. Caso contrario, es porque ya estás acostado, tapado con una sábana, esperando que alguien venga a reconocerte.

Parte de mis obligaciones era la de intentar acompañar a aquella gente que venía a reconocer a algún cuerpo. ¿Qué se hace en un momento así?, ¿Darle café, unas palmaditas en la espalda, y decirle que el fiambre se lo entregaremos en un par de días, enrolladito para que hiciesen con él lo que mas gusten?. Tampoco era para despedirlos en la puerta, como si me hubiesen ido a visitar a mí.

Recuerdo una vez que vino una pareja a reconocer un viejo, que había sido muerto a golpes en un asalto. No sé quién era quien, pero la chica era muy linda. Y las lágrimas que abundantes, corrían por su rostro, no hacían más que embellecerla, aún bajo la luz color cielo que en esos momentos parecía haber. Ni siquiera el dolor que tenía encima suyo la afeaba. La imaginé sin el llanto húmedo, y vestida exactamente igual, aceptando mis embates amorosos, en la misma mesa dónde ahora estaba el viejo muerto. Comencé a preocuparme cuando en mi fantasía la chica estaba fláccida, terriblemente blanca, y tan fría como el sudor que produce el miedo.

Si bien la pasantía en la morgue era parte de la beca que había conseguido para terminar la carrera de medicina, hacía 3 meses que estaba allí, y ya tenía alucinaciones, tenía ganas de irme. Más de alguna vez me vi cerrando la puerta, quitándome el delantal luego de haber comunicado mi decisión. Lo pensaba sobre todo de noche, al irme a dormir. Después soñaba con el frío. Soñaba que estaba encerrado en una heladera. Soñaba que me encontraba de vacaciones, con una hermosa mujer, en la playa y con tanto frio... Me despertaba asustado, y helado. Pero con la firme promesa de que no renunciaría a cambio de dormir tranquilo. Como si algo me mantuviese atado a esa terrible situación de no ver más que muerte, de no sentir más que frío.

Todo un problema el tema de tener una relación, o un noviazgo duradero, teniendo en cuenta la cantidad de prejuicios que hay. Las preguntas, también me molestaban muchas veces las preguntas de algunas personas. Mis amigos me gastaban con frecuencia casi matemática. Todos los días tenía que bancarme los chistes que me hacían. Algunos confieso que me hicieron reír bastante. Pero la mayoría me tenían las pelotas en el subsuelo. Decidí por eso salir menos. Aunque muchas veces, el encierro al que me induje no era más que llevar trabajo a casa, porque tenía que soportar al abuelo, a quién sólo lo diferenciaban de los muertos los constantes pedos, y el gemido corto con que exigía cambio de pañales, y el largo, que significaba hambre o sed.

Las chicas podían mantener su ignorancia respecto a mis labores hasta la mañana siguiente. Aunque las verdades solían aparecer cuando descubrían el calor que había en el departamento, y no precisamente el calor que irradiaba yo. Más de una chica salió apresurada por una falsa excusa tras oir aquella palabra francesa.

Amanda fue especial. No salió corriendo cuando supo mi aparente desdicha. No le importó el calor que había en mi lugar. No me negó los labios cuando yo ardía de deseo. Tampoco hizo renegar sus lágrimas cuando hablaba sobre su vida. La conocí una noche en que me rebelé a mi encierro y salí por mi cuenta a caminar. Entré en una calle paralela a una avenida muy importante en mi barrio. Era la calle más silenciosa que ví en mi vida. Prácticamente no había casas en esos 100 metros, sólo negocios, de los cuales solamente un kiosco pretencioso estaba abierto, esperando ansiosamente la llegada de algún alma insomne. Me acerqué a comprar cigarrillos.

-Buenas noches, un atado de 20 dame.-

-¿De cuales te doy?

Además de los cigarrillos compré una cajita de fósforos. El hecho de prender los fósforos, ver la química que se produce, el chispazo, el chasquido, y finalmente el fuego... la protección. Me gusta mucho más que un insípido encendedor.

-¿Es transitada esta zona a estas horas?, digo, para tener abierto el boliche...

-Si... es porque aca a la vuelta hay un antro... tomá, tu vuelto, gracias-

Acepte la invitación a que me fuera, tomé mis monedas y salí. No supe porque iba al antro ese, pero hacia allí fui luego de encender un faso.

Desde la esquina se veía un cartel, ni siquiera tuve tiempo de mirarlo, porque debajo, entre las sombras de la noche había una que esperaba solitaria.

El pelo rojo le caía sobre la cara, le rozaba los labios negros, y en un acto casi criminal, ocultaba al mundo los ojos verdes más preciosos que ví en mi vida. Tenía la piel blanca. Tan blanca que al principio me dio miedo, la pensé fria. Rato después en mi casa, notaría que no era nada fria, era de un calor abrasante. Recorrí uno a uno los lunares que adornaban su cuerpo.

Cuando la mañana siguiente la sentí respirando al lado mío, tuve la sensación de que era lo que necesitaba para resistir cualquier cosa. Su calor en las mañanas, su desnudez perfecta.

Su atención a mis palabras, su historia, su risa, todo me hacía andar durante el día con tanto calor que no sentía la lluvia, ni siquiera ese día, que llovió de manera apocalíptica.

Yo sabía que las disputas con su madre siempre eran respecto a su padrastro. Sabía de la adicción del tipo, y de la indiferencia de la mina. Siempre supe que si ella se perdía de la vista de esa familia, nunca atinarían a buscarla. Mucho menos se tomarían el trabajo de ir a reconocerla a la morgue. Aquella tarde, al igual que otras tantas, la tuve para mi, solo para mi. Los otros cuerpos nos miraban, tenían los ojos abiertos y muertos, captando mi mirada de nada ante Amanda. También conocía la adicción a las drogas que tenía ella. Incluso alguna vez, en una noche la ví en el baño de mi casa ingiriendo cocaína. Nos fumamos algún porro también. La noche anterior no quedamos en encontrarnos, y ella fue al antro dónde la conocí, para escapar de la borrachera del infeliz del padrastro, y el sueño en vida de la madre.

Ahora tengo que irme, a declarar a la comisaría, voy a verle la cara de nuevo al kiosquero, dicen que él le disparó, aburrido de verle la cara a esa gente rara que paraba a la vuelta. Pobre tipo, tenía el kiosco abierto para escaparle a la mujercita. Andá a saber el quilombo que tenía.

Termino de tapar a Amanda, no creo que vuelva a ver sus lunares, ni a sentir su calor. Dejo el insulso cuarto, frío. Voy dispuesto a no volver más, ya no tengo miedo. Nunca me pasó nada, todo es pura ficción, pura fantasía, pura superstición. Amanda, allí recostada estaba totalmente fría. Entonces no hay razón para temerle. Ya no tengo más miedo. Ni al frio, ni a la soledad, ni a los muertos. Antes de llegar a la puerta, los dedos congelados toman mi cuello, siento las uñas como mármol afilado, abriendo mi piel, y la sangre que comienza a bajar como si fuese hielo por mi espalda. Sin embargo no forcejeo, simplemente sigo mi camino, y doy un portazo, sin siquiera atinar a darle una oportunidad al miedo.

© Francisco Leal