Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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La llamada de la sangre

Mis manos recorrían su espalda. Jamás volví a sentir una suavidad semejante. Su perfume. Su cabello. Su geografía sin igual, algo nunca visto.
Nuestros cuerpos chocaban, se mezclaban y fundían en uno.
Sentir su aliento. Su interior. Rozar su alma.

Hoy, su aliento ya no está. Toda su belleza habita en una triste porción de madera. Me quede solo.
De esto ya pasaron un par de semanas. No puedo precisar cuantas. Realmente no puedo. Tuvo que cruzársele un maldito auto.
El momento en el que me dieron la noticia estaba en mi trabajo. La voz quebrada de su padre. El llanto, el desconcierto. Sentí la presión del destino sobre mí y comprendí lo inferior que era ante él.
No lloré en el entierro. Pensé en lo miserable que era por la frialdad que le demostraba a los demás. El control que fluía de mi rostro.

Sí, claro.

Esa noche, mi hermano me llevó a casa. Me senté en mi sillón favorito, en la oscuridad.
Entonces, caí a la tierra. Ella se había ido. Nunca más me apoyaría en su pecho y escucharía el latido de su corazón.

y lloré, de verdad lloré.

Las semanas siguientes significaron un gran vacío en mi vida. Cumplía con mi rutina diaria: trabajar, almorzar, facultad, ir a casa, cenar y dormir. Nada me importaba. Simplemente estaba ahí. Como si fuera una accidente, paradójicamente. La vida seguía su curso natural. pero,

Ya no había vida en mi. No existían más los sueños de casamiento, ni de hijos, ni nada. Ya no había más felicidad. Realmente la amaba y hubiera dado cualquier cosa, cualquiera, por cambiar ese maldito día en el que todo terminó.

Había días en los que le hablaba, si tal comida le había gustado o tal película le había parecido aburrida. Me había cerrado a la vida, al mundo. Había perdido, en ese tiempo gris, mi vocación, mi razón de ser. Una mitad mía se había ido y estaba perdiendo la otra.

y en esos momentos, uno pierde la cabeza.

Me dediqué al alcohol. Casi olvidé lo que era dormir. Recorría las calles de la ciudad por las noches, conviviendo con esa raza extraña de personajes que existen a esas horas. Lloré en cada rincón de la ciudad. Y, entonces, todo pasó. Siempre pensé que estuve en el lugar equivocado o que simplemente, me eligió. Tiempo más tarde, comprendí que, en realidad, yo lo había buscado.

Estaba sentado en la barra de algún bar. se me acercó.

-¿Triste bebe? – me dijo, al sentarse a mi lado

Cualquier otra frase me hubiera hecho ignorarla, pero era ella. Con el cuerpo de esa rubia que me miraba.

-¿Perdón? – pregunté
-no estés triste – dijo

Nos miramos un instante. Se levantó y se alejó de mí. La gente parecía abrirse paso ante su andar. Al llegar a la puerta, sin detenerse, se volteó para mirarme. Noté esa sonrisa que, aún hoy, está impregnada a mi desolación. Sentí un impulso frenético por alcanzarla. Debía ir tras ella. Corrí hacia la puerta. Había gente por todas partes. Perdí mi sentido de orientación. Llegué a dudar si podría atravesar ese mar de gente. Todo giraba grotescamente. Pensé que caería y me devorarían vivo.

-¿Por qué tardaste tanto? – me dijo, tendiéndome su mano.

Otra vez esa sonrisa. Tomó mi mano y me sacó de ahí.

Me llevó a su casa. Era un piso con vista al río. Estaba decorado minimalistamente y con unos tonos que daban la sensación de estar en una celda de metal.

Hacia frío en ese lugar, demasiado frío.

-¿Lo preferís con hielo?- me preguntó señalándome la botella de escocés.

Tomé el vaso que me sirvió. Me senté cerca de la ventana. Mientras bebía el trago, ella se sentó junto a mí. Tendió sus brazos por mi espalda y comenzó a acariciar mi cabello.

-Esto es un error – dije mientras me levantaba- perdóname pero...
-Viniste por que sabés que puedo ayudarte- me interrumpió.

