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Tengo una historia

 

-Yo tengo una historia, dijo el primero, y comenzó a relatar su cuento.

 A él lo escuchaban tres personas. Entonces eran cuatro en total. Ninguno conocía a los demás. Estaban todos sentados alrededor de una mesa redonda. Nada que ver con caballeros ni dioses, sólo cuatro hombres borrachos en el bar de un crucero varado en el medio de algún océano.

-Hace mucho yo creí saber lo que buscaba, siguió el primero. Pensé que lo único que necesitaba era a una mujer, no importaba si era para mí o no. No venía al caso si la amaba o no, solo necesitaba estar en pareja, que me quieran. Alguien me la ofreció, lo único que tuve que hacer fue lograr que mi interés fuese visto. Solo un poco de iniciativa para que la otra persona callera en mi trampa. Era una mujer débil, como yo. Buscaba lo mismo que yo, a veces los polos iguales también se atraen. Ahí creí darme cuenta de que no había reglas ni en el amor ni en la vida. Consecuentemente fue mía y yo fui suyo, aunque no tanto porque yo sabía que ella me amaba profundamente, y también entendí que yo nunca sentiría lo mismo por ella. Por un tiempo lo pude aguantar, era lo que siempre había buscado, era necesitado, buscado, idolatrado.  Pero entonces  mi mente me jugó una mala pasada. Mi corazón quizás. No podía soportar verla entregarse tanto sin que yo pudiese devolverle algo, siquiera una pizca de lo que recibía de su parte. Mi conciencia no me dejó seguir y aunque pude haberme mantenido frío y lujurioso, aprovechándome de su ingenuidad, decidí alejarme, y cuidarla de mí. Hoy no tengo  a nadie. Pero al saber que hice lo correcto me soporto un poco más a mí mismo y no estoy tan solo.

 El hombre concluyó su relato y se recostó sobre el respaldo de la silla sobre la que estaba sentado.

-Muy honorable, agregó otro de los presentes. Cuando no se puede tener a nadie, más vale tenerse a uno mismo. Es una buena enseñanza, siguió. Ahora me toca a mí.

El segundo hombre vació su vaso de whisky y tomó aliento.

-Yo tengo una diferente. Sentía una soledad parecida a la suya, será que el hombre no puede soportar la soledad o la falta de cariño. Pero el caso es que yo sabía que no se puede soportar estar en pareja con alguien que lo ama a uno mientras uno no ame a esa persona. Al saber eso busqué amar, muy simple. Falsos sentimientos sobraron el camino de mi odisea, imaginé amores tan efímeros como la vida de una perfecta mariposa, creí amar a cada mujer que me presentaban, pero pronto volvía a la realidad. Un día, un perfecto día conocí a la mujer de mi vida. Su cabeza recorría los mismos laberintos que la mía para llegar a gemelas conclusiones. No me costó nada pasar el tiempo que pasé con ella, y fue mucho. Me dediqué enteramente a rendirle culto. No tenía nada que perder, sólo podía ganar el premio mayor. No necesitaba nada más que a ella. Caminar a su lado me era suficiente para pasar un rato impecable. Pero mi lucidez era tan pequeña como mi felicidad antes de conocerla. La locura que me dominaba no me dejó ver lo más triste de esta historia. Ella no me amaba, no podía hacerlo aunque quisiera. Aquella premisa que yo acepté y puse como condición para mi búsqueda, ahora la acosaba a ella. Parecía que podía amar a cualquiera menos a mí. Eso me puso triste, y a ella también. Un día nos despedimos con la satisfacción de habernos conocido. Nunca nos olvidaríamos, y acá estoy, recordándola una vez más.

Aquel hombre lloró en silencio.

La tristeza de un hombre desolado no es superada por ninguna angustia femenina. Ellas lo saben, y es todo parte del juego. Llore tranquilo, que para eso está aquí, dijo un tercer ser.

-Creo que me toca a mí señores, susurró ese mismo, y habló.

-A mí no me han buscado y no he encontrado. No sé lo que es el amor. Tengo mis años y todavía dudo que exista tal cosa. Me siento tonto de vez en cuando. Pero tengo muchos amigos que me alientan a seguir. Pero aún así tengo mucho miedo. No tengo miedo de no encontrar la dicha sensación. Tengo terror porque no sé qué es lo que estoy luchando por encontrar. Es peor no saber a lo que uno se enfrenta que tenerlo delante de uno. Por lo menos en tal situación uno puede pensar y buscar soluciones ya que es consciente de las dimensiones y del poder de su enemigo. Sólo sé que logra que los hombres cometan actos de locura y digan cosas sin sentido. Que algunos renuncien a incontables cosas, que pierdan amigos o que se muden a lugares lejanos sólo para perseguir aquella aparente fuente de vitalidad. Hasta mueren, dejan su vida en el camino por el tan ansiado amor. De chico pensé que lo había alcanzado porque me habían contado que uno siente cosquillas en el estómago cuando se enamora. Pero eran solo eso, cosquillas, me rasqué y todo pasó. Por la única mujer que me arriesgaría es por mi madre, ese amor conozco, el amor familiar, el incondicional, pero no el adquirido, no el enamoramiento, eso no. Me he acostado con incontables mujeres, pero a ninguna extraño. Tampoco me han vuelto a llamar, algo debo tener, o algo me falta. Y acá estoy, lamentándome por algo que no conozco, increíble.

Aquel señor hizo silencio y todos miraron en dirección del cuarto.

-No. No digo nada. Porque si el amor me va a hacer arriesgar, desechar y arruinar tantas cosas, ¿Para qué buscarlo? Sé que me dirán que también trae cosas hermosas, lo sé. Pero entonces que venga a mí. ¿Qué importa si lo he sentido o no a lo largo de mi vida? No todos los amores son iguales. ¿Quién sabe si lo que yo sentí y llamo amor es lo mismo que lo que ustedes hoy describen? Sé que existe y que vendrá. A todos nos ataca alguna vez. ¿Pero para qué buscarlo? Así encontrarán resultados como los que ustedes han contado. Dos antagónicos y uno terrible. Amar y no ser amado. Recibir amor y no poder dar lo mismo a cambio. Buscarlo y no encontrarlo. Pero tampoco esperaré sentado. No correré porque me perderé de muchas cosas. Caminaré, tranquilo, concluyó.

Aquel cuarto hombre se levantó de su silla y se fue hacia la barra, caminando, tranquilo.

© Juan Manuel Fontán
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