Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Mi florencia

El tiempo comienza ahora. No hay noticia de una historia sin tiempo. Y para inventar el tiempo... ¿qué mejor que hacerlo contando una historia? Entonces empieza hoy, digamos ya o hace un par de palabras. Juan se levanta temprano y... No, no, muy trillado. ¿Cómo lo voy a despertar si ni siquiera estaba durmiendo? O podría ser que estuviera durmiendo. Igualmente, empezar con que se despierta... Bueno, no sé cuándo empieza, pero de todos modos va a la escuela. No, Juan no, mejor va a ser que sea Florencia, porque creo que necesitaría que fuera mujer para... ah no, eso no te lo puedo decir; pero no te preocupes, ya lo vas a saber más adelante. En realidad, no veo por qué no puedas saberlo ahora pero es posible que prefieras no saberlo hasta el final, entonces por las dudas no te lo digo. Si querés saberlo leé el final, o un poco antes. Mejor no te adelantes, todavía no lo armé y no sé adónde va a ir. No me gustan los lectores apresurados. Después, cuando lo tenga más o menos estructurado y sepa dónde va, quién te dice no cambie el principio y te lo diga ahora, evitando todas estas líneas inútiles. Pero no nos adelantemos, todavía no empecé y ya te estoy hablando de un final que yo mismo desconozco.

En fin, Florencia va a la escuela. Pero mientras yo siga demorando la historia, se va a atrasar y va a llegar tarde. Mejor le digo que se apure, o la puedo apurar yo. ¡Apurate! Se apura. Ah, en realidad no necesito apurarla. ¡Si yo puedo hacer que no esté apurada! No me había dado cuenta, no estoy muy canchero en esto de inventar historias. Podría darle a Florencia una máquina del tiempo, pero desvirtuaría un poco el relato. ¿Y cómo va a la escuela? No sé, llega y punto. Florencia va a la escuela y llega puntual (eso es poder de síntesis).

Nuevo problema: ¿para qué fue a la escuela? Claro, como toda nena de nueve años (¿te conté que tenía nueve años?) tiene que ir a la escuela. Pero mi pregunta se refiere a que debería haber un motivo por el cual yo la hago ir a la escuela. ¿Debería? Zafo un poquito más si digo que no, más fácil ¿viste? Anotá, táctica del autor: no causalidad para eludir la necesidad de darle un sentido a la historia. Bastará con que yo diga que va a la escuela para que vaya (o al menos eso espero). Conclusión: Florencia va a la escuela porque va a la escuela y con el fin de ir a la escuela.

A partir de ahora dejémosla actuar a ella. Yo tenía algo pensado para más adelante, pero mejor permitamos que haga lo que quiera, no la presionemos. Después de todo no quiero coartarle la libertad y ser acusado de esclavizarla. Let it be, que vaya a la escuela y haga un poco de sociales con sus amiguitos; soy un padre permisivo. Lo que haga en la escuela no me importa, si querés inventalo vos. Yo la paso a buscar a la salida. Quiero saber como se menean sus rizos al paso que las baldosas de la calle, una a una, van quedando atrás.

Para todas aquellas Florencias que a los nueve años salen de la escuela decididas a atravesar el aire, es allí cuando se descubre algo curioso en él; cuando se comprueba lo amplio que es "el aire", mientras que sólo su plural denota singularidad. Hay aires de salida del colegio, aires de botón de plástico, aires de zurplunto y aires de hoy 3 pm. Florencia se perdía entre los aires pero no sabía bien cuáles. Florencia, nueve años y ya con estas boludeces. ¡Cuántas derrotas tiene la lírica reservadas para ella! Pero toda derrota tiene su derrotero (je) y, para seguirlo, tiene que caminar. Pongámosle calor, porque yo tengo frío y prefiero saber que allá (¿adónde?) hace calor. Florencia y su remerita, la pollera del colegio. Florencia y sus pies que besan la calle, sus zapatitos que se amoldan a un paso ya programado. Florencia mueve los dedos, practicando un truco con la tabla del nueve. Florencia sabe que camina para llegar, pero no camina para llegar. Florencia se pasa una mano por el pelo. Florencia dobla una esquina que no tendría que doblar.

