Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Orlando busca...

Orlando se preguntaba, y nadie puede dudar de la legitimidad de sus interrogantes, para qué seguir viviendo, para qué continuar con este extraño movimiento, para qué seguir con una sucesión inconclusa e indefinible de situaciones humanas cada día y cada instante. Si ir a la carnicería y después tropezarse en la calle o primero tropezarse en la calle y luego ir a la carnicería no tiene ningún sentido. Además, él no poseía sustento religioso alguno, su fe cristiana se había ido con sus padres cuando chico y nadie se encargó de volver a inculcársela. Tampoco creía que el hombre fuera un ser puramente dependiente de la razón, la razón y la razón. No sabía aceptar que algo fuera cierto, pues le resultaba dificultoso comprender que existiera la verdad. Esta verdad dependía de pocos, de muchos o de todos los hombres y no los consideraba capaces de reglamentar un precepto general, una ley "verdadera", ya que todos son distintos y, por ende, imperfectos.
Esta angustia, que lo encontró una mañana anormalmente gris y lo persiguió durante meses, le estaba complicando la vida diaria. Sus fuerzas disminuían cada vez más y, progresivamente, se iba alejando de la rutina acostumbrada. Hasta el alcohol, viejo compañero de nostalgias impresentables, le producía rechazo. Los que lo conocían decían que le quedaba poca energía vital y parecía cierto. El mismo sentía esa decadencia y aquellas malas sombras que lo invadían. Necesitaba una respuesta, tal vez no una solución, sino una forma de saber qué le sucedía.
Su abuela, único familiar que le quedaba, no encontraba la forma de devolverlo a la realidad. Sus amigos lo abandonaban y la soledad era acentuada por propia voluntad.
Mil intentos se realizaron por ayudarlo pero nada le hacía efecto. Primero fueron médicos, luego psicólogos y hasta mentalistas los que trataron de que mejorara. Nada dio resultado. Entonces decidió usar un método distinto para sanar.
Como un Sócrates moderno, salió a la calle a buscar respuestas. En su caminata se encontró con un revolucionario, quien tenía en claro el sentido de su vida: —Es simple, que todos las personas sean iguales. Orlando sonrió ante un sentimiento tan noble pero un rato después halló disidencias: —Cómo van a ser todos iguales, si a algunos los matan sólo porque tienen mucho, y los matan los otros sólo porque tienen poco?
Después conversó con un empresario, para quien lo más importante eran los negocios y juntar dinero: —Esa es la razón de nuestra existencia, ser inteligentes para ganar mucho dinero y llegar lo más lejos posible, decía el hombre. —Ah sí, cuestionó Orlando, y los que quedan en el camino, los que no son como usted, o los que no necesitan tanto dinero para ser felices? —Esos son idiotas, que nunca llegaran a nada y piensan sólo en estupideces.
Bastante desilusionado por estos dos encuentros, siguió intentando dar con quien le abriera el camino. El siguiente paso fue un viejo militar: —Sin duda, lo esencial es formar individuos morales y libres para nuestra sociedad. —Que interesante! Y cómo sería eso? —Bueno, por ejemplo, todos los jóvenes usarían el pelo corto, saco, corbata y zapatos limpios, se vestirían en forma discreta, escucharían música a bajo volumen, mientras no sea escandalizante, estudiarían y trabajarían, y otras cosas de ese tipo. —Pero, y si a ellos no les gusta, no les parece correcto y no lo quieren hacer? —En ese caso estarían fallando a la Patria y a la moral cristiana. Se estarían corrompiendo, amigo.
Nada conformaba a Orlando. Ahora había logrado conversar con un muchacho de barrio, un punk, de dudoso prontuario. Este dijo: —Creo que lo principal es vivir bien, ahora, en este instante, sin preocuparse por nada y haciendo lo que queremos siempre._ Aunque hacer lo que queramos no les guste o dañe a los otros? —Los otros a mi no me importan, que ellos se ocupen de sus cosas y arreglen sus problemas. Yo voy a hacer lo que tenga ganas sin molestarme por los demás.
Con profundo malestar (ya no sabía en que parte de la sociedad podría saciar sus inquietudes) y muy poca esperanza, decidió hacer un último intento. Esta vez conoció a un linyera, harapiento, sucio y miserable, que acostumbraba pasar las noches a la intemperie. —Querido, lo máximo que yo puedo esperar es lograr sobrevivir cada noche, que no me asesinen mientras duermo, que pueda alimentarme, pobremente, con lo que encuentro durante el día, que la gente no me mire con odio, que los señores respetables no me digan "vago, andá a trabajar" y todas esas cosas que a uno lo lastiman. —Que horror, dijo Orlando, Pero cómo llegó usted a esta situación? El otro contestó: —Hace ya muchos años, era joven y alegre, un muchacho vital y con futuro, sin embargo, me dejé arrastrar por malos senderos y caí en la ruina y los excesos. Terminé así. Cuando la oscuridad se tiende sobre tu alma y la dejás ganar, no hay más salida, estás condenado para toda tu existencia, ya no sentís merecer la vida, no sos más un sujeto, sólo una sombra mediocre. El resto de los hombres, temerosos de ser vencidos como yo lo fui, te marginan y te olvidan, ignorantes de que muchos de ellos han perdido irreversiblemente el honor desde bastante antes. Conmocionado, Orlando preguntó: —Entonces, no tenés fuerza para volver a ser aquel que fuiste? —No sé si me quedan fuerzas, pero creo que no me corresponde volver a ser lo que fui. Esas palabras habían cerrado la charla y Orlando regresó a su casa, triste y compungido.
Extrañamente, sintió que las cosas cambiaron. Entendió que lo que buscaba provenía de sí mismo, él era el que debía darle forma. Al fin y al cabo, comprendió, al fin y al cabo, Orlando buscó y encontró.

© Sebastián Galdós