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El cuento de un amor truncado

El cuento que va a leer muy probablemente ya lo habrá leído o escuchado miles, millones de veces, incluso es más que probable que lo haya vivido una o más de una vez, decenas, cientos, miles de ellas. Nada especial, es, simple y llanamente, el cuento de un amor truncado.
Tan real como cotidiano.
Tan cotidiano como antiguo.

La conoció una tarde rara, triste, fría, cerrada, distante, desnuda, dormida, una de esas tardes de final de verano que se escurre y te atrapa por sorpresa en la desolación de un parque deshaciéndose y por el que no puedes hacer ya nada.

Él era muy niño todavía -apenas quince años- pero paseaba tranquilo junto a Raquel, como la tarde un poco triste también quizás, pero no más que en los últimos días.

Las cosas no marchaban bien, no, e iba pensando en ello y al levantar la mirada, bajo el nublado, compactándose, la vio. Ella estaba al final del camino, en un banco verde, despintado y roto, sentada encima como sobre ruinas, acurrucada y algo asustada, muda, incluso lloraba un poco disimulándose sus lágrimas entre las gotas de lluvia que empezaban a caer del gris enloqueciéndose, y en su mano había lo que de lejos le pareció un papel arrugado o una piedra.

Raquel se quedó atrás, alejándose buscaba un lugar donde cobijarse, Él se acercó, la tomó entre sus manos y la empujó a levantarse, la vio tan tierna que un sentimiento muy profundo le ayudó a darle un beso y a acariciarle la mejilla y a abrazarla muy fuerte, tanto como le permitieron sus cortos brazos, y todo fue como si el contenido de aquel papel, aquella despedida escrita, hubiese tomado vida y Ella, ya no pudo más… lloró… ahora sí… lloró… lloró de verdad… abiertamente… lloró como lo hacen aquéllos que no están vacíos por dentro… bajo la lluvia… lloraba…

"por qué, por qué lloras, mujer, por qué", preguntó.
"por amor, mi niño", contestó Ella, "sólo por amor"…

y aunque Él la entendió perfectamente, no supo qué responder a ello… mas con otra lágrima.

Y todavía hoy, mucho tiempo después, siento que no he podido olvidarlo. Por eso, siempre, al ver una carta o una nota de Raquel a mí dirigida tiemblo y no la abro, ni menos aún la leo: salgo corriendo, como desde entonces, siempre en su busca.

© Jose Manuel Martín Álvarez