Mi falta de sentido común había querido darle a Florencia el nombre de Juan. ¡Pero si es tan claro que Juan no tiene nueve años! Más allá de su aspecto, el cual desconozco, me consta que su mirada no tiene nueve años. Démosle, para ser un poco más precisos, entre veintidós y cincuenta y tres. La calle es oscura e intransitada. Se trata de uno de esos pasajes mal pensados, que debería ser mano para el otro lado para que a algún auto le fuera útil tomarlo. Y tampoco los peatones se interesan por él. El almacén está casi siempre vacío, aunque la mayoría de los que doblan esa esquina lo hacen para entrar en él. Es probable que Juan sea el almacenero o que esté solo en el almacén por simple coincidencia.

La mirada de Juan es de las que buscan, por eso no me gusta que vuelva la cara hacia mi Florencia cuando ella entra al almacén. El ingreso de Florencia es la entrada de una lágrima de inocencia, es la presencia de dos ojitos que ya tienen algo de mujer. El olor a Florencia no aparece en los vinos ni las cajas de galletitas. Sus labios no se conocen. Los dedos no se mueven en el tiempo y su cuerpo está más atrasado que mi reloj. Florencia se llaman dos tetillas que todavía no prometen, pero que tienen un cierto sabor a futuro. Florencia es un pubis angelical.

¡Basta! Esa manía que tienen las historias de írseme de las manos es casi tan desagradable como cuando quedan delegadas a la administración exclusiva de éstas. ¡Cómo voy a permitir esa descripción pretenciosa! ¡Cómo yo, un hombre derecho, voy a dar lugar a la entrada de semejante suciedad en mi historia! En mi historia. A veces mis dedos cumplen el papel de motor. Escriben rápido y de vez en cuando los pesco intentando cosas que nunca les pedí. No puedo decir que pequen de intentar la libertad, no es eso un pecado para mí; pero todo dominador debe saber cuidarse de sus vasallos. No debí haber aprendido a escribir sin mirar. Ahora se sienten más libres, creen que no los vigilo y pueden hacer lo que quieran. De ahora en más debo ser precavido y tomar las riendas de esta historia. ¿Pero no son acaso las manos mi medio para tomar las riendas? Lloraría de no ser porque las necesito para secarme las lágrimas. ¿Cómo recuperar el control si se niegan tan rotundamente a oprimir la tecla "delete", si su orgullo a tanto llega?

No te alarmes, esto fue un mero juego literario: el control parte de mí. Sería estúpido creer que pudieran quitármelo mis manos, como si no fueran mías. Es cuestión de dejar que Florencia se defienda sola, su edad no le implica cobardía. Así, cuando Juan la mire, sus labios de nena no tendrán más que pedir un alfajor. Y cuando escuche el precio y saque el monedero para pagar, sólo le restará ese intercambio de bienes necesariamente desorganizado, y salir y caminar y llegar. El intercambio tiene esa duda entre el recibir y dar o el dar y recibir. Florencia recibe y da. Pero parece que los cincuenta centavos no son suficientes, pues la mano de Juan retiene la suya junto con las monedas, contacto que no forma parte del protocolo del intercambio. Ella guarda el alfajor en la mochila con su otra mano y, como el gesto de cortesía no le cae mal, intercambia algunas palabras no estrictamente necesarias con el hombre de sonrisa amigable. Éste, que dice llamarse Juan, la invita a pasar al depósito en el que tiene un globo terráqueo, ya que al parecer, a ella tanto le interesa la geografía.

Hay muchas cosas que los nueve años de Florencia no entienden, pero tanto vos como yo sabemos que Juan no se interesa por la geografía. Pese a lo amplia que es la geografía de las llanuras, la geografía cuya falta de turbulencias no se animó aún a generar colinas, la geografía de esas breves parcelas de tierra que no muestran nada exótico ni conocen nada no sabido. Sin embargo, esas asociaciones son demasiado poéticas para Juan, al mismo tiempo que vanas. Él sabe lo que quiere. Y yo también debería saberlo... pero no es tan fácil, uno no puede estar en todo. "¿Uno no puede estar en todo?" ¡Ay musa mía, diosa de la insuficiencia de mis pretextos, dame el valor para decidir tantos destinos! Porque un fantasma se apodera de mi Florencia y mezcla sus promesas de gloria con un hombre que no conseguirá más que llamarse Juan. No puede ser que su destino no me pertenezca. ¿Pero acaso soy yo quien decide su comportamiento? ¿Soy lo suficientemente autor para determinar que el nombre Florencia se refiere a una nena y no a un renacuajo? ¿Es posible que yo sea aquél que inventó el concepto de hombre para atribuírselo a Juan? Mis dudas me avergüenzan: sí, soy yo. Y yo soy quien debe solucionar aquellas barbaridades que habré escrito, imagino, inconscientemente. Inconsciente pero siempre yo, ¿quién más si no?

