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Mamá, comer. moneda

Traé dos pesos de kerosene y un paquete de fideos”, le dijo Norma a su hijo. Él aún llevaba el delantal puesto.

Matías caminó por la calle de tierra con la cabeza gacha pateando piedritas.

Al pasar por la gomería, don José lo saludó. Sólo cuando el hombre repitió el saludo, Matías respondió levantando la mano. No soportaba a ese viejo bonachón que tanto lo quería.

Cuando regresó en la radio sonaba un tema de Gilda: “Fuiste”. Su madre fumaba sentada sobre un cajón de cerveza. Norma tiene un pasado triste como sus ojos.

El niño de ocho años sacó de su mochila un autito de plástico y se puso a jugar ensimismado sobre la única cama que había en el lugar. El catre estaba cubierto por una colcha roja descolorida.

Después de apagar el cigarrillo y de tirar la colilla en una bolsa con basura, Norma vacío el combustible del bidón en el tanque de bronce del calentador BRAM-METAL, la aguja comenzó a desplazarse hacia la derecha y la llama a arder en un intenso azul, con la cacerola como sombrero.

Desde la base de la olla, pequeñas gotas empezaron a desprenderse buscando la superficie. Al rato, Norma cortó de manera prolija el celofán del paquete y volcó la mitad del contenido en el agua agitada en ebullición. Revolvió con una cuchara durante el primer minuto y dijo: “En los ochenta fueron los churrascos, en los noventa el arroz. Ésta es la década de los fideos”.

Luego de colar la pasta y adicionarle un poco de aceite, comieron. Durante el almuerzo la madre fue la encargada de preguntar y el hijo de responder. Cómo te fue en el colegio. Bien, me saqué un diez con estrellitas. Te dieron tareas. No. Vas a jugar al fútbol después. Sí. Hoy tenés ganas que vayamos. Sí. A que hora te parece. A las cuatro.

Se levantó de la mesa; se puso un gorro viejo, en el logo gastado y haciendo esfuerzo podía leerse Cargil; agarró la pelota y se fue corriendo a “la canchita”.

Matías volvió a las tres y media de la tarde. Norma puso agua fría hasta la mitad del balde y agregó la que hervía en la olla. En uno de los cuatro rincones de la casa de chapa rectangular, una cortina escondía un fuentón donde se paró Matías desnudo. El pibe no se quejó por frío que su piel evidenciaba. Después de bañarse, se vistió con una muda de ropa limpia y un chullo, único regalo que guardaba de su padre ausente.

Antes de salir la madre le preguntó si había agarrado todo. El niño asintió con la cabeza y para asegurarse tocó con la mano derecha el bolsillo de la campera que lo cubría hasta el cuello.

Caminaron por la calle de tierra, Matías iba pateando piedritas.

Al pasar por la gomería, don José los saludó. Sólo la mujer respondió.

Subieron al 98, la mayoría de los lugares estaban libres. Norma se ubicó a la derecha donde los asientos eran sólo para uno. Matías recibió el abrazo cálido de su madre y se sentó encima de ella.

En Plaza Misserere tomaron la línea A de subte y, luego de combinar con la D, se bajaron en la estación Plaza Italia.

Como en una película ya vista de la tele, siempre en Plaza Italia. Norma se acomoda en uno de los bancos en el medio del andén. Es el mismo banco en el que se sienta desde hace algunos años. En el que piensa que se sentará mañana, aunque no quiera, pero si no queda otra, mañana estará allí sentada. Entonces, ahora Matías la besa, la besa y corre, Matías corre a tomar la formación que va hasta Catedral. Se sube y la voz empieza a confundirse con el crujido de las ruedas sobre los rieles, sólo se distinguen algunas palabras: MAMÁ, COMER, MONEDA. Desde el bolsillo de la campera saca las estampitas que va dejando sobre la falda de los que viajan sentados.

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Desocupación

Alias: “El Negro”. Raúl, como su abuelo materno, Argentino por ser el primer hijo que tuvo en estas tierras el italiano Fabio Roberto Ragoni.

Causa: suicidio. La mañana del 25 de mayo de 2002 se ahorcó en casa de sus padres, en Berazategui. Tenía cuarenta y dos años.

En el barrio recuerdan a Raúl Argentino “El Negro” Ragoni (padre de Matías) como una persona adusta. Norma sostiene: “Era un buen tipo, muy noble, que no expresaba sus sentimientos. Matías se acuerda perfectamente, tenía cuatro años. El problema comenzó cuando lo despidieron (era operario en una fábrica de bolsas y bobinas). Eso fue en octubre de 2001. Se deprimió mucho y empezó a tomar. En ésa época se había puesto violento”.

Mientras da profundas pitadas a un cigarrillo, la mujer dice: “Si yo vendo en el subte gano cinco pesos por día. El pibe saca entre quince y veinte. Sé que no es lugar para que esté Matías, yo quiero que él estudie. ¿Pero que querés que haga?, ¿que vaya a meter la mano entre la basura?, ¿vos la meterías?”, y agrega: “Me cansé de buscar laburo. Te juro que hice de todo para que no trabaje”. Don José. La gomería. Veinte pesos. La piel se le derrite a causa de la edad. La baba. Veinte pesos.

 

© Ezequiel Ghione
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