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Petrel

El ave batió solemne sus alas antes de posarse en la puerta de mi zaguán. Admiré la profundidad oscura de su plumaje; el fogonazo de su mirada de soslayo. El miedo dominó mi corazón. Cerré puertas y ventanas y me refugié en la calidez del hogar. Pero cuál fue mi incertidumbre al ver surgir de entre las llamas al maldito Petrel cuya existencia proveía de sentido a mis temores más profundos. Un graznido vomitó de su pico en llamas. Las lenguas de fuego abrasaban su plumaje. Al desplegar sus alas lóbregas, retrocedí presa del pánico. Creí ver en sus ojos la sagacidad del verdugo y descubrí trazadas en su sonrisa macabra, sus intenciones. Lágrimas de sangre surcaron las plumas del ave al abandonar las brasas ardientes. Lo vi acercarse; tomar entre sus garras mis manos y emprender vuelo. Quise zafarme de mi raptor, pero fueron inútiles los esfuerzos. Atravesé junto a él nubes y estrellas. Y divisé, a la lejanía, una incandescente luz. Y oí, enmarcada por un celestial coro, una voz clamando mi nombre...

Al amanecer del día siguiente, descendí para presenciar mi funeral...estuve entre familiares y amigos, pero nadie me reconoció; de hecho, nadie vislumbró la majestuosidad de mis alas albas.

 

© Fernando Ezequiel Baroli
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