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Miserere

Ser la revancha de todos aquellos
que la pelearon al lado, de cerca o muy lejos
y no pudieron reír sin llorar…

(“Rocanroles sin destino”, Callejeros)

Era viernes 30 de diciembre y hacía mucho calor. Salí de trabajar alrededor de las seis de la tarde y, mientras cruzaba la avenida Alem con una amiga, le comenté que esa noche quizás iba a un recital de Callejeros. Era una banda de rock que seguía con fanatismo. Cuando llegué a casa, me sentía cansada y con muchísimo calor. Estaba mi hermano Pepe con dos amigos (Germán y Shumi) haciendo “la previa” en el cuarto de Pepe. Ante mi duda sobre qué hacer, Pepe me dijo que la iba a pasar bárbaro, que él había estado el día anterior y había sido una verdadera fiesta. Decidí ir, y me quedé un rato en la habitación de Pepe escuchando Callejeros con ellos y tomando un poco de cerveza.

Antes de arrancar pasamos por el cuarto de papá y mamá a saludarlos, estaban en la cama con el aire acondicionado, viendo tele. Nos dijeron que tuviéramos cuidado, me acuerdo de haber visto mucha preocupación en los ojos de los dos, pero la tomé como la que mostraban siempre antes de vernos salir. Pepe tenía veinte años, yo veinticuatro.

Finalmente, partimos los cuatro hacia República Cromañón, un boliche situado en el corazón del barrio de Once, a media cuadra de Plaza Miserere y de la estación de trenes. Nos tomamos un taxi, y en el viaje hablamos de las vacaciones. Antes de bajar les comenté que tenía ganas de ir al baño y que lo iba a hacer apenas entráramos; me aconsejaron que mejor fuera a un bar que quedaba a la vuelta del boliche (La Chevecha). Menos mal. Siempre pienso que si hubiera pasado al baño en Cromañón, nunca habría salido.

Ya en la calle nos acercamos a la puerta para hacer la fila, ¡había muchísima gente! Me impresionó la aglomeración que colmaba la cuadra y los alrededores. El calor era sofocante. Serían las nueve de la noche o un poco más tarde. Delante de nosotros, en la fila, conversamos con una chica que quería entrar con una bengala. Nos preguntó si el control era muy estricto. Pepe y los amigos, que ya habían estado la noche anterior, le dijeron que eran bastante severos, que tuviera cuidado. Ella resolvió que la escondería bajo la remera. Ni se le notaba. Para entrar, me separé por unos minutos de los chicos, ya que los controles nos dividían en hombres y mujeres. Me hicieron sacar las zapatillas, me palparon y pasé, para reencontrarme con los chicos.

Mi primera impresión fue rara, no cabía ni un alfiler ahí adentro. Sentí temor al ver tanta gente amontonada. Y el calor… Escuché una voz que decía: “Somos tres mil personas acá, tengamos la fiesta en paz y no hagamos boludeces porque nos podemos morir todos.” Me dio más miedo. Le pedí a Pepe que nos quedáramos cerca de la entrada, pero él dijo que había un lugar del otro lado cerca de un ventilador. Cruzamos hasta la otra punta. La puerta quedó lejos.

Empezó a tocar Callejeros, y todos a saltar y a bailar. Me acuerdo claramente de la sonrisa de mi hermano Pepe en el momento en que arrancó la banda. De repente, en el segundo tema, se cortó la música. Pensé que iban a pedirnos que apagáramos las bengalas. Pero no. De pronto vi eso que se me grabó para siempre y que me provocó pavor: la media sombra del techo se había prendido fuego. Creo que todos miramos hacia arriba al mismo tiempo. Y entonces se produjo el aullido, un grito de desesperación en masa.

La gente empezó a moverse o a tratar de moverse, lo que era casi imposible. Pepe me agarró fuerte de la mano y nos indicó que fuéramos hacia el escenario; yo me puse firme y lo arrastré en dirección contraria, hacia la puerta por la que habíamos entrado. Sentí que había que ir para allí, tal vez porque era la única puerta que conocía. La gente empujaba tan fuerte que mi mano se soltó de la de Pepe, y lo perdí entre la multitud. Ese momento debe haber sido el peor de todos, y de mi vida.

