Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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La Balada del Capitán

[ Capítulo I ]

Garfio se retorcía sobre el camastro. No podía dormir y en su cabeza sólo una imagen revoloteaba constantemente: Campanilla. No sabía que podía significar aquello y su viejo corazón blindado le decía cosas extrañas. Le hablaba de deseo, le hablaba de añoranzas, le hablaba de dolor. Desde que aquella pequeña joya se fue volando, nada había vuelto a ser igual. Se había acostumbrado a notar aquella diminuta presencia a su lado, a sentir su furia primero, su abatimiento después y al final la resignación de quien sabe que no hay mas opciones que la espera. Su voz suave empezó a entonar canciones y melodías desconocidas para él; transmitían sobretodo añoranza de algo perdido y a medida que pasaban los días se le hizo insoportable la idea de continuar reteniéndola. Decidió dejarla en libertad y le dijo: - vuelve con Peter y si alguna vez quieres regresar y cantar para mi un rato, ya sabes donde está mi barco... - Era rudo, un pirata de la vieja usanza y apenas sabía cómo tratar a una mujer y mucho menos a una diminuta hada capaz de volar sobre estrellas de colores, pero algo dentro de él se removía. Y ese despertar hasta ahora desconocido, dolía. Mucho. Demasiado.

Ella no volvió y pasaron noches y días y recuerdos y estrellas. La tristeza invadía su alma, ¡Pobre Garfio!, enamorado de una entelequia, echando de menos a alguien que cabía en su mano. Todos en el barco murmuraban - ¿¡Que tiene nuestro capitán?! El azote de las tierras de Nunca Jamás ya no ríe, no se emborracha, no pelea, no tiene interés en abordar veleros fantasma, en quemar islotes... - Y lo único que era capaz de hacer era esperar los atardeceres, mirando el horizonte, mientras escuchaba las olas del mar, intentando sacar de su cabeza aquellas melodías, consumiéndose. Ni siquiera se había dado cuenta, pero estaba enamorado. Por primera vez en su vida, sin remedio. No entendía que era imposible, ni siquiera se lo planteaba. Todo el mundo sabe que las hadas son seres imprevisibles, capaces de las peores trastadas, con sentimientos ajenos a todo lo humano, misterios del mundo sin comprensión posible y, sin embargo, una pequeña esperanza alimentaba su alma: si ese pequeño ser luminoso sentía algo por al abominable Peter Pan, quizás algún día sería capaz de hacerlo por él, y volaría a su alrededor y tejería dulces tonadas que confortaran su espíritu...

Una mañana despertó de su letargo - ¡¡¡Arriad las velas!!! ¡¡¡Bergantes del diablo!!! ¡¡¡A todo trapo!!! - y la tripulación, feliz por volver de nuevo a la acción, cantaba viejas canciones de corsarios entusiastas del ron y la sal... Y navegaron por mares conocidos y desconocidos durante semanas y divisaron extraños monstruos en la distancia que lanzaban fuego por las fauces, y ballenas blancas y enormes calamares les hicieron trabajar duro porque navegaban constantemente al filo del abismo. En ese trayecto encontraron, asaltaron y robaron varios galeones repletos de doblones y rubíes. La sangre volvía a correr por sus venas y la excitación de la aventura hizo olvidar a todos el pasado: sólo existía el presente, el ahora, lo inmediato del riesgo, de la posibilidad de no estar vivo en los próximos minutos... Durante aquel periplo extraño de sus vidas, mientras se internaban en lo desconocido y surcaban los mares de lo imposible, avistaron costas de países con edificios de singular construcción y banderas multicolor y tuvieron que escapar de flotas capaces de tejer complejas maniobras sobre el agua, verdaderos ejercicios de danza sincronizada.