Todo hombre, cuando piensa en su Florencia, no puede menos que emocionarse. No tengo que preocuparme por esto: es normal que me duela su peligro. Y un padre que siente tanto afecto por su hija debe cuidarla y protegerla, debe hacerla saber que es especial. Ojo, tampoco la malcriemos. Es probable que vos prefieras que yo escriba su tranquila partida del almacén, su llegada a casa, su felices y perdices rimando con hermosa mediocridad. Pero no puedo eludir mi paternidad, es necesario enseñarle a que se valga por sus propios medios. Estoy de acuerdo en que no tendría por qué haberle permitido entrar al almacén, no es para una nena ese callejón de mala muerte. Pero la solución no está en la chatura de la simplificación, necesito un recurso más creativo... ¡Lo tengo! Fijate esta forma de no dañar a mi Flor: ya no tiene nueve años, es mucho mayor y se puede defender. Ahora tengo a mi cargo una nueva vida, una vida mucho más sólida que la anterior. ¡Qué mejor manera de probar que el poder aún es mío! Sus destinos me pertenecen y están a mi cargo. Insólito creer en mis manos, ridículos los fantasmas. ¿Qué edad? Me gusta el número dieciséis.

Siento una enorme intriga por conocer la reacción de Juan al verla. Él se llevó a su depósito una nena; cuando dé media vuelta se encontrará con una mujer. Juan da media vuelta y se encuentra con una mujer. Pero sus ojos no se dirigen a ella. Y las manos que deberían sostener un globo terráqueo me muestran un CD de los Rolling Stones. Aún sin mirarla, él manipula un equipo de música hasta que éste hace sonar la música, acerca de la cual imagino que habrían estado hablando. Está bien, los cambios son sutiles, no me molestan, son míos; los Rolling Stones son más apropiados que la geografía para una chica de dieciséis. Sigo esperando que la mire, que vea cómo tamicé el negro de su pelo, que sienta lo irresistibles que quedan sus pechos con la arcilla que yo mismo amasé. Cuando la vea, sus ojos encontrarán los míos, quedará desconcertado y me temerá. Juan levanta la cabeza al ritmo que la guitarra empieza a sonar desde los parlantes. Mira descuidadamente a los ojos a Florencia, como quien ve algo por enésima vez. Algo curioso en el número N es que la vez enésima nunca es la primera. Pero vos sos testigo de que Juan no pudo haberla visto antes, se tendría que sorprender. ¿Acaso no puedo yo hacer que se sorprenda? No tendría sentido; si no pude ser original para él, merezco su indiferencia. Florencia canta con soltura y noto que habla mejor inglés que yo. Se divierte con Jagger cuando no se debería divertir; para llegar a su casa debe antes partir del almacén. ¿Pero de qué almacén? El sillón en el que se recuesta jamás podría pertenecer a uno. Dejame echar un vistazo afuera... ¡Un ascensor! ¡6° B! ¡¿Es que Juan la llevó a su departamento?!

Analicemos: si yo me tomé la libertad de agregarle siete años a ella, por qué no podría él haber aprovechado unos minutos para llevarla a su casa. No, es una tesis demasiado estúpida. Obra tuya tampoco creo que sea, si en una de esas te llamás Juan no podría ser más que una mera coincidencia. Lo indudable es que acá hay algo que me está jugando en contra, como una presencia negativa. Debés estar pensando lo mismo que yo: se trata de la presencia de Juan. Más allá de mis intenciones, él siempre apareció en esta historia como una fuerza del mal: el pervertido, el malintencionado, el corruptor. Pero sin las guerras y las sequías, Dios no habría notado jamás la presencia del Diablo. Así es que reiniciemos el reloj; quiero ser creador en presencia de Juan, necesito hacerle saber que también él es obra mía.

