Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Arqué y Telos (II)

Aunque en retrospección, para él
"¿Qualis artifex pereo?"
Nerón

Nada queda ya, no puedo dormitar tranquila mientras los grillos luchan y se matan...
Esta esencia dorada que nace y bala por tu ausencia.
Este molino blanco de aspas ambarinas que urde en urgencia.
-Y la hamaca paraguaya del balcón que se mece vacía
y las manecillas del reloj que señalan con su dedo acusador: las dos del otoño-.

Silban unos pocos con su rostro de sangre coagulada
y yo grito, miro, redescubro y me abstraigo,
colijo las perlas húmedas de mi cara
que se desescaman y ruedan, ruedan, ruedan,
y giran giran sobre el humus humeante de esta batalla secular
que sabe a eras.

Las sonatas se desencadenan como un aquelarre de inexactas mentiras
y en el entremés escupen hormiguitas con pañales sucios.
-Los aristócratas vomitan, los arlequines satirizan,
los políticos se injurian, los niños gorjean-.

Vuelvo hacia el terraplén para buscar al tren,
donde la calavera ríe con sus huesos bailotiantes
y
sin embargo
veo el sol que brilla entre sus hendiduras de médula y carmín,
salto sobre ella, nos hundimos en el carbón que se queja "tú, tú"
levanto mi levita, y le saco su fémur, la hago añicos a estacazos,
le quito el gabán de paño y remolino y me visto de muerte y me armo de futuro.

Grito: "¡¡¡¡Poesía, Poesía!!!!", victoriosa, desencajada, mártir, genocida;
y allá, en la arena, una nécora fósil
festeja arrebujando el silbido del fagot que aguarda
que aguarda que mi beso bese los besos de los pies de tus caminos,
y crezca el cáñamo en el muelle, y una partera con cara de Javier o San Ignacio
me ayude a dar a luz esta palabra que tiene lumbre en sus entrañas
esta palabra marginada, petulante, adulada, burlada, ignorada
que puja, que rompe, que cruje, que maúlla
que intenta ser raíz, leche y sombra

yo soy una semilla que circunda la escollera
planto totoras
y pregunto otra vez
por qué cómo dónde cuándo

***

Adoro a las nubes de la siesta vestidas con su traje de oro y algarabía sosegada
-ellas me esculpen el alma con su copeta de agua-
me interrogan, ¡me acribillan sus aguerridos esbirros!
-mientras tanto, tic tac, los conminados del mundo duermen-.

Las nubes de la siesta son muchedumbre mansa
aguantan, pero en celo son viejas malas y envidiosas
que pueden congratularse por saberme sollozar,
como sollozan los muertos,
como sollozan ellas
cuando el sol les manosea, roza y rasca el pubis desgastado
y sus sedimentos y sus negros fuegos genitales
y no se deja ver, y se agazapa,
sin testigos entre los manglares
de los suntuosos Océanos de la esfinge de Tetis,
donde unos niños juegan a la mancha y corren-corren
y buscan en el sol algún secreto;
pero Urano está jugando a las chanchadas;
entonces, se persiguen, se persignan allí,
en esa alcantarilla que hace las veces de destino y de cabaña tibia,
donde aletean por la varita mágica que no aterriza en las aldeas de la villa de Atahualpa
pero que continúa reprochando y enviando destellos desde lejos "tú, tú"
-a veces es yanqui y dice "too, too" (finge morderse la lengua y su retardo)-.

Y los negritos que ríen y ríen con su tambor a cuestas
y un chinito que toca un timbal, bang bang,
y un griego que le hurta sonidos al caparazón de una tortuga marina
y otro griego que arriesga su lira en los infiernos

y.. ¿Y nosotros? ¿Nosotros, los de carne y hueso? -me preguntas.
Nosotros, ah, nosotros, plástico carnal que se hace res en el establo.
Nos tienen señalados, y arremeten: "¡Al matadero! ¡Al matadero si aguantan!"
y si pensamos no nos dicen nada,
nos hacen guillotina y luego agua,

agua
para el vampiro, que jadea y que babea porque sediento está
y ve cómo viran sobre su eje los ojos espantosos de la muerte
como una bestia obnubilada, devorada por la gula
hambrienta

© Amalia Inés Gieschen