Exhaustos, ebrios de tanta emoción, deslizaban el buque de forma silenciosa sobre las estelas del sol al caer la noche. El silencio de las olas del mar y los crujidos de la madera invadía sus seres, haciendo languidecer sus corazones y de pronto... una melodía, primero lejana pero ganando cercanía, que fue inundando el barco de proa a popa. Voces melifluas, ejecutando contradanzas y filigranas sonoras, que captaban la atención de forma inevitable, hipnotizando las voluntades, desechando la cordura. Cuando Garfio quiso reaccionar fue demasiado tarde y el bajel se precipitaba sobre los acantilados rocosos sin posibilidad de evitar el desastre... Al despertar el regusto amargo de la sal lo invadía todo. Después de unos momentos de confusión pudo concentrar su mirada y su atención sobre la extensa playa en la que se encontraba. Cerca de allí unas raras figuras lo observaban con curiosidad. ¡¡¡Sirenas!!!. Era cierto que existían, era cierto que sus cantos provocaban desastres, era cierto que podían cautivar voluntades y torcer destinos y manipular las almas de los marinos...

[Capítulo II]

"Camino entre las paredes de esta celda. Contemplo los tenues rayos de luz que envía el sol al caer el día y que se deslizan por entre las paredes manchadas de recuerdos, del paso de los días, de impaciencia atroz. Hay goteras y humedad por todas partes y un catre agónico al fondo, incomodo hasta la saciedad y barrotes oxidados y miles de recuerdos flotando en el aire, alimentando a las ratas de la desesperación que pululan ante los ojos de mi alma, royendo hasta el último resquicio de cordura que queda en mi interior... ¡Qué lejos queda el mar! ¡Que lejos el sabor amargo del salitre! ¡Que lejos las incertidumbres y las ansias de navegar por nuevos territorios desconocidos! Ahora tengo que navegar por mares interiores y sortear los escollos del miedo, los acantilados de mis recuerdos entre las brumas, las aguas bajas de la culpabilidad, los vientos alisios de la locura.

Sólo queda una noche, un suspiro entre la puesta y la nueva salida del sol, la misma distancia que existe entre estar vivo o parecerlo y estar muerto, surcando la eternidad, colgado del palo de la horca, escarnio de piratas, malhechores y malas raleas. ¡Garfio, Garfio, jamás debiste huir, jamás debiste escapar de tu sino! Jamás debiste aceptar las apuestas siniestras de aquellas sirenas con forma de ángel, capaces de engatusar tus sentidos pero, sabes bien, jamás tu corazón. Caíste en la trampa de la realidad y por un breve momento creíste poder vencer al universo, a las-cosas-cómo-son. Ahora, cuando ya es tarde, el velo se aparta, y las mentiras escuecen sobre las heridas de tu piel, y la falsedad es tan evidente que tienes ganas de llorar. ¡Ay, amigo! Cuanto darías por volver a esa extraña Tierra de Nunca Jamás y recuperar ese espíritu lúdico que todo lo impregnaba, y volver a ser uno contigo mismo y combatir al estúpido Peter Pan y su horda de ineptos enanos. Ni siquiera te importaría que Campanilla volviera a hacerte cosquillas con su polvo de estrellas y que tus estornudos se volvieran a oír desde el otro lado de la isla... Campanilla... Me parecen cien, quizás mil, los años de soledad que he tenido que soportar desde que no estás junto a mi, desde aquel último día, desde aquella última triste melodía. Pero ahora ya no me importa, porque he recuperado la cordura y aunque sé que jamás volveré a ese extraño lugar, que creía fruto de mi imaginación, ahora sé que existe y que una vez estuve allí..."

 

Garfio murió en la horca. Era un día gris del año 1721 en cualquier fortín español de la costa americana. Su cuerpo estuvo todo el día a merced del viento y al anochecer, cuando el sol raya el horizonte, desapareció. Algunas leyendas cuentan que un extraño polvo de estrellas salió del mar y envolvió su cuerpo. Seguramente habladurías de marinos ebrios de ron...

In Memoriam.

© Juan Carlos Cuevas