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Tino

Nunca pensé en una lagrima como el resumen de una historia.

Mi hijo y yo estamos sentados en el hall de una muy paqueta clínica, frente a nosotros tenemos la mesa de recepción de pacientes para la sala de guardia; vemos tres puertas, una blanca grande, la de la sala de guardia y dos vidriadas en la parte superior. La primera deja ver un pasillo que termina en un codo por el que desaparecen y aparecen todo tipo de empleados no médicos del establecimiento. La segunda no deja ver nada, es la de los médicos, porque la parte vidriada está pintada. Hacia nuestra derecha , hay un pasillo que lleva a las salas de internación de la planta baja, casi en la intersección de ese pasillo y el hall en el que estamos hay una máquina expendedora de gaseosas en latas. El ambiente es claro y confortable, la decoración del hall es sobria, la conforman dos cuadros grandes que dan paz, una mesita ratona en la que hay material para leer, bancos y maceteros de madera pintados de blanco, iguales a los que están en uno de los cuadros. El piso es de cerámica al porcelanato, está tan limpio y brillante que me puedo ver en él, no es casualidad, el encargado de la limpieza de ese sector parece un perro de presa no dispuesto a permitir la menor mácula y desorden en su sector; permanentemente limpia los pisos con una especie de escobillón chato, repasa una y otra vez la mesita ratona ordenando el material de lectura. Por lo que puedo ver su sector abarca, el hall en el que estamos y el pasillo que lleva a las salan de internación, o sea que su visión se ve interrumpida por el codo. Cualquier ruidito de papel de envoltorio de algo que después pueda ser tirado es objeto de su inmediata atención, sus ojos lo imagino como los de Terminator que le indica el objeto a tener en cuenta, identifica la locación exacta del posible infractor y trasgresor de la higiene, quedándose cerca de la espera del suceso, creo que sus oídos llegarían a detectar el ruido que haría el papel al caer al piso. Cada vez que es accionada la expendedora de gaseosas, no estando él a la vista, aparece como por acto de magia para localizar la zona que puede quedar perturbada por una lata de gaseosa fuera de lugar, hecho esto, si su tarea lo requiere dasaparece y como si tuviera cronometrado el tiempo que se tarda en consumir el líquido aparece para retirar la lata y tirarla en el tacho habilitado a tal fin, no me quiero levantar para ver el interior pero me imagino que todas las latas deben estar acomodadas en perfecto orden. Todos los asientos están ocupados por pacientes como mi hijo y yo, que esperamos ser atendidos por un médico o son visitas de los internados en las salas de la planta baja. Sin prestar mayor atención si está el encargado de la limpieza desenvuelvo un caramelo, mo lo pongo en la boca y para no levantarme guardo el papel en el bolsillo, de reojo veo a Terminator cerca de mí mirando mi entorno, sus computarizados ojos deben estar buscando desesperadamente el papel, merodea unos segundos y se va, dispuesto a amenizar mi espera saco el papel del bolsillo, lo estrujo y lo meto otra vez en el, Terminator, de inmediato se dio vuelta, escrutó mi espacio circundante, siento que me mira, se da media vuelta y hace el ademán de irse, repito otra vez la operación del papel, otra vez lo tengo a mi lado, esta vez levanto mis ojos y nuestras miradas se encuentran, me imagino una escena de las viejas películas de caw boys en la que los duelista se miran a los ojos para captar el mas mínimo movimiento de su contrincante. Decido abandonar el juego y respetuosamente le entrego el papel, su cara se distendió, agradeció como si hubiera recibido una propina, llevo el papel hasta cesto y lo arrojo en él, mientras lo hacia su mirada circunscribió a todos los presentes, su gesto es el de un maestro que hace una demostración de actitud a seguir, hecho esto desapareció.

La espera se hace eterna, ya no se que hacer, nunca entendí para que los médicos tienen sus agendas o para que hacen pedir turnos si nunca los respetan y hacen pasar, antes que a uno, a un montón de gente que, por lo general ni esperan, llegan y entran y uno afuera esperando y tratando de matar el tiempo con todo aquello que ayude a amenizar la espera. En el hall hay un movimiento importante de gente y a pesar de ello no hay bullicio que tape a los médicos que se asoman llamando a algún paciente, o puede ser que uno ya está tan podrido de esperar que desarrolla un sentido muy fino para captar su nombre en cualquier lugar en el que se lo nombre. Pasan los que van y vienen de las salas de internación, los que entran y salen de la sala de guardia, los que hacen trámites en la recepción, el tráfico de mucamas, ordenanzas, camilleros, enfermeros, personal de limpieza, los de vigilancia y otros más. El otro tráfico, de mayor nivel, son los médicos residentes, por lo general estos andan en cuarta y finalmente el trafico lo cierran los médicos de consultorios externos, esos vienen generalmente en segunda entorpeciendo todo, caminan muy agrandados, generalmente con los guardapolvos abiertos, el estetoscopio en el bolsillo, los de guardia lo llevan en el cuello como si fueran bufandas, estos no; miran a la gente como si estuvieran subidos a un mangrullo, les importa un comino lo que marcan los relojes ellos tienen uno propio. Uno de los médicos de guardia, un gordo culón, hace el recorrido puerta sala de guardia puerta vidriada pintada con mucha frecuencia. Mi hijo descubre que la ropa de los residentes es de un blanco casi transparente, permite ver la ropa interior que llevan. Nuevo entretenimiento, establecer quien usa el calzoncillo más ridículo, lamentablemente la ropa de las doctoras no es igual, sería otra la diversión. El gordo culón es el ganador por amplio margen, su calzoncillo tiene grandes margaritas blancas y amarillas sobre un fondo azul, el segundo puesto fue para otro médico que usa un decoroso slip bordó, el motivo de su puesto lo da el hecho de ser tan peludo, es un lobizón, le salen pelos de la nariz, orejas, del escote de su casaca asoma un ramillete de negros pelos, usa barba y bigote en el único lugar donde carece del filamento epidérmico es en la cabeza, que contrasentido ¿No?. El tercer puesto lo logró un médico al que apodamos perrito de departamento, chiquito, modosito, prolijito de voz aflautada, sus calzoncillos son la sobriedad, rayitas verticales rojas, blancas y azules no vi si en algún lado están las estrellas para formar la bandera Norteamericana, están armaditos, seguro que están planchados con apresto. El ídolo indiscutido es el gordo, cada una de sus pasadas es una verdadera fiesta para nuestros ojos y para los de otros pacientes-esperadores como nosotros que por lo visto descubrieron el mismo detalle que mi hijo y yo.