La miré. Ella permanecía sentada. Dejé el vaso sobre una mesa y caminé hacia la puerta.

-Puedo hacer que vuelva- me dijo, parada bloqueando la puerta.
-¿Cómo hiciste...?- atiné a decir.

Se acercó a mí rodeándome con sus delgados brazos, cruzándolos por detrás de mí, atrayendo mis labios contra los suyos.

-Tranquilo, no muerdo- me susurró al oído.

y otra vez esa sonrisa.

Con Julieta estuvimos juntos unos cuatro años. La conocí en la playa, gracias a mi hermano menor, quien me convenció para que pasara ese verano junto a él.

Íbamos dando una vuelta por la zona donde el tenia su casa.

- algo me dice que estás aburrido- me dijo.
-no, nada que ver- le contesté - es un lugar ideal para descansar
-no sabés mentir- me dijo - ¿qué te parece si te presento a la belleza de este balneario de tercera edad?
-ahora nos estamos entendiendo- le contesté. y ambos reímos

El resto se fue dando como si fuera lo más natural del mundo. Tuvimos buenos y malos momentos. Supongo que éramos jóvenes y, en consecuencia, fuimos aprendiendo juntos lo que era esto de amar a una persona. Aunque debo reconocer que ella lo aprendió más rápido.

Tuve que perderla para comprender esto. Para entender cuanto la quería. ¿Cuánto daría para cambiar el destino?. Realmente, ¿cuánto?. Di todo. Esa fue mi respuesta. Desafié el orden natural de las cosas y acá estoy ahora. Comprendiendo con lo que estuve jugando.

Desafiando las reglas en ese maldito loft con vista al río.

Dios, realmente hace frío acá, pensé. Ni siquiera la proximidad de su cuerpo al mío hacia que sintiera calor. Ella con sus brazos alrededor de mi cuello. Sentía rozar su cuerpo contra el mío. Como se entreabrían sus labios rojos. Su aliento chocando el mío.

-relajate- me susurró- te voy a dar lo que querés.

Sentí mis piernas aflojarse. La imagen de july se me vino a la mente.

-si, lo que estás pensando- me dijo.

Mis piernas se doblaban. Todo giraba alrededor. La realidad giraba cada vez más rápido. El piso se abría ante mí.

-pero antes... - volvió a susurrarme.

Sentí que cientos de brazos emergían del suelo, me tomaban y tiraban de mí. arrastrándome a su condena.

-tenés que hacer algo por mí...

No sé cuanto tiempo dormí y menos como llegué a mi casa. Lo único que tenía presente era ese horrible sueño que me había despertado. Esa criatura con sus ojos rojos, sobre mí, moviéndose, gritando palabras en un lenguaje que no conocía.

Notar que mis pertenencias estaban ahí, al despertarme, fue gratificante. Pese a la ligera brisa que reinaba en mi habitación. Pero, en ese instante las huellas de barro en el piso ganaron mi interés. Me levanté de la cama. Algo me dijo que estaba moviéndome demasiado rápido. Fuí hacia la puerta. extendí la mano hacia el picaporte y la abrí.

-Amor, no quise despertarte- dijo Julieta.

Ella estaba ahí. Parada mirándome. Con su vestidito violeta floreado, con sus ojos de miel. Los más dulces del universo. Quedé sin aliento. Dí un paso en su dirección, la abracé y lloré. Lloré como un niño perdido en el bosque al reencontrar los brazos protectores de su padre y la sonrisa de su madre. Lloré, y esa noche volvimos a hacer el amor. Volví a dejarme caer sobre ella y escuchar el latido de su corazón.

No salí del departamento por unas seis semanas. Dejé de trabajar y estudiar. Dedicaba mi tiempo a estar junto a ella. Fueron, tal vez, las semanas más felices de mi vida. Hoy lo entiendo así. Hacíamos el amor todo el día, leíamos libros, mirábamos una y otra vez las películas que guardaba en mi casa. Estábamos juntos de vuelta. Era lo único que realmente importaba. Las únicas cosas que atentaban contra nuestra felicidad, eran esas pesadillas que persistían. Ese ser, que con sus ojos rojos sobre mí, se movía, reía, gemía. Inundándome con su olor fétido, repugnante. Y el frío, ese frío que crecía cada día más.

