Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Silencios

Escucho a oscuras los silencios que has dejado,
tan fríos y azulados que se antojan irreales.
Silencios que de noche parecen desiguales,
silencios alejados, como ecos del pasado.

Escucho a solas los compases que hoy no tocas,
parecen tristes olas, que añoran sus luceros.
Noche-nueva oscura, de semblantes insinceros,
quebrantas mi cordura y los sueños desenfocas.

Escucho en la noche tus matices inaudibles,
redobles que son broche de mágicas canciones;
sonidos de antaño, hoy regresan impasibles.

Escucho en mis recuerdos rogarte mil perdones,
y respondes sin palabras, palabras terribles,
palabras que no saben que tú eres todas mis razones.

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¡Qué bueno!

¡Qué bueno que existas!
que hagas las cosas sencillas,
que te pueda contar el día
y besarte sin parar.

¡Qué bueno que existas!
que bueno saber que me quieres;
que estás ahí, que no te irás
y abrazarte al regresar.

¡Qué bueno que existas!
que aparezcas en mis sueños;
que aparezca yo en los tuyos
y éstos sigan al despertar.

¡Qué bueno que existas!
que tu ilusión sea la mía;
que mi vida sea nuestra
y ya no esperar más.

¡Qué bueno que existas!
que me hables con la mirada;
que te responda sin palabras
y no se vaya a terminar.

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Los otros

En los océanos de la mentira,
donde apenas alcanza la mirada,
se encuentra una nave extraviada,
repleta de almas a la deriva.

El pequeño Hadmed ya no respira,
y su madre llora desconsolada.
Ojos tibios y expresión helada…
apenas una lágrima escondida.

Tragedias griegas en el desayuno,
noticias que no hablan de nosotros:
huevos fritos con bacon y un zumo.

Laderas verdes, caballos y potros…
Por nacer en el lugar oportuno,
casi olvido que soy como los otros.

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Venganza

Maestro en el arte de la espera,
adueñado y sometido por mi odio;
cada paso es un nuevo episodio,
que me aproxima a la acción certera.

Permanezco tranquilo a tu vera,
se diría, soy tu ángel custodio;
mas pensar lo cercano del podio,
exalta mi sangre sobremanera.

Me revuelco entre mi propia ira,
y llego a llorar de satisfacción,
viéndome arrancarte la vida.

Destello de rabia en mi corazón:
lento estoque y obscena herida,
derrama tu suerte con mi punzón.

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Ausencias

Cuando tú no estás,
el aire no se mueve
y solamente pienso:
¿cuándo volverás?

Cuando tú no estás,
el tiempo se detiene
y lo único que siento
es no poderte abrazar.

Cuando tú no estás,
un vacío lo llena todo,
y es mi único deseo
quererte un poco más.

Cuando tú no estás,
yo tampoco estoy;
nada hay, nadie está
cuando tú no estás.

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Esta mañana

Esta mañana al despertar
y ver tu tierna sonrisa;
al sentir tus suaves caricias
y rozar tu piel hermosa.

Esta mañana,

supe que todas las lágrimas,
que todas las decepciones,
todos los llantos y golpes
valieron la pena, porque

esta mañana,

he descubierto que la felicidad,
la Felicidad —cariño mío—,
la felicidad es cada instante,
cada momento, junto a ti.

Esta mañana,

esta mañana… ¡ah! esta mañana.
¡Qué no habría hecho yo esta mañana!,
quise darte un abrazo infinito,
y fundirme contigo, esta mañana.

Esta mañana…

esta mañana no tendrá tarde,
ni nubes, ni noche, ni horas,
ni otra que se le parezca.
Esta mañana será siempre.

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Soñarte

Cerré los ojos y te soñé,
no esperaba dormir,
—y mucho menos soñar—,
tan sólo cerré los ojos
y te soñé.

Ni siquiera era de noche
—dormitaba por hastío—,
cansado de sólo imaginarte,
harto de tu vacío,
recordando este futuro.

Llegué incluso a creer,
que así como yo a ti te soñaba,
me soñabas tú también…
que nuestros sueños tenían lugar,
aunque sólo fuera entre tú y yo.

Habré soñado tantas veces
tu mirada, tu ternura y tus abrazos,
tus palabras, tu cariño y tus cabellos,
que si algún día llegaran a faltarme,
no volvería a despertar.