Mientras ella se divierte, trato de zambullirme en ese pasado que no creé, quiero saber dónde se conocieron ellos en esta nueva versión, que también es Juan y Florencia. Las manos de ella ondulan el aire mientras se va levantando al ritmo de la cumbia (¡cumbia!). Sus caderas se mueven más de lo que el bulín permite. Suena improbable que Juan tenga un almacén. Aún más, ese almacén que Juan no tiene ni siquiera aparece en la memoria de ellos dos, parece formar parte de otra historia. Algo protesta en mi garganta cuando ella lo saca a bailar a él. La escena sería hermosa si yo no estuviera allá atrás, tan adentro, porque sé que veo un poco más. Ayudame; vos, tanto como yo, ves el peligro en los ojos de Juan. Florencia, tu diversión me mata, y es por tu bien que no me siento culpable cuando decido que te dejes de divertir, que mires un mundo real, que seas la nena reflexiva que te hice, aún con dieciséis serás mi nena lúcida. Perdoname Flor tu castidad, pero algún día la entenderás, alguna vez, antes del punto final.

De mi relato impreciso todavía no me arrepiento; algo curiosamente permanece. Esta casi alegre salvación, esto que ha burlado su destino efímero: Juan, Florencia, ese enigma en la conexión entre ellos. Quisiera guardarlos en mi petaquita de inmortalidad. La polifonía es débil y yo quiero a mi Florencia sólida como el valor mismo. Apago la música.

El departamento es similar, pero la música está apagada y Florencia mira el reloj. Tímida pero fuerte, toma coraje para anunciarle a Juan que debe partir. En casa la esperan a las dos. Tiemblo cuando la cabeza de Juan se mueve hacia un lado y hacia el otro, ese gesto universal conoce una única lectura. Y la negativa es menos para Florencia que para mí. Debo detenerlo, pero los brazos de Juan son más robustos que mi teclado y mi fuerza creadora no es remedio contra su celeridad. Lo que comienza ahora es lo que siempre temimos. No quiero llorar detalles, llamémoslo violación.

Si no bastan las palabras, ¿cómo combatir? ¿Cómo atravesar esa barrera dolpuminirísita que me niega la piel de Florencia, con el pretexto de ser un policía cumpliendo con su deber? ¿Cómo decirle a ella que no soy yo, cómo creérmelo? Sé que ya no es Juan y que ya no son mis manos. No, mis manos no se mueven; por más que intente escribir, borrar, corregir, no se mueven y no son culpables. Y yo que miro a Florencia, que adivino sus ojos sin poderlos ver, que la recuerdo, no hace media hora, con nueve años y sus compañeritos de colegio, que la veo ahora balancearse de acuerdo con lo que una mano le estipula, pero ya no la mía; yo que sé que ya nada me resta por hacer, más que saberla ajena, que desear un fin que sí llegará, pero sin prisa y cuando ya no importe, nada más que mirar una sombra que ya no muestra sorpresa, que ya no tiene nueve años ni dieciséis, una sombra que ya no tiene sombra. Sudo la sentencia de la que nunca me libraré, lloro y pido clemencia, como sólo puede pedir injusticia aquél que sabe que la justicia lo condenaría; y pido perdón, perdón por hacer y por haber hecho, perdón por ser incapaz de deshacer, perdón por lo que nunca me será perdonado, por lo que jamás me perdonaré; mi congoja me inunda, inunda, y en ese mar de teclados perdedores dos ojos me penetran, dos ojos que tienen más nueve años que dieciséis, dos ojos sin amenaza, sin sangre, sin rencor, dos ojos que me miran tan indiferentes como nunca me ha ignorado una mujer, "¿‘perdón’? ¿acaso hay algo por lo que debas disculparte?".

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La atracción

Allí, donde los barcos se redimen,
donde el poder aeronaval da pena
y dicen que la gravedad, serena,
advierte a aquéllos que se le aproximen.

Pregunto quiénes pensarán que rimen
allí el olvido y la perpetua arena
que alguna vez fue parte de la pena
de quien creyó su castidad un crimen.

¿Y quién atrae a los barcos y aviones
con dulces melodías y canciones?
¿Te obligarán sus ojos a que acudas?

¿Quién enciende el fuego que nos espera?
¿Será quien sin pudor se muestra entera
la ardiente seducción de las Bermudas?

© Demian Gawianski