Pinté cientos de retratos de ella. july sentada, mirando por la ventana, sobre la mesa, desnuda, vestida. Hasta que el departamento parecía teñido de ella.

Paradójicamente, en el momento más feliz de mi vida, comencé a sentir dolores en el pecho. Cada día más fuertes. Las pesadillas eran, también, cada día mas frecuentes. Ya no solo cuando dormía, en cualquier momento aparecía ESO. Se conectaba a mí y me absorbía. Ya se había vuelto una parte de mí, con su sonrisa diabólica.

A los dolores en el pecho, se le sumaron terribles jaquecas. Me caía por la casa. July me cuidaba pero yo, entendía que estuviera ausente. Debía causarle dolor verme así. Ella se ponía de mal humor y casi no hablaba conmigo. Para cuando estuve en una situación crítica de salud, que incluía graves hemorragias y hasta cortes en mi piel que no recordaba con me los había hecho, casi no la veía. Ella estaba ahí, pero solo la escuchaba. Si llegaba arrastrándome hasta la cocina, podía escucharla duchándose en el baño.

Con el tiempo, la idea de morir se me fué haciendo cada vez, más frecuente. La cantidad de sangre que perdía diariamente era casi grotesca. Mi piel se cortaba de nada y los dolores, tanto en el pecho como en la cabeza, eran insoportables. Pero entendía a July, ella no quería verme así. Y estaba seguro de que cuando me llegara el momento, ella me recuperaría, como yo había hecho con ella. Y eso hacía olvidar la sensación de que, la llama de mi vida, se estaba apagando.

Para este momento, casi no me levantaba de la cama. Necesitaba un bastón para movilizarme. Pero, july seguía ahí, al menos en mis dibujos. Sentía como sus ojos me miraban y cuidaban a través de los retratos. Lo único que quedaba con energía, en mi vida, era esa criatura que venia a absorber mi espíritu.

Sí que llovió aquella noche. Casi no podía escuchar mis pensamientos por los malditos truenos. Gotas de lluvia inmensas intentaban perforar las paredes del departamento y solo me dejaban la esperanza, de que de una buena vez, nada se les interpusiera en su camino y que por fin me llevaran a la muerte. Golpeaban la puerta. Una y otra vez. El ruido de esta, al romperse, me estremeció. Una figura se paró frente a mí en el umbral de mi habitación.

-¿July? – susurré.
-¡dios mío! – exclamó la figura.

Era mi hermano. Se acercó hasta la cama donde yacía mi cuerpo moribundo.

-dios... – dijo, conteniendo las lagrimas- ¿qué pasó?.

Estiré mi brazo y lo tomé dificultosamente del hombro. Me le acerqué para que pudiera escucharme.

-no te preocupes... -susurré- July está para cuidarme...
-¿Qué decís?.
-solo que ahora está ocupada...
-¡¡¡Julieta está muerta!!!- me gritó
-¡¡¡No, no está muerta!!- repliqué con mi último aliento y señalé las paredes- ¿no vés los dibujos?

Mi hermano comenzó a llorar.

-tengo que llamar un doctor- dijo

Presencié desde mi lecho de muerte como un golpe le daba fin a mi hermano. La oscuridad me devoró. Un frío intenso cubrió todo a su paso. Y ahí estaba ella.

Con sus ojos rojos, su lacio pelo rubio, su fétido olor. Se subió en mi, de nuevo a llenarse de mi vida. Acaricié sus labios. Ella lo disfrutaba, vaya si lo disfrutaba. no iba a dejarme tan rápido, pensé

-no tan rápido como ella- me susurró al oído.- no tan rápido.

Entonces, acá estoy. Encerrado en una habitación. Sin ventanas, solo ese frío intenso. Sin más visitas que la de ella, cuando se le antoja alimentarse de mí... o reírse de mí. Ya que yo cumplí mi parte del pacto, entregándole mi alma. Mientras que ella, solo cuando se apiadaba de mí, devolvía a Julieta. En mis sueños.

Y el único problema es, que ya no sueño tan seguido.

© Nicolás Martínez Lage