Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Zamba del retobado

Sólo soy bueno conmigoy malo con los demás el amor que uno poseeno se lo puede mostrar.
Yo soy un hombre difícily me conforma muy pocoquiero más de una mujery en lugar de plata, oro.

No moriré poco a pococomo se suele morirrecién cuando tenga ganasbuscaré mi proyectil.Bebo grandes vasos de aguacargados con mucho alcoholllevo un enorme cuchillooculto en el pantalón.Cuando la vida sonríeme río a las carcajadascuando me trata muy malhago que no pasa nada.

No moriré poco a poco
como se suele morir
recién cuando tenga ganas
buscaré mi proyectil.

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Caracol

Un cielo rojo preanuncia la noche
y cuando venga la noche yo seré tu caracol
saldré de la humedad de un día de trabajo
y buscaré la nervadura de tu piel.

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Hay un pino viejísimo en la plaza

 Hay un pino viejísimo en la plaza
que nadie cuida,
pero que todas las navidades
es cubierto con lamparitas de colores,
guirnaldas
y cajas que simulan ser
grandiosos regalos.

Terminada la navidad,
nadie limpia el pino
de tantos objetos absurdos.

Con los meses,
las lamparitas, las guirnaldas
y las cajas
terminan cayéndose solas,
derruidas por las contingencias
del clima.

El pino queda de este modo
preparado para una nueva navidad.

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Esta mujer podría ser mi mujer

Esta mujer podría ser mi mujer, pero, hasta el momento,
es sólo mi enfermera. Contratada desde que hace días
la fiebre empezó a rondar los cuarenta grados
y los médicos decidieron salomónicamente
que debía meterme entre las sábanas y esperar a
que todo se arreglara.

Esta mujer podría ser mi mujer, pero, hasta el momento,
es sólo mi enfermera. Se ocupa en darme pastillas
y genioles que hacen sangrar mi úlcera; retacea los vasos
de agua que le pido y, sin ningún tipo de consulta,
guarda en su cartera mis billetes. Me entretiene leyendo
los prospectos de esos medicamentos que guarda en los bolsillos
de su guardapolvo rosa celosamente, y cuando intento
con mi mano tocar sus entrepiernas, me empieza a hablar
de los enfermos que vio morir en sus años de profesión
y de las veces que las últimas bocanadas coincidieron
con escupidas de sangre y profundos gemidos que sonaban
a un tren llegando de lejos.

No puedo entonces
transmitirle mis ganas de hacerle el amor,
de proponerle que abandone su profesión y viva conmigo.

Por el contrario, sus terribles historias
de hacen sudar como caballo,
congelan mi lengua y nublan mis ojos.

Esta mujer podría ser mi mujer, pero, a esta altura
no sé si podría sobrevivir a sus extremos cuidados.

Temo además encontrar su lengua bífida cuando en medio
de la excitación y los arrebatos del cuerpo,
busque desesperado su boca con mi boca.

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¿Dónde pueden estar mis viejos zapatos?

"Sus pies y esas botas eran viejos amantes..."
Stephen King

¿Dónde pueden estar mis viejos zapatos?
Recién ahora me doy cuenta, a mitad
de camino de mi pobre y monótono trabajo,
que mis pies se desplazan fríos y desnudos
sobre el asfalto.

No me perdonaría perderlos.
Los llevó desde la guerra,
de cuando unos perdían la vida
y otros de a poco los kilos y la ropa.

Esos zapatos que casi perdí corriendo,
escapando del bombardeo incesante
de los enemigos, y el azuzar
represivo de los soldados amigos
que nos querían clavar al piso
porque así lo pedía la patria.

¿Dónde pueden estar mis viejos zapatos?

He regresado a casa y no los encuentro.
No me perdonaría perderlos.
Los llevo desde mucho antes de la guerra.

Desde aquella vez en que, oriundo de un
sector del país que se cree lo más importante
del país, bajé por el lado derecho del mapa y te encontré.

Mis zapatos dejaron entonces de correr
y en medio de un cielo que se había puesto tan nublado
vos inauguraste de a poquito un poco de luz y un amor
que empezó por los labios y terminó conquistando todo el territorio
más allá de la epidermis, tragando todo lo que quizás
uno vivió para bajar un día por el lado oceánico del mapa
y encontrar que una madre había parido una mujer-puñal
destinada a hacerme mella.

Después pasaron los años y ella pasó,
y luego también pasó la guerra,
pero los zapatos quedaron.

Infinitos nudos de tristeza apretan
mi cuello al pensar que mis zapatos,
que aguantaron tantos avatares,
ahora hallan desaparecido.

¿Fue descuido o el azar?

Miro mis pies desnudos con la extrañeza
de alguien que un día se levanta y descubre que le han
amputado algunas partes del cuerpo.

¿Fue descuido o el azar?

Miro mis pies desnudos con el rencor de quien
regala las espinas de un ramo de rosas para decirle
adiós a una mujer que lo maltrató por años.

¿Fue descuido o fue el azar?

Miro mis pies desnudos con la desesperación
de quien busca en los libros el conocimiento
o el secreto que le evite descubrir
que las paredes son más resistentes que su frente.

¿Fue descuido o el azar?

Tengo que encontrarlos.
No me perdonaría perderlos.

No podría resistir un nuevo calzado;
atar con desgano los cordones de unos zapatos
que nada saben de mí.

No soportaría pensar que en esos momentos
alguien se está poniendo mis viejos zapatos, ignorante
de que en ese calzado se esconden sin ser vistos los estruendos
de las bombas que estremecieron mi cuerpo,
el rozar de su vestido antes del amor,
un amanecer con los ojos muertos
y tanto y tanto de lo que fue mi vida.

© Claudio García