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La pastilla

Anselmo contemplaba en silencio la redondez opaca de la pastilla. Esa mañana como a las seis una súbita neuralgia lo había regurgitado del sueño desencadenando un ardor punzante y trágico a la altura de los parietales. Envuelto en la seda húmeda del verano se había arrastrado por los dos tercios de la habitación, por el tercio del pasillo que conducía al baño, y se había desplomado frente a la puerta. Allí pensó que era el fin, que el veinte de junio por fin había llegado. Al notar el calor que entraba por el tragaluz del baño se dio cuenta de que era absurda la idea de que la muerte le había jugado una sosa broma, y que había elegido llegar en verano para despacharlo desprevenido, sin defensas.

Como pudo se irguió ayudándose con el lavamanos y disipó con irritación la sospecha. No había muerto. Del final esperado solamente había arañado el color de la cara. La vida seguía ahí, corrompiéndole el cuerpo. Se arrancó entonces con desaire una sonrisa y empezó a maldecir a Dios y a los santos. Maldijo al tiempo que lo mantenía en suma a los setenta y nueve años. A la medicina que aumentaba año a año la expectativa de vida. Y de que él, que tenía expectativas, pero de muerte, no podía acceder al olvido del obituario como cualquier mortal. Todo por Dios, sus santos y esa ciencia de cuarta que lo mantenía vivo a contramano.

Mientras se miraba en el espejo del botiquín se acordó de las recomendaciones del médico: “si tiene dolores de cabeza repentinos, solamente tómese un analgésico, después acuéstese con las piernas hacia arriba y listo” Pensó en las reverencias y las maldiciones y se dispuso a la búsqueda.

A medida que revolvía en los cajones, un reflejo de dolor le bajó como una gota de agua helada por las vértebras. Pensó de nuevo en el fin próximo, y apuró la búsqueda. Media hora después Anselmo bañado en sudor empezó a desesperarse. Un simple analgésico a esa altura, dibujaba en la habitación una tenue línea entre la vida, la muerte, y la desesperación. Línea que le surcaba la cara de oreja a oreja como una sonrisa y que se desprendía de él para alcanzar la otra pared. Ansió entonces con locura la narcosis del opio que en años de infancia mitigaba cualquier dolor. Cualquier dolencia, incluso las del alma. Se fijó en el fondo del último cajón, y al no encontrar nada se rindió al color naranja del amanecer que se desnudaba de a poco por el tragaluz. Tendió la mano como intentando asir la pata de la cama y se durmió. La intensidad de la búsqueda había sido demasiada.

Cuando despertó sintió las plantas de los pies adormecidas. Le temblaban las manos, y un hilo de saliva le asomaba de las comisuras. Se negó a la posibilidad de la pérdida, y retomó, renovado el ánimo. Lejos le sonaron las maldiciones, y a medida que se acercaba al baño, como a tropezones, recordó el lugar.

Apurado por el dolor, que de a poco mientras dormía le había tomado los brazos y las manos, agarró la caja de pastillas que descansaba inerte en el botiquín del baño. Llenó un vaso de agua, y tomó la pequeña pastilla blanca entre los dedos. Suspiró largamente, contempló en silencio su redondez opaca y en una breve ceremonia la tragó acompañada de un sorbo de agua. El dolor a los minutos se había desvanecido. Anselmo se quedó en silencio, tranquilo. Nunca supo que la pastilla en realidad era para la próstata. Tampoco se dio cuenta de que eran las doce menos diez de la noche.

 

© Horacio Altamirano
 
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