Compañerismo fatal

La rubia aquella, a la que ya le había augurado horrorosos tipos de muerte, no cesaba el soliloquio del otro lado de la estancia. Derrochaba oseas, escomoqués y porahípasalacosas detrás de unos anteojos que no servían ni a miopes o présbitas, ni a hipermétropes o astigmáticos, ni a ninguna otra deficiencia proparoxítona. Esteban se enfurecía ensimismado en el pupitre. Observaba a los demás en busca de la reconfortante complicidad, pero no hacían nada. ¿Por qué no dicen ni mu? O aunque sea una mirada, un suspiro. ¿Soy el único a quien esta puta reventada irrita?, pensaba.

Cada tanto un engominado (o ignominioso) rompía con los vómitos de la rubia, pero sólo para apoyarla en sus decires y tirarse pedos por la boca para provocar la risa de quienes no sabían reír.

Esteban sintió que no estaba solo en ese infierno cuando vio a una muchacha que rezongaba más allá. Empero, aquella no refunfuñaba por la rubia ni su secuaz, sino que estaba enfadada con su aparato y lo golpeaba contra el escritorio. Tanto lo golpeó que el aparato comenzó a chillar como un cerdo. La muchacha se sonrojó, se levantó de su asiento y salió de la sala. Esteban siguió escuchando el aparato un tiempo más: se esperanzaba con que ese ruido reemplazara al otro. Pero el baladro dejó de oírse y otra vez sopa. Se preguntó si no estaría siendo un poco intolerante, como se lo había sugerido su psicólogo, el cara de tortuga. Sin embargo, un tipoqué ligado a un loqueentendiyó y un enunlapsodetiempo regurgitados por la rubia lo enervaron. Fuera de sí, se paró.

-¡Son todos una mierda! –gritó y salió de la sala ante la mirada estupefacta de los presentes.

Jamás volvió a entrar. También dejó de ir al psicólogo y se suicidó a los pocos días, veinte minutos después de asesinar a una jubilada con un diccionario.

 

© Javier Laquidara
 
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