Cerré los ojos y te soñé,
no esperaba dormir,
—y mucho menos soñar—,
tan sólo cerré los ojos
y te soñé.

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Instantes después de treinta años de
vacío, treinta años de espera, treinta
áños a cual más convencido de que
no podías ser sólo un sueño…

Iluminas hoy cada rincón de mi vida,
gris y oscura, fría e inmóvil. Sin ti
nada sería igual; nada sería lo que
ahora es… como si no hubiera Sol,
como una vida sin recuerdos,
infinitas horas de nada, y nada que
olvidar. Que suerte que estés tú.

 Jaume d'Urgell, retrato de Dimitri Sutyagin

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La foto

Sólo es una foto.
Una foto de periódico.
La foto de un extraño,
ajeno, lejano, irreal.

Sólo es una foto,
la misma foto de siempre.
Esa foto.
La foto.

Sólo es una foto,
y las fotos no lloran,
ni tienen miedo,
ni hambre.

Sólo es una foto.
Es la foto de un niño
que mira al objetivo
y no ve a nadie.

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Miradas

Te miro y no te veo,
y me oyes, pero no.
Me quieres y te quiero,
pero verte… eso no.

Nos vemos sin mirarnos,
perdidos a lo lejos.
Gritamos sin saber,
si hablamos a la vez.

Me miras y no me ves,
y te oigo, pero no.
Te quiero y me quieres,
pero verme… eso no.

Quiéreme, alma mía,
que sin ti muero cada día;
tu mirada son mis ojos,
y tus palabras… la vida.

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Un mar de sueños

A veces, cuando no estás,
observo esa ventana
de añil —ya blanco—,
en la que guardas el mar.

Y hago como que olvido,
como que no existes…
que no sé quien eres,
ni conozco tus manos.

Y en verdad no sé quien eres,
no sé, ni si no eres,
ni donde estás… si estás.
Porque no sé nada de ti.

Entonces, lloro a escondidas,
porque los días pasan,
porque el tiempo se va,
y porque me duele la vida.

Porque a veces, cuando no estás,
oigo cristales que se me rompen
y me hieren entre las sombras,
a resguardo de mi vergüenza.

Entonces, la ventana te añora,
y mis lágrimas se mezclan
con las del mar…
el mar, que tú mirabas.

Porque sucede que a veces,
a veces, vivir me cuesta tanto,
que noto que tu ventana me mira,
y sonríe confiada, y me canta:

“…Ya sé que estoy piantao,
piantao, piantao;
yo miro a Buenos aires,
el nido de un gorrión…”.

Entonces, me acobardo,
dejo de llorar,
me oculto de mi alma,
y aún pienso que… pero no.

Entonces, regreso al trabajo,
frente al mar -pero sin él-,
junto a la vieja ventana,
esperando la nada, sentado.

Será que lloro para nadie,
será que no sé llorar,
que la razón no me encuentra
y el mar… ¡ah! el mar.

Mas, me queda tu recuerdo…
y aquel añil -ya blanco-
de tu vieja ventana.
¡Casandra de madera!

Me quedan las gaviotas
—supongo—, y la brea…
y me queda la silla,
y las paredes oscuras.

Y me quedo yo, sin ti;
triste, junto al mar triste,
porque el mar te echa de menos,
como solo el mar puede sentir.

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Argentina

Así como las
rosas derraman con sus
gotas el
embrujo de
nuestro despertar; así
te siento yacer hoy,
inerte sobre la
nieve que los
Andes besarán.

Delirio creativo,
edén azul y austral.

Montes esmeraldas,
inabarcables a la razón.

Cien mil veces me
oirán, tu nombre
recitar:
“Argentina, Argentina…”.
Zaguán del paraíso,
ondea tu Sol al viento;
¡nunca vuelvas a llorar!

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¿por qué?

Hablas de amor,
amor;
con palabras que ignoras
si llegan a mi orilla;
con destellos que no sabes
si alguna vez veré.

Hablas de amor,
tal vez;
sin saber lo que es amar,
amor;
sin pensar que tus palabras
no son nada…
nada más.

Hablas de amor
—amor—,
y practicas mi final;
un simple adiós
a media voz,
por las palabras…
que no dirás.

© Jaume d'Urgell
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