Gracias a Dios lo tenía a Shumi, que se quedó pegado a mí todo el tiempo. A Germán lo perdimos. Había que avanzar como fuera, a los empujones, a los manotazos. Pasamos casi por debajo del fuego, que todavía no se había apagado. Era tanta la fuerza de la masa que caí y Shumi me levantó. Se cortó la luz. Durante segundos perdí la conciencia del tiempo. No se veía nada de nada, sólo se escuchaba: “Me muero, me muero…” Alguien dijo: “Se apagó el fuego”. Y enseguida otro respondió: “¡Pero hay humo!” Y sí. El humo era la muerte. Empezamos a respirarlo, era muy negro. Te penetraba y te dejaba sin aire. Las puertas estaban cerradas. Shumi me alentaba a que resistiera, pero yo ya no tenía fuerzas y ya no avanzábamos. Me repetía: “Rezá, rezá”. Y yo le hacía caso. Le pedí a mi madrina Ana, que se había muerto hacía poco, que por favor nos sacara de ésa. Pensaba que papá y mamá no podían perder a dos hijos al mismo tiempo y de aquella manera. Shumi me hablaba y me hablaba, me decía que íbamos a salir, que faltaba poco, y fue su voz la que me hizo aguantar. Hubo un momento de rendición, donde pedí perdón por mis pecados. Siempre imaginé que, llegado el caso, lo iba a hacer. Y así fue. Creí que mi final era ése: en ese lugar y en ese momento.

El humo me iba atontando más y más.

De pronto vimos una luz que venía desde afuera. ¡Habían abierto la puerta! Salíamos como animales, uno arriba del otro, algunos quedaban en el camino. Shumi me empujó y me ordenó que saliera. Lo logré. Entonces me vi afuera del infierno: viva, pero sola. Sin zapatillas y toda negra. Temblé, lloré y caminé, pronunciando “Pepe” absurdamente, como si así fuera a encontrar a mi hermano. Todos gritábamos nombres. En un momento junto con otros me tiré en la calle unos segundos para recuperar el aire. Un señor me dijo: “¡Saliste! Tranquila…” Y me prestó su celular. Yo tenía un número de teléfono en un papel en el bolsillo, de un amigo con el que iba a salir esa noche, y lo llamé sin saber qué decirle. Le repetía desesperada: “¡Mi hermanoooo!!!”

Volví a caminar como una loca, quería entrar al boliche, pero me daba cuenta de que no tenía sentido (nada lo tenía). Mi hermano. Lo había perdido al principio de todo y no tenía idea dónde podía estar. Me quedé parada ahí, en la puerta del hotel que está al lado de Cromañón, llorando y hablando sola.

Y de repente lo vi: Pepe venía caminando hacia mí. Venía con Shumi. Volví a vivir. Éste debe haber sido uno de los momentos más felices de mi existencia. Lo abracé con toda la fuerza del mundo, los dos lloramos. Él me dijo: “Para salir tuve que pisar a alguien…” Estaba cargado de culpa. Yo no quería que me dejara nunca más. Y Shumi que me había salvado la vida y Germán que no aparecía.

En un rapto de lucidez se me ocurrió llamar a casa desde un teléfono público.

- Hola pa, quería avisarte que estamos bien.

- ¿Juana? ¿Pero por qué? ¿Qué pasó?

- Se incendió el lugar en donde estábamos, ya salimos, no te preocupes.

Papá estaba dormido y confundido. Cuando prendió la televisión, todos los canales transmitían lo mismo: la plaza, el caos, el horror. Salió corriendo a buscarnos. Mamá decidió quedarse para recibirnos, imaginando cómo estaríamos.

Yo estaba sentada en el cordón de la vereda, mirando sin ver, extraña a todo y a todos. No estaba ahí, supongo. Cuerpos enormes y diminutos iban siendo extraídos del boliche. Todos semidesnudos, yo ni sabía si estaban vivos. Los ubicaban en la vereda uno al lado del otro. Los mismos sobrevivientes entraban una y otra vez al lugar y salían cargando gente. Me imaginé que el infierno debía de parecerse mucho a eso.

En el medio de la pesadilla, distinguí a mi papá. Desorbitado, caminaba en dirección a Cromañón. Lo pude interceptar antes de que entrara. Supongo que le costó reconocerme, tan negra, tan lastimada… tan “otra”. Le pedí por favor que buscara a Pepe, que me había ordenado que me quedara donde estaba mientras él ayudaba a sacar a la gente. Lo vimos: venía con Shumi y otras personas cargando sobre los hombros a un chico. Ya había ambulancias, no sé cuántas. Cordones humanos, millones de gritos, bidones de agua, corridas, sirenas. Locura.

Papá me obligó a volver a casa. Mamá me recibió llena de piedad y tristeza. Una vez escribió su impresión al vernos llegar: “Llegaron a casa negros, lastimados, Pepe sin remera, Juana sin zapatillas, los nervios en la piel, la mirada en cualquier parte, la fe perdida.”

Unas horas más tarde, nos avisaron que Germán había sido encontrado en un hospital, también estaba vivo y casi no necesitaba atención médica. Lo había rescatado un bombero. Nos habíamos salvado los cuatro.

Manchita

© Juana Roggero
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