Tan pendiente estuve del gordo culón que no me di cuenta cuando aparecieron tres personas en la mesa de recepción de la guardia; una de ellas es un señor de unos setenta años o más, está en una silla de ruedas, aparentemente de uso circunstancial, viste de entre casa pero con zapatos de salir; la segunda persona es una señora, la esposa del señor, algo más joven y la tercera persona es un señor con síndrome de Dawn, su edad... es tan difícil calcularles la edad, pero por las canas y arrugas calculo que tiene unos cuarenta años. Viste un gabán oscuro, una camisa floreada verde seco, jean y zapatos abotinados, todo él trasunta tristeza, es una figura grotesca parada en el medio del hall. Pocos segundos después aparece un muchacho de unos treinta años que se queda detrás de los tres, parece esperar su turno. El señor de la silla de ruedas, de tez muy pálida , tiene ese gesto y mirada, mezcla de inquietud, por la noticia que puede recibir que quizás lo enfrente a una situación no deseada o a la gran verdad, de impaciencia para que todo se defina de una buena vez y de esperanza de tener una nueva oportunidad; recordé a mi padre cuando en una circunstancia parecida me miró a los ojos y con la calma de cuando el pensamiento no tiene cabida para ninguna especulación porque se vive una realidad me dijo " Hijo, esto es el comienzo de mi final". La mujer hace trámites en la mesa de recepción, se da vuelta y dirigiéndose al señor Dawn le dice " Tino, dame los carnes" Tino responde solícitamente entregándole una carterita que lleva celosamente bajo el brazo derecho, quedando al lado de quién, por el cierto parecido, puede ser su padre.

Tino lo mira con ternura. Terminados los trámites la mujer vuelve a darse vuelta, se percata que está el otro muchacho detrás, lo mira, sus ojos parecen decir " ¡A... Viniste!", en un claro sentido de reproche, seguidamente le dice a Tino "Papá y yo vamos a entrar, vos esperá aquí" vuelve a mirar al muchacho que no se mueve de donde está. Tino intuye lo que se avecina, se pega a su padre, le besa la cabeza tiernamente, le acomoda mechones de pelo, le acaricia la cara. Su padre no parece darse cuenta de eso, vive otra realidad, está en otra dimensión. Se abre la puerta de la guardia, una enfermera le hace una seña a la señora para que pase, ella aparta, algo bruscamente, a Tino de su padre, toma las manijas de la silla de rueda y desaparece detrás de la puerta de la guardia. Tino está solo, está parado en el medio del hall, en el medio de la marea humana, es un palo clavado en un río, sus ojos que si antes eran tristes, ahora lo son más, me duele su soledad, la gente pasa esquivándolo, el gordo sigue mostrando su ridículo calzoncillo floreado pero ya no me causa ninguna gracia. Tino desorientado mira hacia un lado, luego al otro, su mirada suplicante se clava en la mía, solo por unos segundos, mira hacia atrás y descubre al joven amonestado por su madre, éste sigue con los ojos clavados en el piso, es otro palo clavado en el río al que la gente también esquiva. Creo que la fuerza suplicante de la mirada de Tino le hacen levantar la cara, sus ojos se encuentran, se nota entre ambos un profundo distanciamiento, más por parte del joven que por parte de Tino. No se cuanto mensaje, cuanta historia, reproches, perdones, distancia y no se cuantas cosas más es transmitida en el cruce de miradas, finalmente el muchacho estira su mano, como quien se lo hace a un chico. Tino reacciona de inmediato, acercándose a quien parece ser su hermano menor, si bien este es más alto, sin embargo Tino le pasa una mano por sobre su hombro, queda casi colgado, pero juntos, así se van.

Terminada nuestra consulta, también nosotros salimos de la clínica. Yendo hacia la playa de estacionamiento veo a Tino y a su hermano sentados sobre una paredcita, uno muy junto al otro, conversan, parecen darse fuerza el uno al otro. Verlos así me emocionó y en una lágrima sintetice esta pequeña historia.

© Anatolio Kosluk
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