Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Los extraños seres de la calle Florida y el tango

El que pasee por Florida se enfrenta a una multitud de personas, muchas de las cuales salen de trabajar, van a almorzar, están paseando, o simplemente dejan pasar el tiempo.

También están las estatuas vivientes, todas de blanco, o de rojo, irreales. El señor que pisa vidrios y que tiene que pagar su pensión en el Once, que grita a los que pasan con todo su resentimiento a cuestas. El gitano que está en el cruce con Lavalle, que hace chistes chuscos y que se traga una espada o se introduce objetos en las fosas nasales. Las volanteras de los prostíbulos cercanos, que entregan sus volantes dados vuelta, a todos los hombres. Otras labores un poco más nobles: el joven violinista, con el violín un poco desafinado, los viejos bandoneonistas de mirada torva y algunos músicos folclóricos que el paseante olvidará rápidamente.

Pero me gustaría detenerme en las parejas que bailan tango, el hombre, de traje e infaltable gomina, ella, de rigurosa minifalda y medias de red y también infaltable rouge. Contorsiones muy propias del ballet, muy visuales (si se quiere), pero que poco tienen que ver con el tango de antaño. El verdadero tango. El tango que se baila despacito, el hombre y la mujer, agarrados. Un baile sugestivo, sensual, pero no a los ojos de otros que no sean ésa mujer y ése hombre, que se están conociendo, palpándose, oliéndose, degustándose.

Ese tango que lo bailan personas ya no jóvenes, en algún bodegón de Villa Urquiza, o en el patiecito de alguna pensión un poco despintada.

Ese tango, el tango espontáneo, quizás un poco doliente, triste. Sin camisas almidonadas, ya sin gomina. Pero con la voz gastada, por el tabaco, el alcohol, y la soledad.  

© Federico Sztumpf
saynomore003@yahoo.com.ar

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